Tiburcio Carías Andino vivió desde el 15 de marzo de 1876 hasta el 23 de diciembre de 1969, y gobernó a Honduras desde 1932 hasta 1949, 16 largos años que han quedado en la historia como una de las dictaduras más represivas y crueles de América Latina, aunque se dice también que fue progresista y que llevó la paz, la seguridad y el orden a una nación que desde 1892 se desangraba en guerras civiles, golpes de estado y ambiciones personalistas de los caudillos políticos.
También se dice que la justicia del general Carías fue expedita, basada en la fuerza y motivada, sobre todo, por la represión contra los disidentes políticos y contra los delincuentes, que asolaban las ciudades y los caminos derramando sangre inocente sin escrúpulos de ninguna clase.
Sin embargo, el irrespeto constante a la Constitución y las leyes, a los más elementales derechos de sus ciudadanos y su ambición por conservar el poder a toda costa, lo llevaron a cometer muchos desaciertos que lo ubicaron entre los dictadores más repudiables de la primera mitad del siglo XX. Y de la aplicación de su justicia tratan los casos de hoy, como una muestra de que también estas aberraciones del pasado forman parte de la historia negra de Honduras, y que no deben olvidarse ni repetirse jamás.
SI LO DICE EL GENERAL. Don Valoy murió hace algunos años, víctima de un cáncer fulminante, dejando muchos hijos y una mujer, doña María, que aún lo sigue amando. De joven trabajó en lo que encontraba y, para 1942, era ayudante en una baronesa que llevaba pasajeros a Alubarén y Reitoca, en la zona sur de Francisco Morazán.
Era joven y rebelde y, por supuesto, anticariista, aunque se cuidaba mucho de demostrarlo porque los esbirros del Presidente no se tentaban el alma para castigar, siempre con la mayor crueldad, a todo aquel o aquella que pensara diferente al general. Y lo peor era que en Tegucigalpa el comandante de la Policía era el coronel Tomás Martínez, un hombre tan terrible en la aplicación de la ley como leal era al gobernante, y su solo nombre hacía temblar a cualquiera, deshacía cualquier reunión, por muy pacífica que pareciera, o sacaba cualquier confesión, aunque el cristiano fuera inocente; y esto con la sola mención de su nombre. Todos le temían y don Valoy no era la excepción. Sin embargo, estaba cerca el día en que se encontraría con él.
Un día antes, el general Carías decretó una ordenanza en la que prohibía a los dueños y conductores de baronesas que llevaran pasajeros de pie en sus unidades, con el único fin de prevenir accidentes y con el afán de dejar pasajeros para las baronesas de la competencia, algo equitativo y justo. La orden debía empezar a cumplirse a los ocho días exactos de ser firmada por el general. Y una orden de Carías se cumplía. Sin embargo, don Valoy, aprovechando que faltaba una semana para que entrara en vigor la ordenanza, llenó hasta el tope la baronesa y, alegre, salió con el conductor para Alubarén. Era un hermoso Domingo de Resurrección y el pasaje era bueno. Cuando llegó a la zona de Loarque, en la salida al sur, un retén de la Policía los detuvo. Jamás supo de donde salió el coronel Martínez.
Era un hombre grueso, mal encarado, serio y de pocas palabras; vestía impecablemente y siempre llevaba una fusta en las manos enguantadas. Vio la baronesa llena de pasajeros y animales y llamó al conductor. "¿Es que no sabe usted que está prohibido llevar pasajeros de pie en las baronesas?" -le preguntó, sin darle tiempo a saludar-. El chofer no respondió. Don Valoy, un muchacho delgado, vivaracho y osado, habló por él. "Ya sabemos que hay una ley -dijo, levantando la voz, a pesar de que le temblaba todo el cuerpo-, pero según el general empieza a cumplirse dentro de una semana". El coronel lo miró con ojos serenos y fríos, esperó un momento y luego le dijo, pausadamente, pero con fuerza en las palabras: "Mirá, muchachito, desde que mi general lo dijo es ley, y la vas a cumplir te guste o no". A pesar de lo amenazador que le pareció el coronel, don Valoy se atrevió a contradecirlo: "Si el general dijo que en una semana es en una semana". El coronel sonrió contrariado, hizo una señal a varios de sus hombres y estos agarraron por los brazos a don Valoy: "Aquí se hace lo que dice mi general, porque sea lo que sea que mi general decida es ley desde ese mismo momento, y ustedes la cumplen o se atienen a las consecuencias". Y las consecuencias fueran terribles para don Valoy. "Por no cumplir la ley, treinta latigazos, y por contradecirme, cincuenta latigazos, el decomiso de la baronesa y la anulación del permiso para transportar pasajeros. Y para la próxima, no se te olvide que desde que mi general dice algo, es ley".
A don Valoy la espalda le quedó marcada para siempre; a pesar de su juventud y su deseo de resistir al verdugo, se desmayó. Tardó seis meses en volver a sentir la piel de la espalda. Era la justicia del general.
LA ROPA ROBADA. Al cuartel de la Policía llegó llorando una señora ya entrada en años, con muchas canas y en el colmo de la desesperación. Dijo al coronel Martínez que ella lavaba ropa ajena para medio comer y que esa mañana lavó quince docenas, que las había tendido en el patio de la casa y que se fue al mercado a hacer unos mandados, pero que cuando regresó, le faltaban unos pantalones, de los más finos de uno de sus clientes más enojados. Que no sabía quién se los pudo haber robado y que venía a la Policía porque necesitaba que le ayudaran a encontrarlos o ella tenía que pagarlos, y lo que ganaba apenas le alcanzaba para medio vivir. Lo peor era que si no los pagaba la meterían en la cárcel. Y ella era inocente. Era la tarde de un viernes de 1941.
LA BÚSQUEDA. El coronel Martínez era un hombre de acción, ordenó un pelotón de policías y él mismo encabezó la operación. En menos de quince minutos rodeó con sus hombres todo el barrio Abajo, hasta las orillas del río, y empezó a registrar casa por casa. Nadie se oponía a los métodos del coronel y las puertas se le abrían a sus hombres como con un "Abrete sésamo". Dos horas después encontraron los pantalones. Estaban enrrollados debajo de un colchón, en el cuarto del hijo de la lavandera. El muchacho no estaba en la casa. Había escapado cuando vio que la policía rodeaba todo el barrio. El coronel ordenó que lo buscaran "hasta por debajo de las piedras". Dos policías lo encontraron escondido adentro de una patastera, a la orilla del río. Eran casi las cinco de la tarde. Llamaron al coronel. Este estaba furioso. El muchacho confesó el robo y, presionado por la policía, dijo que se había robado otras cosas "pero que las iba a devolver". El coronel se acercó a él: "Y, ¿desde cuándo le robás a la gente?" -le preguntó-. El muchacho tenía que ser sincero ante aquel hombre tan autoritario. "Es que no tengo trabajo -respondió-, y por eso me he robado algunas cosas". "Bueno -dijo el coronel-, desde ahora ya no vas a robar más. ¡Capitán!" "A la orden, señor". "Prepare el pelotón". La orden se cumplió en menos de un minuto. El muchacho temblaba, miraba a su madre con desesperación y la anciana cayó de rodillas ante el coronel, se aferró a sus piernas y le suplicó llorando inconteniblemente. El coronel no se movió. La voz del capitán se mezcló con el rumor del río y con los lamentos de la madre. "¡Atención, firmes! ¡Preparen armas!" El muchacho gritó pidiendo perdón, la anciana besaba las botas del coronel. Este seguía sin moverse; no parpadeaba siquiera. El capitán continuó: "¡Apunten!" Un nuevo grito de la anciana, esta vez más doloroso. "¡Por favor, mi coronel -dijo la mujer, reuniendo todas sus fuerzas en una última súplica-, si la ropa no se me había perdido; no me mate a mi muchacho. Yo lo voy a castigar!" El coronel siguió impasible, frío como un témpano de hielo. El capitán gritó una vez más: "¡Fuego!" La anciana se desmayó. Doce fusiles lanzaron una llamarada al mismo tiempo y el muchacho se tambaleó unos segundos, luego cayó hacia atrás. Todavía se movía cuando el capitán se acercó para darle el tiro de gracia. Luego guardó el revólver en la funda y ordenó: "¡Pelotón, descansen!" Se había hecho justicia. La justicia del doctor y general don Tiburcio Carías Andino.
EN NOMBRE DEL GENERAL. Juan Pablo Wainritgh, o Juan P. Wainritgh, fue dirigente del Partido Comunista de Honduras y uno de los más odiados opositores del general Carías. Era un revolucionario romántico que, además, era poeta. Adela de Jesús Delgado de Colindres lo conoció en su juventud y él le escribió muchos poemas. Estuvo preso y escapó a Guatemala y Belice, luego huyó a Rusia y, enamorado de la revolución bolchevique, se dedicó en cuerpo y alma a defenderla. Murió en Moscú y fue enterrado en los muros del Kremlin. Poco antes de su último viaje, se escondía en la casa de algunos amigos, liberales disidentes que preparaban un complot contra el general Carías. La última noche la pasó en la casa del doctor Sánchez, junto a dos de sus compañeros. Tenían tres días de estar escondidos allí porque la policía del coronel Martínez los buscaba "hasta por debajo de las piedras", como le gustaba decir al coronel. Un delator avisó a la Policía y el coronel hizo que rodearan la casa. Juan P. Wainritgh y sus compañeros tenían una hora de haberse ido. Eran las tres de la mañana de un día triste de 1940. El doctor Sánchez, con un quinqué en una mano, vestido con pijama y con un gorro rojo cubriéndole la cabeza, salió a recibir al coronel. Los policías invadieron la casa.
Era una mansión hermosa, de piedra y mármol blanco que todavía hoy puede verse junto al instituto Alfonso Guillén Zelaya, en el centro de Tegucigalpa. El doctor Sánchez protestó. El coronel le cruzó el rostro con la fusta, el latiguito para caballos que siempre llevaba en las manos. Sus hombres no encontraron a nadie pero el coronel sabía que el doctor era enemigo del general y que, a veces, soltaba algunas opiniones no muy agradables sobre el gobierno. Ordenó que lo amarraran y mandó a un capitán a Casa Presidencial, para informarle al Presidente y preguntarle "¿qué hacía con el traidor?". Antes del amanecer le llegó la respuesta: "Ejecútelo. No se le olvide, coronel, que quien quita la piedra quita el tropezón". (Aquel era el dicho favorito del dictador).
El coronel dio la orden, el capitán llamó a un teniente y este a un sargento. La familia del doctor temblaba de miedo. Todos veían la escena en la sala. El sargento sacó su revólver de reglamento, lo puso en la sien izquierda del doctor y le dijo, ceremoniosamente: "Lo ejecuto en nombre de mi general, por traidor y por mentiroso, pero más por liberal", y disparó una sola vez. El doctor cayó al suelo sin vida. Los familiares gritaron pero no se les permitió acercarse al cadáver. El coronel dio una orden: "El cadáver de este traidor quedará en la sala hasta que se pudra y nadie lo va a enterrar hasta que mi general no lo diga. Esto le va a servir de escarmiento a los que protegen y esconden a los enemigos de mi general". Y el cadáver quedó en la sala hasta que los vecinos no soportaron el olor y los zopilotes.
RODERICO BARRIENTOS. Era un coronel tan duro como todos los que servían al general Carías. Como Comandante de Armas de Choluteca, estaba encargado de imponer el orden en el departamento y hacía su trabajo con toda la severidad que exigía de él el Presidente. Cuando supo que los dos hijos menores de don Gumercindo lo mataron a pedradas para repartirse la herencia antes de tiempo, capturó a los muchachos en el velatorio de su padre y los llevó a pie hasta la orilla de Duyure, antes de la medianoche.
Don Gumercindo era un liberal empedernido, adinerado y opositor al general Carías pero era un ciudadano y había sido asesinado; el crimen debía ser castigado. Sus hijos eran culpables.
A medianoche, el día del asesinato, el coronel Barrientos hizo que les dieran una barra y una pala a los asesinos y los puso a cavar su propia tumba. Antes del amanecer, las fosas estaban terminadas, los asesinos lloraban rogando clemencia y, para cuando el sol empezó a asomar entre los pinos, el coronel dio la orden de que se pusieran cerca de las tumbas. Luego dio la orden al pelotón de fusilamiento. Los disparos estremecieron el bosque y los asesinos cayeron, todavía con vida, en las tumbas que habían cavado con sus propias manos. El coronel, sin bajarse del caballo, les disparó en la cabeza; era el tiro de gracia. Luego los enterraron. El crimen de don Gumercindo no quedaría en la impunidad. Era la justicia del general.
