Honduras
Estos jardines son la última morada de los difuntos. Aquà sus cuerpos son depositados por sus familiares, quienes tras colocar lápidas y flores parten a su vida normal, dejando su tumba al cuidado de los celadores de los cementerios.
Los camposantos son el área de trabajo de estas personas, esta labor -que a la mayorÃa les genera temor y recelo- es realizada con paciencia y entrega total por parte de estos guardianes.
Gabriel Maldonado Torres, de 73 años de edad, originario de Reitoca, es un valiente hombre que se gana la vida honradamente cuidando que las lápidas del cementerio de Jardines de Paz Suyapa no se deterioren por el transcurso del tiempo.
Su labor consiste en aportar su ingenio y destreza para decorarlas y convertirlas en un hermoso jardÃn. Sin muchas contar con muchas herramientas, este humilde varón toma entre sus manos la madera, pintura, brochas, clavos y tijeras para comenzar su faena y dar una apariencia agradable a la morada terrenal de los difuntos.
"En el dÃa de difuntos, las personas con dinero mandan a hacer unas lápidas ostentosas, y los que no tienen recursos le hacen a sus seres queridos unas cruces con pintura a mano o algo más sencillo", comentó Maldonado.
¿Fantasmas?
Alrededor de un cementerio se tejen mitos, inventos, creencias e historias fantasiosas. Según el celador JardÃn de Paz Suyapa es una excepción, ya que con más de 14 años de dedicación a este trabajo asegura que jamás ha tenido una experiencia extraña de este tipo.
Los que trabajan en los alrededores de los sepulcros afirman que en su oficio se aprende que el que murió, murió; por ello consideran que no se debe creer en cuentos sobrenaturales o supersticiones.
"Nunca me ha salido un fantasma... ¡ni quiera Dios! Los fantasmas no existen, los que se van, se van, y no vuelven nunca más", cuenta con una sonrisa de oreja a oreja don Gabriel.
Entre otras cosas, los familiares de los muertos ponen candados a las tumbas para evitar que se roben las flores o los detalles de plata puestos en las lápidas de las tumbas o lo que es peor, para evitar que los profanadores hagan de las suyas con los recién enterrados.
Trabajo complicado
Otro fiel compañero de aquellos que hoy en dÃa ya no están con nosotros es don Henry MartÃnez, de 33 años de edad. Trabaja en el cementerio Tierra Santa, y desde sus 2 años inició sus labores de guardián de los que algún dÃa habitaron en la tierra. Según Maldonado, su jornada de trabajo inicia a las seis de la mañana y termina a las cinco de la tarde en el cementerio, con su habilidad con la podadora tiene que cuidar que el zacate esté a un nivel apropiado.
"Muchas veces me pregunto: ¿por qué las personas se mueren y solo quedan los recuerdos?, pero con el tiempo veo que ellos viven en los corazones de los familiares que sufren su partida", dijo Maldonado.
La idea de cuidar los sepulcros se dio por la poca competencia que habÃa hace unos cuantos años. Los primeros dÃas, cuando inició su trabajo de celador, la gente la miraba raro. "Este trabajo es un poco complicado, pero asà es la vida, tengo necesidad de trabajo y si es ayudando a enterrar a las personas asà lo voy hacer porque este oficio es honrado", dijo don Henry, mientras pasaba sus manos sobre su frente sudada por tanto trabajo.
El cansancio se reflejaba por el trabajo, pero a su vida han llegado múltiples bendiciones, en especial el de tener un trabajo estable que le permita contribuir con el sustento de su hogar. "En este cementerio he visto llorar tanto a hombres como a niños por la partida de un ser querido", concluyó. MartÃnez.