El código de la muerte

La venta de drogas es un asqueroso negocio para gente despiadada, sin escrúpulos, sin respeto por la vida y enfermas de ambición y codicia
ElHeraldo.hn

Honduras

12.12.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Entre los numerosos correos recibidos durante el transcurso de la semana acerca del caso del domingo anterior titulado: "Asesinato a sangre fría", hay uno muy especial, por ingenuamente absurdo.

Es una amenaza tan mal estructurada que deja ver en cada línea la personalidad del o de los autores, como si se estuviera leyendo en un libro abierto. La psicosis que se manifiesta en el primer párrafo es tan clara que quien escribió proyecta lo que podría entenderse como su implicación directa en el caso, ya que al decir "no te conviene que escribás más sobre algo que no debe importarte" no solo manifiesta un nivel cultural aceptable, sino también su marcado interés porque nada más se sepa de un crimen tan grotesco en el que, seguramente, esta persona ha tenido una participación notable.

El experto en psicología criminal que analizó la carta concluye que en la nota en general "refleja ansiedad, temor y, sobre todo, una marcada influencia femenina, aunque pareciera que fue redactada por un hombre".

Es una carta que tiene un valor excepcional porque en la segunda parte de esta historia, que narra el espeluznante asesinato de doña Iolany Matuti de Marichal, se exponen algunos elementos que se relacionan con la personalidad de alguien especial, a quien la fiscalía le sigue los pasos, y que se reflejan casi en cada palabra de la carta.

Por supuesto, la psicología aplicada es una ciencia maravillosa y la continuación de esta historia, titulada "La marca de la bestia" es una prueba fehaciente de que Ana Alvarado, la fiscal, Miguel Rosales y Rigoberto Flores, detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), junto a un gran equipo en el que destaca la doctora Lucy Marrder, han hecho un trabajo científico de resultados asombrosos, a pesar de las presiones económicas, las amenazas políticas y la supuesta seducción de algunos "apóstoles de la Justicia".

Y, claro está, muy pronto "La marca de la bestia" causará tanta conmoción como la primera parte, y se hará justicia para doña Iolany. Por ahora, "El código de la muerte" queda en manos de los lectores.

LA TRAICIÓN. La venta de drogas es un asqueroso negocio para gente despiadada, sin escrúpulos, sin respeto por la vida y enfermas de ambición y codicia. Por supuesto, la garantía que avala la "honradez" de los traficantes es la propia vida y, por desgracia, hasta la vida de sus propias familias. Son muchos los casos de ajustes de cuentas en que los criminales sacrifican a familias enteras para "castigar" la traición, y el crimen organizado no perdona a los Judas que les gusta pasarse de listos. Eso fue lo que pasó con Alberto, a quien sus compinches le aplicaron el código de la muerte en una muestra clara de que el delito no paga y de que no hay crimen perfecto.

LA VENEZUELA. Es una colonia tranquila, de clase media baja, sembrada en una pequeña planicie a orillas de la enorme cloaca al aire libre que se llama río Guacerique; aquí vivía Alberto con su familia, prosperando rápidamente, viviendo como rico y disfrutando plenamente de esos placeres efímeros que da el dinero fácil. Había tomado el mal camino y debía pagarlo caro algún día. Pero, por mientras, era feliz. Sin embargo, una tarde de noviembre de mil novecientos noventa y siete, esa felicidad se acabó para siempre. Sus amigos, sus socios en el negocio, llegaron a visitarlo poco después de las seis de la tarde. Había algo extraño en ellos, no se veían tan amistosos y alegres como siempre y eso intranquilizó a la esposa de Alberto. Este veía televisión en el cuarto y no tuvo tiempo de llegar a la sala cuando una pistola de 9mm se apoyó con violencia en su frente. De nada valían los gritos. Anochecía y los almendros aumentaban las sombras de la calle; por eso nadie vio cuando la familia fue subida a punta de pistola a una camioneta que estaba estacionada enfrente, con el motor encendido. Alberto temblaba de miedo, la esposa lloraba, la hija mayor, de dieciséis años, se mordía las uñas nerviosamente y los niños menores, de siete y cinco años, lloraban en silencio sin alcanzar a comprender lo que pasaba. Alberto trataba de entenderse con sus "amigos". Era cierto que no les había entregado el dinero de la última venta de cocaína, era cierto que los había estado engañando, pero sin mala intención; es que había tenido un problema y tomó el dinero con la confianza de que ellos lo entenderían y le darían tiempo para devolverlo, para eso eran amigos, y él no les había fallado jamás. Pero, ¿quién estaba a salvo de problemas? Y él tuvo una emergencia. No era justo que desconfiaran de él; él iba a pagarles. Solo era cuestión de vender otros diez kilos de cocaína y su ganancia se la iba a dar a ellos. ¿Por qué, entonces, no lo entendían?

LOS AMIGOS. Estos iban en silencio. Delante de ellos, iba un taxi que señalaba el camino. En pocos minutos salieron al bulevar de las Fuerzas Armadas, pasaron por Tiloarque, siguieron por la Corte Suprema, pasaron por la Dirección Nacional de Tránsito, siguieron por Plaza Villas del Sol y tomaron la carretera hacia Danlí. Ya era de noche cuando pasaron la posta de la policía que está después de la colonia Villanueva y pronto dejaron la ciudad atrás. Veinte minutos después se salieron de la carretera pavimentada y entraron a la montaña del Uyuca. Estaba oscuro, hacía frío y caía una brisa fina; el olor de los pinos era agradable pero Alberto apestaba a miedo. Cuando los bajaron de la camioneta, ya sabía qué es lo que iba a pasar. Las luces de los carros iluminaban un claro entre varios pinos que terminaba en una hondonada de varios metros de profundidad, después de unos arbustos. Sus amigos llevaron hasta allí a su familia. Los obligaron a ponerse de rodillas y el siguió suplicándoles que no los mataran. Nadie parecía escucharlo. Su mujer lo recriminaba y él seguía temblando. Tenía a los niños pequeños agarrados de una mano y avanzaba hacia los arbustos arrastrando los pies. Su mujer maldecía a dos pasos de él y la niña mayor lloraba en silencio.

LA EJECUCIÓN. Se escuchó el primer disparo. La mujer dejó de hablar y cayó al suelo con un golpe secó. Tenía un balazo en la parte de atrás de la cabeza y antes de que se extinguiera el eco del disparo, estaba muerta. Alberto dio un grito. Sonó el segundo disparo. Su hija de dieciséis años cayó muerta a menos de un metro de su madre. Tenía deshecha la parte de atrás de la cabeza y un charco de sangre humeante se formó debajo de ella. Uno de los asesinos dijo algo y, en ese momento, Alberto dio un salto y desapareció detrás de los arbustos. Las pistolas vomitaron llamas y Alberto reprimió un grito de dolor. La hondonada estaba oscura, ahora llovía con más fuerza y él sentía el calor de la sangre corriendo por su piel. Rodó varios metros, las balas se estrellaban en las piedras y en los troncos de los arbustos a su alrededor pero él no se detuvo. Seguía avanzando, arrastrándose como podía, sin soltar a los niños que, extrañamente, no hacían ningún ruido. No sabía en qué dirección corría pero las voces de los asesinos ya no se escuchaban y el estallido de las armas era más débil cada vez. Estaba seguro de que lo buscaban y a lo lejos veía el chorro de luz blanquecina que salía de los focos de los carros. Ahora sentía las heridas, el dolor era insoportable y sangraba mucho, pero seguía caminando, sin soltar a los niños, que avanzaban ilesos a su lado. A las diez de la noche salió a la carretera. Tenía miedo de pedir ayuda. Sus socios no descansarían hasta darle muerte. Tenía su celular en una bolsa del pantalón y llamó a un amigo. Este no tardó en llegar.

LA DNIC. César Ruiz estaba de turno. Bostezaba de vez en cuando, tomaba café y trataba de acomodarse en la silla que estaba calentando desde hacía varias horas. Uno de sus compañeros llegó hasta él seguido por un hombre asustado. Le dijo que venía a denunciar dos asesinatos y que sabía quiénes eran los criminales. César le señaló una silla pero él siguió de pie. Agregó que el afectado era un amigo suyo, que estaba malherido pero que podía hablar, que tenía miedo y que no confiaba en nadie, pero que quería declarar; estaba a una cuadra de la DNIC. César fue hasta donde él. Los niños dormían en el asiento de atrás del carro y él seguía sangrando, tratando de reprimir el dolor. Le contó a César la historia y este no perdió el tiempo. ¿Sabe dónde viven? Sí. Bien. Deme la dirección. Otra patrulla de la DNIC va a ir a la montaña de Uyuca a reconocer los cadáveres.

EL TAXISTA. Eran las dos de la mañana, hacía frío y los detectives bostezaban casi colgados de la paila del doble cabina de la DNIC. César iba al frente. No tardaron mucho en llegar al Hato de En medio. Cuando tocaron la puerta, una voz gritó desde adentro: ¿Quién? ¡La policía! ¡Me vale que sea la policía! ¡Si seguís tocando te voy a meter las balas; mejor andate de aquí!

César sintió que le arrancaban las orejas. Siempre ha creído que su profesión es sagrada, que la DNIC sirve al público honrado y que la gente debe respetar a la policía y someterse a sus requerimientos. Por eso se encolerizó cuando el hombre amenazó con dispararles. Ellos eran la autoridad y la autoridad se respeta. Dio una orden y dos detectives estrellaron sus cuerpos contra la puerta. Las astillas salieron volando y los detectives entraron con las armas en la mano. El hombre se rindió sin oponer resistencia. ¡Perdonen, por favor; yo creí que un amigo mío estaba bromeando conmigo! César le puso una mano en la nuca, lo obligó a ponerse de rodillas y le colocó las esposas. Cuando lo levantaron, le dijo: Si colaborás con nosotros, la Fiscalía te puede ayudar a que te reduzcan la condena. Tenemos un testigo que asegura que vos y tus amigos le secuestraron la familia, la llevaron hasta la montaña del Uyuca y le mataron a la esposa y a la hija mayor. Vos sos uno de los asesinos. Ayúdanos y nosotros te ayudamos a vos. ¿Quiénes son los otros?

EL JEFE. El policía que estaba de turno en la posta de la colonia Centroamérica era un muchacho, casi un niño, alto, delgado y pálido. Le dijo a César Ruiz que él conocía a Ramiro y que sabía que se dedicaba a vender droga al por mayor. Que les iba a enseñar donde vivía. Pero Ramiro no estaba allí. La mujer dijo que acababa de irse con unos amigos. ¿Sabe para dónde? No. Solo sé que llevaba algún dinero, metió un poco de ropa en una mochila y salió huyendo.

Antes de las seis de la mañana, César y sus compañeros catearon dos casas más. Eran las casas de los amigos de Alberto. No encontraron nada. Habían huido una hora antes. Nadie sabía dónde podían encontrarlos.

INTERPOL. César Ruiz era más terco que una mula. Tenía los nombres de los asesinos, tenía sus fotografías y no dormiría tranquilo hasta no verlos tras las rejas. Era su trabajo y la adrenalina que le inundaba las venas era un poderoso estimulante contra los criminales. Había ido a la escena y lo conmovió ver a las mujeres bañadas en sangre, tiradas boca abajo y llenas de hormigas, con las cabezas deshechas a balazos, víctimas no solo de sus asesinos, sino también de Alberto, el hombre que debió cuidarlas y protegerlas pero que las llevó a la muerte con su ambición desmedida. Era hora de acudir a la policía internacional (Interpol). Y se sentó a esperar. Esperó tres años. Ramiro trabajaba de taxista en ciudad Guatemala, vendía drogas y se había enamorado de nuevo. Interpol lo puso en la frontera con Honduras y César fue en persona a traerlo. Jorge se escondía en un barrio marginal de San Salvador. Dice que trabajaba honradamente. Carlos fue capturado por la Interpol en el apartamento que compartía con Ramiro. Fueron cayendo uno por uno. El taxista fue condenado y salió en libertad hace tres años, por buena conducta y por su colaboración con la fiscalía. Sus compañeros tendrán que esperar veinticinco años para ver el sol de nuevo. Los condenaron por secuestro, asesinato y tentativa de asesinato. La policía no pudo probar su participación en la venta y tráfico de cocaína. Tal vez cuando salgan de la cárcel, en 2025, sean hombres nuevos. Alberto se perdió del mapa. César no volvió a saber nada de él. La última vez que lo vio fue cuando vino a la DNIC a agradecerle lo que hizo por él.

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