No hay duda que la presencia en el territorio nacional del presidente Manuel Zelaya Rosales es un elemento que contribuye dramáticamente a elevar el tono de la confrontación que se agudizó con los acontecimientos del 28 de junio.
En ese sentido, como ya lo hemos insistido en este espacio editorial, el diálogo es la única salida para evitar llegar a la violencia y encontrar una solución definitiva a una situación que mantiene aislado al paÃs del resto del mundo, con todo lo negativo que eso implica.
Las posiciones diametralmente opuestas que han partido en dos grandes bloques a la hondureñidad, -tanto en lo referente a la calificación de los hechos del 28 de junio, la legitimidad del régimen actual, y, por lo tanto, a la forma en que puede resolverse la crisis-, solo pueden acercarse si las dos partes en pugna se sientan a dialogar y empiezan a ceder hasta lograr un acuerdo por el bien de este pobre y sufrido pueblo.
Si en las hermanas repúblicas de Nicaragua, Guatemala y El Salvador, que se enfrascaron en cruentas guerras civiles con saldo trágico de decenas de miles de muertos, fue posible la reconciliación y hasta la conversión de grupos armados en partidos polÃticos que ahora se disputan el poder en las urnas ¿Por qué los hondureños no podemos llegar a un acuerdo sin llegar a mayores niveles de violencia? ¡Claro que es posible! Lo único que hace falta es voluntad de diálogo, que el pragmatismo se imponga al dogmatismo ideológico, que cada una de las partes respete ideas distintas a las suyas y que se respete la institucionalidad y el marco jurÃdico. Ya demasiado daño se le ha hecho a este subdesarrollado y empobrecido paÃs por la incapacidad de los polÃticos de llegar a acuerdos mediante el diálogo.
Las partes en pugna deben reconocer que el paÃs no puede permanecer más tiempo en esta situación; deben entender que hay circunstancias internacionales adversas para todos los paÃses del mundo, como las secuelas de la crisis económica global, y que para una nación como Honduras los resultados pueden resultar catastróficos si a ellas sumamos, el aislamiento del resto de la comunidad mundial, la confrontación y hasta el riesgo real de violencia.
Lo único sensato que queda por hacer es reconocer que el diálogo es la única salida y que el Acuerdo de San José es una opción válida en la que ambos bandos ceden un poco en sus posiciones para que retornemos a la relativa tranquilidad social que venÃamos gozando desde el retorno al sistema democrático.