Filosofía para la tolerancia

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Honduras

06.11.2009 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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A lo largo de la historia, los grandes enemigos de la humanidad parecen reencarnarse en cada época, vestidos con distintos ropajes, hablando diferentes lenguas, pero siempre semejantes en sus acciones. Uno de ellos es el fanatismo, especie de enfermedad mental colectiva, que arrastra en torbellinos fatales a grupos humanos y les conduce a las más vergonzosas y criminales acciones. Las páginas más tristes de la historia son las que recogen los hechos marcados por los fanatismos, en todos los tiempos, en todos los pueblos, pues ninguno se libra de haber padecido esta desgracia en algún momento, como si fuera una nube cargada de negros presagios que va recorriendo los lugares y los tiempos, descargando aquí y allá su tormenta envenenada.

Las obras de los fanáticos son siempre destructoras, apenas si proporcionan felicidad o serenidad, sino todo lo contrario, lo suyo es la coacción, la fuerza, la amenaza, el miedo, la vejación, la muerte.

Los seguidores de esa corriente pueden reclutarse en ámbitos también variables: pueden encontrarse en grupos políticos, religiosos, pero también aparecen en otros ámbitos, como los profesionales, o los académicos. No toleran a nadie que se atreva a pensar de manera diferente, o que tenga otra visión del mundo, otras creencias, otra manera de ver la vida, pues se creen en posesión de la verdad más absoluta y los demás son unos equivocados que no merecen más que la destrucción y el aniquilamiento.

Si miramos en cambio a los que han profesado la filosofía a lo largo de la historia, no encontraremos fanáticos entre sus filas, más que en la biografía de alguna excepción que confirma la regla. Por el contrario, las más bellas palabras que engrandecen a la naturaleza humana han sido las que encontraron los filósofos de todos los tiempos, de todas las tendencias. Recordemos el discurso sobre la dignidad del hombre, de Pico de la Mirándola, o la oración de Voltaire en su Tratado sobre la Tolerancia, o las preciosas palabras de Ibn Al Arabi sobre la religión del amor.

El 16 de noviembre, por iniciativa de la UNESCO se celebra el Día Internacional de la Tolerancia como un llamado a los peligros de la intolerancia y la educación para la tolerancia. Este es un argumento más a favor de la conveniencia de promover la filosofía y más aun la filosofía de la tolerancia. Hoy más que nunca se vuelve una necesidad estudiar los valores alrededor de la tolerancia y las raíces que no permiten que nos respetemos los unos a los otros.

Causas. Es complejo definir una causa única que explique por sí sola la aparición, cada vez más frecuente, de los síntomas de la intolerancia pero sí pueden destacarse tres factores principales de nuestro momento histórico. Primero, la pérdida de valores del mundo actual, donde la búsqueda del bien-estar nos aleja de la cultura del bien-ser. Se mantienen a duras penas las formas pero carece de un fondo auténtico. Al igual que los edificios crecen cada vez más, sin que ello signifique otra cosa que desarrollo técnico, hoy, atrapados por el progreso, nos desarrollamos pero no por ello nos convertimos en mejores seres humanos.

Segundo, la educación utilitaria, mediante la cual en vez de asimilar materias, se las sortea como vallas de una carrera de obstáculos, y se entregan diplomas y títulos que han de servir solo para engrosar un currículum. Esta actitud nos aleja de comprender realmente, de madurar como seres humanos y tener criterio propio.

Y en tercer lugar, la limitada concepción del ser humano, al que no se considera un alma que hace su paso por la vida, sino un cuerpo que tal vez tenga alma, aunque de ello no se nos ofrece seguridad. Esta concepción no repara en que un alma puede tener anhelos profundos, sueños, sentido de búsqueda de la perfección y amor a los demás, y en cambio un cuerpo apenas busca su propio confort, y ama en tanto no se trastoque su bienestar.

educar para la Tolerancia. Es necesario, para comenzar, ir eliminando las causas, ya citadas de la aparición de la intolerancia. Primero con principios éticos que nos permitan valorar lo interno y espiritual, y nos motiven a demandar un poco mas de ética a nosotros mismos y a quienes nos dirigen. No olvidemos que de un ser humano mejor han de surgir también mejores dirigentes. También es importante recordar huir de concepciones exageradamente materialistas, para evitar un excesivo apego al dinero, al estatus y al éxito vacío.

Asimismo, el conocimiento comparado de las distintas religiones, pues intencionadamente se nos ocultan, para alentar la creencia de que "la nuestra es la única verdadera". Cuando una religión considera así a las restantes, adquiere automáticamente el defecto de ser intolerante. Las religiones son los pasos que el hombre ha trazado en su caminar hacia Dios. Un Dios que está mucho más allá de lo que podemos comúnmente abarcar, y que tal vez ninguno de nosotros llegue a concebir en toda su extensión. Un Dios no hecho a imagen y semejanza del hombre, con sus defectos e iras, sino más elevado y mistérico. Los espíritus cultos han de entender que toda religión es un patrimonio de la humanidad que se debe respetar y preservar.

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El desarrollo de una cultura para la tolerancia y la convivencia debe ser una preocupación estratégica de la escuela y de los diferentes actores de la vida.
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