Gonzalo Sánchez investiga

Una mujer es encontrada muerta a la orilla de un río. En la escena del crimen está latente la huella del criminal. Un especialista resuelve el misterio.
ElHeraldo.hn

Honduras

31.10.2009 - Carmilla Wyler - diarioSPAMFILTER@elheraldi.hn

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Era un caso misterioso. El asesinato de Flora era un número más en la estadística de los crímenes a los que se enfrentaba continuamente la casi recién nacida Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) y la sección de Homicidios tenía demasiado trabajo y, en realidad, pocos detectives; sin embargo, eran los mejores de una generación que iba de la mano de Wilfredo Alvarado hacia una nueva era de investigación criminal científica, profesionalizada y desmilitarizada, llena de esperanzas para una sociedad que venía del medioevo en materia de investigación criminal, en donde la tortura era la mejor y más efectiva técnica para la solución inmediata de los casos.

Eso era el pasado. La DNIC pretendía ser el futuro. Y era una excelente escuela.

FLORA. Era una mujer guapa, blanca, alta y rolliza y de apenas treinta y dos años de edad; su esposo la reportó en la Policía como desaparecida y juró que no supo nada de ella una semana completa, hasta que los detectives le avisaron que habían encontrado su cadáver desnudo, flotando boca abajo, en un remanso del río Guacerique, en una zona boscosa de la aldea de Mateo. Tenía varios días de haber muerto y su cuerpo estaba en descomposición, hinchado, con la piel desprendiéndose en algunas partes y con la carne expuesta en otras, llena de gusanos blancos que se movían lentamente unos sobre otros.

La asesinaron de un disparo en la parte de atrás de la cabeza y su muerte fue inmediata, sangró poco y, para consuelo de su familia, no sufrió. Cuando llegaron los técnicos de Inspecciones Oculares a la escena del crimen, ya la habían sacado del río y descansaba sobre la hierba bajo las ramas de unos pinos. La escena era grotesca, el olor era insoportable y los detectives tenían que luchar con una bandada de zopilotes que se impacientaban alrededor.

GONZALO. Era época de aprendizaje en la DNIC; los detectives de Homicidios acababan de resolver varios crímenes y se sentían con alas suficientes para seguir adelante. El asesino de Vicenzzina Trimarchi estaba en la cárcel, los verdugos de Yadira Miguel Mejía no tenían defensa posible y los criminales que le quitaron la vida a la doctora Sigfrida Shantall Pastor habían sido capturados; además, Alma Cleotilde Grant Pérez, la primera asesina en serie en la historia de Honduras, estaba en la cárcel de mujeres de Támara, y todo gracias al profesionalismo de los detectives de Homicidios, de los técnicos de Inspecciones Oculares y de los especialistas de Análisis que habían hecho un excelente trabajo. Y, en medio de ellos, Gonzalo Sánchez, con el entusiasmo del Sherlock Holmes o el Perry Mason que siempre había admirado.

Y ahora estaban frente a un caso misterioso, en el que el agua casi había destruido las evidencias, si es que había alguna, estaban ante un cadáver desnudo, sin más señales de violencia que el orificio de entrada de la bala en la base de la nuca y que había permanecido en el agua casi desde el mismo momento del asesinato. Y estaban también en la obligación de aclarar el crimen.

Había que empezar sabiendo quién era la víctima. Se llamaba Flora, era casada, tenía dos hijos, no trabajaba, asistía a una iglesia cristiana y, en general, era una buena mujer. Su esposo no se cansaba de llorar por ella y de alabar y resaltar sus virtudes. Para él era el fin del mundo. Sin ella su vida ya no tenía sentido. Por desgracia, los detectives no están entrenados para conmoverse ante el sufrimiento de la gente y, cosa extraña, a Gonzalo le pareció que el viudo exageraba a veces su dolor. Pero la gente es así y tenía derecho a llorar.

A ellos les tocaba encontrar al asesino. Gonzalo estaba casi de rodillas frente a Flora, respirando con la boca a través de la mascarilla, tratando de no aspirar el asqueroso olor a carne podrida que infestaba el ambiente.

"No hay señales de violencia -empezó a decir-, no fue amarrada de pies o manos, no fue golpeada o torturada y, por la forma en que se encontró el cuerpo, creo que fue asesinada cerca de aquí, si no es que aquí mismo. Como no hay orificio de salida de la bala, creo que tenemos una evidencia poderosa pero creo también que la mataron con una pistola automática, por lo estrecho de la herida. Haríamos bien en buscar un casquillo de bala en un radio de cincuenta a cien metros a la redonda de este punto". Alguien tomaba nota cerca de él. En un minuto sus primeras apreciaciones fueron confirmadas.

Diez metros más atrás, sobre la hierba y las piedras que bordeaban la orilla del río había algo que parecía ser sangre. Eran manchas pequeñas color ocre y se agrupaban a dos metros del agua, marcando luego un camino punteado que desaparecía en la orilla. Estaban secas, aunque eran fácilmente perceptibles, y los detectives empezaron a reconocerlas como evidencias. Media hora después, enredada en las espinas de una zarza, encontraron un casquillo de bala de 9mm. La primera teoría de Gonzalo se confirmaba. Había sido asesinada en aquel sitio.

LA ESCENA. Era una especie de claro que daba directamente al agua pero que estaba cubierto por los arbustos y las ramas tupidas de los pinos. Aunque la hierba no era alta, formaba una especie de alfombra agradable donde alguien podría descansar plácidamente, escondido a posibles miradas. Cuando Gonzalo se acercó, empezó a notar algo que los detectives habían pasado por alto. A pesar de los días que habían pasado, en algunos lugares se veía que la hierba había sido aplastada y todavía no recuperaba su forma original. Eso significaba que una o dos personas habían estado ahí no hacía mucho tiempo.

Además, en una esquina del claro, al pie de un arbusto enano, estaba oculta la envoltura de un condón, rota por la mitad y justo unos centímetros antes de la orilla, estaba bien marcada la huella de un tacón de zapato. Gonzalo sonrió, se puso de rodillas sobre la hierba del claro y empezó a buscar algo con una lupa. Diez minutos después tenía embalados varios cabellos largos que se parecían mucho a los de la víctima; cinco metros hacia atrás, encontró un zapato de mujer medio envuelto por las hojas secas de los pinos y los arbustos y, entre varias piedras, a unos cincuenta metros de allí, estaba una falda negra, una blusa roja, un brazier blanco y un bikini rojo, envueltos en papel periódico y camuflados con ramas, piedras y hojas secas. Para Gonzalo Sánchez era suficiente. Hacer el perfil psicológico del asesino sería cosa fácil.

EL PERFIL. ¿Por qué empezar la investigación de un crimen con el perfil psicológico del criminal? Las técnicas modernas de investigación se basan en la huella latente de que el asesino deja en su víctima o en la escena del crimen; por supuesto, no es algo que el criminal desee hacer. Por desgracia para él, la dinámica del crimen sigue un patrón que deja marcas tan claras de su personalidad y su motivaciones que el experto lo único que debe hacer es leerlas, interpretarlas y aplicarlas en la investigación.

Y son efectivas en el noventa y cinco por ciento de los casos, aunque depende, claro está, de la habilidad del experto en conducta humana. Y este era el turno de Gonzalo Sánchez. Los instructores españoles, chilenos y estadounidenses no perdían el tiempo y cada caso era una lección.

"La mujer llegó hasta aquí con su asesino -dijo-; no era la primera vez que venían hasta aquí. Ella vivía en El Carrizal y es lógico suponer que el asesino vive cerca de aquí. Un perfil geográfico de la escena nos da siempre como resultado que el criminal escoge un lugar afín o conocido para ejecutar sus crímenes. En este caso deducimos que la mujer conocía a su victimario. Venían juntos a este lugar, puesto que ella era casada, estoy seguro de que era el amante su compañero el día en que murió. El marido asegura que ella salió al mercado el sábado pasado, en la mañana y que no regresó. No supo nada de ella hasta esta mañana, cuando encontramos su cadáver. No se imagina como pudo ella llegar hasta aquí.

Creo que en este punto no miente. Él es originario de Alubarén y ha vivido siempre en El Carrizal, no tiene antecedentes y lo único raro que encuentro en él es que llora demasiado, se desespera mucho y exalta demasiado las virtudes de una mujer que, con todo respeto, no tenía muchas que digamos, puesto que venía hasta aquí con su amante. Creo que él lo sabía. Es fácil notar que le lleva a su mujer unos quince años cuando menos, parece un hombre manipulador, violento e inseguro. Hay que entrevistar a algunos vecinos de la pareja para saber qué clase de vida le daba a su mujer. Eso nos ayudará mucho para dar con el criminal. Ahora volvamos al asesino. Creo que es un hombre joven, atlético o fornido, tal vez de unos treinta a treinta y cinco años, tiene formación militar y, como dije antes, vive cerca de aquí, puesto que conoce bien la zona. Creo que es soltero y vive con su madre o algunos parientes mujeres. ¿Por qué digo esto? Porque él estimaba a su víctima a pesar de que la asesinó. El balazo en la parte baja de la cabeza es limpio, hecho con la limpieza de alguien entrenado para matar, esto es, un militar, tal vez de fuerzas especiales; él tenía una relación con la mujer, tal vez la quería. Se citaban cerca de la casa de él y él la traía aquí.

Tal vez le parecía más romántico o es un hombre ahorrativo pero, lo que más creo, es que en su casa hay mujeres a las que debe respeto: madre. Tías, hermanas, abuela. Si fuera casado no se hubiera arriesgado a traer a la mujer hasta aquí, tan cerca de su casa. Ahora bien, ¿por qué la mató? Está claro que lo hizo a sangre fría, en un descuido de la mujer y tratando de que la muerte fuera inmediata para no verla sufrir. Esto dice que la estimaba. Le disparó en la nuca después de tener sexo con ella, la tomó en sus brazos y la puso suavemente en la orilla del río, boca abajo, ¿por qué boca abajo? Porque tal vez sintió remordimiento de lo que había hecho y no deseaba verla a la cara. Luego escogió el sitio más seguro para que el agua no la arrastrara y para tenerla el mayor tiempo posible lejos de los depredadores.

Esto nos dice nuevamente que fue su amante quien la asesinó. Ahora bien, creo que es un hombre pobre, usa zapatos burros, de plantilla gruesa. La huella de uno de sus tacones quedó grabada en la arena y muestra mucho desgaste. Creo que se vistió después del crimen, llevó a la mujer a través del río y la dejó en el mejor lugar que encontró. Si se fijan bien, para llegar hasta ese punto lo más cómodo era caminar por el lecho del río y no por la orilla, que está llena de zarzas, arbustos y pinos. Luego recogió la ropa y la escondió. Creo que el arma con que la asesinó es suya, y creo que se trata de una pistola de 9mm, robada tal vez, pero siempre la carga consigo".

EL ESPOSO. Cuando entrevistaron al esposo este dijo que no sabía nada de lo que la DNIC especulaba, que su mujer era casi una santa y que no creía que tuviera un amante. Gonzalo lo observaba. Movía las piernas de vez en cuando, miraba en varias direcciones cuando hablaba y se rascaba la nariz constantemente, le brillaba la frente por el sudor, a pesar del aire acondicionado y ahora se mostraba menos sufrido por la muerte de su esposa; más bien, se esforzaba por convencer a los policías de sus palabras. Gonzalo se acercó a él, pasando la mitad del cuerpo sobre la mesa, y le preguntó a quemarropa: "¿Por qué nos está mintiendo? Yo estoy seguro de que no fue usted quien mató a su esposa". El hombre dio un salto y se quedó sin palabras. "¿O es que usted la mandó a matar?" El hombre estuvo a punto de desmayarse.

Gonzalo siguió: "Yo creo que usted no quiere ayudarnos a encontrar al asesino de su mujer. Y, con todo respeto, estoy seguro de que usted sabía que su mujer le pagaba mal, que usted la odiaba por eso y que por eso le deseó algún mal. Lo que no puedo entender es por qué ella llegó hasta ese sitio por su propio pie y por qué sospecho que el asesino era el amante". El hombre tragó saliva, se le desorbitaron los ojos y miró a Gonzalo con el terror pintado en la cara. La treta de Gonzalo estaba dando resultado. Y era solo eso, una treta. A él le pareció exagerado que el marido llorara tanto, que defendiera demasiado la virtud de una mujer que le pagaba mal y que tratara de convencer a la Policía de que era un hombre feliz y que jamás hubiera dado un motivo para que su mujer mancillara la santidad de su hogar con una cosa de aquellas. Imaginó que si presionaba al esposo sacaría alguna pista.

Tenía suficientes elementos para sospechar quien era el asesino pero no podía entender los motivos del crimen. Con la sorpresa y el terror del viudo empezó a aclarar las cosas. "Entrevistamos a algunos vecinos suyos en El Carrizal -le dijo, después de una pausa-, y nos contaron unas cosas que tal vez usted no quiere que repitamos. Usted vivía mal con su esposa, usted sabía que ella lo engañaba y, estoy seguro de que usted sabía con quien". El hombre no pudo más. Parecía que la sangre se le había convertido en horchata, estaba exageradamente pálido, sudaba y, cuando Gonzalo lo tocó, estaba helado y temblaba. Para un experto en conducta humana como Gonzalo, aquello era suficiente. El esposo sabía más de lo que pretendía hacer creer a la Policía.

LA PRESIÓN. "Usted conoce al amante de su esposa -siguió diciendo Gonzalo-, es más, usted ha hablado en varias ocasiones con él. Su esposa no lo quería a usted, lo amaba a él, él no la quería mucho, pero se divertía con ella, usted estaba muy dolido, habló con él, le ofreció olvidar todo, darle algo de dinero, no mucho, por supuesto, y él, que es un hombre pobre, aceptó el trato. Se divirtió con ella la última vez y la mató. Usted cumplió su parte del trato y todo siguió su curso normal. Ahora ve que lo sabemos todo".

El hombre no respiraba, lloraba en silencio y veía aterrado a Gonzalo que lo miraba a su vez fríamente, mostrándole en sonrisa la seguridad de que ya no podría mentirle. El hombre bajó la cabeza. "¿Cómo se llama él y dónde lo podemos encontrar?". Hubo un momento de silencio. "¿Qué me van a hacer?" "Nosotros nada, Eso lo hablará usted con el juez. Si colabora con la Fiscalía tal vez le reduzcan mucho la pena. Usted decide".

A las dos de la tarde, un hombre trigueño, alto, fornido y mal encarado, estaba en la DNIC, esposadas las manos hacia atrás, mirando con ojos de fiera asustada en todas direcciones. Llevaba en la cintura una pistola Browning de 9mm, la que tenía asignada en el batallón y que él había dado por perdida. En el laboratorio encontraron restos de sangre en el cañón de la pistola y, para empezar, era del mismo tipo de la que encontraron en la escena del crimen; la misma sangre de Flora.

En una mariconera que encontró la Policía en su casa de la aldea de Mateo, a menos de un kilómetro de la escena del crimen, estaba una libreta de ahorros nueva en la que estaba registrado un solo depósito de quince mil lempiras, hecho el lunes en la tarde, tres días después de la desaparición de Flora. No tardó en confesar que era el pago que le dio el marido por matar a la mujer. Fue condenado a diecisiete años de prisión.

Poco después fue asesinado en prisión. Su abuela, su madre y sus hermanas todavía lloran su muerte. Dicen que él murió por meterse con una mala mujer. No se saben los motivos de su muerte.

El viudo sigue en la Penitenciaría Nacional, esperando la libertad por buena conducta.

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