Una venganza absurda

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

20.11.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Cuando los socorristas de la Cruz Roja llevaron al hombre a Emergencias del hospital Escuela, todavía estaba vivo. Respiraba con dificultad y, de vez en cuando, le salía espuma sanguinolenta por la nariz y por la boca, se estremecía convulsivamente y separaba los labios como si quisiera decir algo; a veces abría los ojos pero su mirada era vidriosa y desesperada y el paramédico nada podía interpretar en ella.

Era un hombre joven, de unos veinticinco años, de estatura regular y complexión atlética. Lo habían atacado por la espalda y tenía una herida de poco menos de un centímetro en el centro de la nuca y en la base del cráneo. La herida estaba inflamada en sus bordes y no había sangrado mucho pero el arma que la había producido salió por la garganta, lesionando la tráquea, cortando las cuerdas vocales y dejando una herida parecida a la de la nuca en la piel del cuello. La agonía del muchacho era terrible. Los médicos residentes lo atendieron de inmediato, se llamó al cirujano de turno, se hizo venir desde su casa al otorrinolaringólogo y lo trasladaron rápidamente al quirófano. En el ascensor, el muchacho volvió a abrir los ojos, abrió la boca llena de espuma roja, como si le faltara el aire a su alrededor y, en medio de su desesperación, apretó la mano delgada de una enfermera. En ese momento, un hilo de sangre caliente brotó de la herida de la garganta, la sangre que se había acumulado en la boca se derramó por las comisuras de los labios, salía sangre también por los oídos y la respiración se le hacía cada vez más difícil. Había angustia en su mirada, levantó la cabeza por un momento y, de pronto, la dejó caer sobre la camilla de metal, se le cerraron sus ojos y dejó de moverse. La mano que apretaba la muñeca de la enfermera aflojó la presión y cayó a un lado. El muchacho estaba muerto. El ascensor regresó a la primera planta y esperaron a que llegara la policía. Las enfermeras estacionaron la camilla en un pasillo, pegada a una pared helada, y cubrieron el cuerpo con una sábana. Era la rutina de todos los días. Aunque los que morían eran seres humanos, nada hacía la diferencia. En la muerte todos eran iguales, y había algo de dureza en el corazón del personal. Ellos invertían sus esfuerzos y hasta sus sentimientos con los que vivían y tenían esperanzas, pero la muerte era tan común.

EL H-3. Eran las dos de la mañana cuando el detective llegó al hospital, con el eterno cigarro en la boca, las ojeras bien marcadas debajo de los ojos y un confite de cardamomo entre los dientes. El cadáver todavía estaba en la camilla, cubierto con la manta, el personal de Medicina Forense estaba esperando a que llegaran los agentes de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), y conversaban en voz baja, como si temieran molestar al hombre que ya dormía para siempre a unos pasos de ellos. El H-3 empezó entrevistando al médico que recibió al herido. Este dijo que la Cruz Roja lo había traído a eso de las doce de la noche, que los socorristas le dijeron que lo encontraron tirado boca abajo sobre la mediana, casi al final del bulevar Morazán, que una patrulla de motorizados les informó que había allí un herido y que ellos llegaron casi de inmediato. El muchacho estaba en agonía, se movía compulsivamente y a veces parecía que quería decir algo. Ellos le dieron los primeros auxilios y lo llevaron a toda prisa al hospital. Allí, los médicos trataron de salvarle la vida pero ya era demasiado tarde. El muchacho murió camino al quirófano.

LA HERIDA.La herida fue producida con un destornillador plano, de eso estaba seguro, a juzgar por la forma y los bordes de la herida de entrada. El desatornillador medía un poco más de diez pulgadas y entró con fuerza a poco menos de un centímetro del foramen magnum, bajó de arriba hacia abajo, trazando una diagonal que lesionó la médula espinal y salió por la garganta, justo en el centro de la manzana de Adán. El daño era grave, las cuerdas vocales estaban rotas e inflamadas y la sangre se había acumulado alrededor de la herida como en una pequeña represa. La víctima no perdió el conocimiento por completo pero perdió algunas facultades que pudieron ser útiles para saber qué es lo que le había pasado. Ahora estaba muerto y el detective tenía la obligación de encontrar al asesino. Porque se trataba de un asesinato, de eso estaba seguro.El forense acababa de hacer la tercera autopsia de la noche. Uno de sus ayudantes costuraba una herida enorme en el pecho y el abdomen del cadáver de un hombre mayor que estaba tendido sobre su mesa de trabajo y arrugó la frente cuando vio entrar al detective, acompañando al cuarto asesinado que lo visitaba en su turno. A eso de las tres y media de la mañana, el H-3 tenía una idea general de lo que sería la autopsia.

TEORÍA.Ahora estaba claro que no se trataba de un tipo común y corriente. Había sido atacado por la espalda, era un hombre alto, de casi un metro y ochenta centímetros de estatura y, por la dirección de la herida, podía deducirse que estaba agachado cuando lo atacaron, o al menos se estaba levantando del suelo. ¿Qué estaba haciendo?Los socorristas dijeron que los policías motorizados lo encontraron boca abajo en la mediana, al final del bulevar Morazán; estaba oscuro pero con la luz de sus linternas vieron que debajo de él había sangre y señales de que se había arrastrado, como si hubiera querido evitar que un automóvil lo atropellara.En este punto, el detective le preguntó al forense si con el daño que tenía la víctima en la médula espinal pudo haberse arrastrado hasta el lugar donde lo encontraron los policías y el médico contestó que creía que no, aunque en su agonía se aferró al brazo de una enfermera, algo que tal vez un especialista podría explicar mejor. El H-3 le daba forma a una teoría en su cerebro. Era muy posible que el asesino hubiera arrastrado a su víctima hasta el centro de la mediana.El H-3 empezó por identificar la condición social del muerto. Su ropa era fina, los zapatos eran Tomy Hilfiger, deportivos y, aunque el olor a sangre era pesado y apestaba a alcohol y tabaco, podía sentirse el perfume penetrante que impregnaba la camisa. Su reloj era un Casio electrónico y llevaba un grueso anillo de oro en el dedo anular izquierdo; además, su pelo y sus uñas parecían bien cuidados. No usaba faja.LOS MOTIVOS."Este hombre no se arrastró hasta el lugar donde lo encontraron -dijo después de unos minutos-, lo arrastraron. Vean las marcas de tierra en las rodillas del pantalón y los arañazos en la punta de los zapatos. El asesino o quiso esconder el cuerpo o trató de evitar que lo dañara un automóvil. Es casi seguro que lo atacó en el pavimento. ¿Qué estaba haciendo? Creo que tengo una respuesta. -Dijo esto y dio una orden a uno de sus compañeros-: Llama a Inspecciones Oculares y que una patrulla vaya hasta la escena del crimen y la asegure. Si hay rastros de sangre en el pavimento, creo que no será difícil encontrar al asesino".Estaba claro de que el motivo del ataque no era el robo, aunque no encontraron ninguna billetera en el pantalón. El reloj era valioso, el anillo lo era aún más y la herida era solo una, producida por atrás y con un tipo de arma poco común: un destornillador. No se había visto hasta la fecha a un delincuente que atacara a su víctima con un destornillador, a esas horas de la noche y en un sitio como aquel. Entonces, ¿conocía el atacante a su víctima? ¿De dónde cogió el desatornillador con que le dio muerte? ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Qué estaba haciendo la víctima en el momento en que fue atacado? Estaba de espaldas y agachado. El H-3, aunque ya sabía la respuesta, preguntó al forense si tenía otras heridas, o si tenía golpes, y la respuesta fue no. Entonces pidió ver la ropa una vez más.

LAS MANOS."Este hombre era zurdo -dijo-; la grasa en la mano y las manchas negras nos dicen que posiblemente cambió una rueda de vehículo en el sitió donde lo atacaron; él puso la gata, levantó el carro, cambió la rueda y, por supuesto, estuvo agachado varios minutos; cuando terminó, se estaba poniendo de pie y, en ese momento, lo atacaron con el destornillador. ¿Dónde estaba el destornillador? Entre las herramientas del carro. ¿Quién lo atacó? Seguramente su compañero de parranda. ¿Por qué? Es lo que vamos a saber ahora. El H-3 se volvió hacia el cadáver nuevamente y le levantó la mano derecha. Estaba llena de polvo, no de tierra, y estaba manchada de negro, además, tenía grasa en la palma y en el índice. Levantó la otra mano y también estaba sucia, aunque no tenía grasa.

LA HERIDA.

La herida fue producida con un destornillador plano, de eso estaba seguro, a juzgar por la forma y los bordes de la herida de entrada. El desatornillador medía un poco más de diez pulgadas y entró con fuerza a poco menos de un centímetro del foramen magnum, bajó de arriba hacia abajo, trazando una diagonal que lesionó la médula espinal y salió por la garganta, justo en el centro de la manzana de Adán. El daño era grave, las cuerdas vocales estaban rotas e inflamadas y la sangre se había acumulado alrededor de la herida como en una pequeña represa. La víctima no perdió el conocimiento por completo pero perdió algunas facultades que pudieron ser útiles para saber qué es lo que le había pasado. Ahora estaba muerto y el detective tenía la obligación de encontrar al asesino. Porque se trataba de un asesinato, de eso estaba seguro.

TEORÍA.

El H-3 empezó por identificar la condición social del muerto. Su ropa era fina, los zapatos eran Tomy Hilfiger, deportivos y, aunque el olor a sangre era pesado y apestaba a alcohol y tabaco, podía sentirse el perfume penetrante que impregnaba la camisa. Su reloj era un Casio electrónico y llevaba un grueso anillo de oro en el dedo anular izquierdo; además, su pelo y sus uñas parecían bien cuidados. No usaba faja.

Ahora estaba claro que no se trataba de un tipo común y corriente. Había sido atacado por la espalda, era un hombre alto, de casi un metro y ochenta centímetros de estatura y, por la dirección de la herida, podía deducirse que estaba agachado cuando lo atacaron, o al menos se estaba levantando del suelo. ¿Qué estaba haciendo?

Los socorristas dijeron que los policías motorizados lo encontraron boca abajo en la mediana, al final del bulevar Morazán; estaba oscuro pero con la luz de sus linternas vieron que debajo de él había sangre y señales de que se había arrastrado, como si hubiera querido evitar que un automóvil lo atropellara.

En este punto, el detective le preguntó al forense si con el daño que tenía la víctima en la médula espinal pudo haberse arrastrado hasta el lugar donde lo encontraron los policías y el médico contestó que creía que no, aunque en su agonía se aferró al brazo de una enfermera, algo que tal vez un especialista podría explicar mejor. El H-3 le daba forma a una teoría en su cerebro. Era muy posible que el asesino hubiera arrastrado a su víctima hasta el centro de la mediana.

LOS MOTIVOS. Estaba claro de que el motivo del ataque no era el robo, aunque no encontraron ninguna billetera en el pantalón. El reloj era valioso, el anillo lo era aún más y la herida era solo una, producida por atrás y con un tipo de arma poco común: un destornillador. No se había visto hasta la fecha a un delincuente que atacara a su víctima con un destornillador, a esas horas de la noche y en un sitio como aquel. Entonces, ¿conocía el atacante a su víctima? ¿De dónde cogió el desatornillador con que le dio muerte? ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Qué estaba haciendo la víctima en el momento en que fue atacado? Estaba de espaldas y agachado. El H-3, aunque ya sabía la respuesta, preguntó al forense si tenía otras heridas, o si tenía golpes, y la respuesta fue no. Entonces pidió ver la ropa una vez más.

"Este hombre no se arrastró hasta el lugar donde lo encontraron -dijo después de unos minutos-, lo arrastraron. Vean las marcas de tierra en las rodillas del pantalón y los arañazos en la punta de los zapatos. El asesino o quiso esconder el cuerpo o trató de evitar que lo dañara un automóvil. Es casi seguro que lo atacó en el pavimento. ¿Qué estaba haciendo? Creo que tengo una respuesta. -Dijo esto y dio una orden a uno de sus compañeros-: Llama a Inspecciones Oculares y que una patrulla vaya hasta la escena del crimen y la asegure. Si hay rastros de sangre en el pavimento, creo que no será difícil encontrar al asesino".

LA ESCENA. El polvo había cubierto la sangre pero todavía se notaba la mancha deforme que estaba sobre el pavimento, a unos dos metros del borde de la mediana. El H-3 siguió las gotas rojizas iban en línea recta hacia adelante, al menos dos metros y medio, y que giraban hacia la mediana hasta perderse en la tierra, para reaparecer después en el lugar donde los motorizados encontraron a la víctima. Ahora podía reforzar la teoría de que el asesino no quería que los carros atropellaran al muchacho y lo llevó hasta la mediana, ocultándolo bajo la sombra de unos árboles. Era muy posible que el asesino estuviera borracho, que tuviera algún tipo de rencor contra su compañero y que decidiera matarlo en un momento de ira repentina, estimulada, además, por el alcohol. Era lógico suponer que uno de los dos estaba menos borracho que el otro, y era casi seguro que este era el muchacho asesinado. Pero, ¿Quién era él? No lo sabrían sino en la mañana, cuando analizaran sus huellas digitales o sus familiares, preocupados por su desaparición, lo encontraran en la morgue. Esto sería lo mejor y les ahorraría a los detectives algo de trabajo. Era el segundo día que el H-3 estaba de turno.

LOS MOTORIZADOS. Hacia las cuatro y media de la mañana, una motocicleta se detuvo detrás de la línea amarilla de la DNIC. Eran los policías que encontraron el cadáver. El H-3 se acercó a ellos y les hizo algunas preguntas. Cuando dijo algo acerca de la billetera del muchacho, uno de los policías guardó silencio y el otro quiso despedirse. El H-3 sospechó algo y les dijo directamente: "Ustedes encontraron a la víctima; es muy posible que la billetera se le salió del pantalón cuando lo arrastraron hasta la mediana y ustedes podrían haberla encontrado. Si la tienen, entréguenmela ahorita y me voy a olvidar que ustedes regresaron a la escena del crimen". El policía que estaba atrás, en la moto, se puso nervioso, esperó a que su compañero le dijera algo pero este siguió en silencio. Un minuto después le entregaba al H-3 una billetera de cuero, ya sin dinero, pero con los documentos adentro. El H-3 sonrió y se despidió de ellos con un ademán. En ese momento, uno de los técnicos de Inspecciones Oculares le gritó su nombre. Acababa de encontrar el destornillador al otro lado de la calle, escondido entre la grama. Tenía manchas de sangre y algunas hormigas. A esto, el sol iba apareciendo en el horizonte y soplaba una brisa fresca que hacía agradable la mañana. El H-3 acababa de encender su cigarro número siete. Parecía que ahora fumaba menos.

JAVIER. El muchacho se llamaba Javier, tenía dos meses de haber venido de España, donde estudiaba, y esa noche había salido con su amigo Julián, su compañero de cuarto en la universidad, su amigo y su casi hermano. Su padre estaba adentro de la patrulla de la DNIC, con los ojos hinchados de tanto llorar y con los dientes apretados por el odio que sentía contra el asesino de su hijo.

El H-3 estaba tocando el timbre de una casa en la colonia Maradiaga. Eran las seis de la mañana de un sábado silencioso y el escándalo que hizo con el timbre despertó a los perros y estos a los vecinos. Salió a abrir un hombre mal encarado, de unos cincuenta y siete años, vestido con una pesada bata de baño. El detective preguntó por Julián. Este dormía a pierna suelta en su cuarto. Seguía borracho. Cuando el H-3 le echó un poco de agua en la cara, se levantó azorado. No tardó mucho en darse cuenta de lo que pasaba. El detective le agarró una mano; tenía manchas de sangre. Los zapatos y el pantalón estaban tirados el pie de la cama, el detective los levantó con cuidado y encontró en ellos manchas pequeñas de sangre. Ordenó que le cubrieran las manos con bolsas y le consultó al fiscal de turno si lo autorizaba para arrestarlo. El fiscal movió la cabeza hacia adelante. Estaba bostezando.

LA CONFESIÓN. Javier y él eran compañeros de estudios en la universidad. Javier era un buen alumno. Sabía que sus padres se sacrificaban para que él estudiara tan lejos y trataba de aprovechar el tiempo. Él no. Era amigo de mujeres, del vino, la música y las noches eternas. Javier lo estimaba, se consideraba su amigo y le dijo a su papá que su amigo nada estaba haciendo en Madrid, que sus notas eran pésimas y que estaba a punto de que le cerraran las puertas de la facultad. El papá de Julián se decepcionó de su hijo, lo reprendió, lo amenazó y le dio la última oportunidad. La noche del crimen Julián estaba muy tomado, no le perdonaba a su amigo "que lo hubiera traicionado". Se les ponchó la llanta trasera derecha del carro de Julián y Javier se ofreció a cambiar la rueda. Cuando terminó, Javier se levantó despacio, él tenía el destornillador en una mano, no resistió el impulso que lo obligaba a vengarse de su amigo y lo atacó. Luego lo arrastró hasta la mediana, tiró el desatornillador al otro lado de la calle y se fue a su casa a dormir. Le faltan muchas noches más en la Granja Penal de Comayagua. Cree que si el papá de Javier está vivo cuando él cumpla su condena, lo mandará a matar. El señor quería mucho a su hijo.

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