La misteriosa muerte de “Mireya”

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

26.09.2009 - carmila wyller - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Los soles, bordados con seda dorada, lanzaron un reflejo fugaz desde los hombros del oficial. Era temprano en la mañana, la oficina olía a café recién hecho y entre sus paredes se respiraba una tranquilidad que pronto había de romperse. Los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) entraron saludando cordialmente y lo primero que vieron fue aquel reflejo que contrastó de repente con la palidez que inundó el rostro del policía. “¿Sabe usted por qué estamos aquí?” -preguntó un detective, mirándolo directamente a los ojos-. Él tardó en contestar, movió la cabeza hacia los lados y siguió en silencio por largos segundos. Estaba nervioso y varias gotas de sudor brotaron en su frente. El detective continuó: “¿Conoce usted, señor, o, mejor dicho, conocía usted, señor, a una persona llamada Mireya de la Luz?” El oficial se puso de pie, tragó saliva y abrió la boca para responder. El detective se sentó despacio frente a él, cruzó una pierna sobre la otra y encendió un cigarro.

El policía temblaba. Los ojos brillantes parecían querer salirse de sus órbitas. Miró al detective que bloqueaba la puerta de salida, un negro enorme que tenía cruzados los brazos al pecho, y luego a los otros dos que se paseaban por su oficina como Pedro por su casa. Parecía a punto de desmayarse. “Sería bueno que hable con nosotros -agregó el detective, soltando el humo hacia un lado-. ¿Conocía usted a Mireya de la Luz?” El “sí” con que respondió el oficial salió de su garganta reseca como si saliera de ultratumba.

“Entonces siéntese” -siguió el detective-; tal vez quiera decirnos, voluntariamente, por qué la mató, o, mejor dicho, por qué lo mató.” El policía se dejó caer en su silla, bañado en sudor, mirando aterrorizado al detective que seguía fumando tranquilamente.

LA “MARIPOSA”. El cadáver estaba desnudo, cubierto solamente con una toalla blanca sobre las caderas y una funda de almohada sobre los senos pequeños; las piernas largas, suaves y torneadas colgaban de una orilla de la cama hasta tocar el suelo, los brazos estaban pegados al cuerpo, sobre el colchón, y el rostro estaba medio cubierto por una almohada envuelta en una funda celeste. Tenía un ojo abierto, mirando fijamente al techo a través del lente de contacto azul que lo cubría, y la boca, entreabierta, estaba contraída en una mueca de dolor. El forense no tardó en dar con la causa de muerte. La víctima había sido estrangulada hacía apenas unas cinco horas. Eran las siete de la mañana, entonces había sido asesinada a eso de las dos de la madrugada. En el edificio de apartamentos nadie vio ni escuchó nada y tocaba a los detectives de Homicidios resolver el misterio.

EL GRINGO. Adam Smith estaba furioso. Lo habían despertado antes de tiempo y, para colmo, tenía que atender a dos detectives raquíticos e insignificantes de la DNIC que le hacían un montón de preguntas estúpidas. “¿Qué si conocía a quien?” No se acordaba. Él era un turista, estaba aquí para divertirse y era lo que hacía. ¿No eran dólares lo que necesitaban en este país del quinto mundo? Pues él venía a dejar dólares; deberían agradecérselo y dejarlo en paz. Un detective sacó las esposas, el otro enseñó la pistola de 9mm que andaba en la cintura y el gringo se tranquilizó, se sentó en la cama y ordenó sus ideas antes de seguir hablando. “Sí-dijo, con acento apagado-, estuve divirtiéndome anoche, conocí a alguien cerca del hotel y pasamos un buen rato juntos. Si está muerto deben buscar en otra parte a su asesino. Yo regresé al hotel a eso de las once, pueden confirmarlo en la recepción. No volví a salir.” “¿Reconoce a esta persona?” “Creo que sí; estaba oscuro y yo estaba muy bebido, pero sí, creo que es la persona con quien estuve anoche. Nos divertimos, me hizo pasar un rato agradable, le pagué y nos despedimos”. “¿Puede acompañarnos a la DNIC para tomar su declaración?” “¿Es absolutamente necesario?” “Sí. Es absolutamente necesario.” “¿Puedo llamar a mi embajada?” “Está en su derecho”.

NATALIA. Las cejas delgadas, los párpados inflamados y la boca gruesa y exageradamente pintada de rojo eran una máscara que mostraba su angustia y desesperación ante el detective, mientras la pierna izquierda, larga y delgada, se balanceaba con nerviosismo sobre la otra. “Yo solo sé que la Mireya se llevaba con ese policía, aunque habían tenido problemas… Ese estúpido la violó en su propio carro una vez que nos venimos a trabajar a El Obelisco. Él siempre la perseguía.”

El detective le encendió el cigarro que acababa de ponerse entre los labios, Natalia se miró las uñas largas y pintadas de rojo y las bañó con una nube de humo aromático. “¿Está segura de que es el mismo policía de la foto?” “¿Cómo voy a olvidarlo? Ese maldito perseguía a la Mireya y yo creo que ella le tenía miedo porque siempre se iba con él y siempre venía sin un centavo. Ese policía es un degenerado, le gustan los maricones más que las mujeres y lo peor es que está casado. La Mireya no quería nada con él, pero él insistía. Una vez hizo que subiéramos a una patrulla dos muchachas y nos puso a hacerle de todo, después se negó a pagarnos y cuando quisimos cobrarle nos golpeó y nos mandó al hospital; después nos amenazó con matarnos si decíamos algo… Ese maldito la mató, estoy segura…”
El detective guardó silencio. Natalia lloraba. “¡Ay!, ¿y ahora qué voy a hacer sin ella? Era mi mejor amiga. ¿Y quién va a consolar al novio?”
EL OFICIAL. “Tenemos testigos que aseguran que usted amenazó a muerte a Mireya de la Luz. ¿Es cierto eso?”

El detective siguió fumando, el oficial sudaba y pronunció las palabras temblando de pies a cabeza: “Yo la conocía… o sea, los dos nos conocíamos. Tuve problemas con ella, ustedes saben… no puedo mentirles”. “Sabemos que la acosaba, que varias veces fue a buscarla al edificio rojo y a El Obelisco y que después de tener relaciones con ella no le pagaba”. “Es que teníamos una especie de relación, ustedes entienden”. “No, no entendemos. Explíquese mejor”. El oficial empezó a llorar; dos lágrimas brillaron en sus ojos y cayeron de repente por las mejillas pálidas y heladas. “Miren -dijo con voz suave y pausada-, uno comete errores, yo no soy perfecto y tengo algunos pecados, pero no maté a Mireya… Anoche estaba de servicio y pueden comprobarlo en el libro; estuve aquí toda la noche y tengo testigos… Tuve problemas con ella pero no la maté… Tal vez sus compañeras sepan con quién se fue anoche o con quién estuvo por último…” El detective guardó silencio, encendió un nuevo cigarro y esperó a que el humo terminara de salir de sus pulmones para seguir hablando, luego dijo, sin mirar al oficial: “Si usted es inocente, entonces ¿por qué está tan nervioso?”

El oficial trató de sonreír. “Tengo una carrera, una familia, estoy preparándome para el ascenso y esto me lo destruiría todo”.
“No crea que estamos aquí para hacerle un mal -dijo el detective-; si usted es inocente, su vida privada no nos importa. Si es culpable, será un placer ponerlo en la cárcel”. Hubo un momento de silencio. “¿Conoce usted a Natalia, la mejor amiga de Mireya?” El oficial respondió un sí apagado. “¿Sabía usted que Mireya tenía otra relación aparte de la que tenía con usted?” “No, no sabía; siempre es posible. Ese tipo de personas son así”. “Bien; Natalia dice que tenía un novio. Mis compañeros ya tienen un nombre y esta tarde lo vamos a entrevistar”. El oficial suspiró cuando el detective se puso de pie. El color volvía lentamente a su cara.

LA TEORÍA. ¿Quién pudo matar a Mireya de la Luz? Aunque parecía muy femenina, era un hombre fuerte, alto y joven, capaz de defenderse de una agresión como la que le quitó la vida. El forense dijo que fue estrangulado, tenía semen en el ano, entre las nalgas y en la parte de atrás de los muslos, y era semen fresco. Había alcohol en su sangre pero no el suficiente para que perdiera el conocimiento o para que le impidiera defenderse de su agresor. Lo asesinaron en su propia casa y en su propia cama, por lo que era lógico suponer que conocía a su atacante, que no era la primera vez que este estaba en su casa y, tal vez, tenían algún tipo de relación. Adam Smith probó su coartada, aunque dos amigas de Mireya lo reconocieron como “el gringo que se la llevó anoche”, el oficial también parecía libre de culpa aunque Natalia insistiera que él la había asesinado. Entonces, ¿Quién podía ser el asesino? ¿El novio de Mireya?

EL NOVIO. Era un hombre enorme, de manos grandes, brazos y piernas gruesas y con una melena que le llegaba abajo de los hombros. Vivía solo, acababa de llegar de San Pedro Sula, donde pensaba abrir un gimnasio, y lo dejó todo allá cuando supo que Mireya estaba muerta. Tenía tres días de no verla. Su coartada era perfecta. Los detectives estaban en un callejón sin salida.

EL CATEO. Medicina Forense retiró el cadáver y la Fiscalía ordenó que se sellara la escena del crimen. A las dos de la tarde, los detectives regresaron con un equipo de Inspecciones Oculares. ¿Qué podían encontrar? Antes de las tres, un detective llegó a la escena con un paquete ancho y rectangular. Eran las fotos que habían tomado en la mañana. Había algunas que los detectives de Análisis debían ver.
Eran cinco y mostraban varias heridas en el cuello de Mireya de la Luz; eran heridas pequeñas, curvas, con formas de media luna y que se distinguían mejor con la lupa. Habían cuatro sobre la tráquea y cinco en la parte de atrás de la nuca. El detective dejó la escena y fue a la Morgue. El cadáver estaba desnudo, apilado en una esquina, en espera de que los familiares fueran a reclamarlo. Con un algodón el detective limpió el cuello amoratado y encontró las heridas.

¿Qué pudo haberlas producido? Solo había una respuesta. Las uñas del asesino cuando la estrangulaba. Y no eran uñas cortas. Parecían más bien largas y delgadas. En ese momento el detective recibió una llamada a su celular. Los técnicos de Inspecciones Oculares acababan de encontrar una uña quebrada, era uña de dedo pulgar, larga y gruesa, estaba pintada de rojo y parecía tener rastros de sangre en el filo. No había nada más que pudiera tomarse como evidencia. Las diez uñas de las manos de Mireya estaban intactas. Eran uñas naturales.

Ahora sabían que el asesino tenía uñas largas y gruesas, que lesionó con ellas el cuello y la nuca de su víctima cuando la estrangulaba y ¿quién o quienes tenían uñas así? Las amigas de Mireya. Natalia debía conocer a alguien con quien Mireya pudiera relacionarse tan bien que hasta la llevara a su casa y que, además, tuviera relaciones sexuales con ella porque el forense encontró semen relativamente fresco en la víctima.

Los detectives todavía buscan a Natalia. Ninfa, su compañera de apartamento, dice que llegó antes del mediodía a la casa, que tomó algunas cosas, se quitó la peluca, se vistió de hombre y salió. Antes se cortó las uñas porque la del dedo pulgar izquierdo se le quebró y “ella detestaba que sus uñas se vieran tan mal”. Ninfa dijo que ella no sabe dónde puede estar Natalia. Posiblemente en Guatemala o Nicaragua. Ella quería mucho a Mireya de la Luz y su muerte la afectó tanto.

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