A dos meses de la grave crisis que vivimos desde el 28 de junio, los hondureños estamos obligados a sacar algunas conclusiones. No me refiero sin embargo, a conclusiones políticas ni diplomáticas que seguramente hemos analizado a profundidad, me refiero a otras, a las que nos atañen de manera más íntima en la familia. Aquella que por tratarse del escenario más natural y ordinario, erradamente relegamos del pacto social y de cuya profunda función sociológica nos hemos olvidado. Los últimos acontecimientos exigen que las familias asuman su protagonismo en la educación ciudadana de sus hijos y en la formación de valores democráticos. Sin duda, de haberlos sembrado tiempo atrás, otra sería la historia hoy. A los padres nos falta camino por andar en la educación del verdadero patriotismo y de la auténtica solidaridad social.
Es necesario inculcar el patriotismo genuino, ese que se define como "el que ama la patria y procura su bien"; no el alarde patriotero que suele ser exagerado y sobre todo, falso. Me refiero al verdadero amor patrio que ya solo relacionamos con Morazán, Valle o Cabañas porque nos quedamos cortos de ejemplos y hace tiempo, por desilusión o indiferencia dejamos de sentir. No podemos seguir fomentando un nacionalismo hueco que surge cíclicamente en los desfiles y en torno a las elecciones populares, ese que es mucho grito y poco compromiso. Los padres debemos distanciarnos del sectarismo para enseñarle a nuestros hijos que Honduras es más que los partidos políticos y mucho más que unos cuantos gobiernos ineficientes, porque como bien decía Borges "nadie es patria, todos lo somos". Debemos explicarles que Honduras no está mal por culpa de otros, si no por culpa de nosotros mismos. Que el simple hecho de portar una tarjeta de identidad o tener un pasaporte no nos hace hondureños ni por ello hacemos patria. Debemos advertirles, además que no puede criticar el mero espectador que se rehúsa a asumir la historia de su país. Sencillamente, Honduras es lo que como hondureños hemos hecho o dejado de hacer.
El verdadero patriotismo forja identidad; cala un sentido de pertenencia al país, a su cultura y a sus costumbres pero también exige fraternidad entre sus hijos. No podemos presumir de querer a Honduras cuando nuestros hermanos, con quienes compartimos patria y suelo, nos importan poco. Resulta fácil, muy fácil abandonarnos en un nicho de confort mientras otros se baten en la pobreza y la desesperanza. Nuestra sensibilidad social ha hecho callo, "acostumbrándonos" a la pobreza ajena sin darnos cuenta que solo refleja la miseria propia. La justicia social más básica consiste en reconocer que todos los que convivimos en una sociedad tenemos la misma dignidad y los mismos derechos. Una solidaridad social frecuentemente malentendida con la caridad, con dar de lo que nos sobra o peor aún lo que estorba. Debemos enseñar a nuestros hijos que la solidaridad social no es un "favor", es un deber y, uno en el que hace mucho los hondureños tenemos mora. Si hubiésemos procurado el bienestar de todos, en lugar del bienestar propio, quizás la semilla de la división y la discordia no hubiese germinado.
Lo sucedido desde el 28 de junio nos exige reflexión, no solo como país si no a cada uno en su "hondureñidad". Que nuestro patriotismo y nuestra solidaridad no sean cíclicos, improvisados ni emotivos. Enseñemos a nuestros hijos que a Honduras se le quiere siempre y se le quiere bien, y que la justicia social no es solo cosa de jueces o de leyes; es responsabilidad de todos dar a cada uno lo que es suyo. La familia, por ser raíz de la sociedad, es la principal responsable a través del ejemplo de fomentar una convivencia participativa, patriota pero sobre todo, solidaria. Esa conducta ciudadana que toda nación espera y exige de sus hijos. Que los sentimientos de patriotismo y de fraternidad que hoy nos unen, no se diluyan entre los colores de la contienda electoral. Los hondureños debemos recordar que el candidato que resulte será el presidente de todos, no solo de aquellos que votaron por él. Su destino, será el nuestro, y sus errores y aciertos, también. Así pues, pensemos bien antes de votar y después, sepamos exigir porque Honduras somos todos y no solo unos cuantos, como muchos han querido pretender. Que en este mes de la patria y siempre, cantemos sinceros aquella canción de Guillermo Anderson que dice "para quererte el corazón mío no alcanza".