Bien sabido es, en palabras de Cervantes Saavedra que, "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho". Una vez que nos hemos convencido de la utilidad y necesidad de las nuevas técnicas de la comunicación, que están revolucionando nuestros hábitos culturales, se impone una exhortación a cultivar el viejo hábito de la lectura, como el modo más directo de acceder al conocimiento y desarrollar tantas cualidades que tenemos latentes.
El antiguo gesto Ãntimo y tranquilo de abrir las páginas de un libro y entregarse a la comprensión de sus palabras sigue siendo válido, por más que todavÃa haya apocalÃpticos que siguen anunciando la muerte de los impresos en papel y su sustitución por los soportes digitales. Y es que para mantenernos con la mente activa, motivada y muy lúcida, sin importar los años, es necesario obtener y mantener el provechoso hábito de la lectura.
El buen hábito de leer no se adquiere por arte de magia. Es precisa una voluntad bien dirigida, la saludable constancia que nos otorga la disciplina, y no menos importante, un deseo insaciable por aprender. Nuestras necesidades de lectura pueden ser diversas y abarcar distintos campos de acción e interés. Desde el texto académico que hay que memorizar, hasta una exquisita novela histórica que leemos por placer… la lectura siempre significará un nuevo conocimiento, en fin, un cerebro mejor entrenado. Tratándose de leer es bienvenido todo aquello que nutra los sentimientos, la mente… el alma.
Viajar por las estrellas, ser parte de una intriga policial, tener a los maestros más grandes de la humanidad usted solo, luchar contra molinos de viento, todo esto en un pequeño e insignificante objeto cuadrado, con códigos entendidos por una mayorÃa… ¡Asombroso!
A través del relajante y maravilloso hábito de la lectura podemos descubrir los secretos del universo.
Elegir la lectura. La máquina de la industria editorial lanza constantemente tÃtulos y tÃtulos sobre los más diversos temas. Libros de aventuras, la vida privada de algún famoso, libros de autoayuda, autoamor o autoemancipación emocional. Pero, ¿es realmente este tipo de literatura el que disfrutamos y recordamos posteriormente?, es decir, ¿nos llena de tal manera que incorporamos en nuestra vida algo de lo que leemos realmente útil? Y es aquà cuando nos debemos preguntar porqué no se le da la importancia que merecen a aquellos tÃtulos que han trascendido a lo largo de la historia.
Tal vez debemos preguntarnos primero, ¿qué es un libro clásico? No se trata solamente de mirar los años que hace que se escribió, o si le han puesto la etiqueta de "best seller" en la portada. Por encima de estos detalles está el valor de su contenido, para toda la humanidad o para uno mismo, para nuestros dÃas y para tiempos pasados. No podemos medir la validez de un libro por su recaudación al mes de salir al mercado. Puede ser que una publicación de poca relevancia mediática sea para un lector de gran importancia por todo lo que le ha aportado en el momento de leerlo. Es decir, que ha establecido un vÃnculo con lo que ha leÃdo, ha penetrado en aquellos contenidos escondidos en sus palabras y ha integrado a las propias experiencias algo de lo que el autor ha plasmado en las páginas de su libro.
Aun asÃ, los llamados clásicos (a nivel nacional, mundial o universal), tienen inevitablemente algunos ingredientes básicos que aportan algo útil para los hombres. Precisamente por esto, la lectura de estas obras de arte tiene diferentes interpretaciones según el momento, lugar o circunstancias en las que lo leemos. No es lo mismo leer una poesÃa de Amado Nervo con 15 años que con 30 o 40. Las sensaciones o impresiones que tenemos al leerla no son las mismas ya que, como lectores, aportamos a lo que leemos nuestra propia experiencia personal. Si leemos por ejemplo las aventuras y desventuras de Ulises, buscando su amada Ãtaca. Nos identificamos con la búsqueda y las dificultades del protagonista de la obra de Homero. Pero asà como el héroe se enfrenta a monstruos, tormentas, cantos hipnotizantes de sirenas o a sus propios temores, nosotros nos enfrentamos a nuestras dificultades diarias, a nuestros fantasmas y a nuestras debilidades. Este es el poder de las obras atemporales, de los llamados clásicos: una guÃa para descubrir o redescubrir que tenemos en nuestras manos las herramientas necesarias para enfrentarnos a los obstáculos que se nos presentan dÃa a dÃa, una enseñanza sobre la aventura de vivir.
Se trata de escoger los libros, independientemente del año en que se escribieron o quién es el autor. Saber seleccionar lo que leemos; un equilibrio de buenas lecturas.
Un buen libro, uno de los que se consideran clásicos, es aquel que nos sirve de referencia. Como el faro que indica al pescador donde está el puerto.
Mejorar la lectura. Es válido preguntarse entonces, ¿es posible mejorar mi nivel de lectura actual? ¿Cómo? La respuesta: SÃ. Usando técnicas adecuadas de lectura que permitan no solo aumentar la velocidad, si no también, el nivel de comprensión -aun en textos que exijan mucha concentración-.
El mejor consejo y el más obvio que cualquier experto en la materia puede dar para mejorar la comprensión lectora tanto es practicar leyendo cada vez más. Eso sÃ, si lo que se desea es potenciar esta habilidad, no basta con leer cualquier texto, sino que este debe resultar interesante para el lector, ya que, de este modo, mostrará un mayor interés y se esforzará más para comprender lo que lee.
Al contrario de lo que se pueda pensar, leer con excesiva lentitud puede dificultar la comprensión de un texto, puesto que la velocidad lectora está relacionada de forma directa con la lectura comprensiva.
Corregir errores como la vocalización, la regresión o los movimientos corporales mientras se lee y aplicar distintas técnicas de lectura pueden ayudar a mejorar la habilidad lectora de cada uno.
La velocidad lectora no es adecuada cuando su lentitud hace que se pierda el recuerdo de las palabras que se acaban de leer, lo que hace difÃcil dar sentido a las frases y establecer relaciones entre ella. La teorÃa que avala esta idea se centra en que el lector rápido, que es capaz de abarcar más palabras de una vez, capta la información de un texto de forma global, consiguiendo de esta forma leer ideas, no palabras, lo que le lleva a una comprensión más eficaz de lo leÃdo.
Sin duda alguna, cuando se habla de rapidez lectora, esta debe ir unida a la lectura compresiva. No sirve de nada ser capaz de leer de forma veloz un texto si después no somos capaces de explicar lo que hemos leÃdo.
Y no solamente basta con disponer de libros suficientemente comprensibles hay que aprender otros muchos hábitos asociados: encontrar el tiempo sosegado y el espacio tranquilo, saber discernir, entre tantos tÃtulos y propuestas, los que merecen nuestro esfuerzo de atención y concentración, incentivar la necesidad de la lectura, como una acción genuina de alimentar nuestra alma.
Hay que ser capaz de comprender sus contenidos y retenerlos en nuestra mente, para que enriquezcan y agilicen nuestras facultades. Y saber regresar a los textos imperecederos que una y otra vez nos descubren las claves que buscamos y nos siguen acompañando, como maestros atemporales, a los que volvemos en busca de sabidurÃa.