La cárcel: ¿Qué por qué estoy aquí?... ¡Esa es una buena pregunta! Una pregunta que siempre hace quien acaba de conocernos. La respuesta es lógica: estamos aquí porque somos culpables de algo; cometimos un delito, la Policía nos descubrió y… ¡por eso estamos aquí! Creo que la pregunta que deberían hacernos es: ¿Por qué lo hiciste? Y yo, personalmente, no tendría respuesta que dar. Y, a veces, creo que estoy aquí por estúpida, por impulsiva y por caliente; sí, por eso, pero más por ambiciosa. Bien me decía mi abuela que yo iba a terminar mal, que tarde o temprano yo solita iba a desgraciarme la vida. Eso me lo decía desde que supo que era yo la que le robaba las monedas que ella guardaba en una lata de leche Ceteco… Pero ya de nada sirve quejarse, de nada sirve arrepentirse; lo hecho, hecho está y ya tendré tiempo para lamentarme de mi error… ¡Me condenaron a veintisiete años y medio!, y apenas llevo tres y centavos. El fiscal dice que no podré obtener libertad condicional por buena conducta porque quise fugarme, por eso me pusieron cuatro años más. Creo que voy a morir aquí. Aunque, en realidad, no quise fugarme; me llevaron al hospital, para una revisión porque me sentía enferma, me pusieron una bata, el doctor me dejó sola un momento y yo creí que podía irme sin que me vieran. Estuve escondida en el hospital hasta la noche, pero un guardia me denunció y me agarraron. No sé si hubiera podido salir a la calle, solo con la bata y nada más debajo. De todos modos, los policías me buscaban y fue mejor que me agarraran los de la DNIC (Dirección Nacional de Investigación Criminal), porque los custodios estaban furiosos y me hubieran golpeado. Es que si yo lograba fugarme, a ellos los hubieran acusado de complicidad conmigo y los hubieran metido presos. Desde que me trajeron de vuelta a la cárcel no dejaron de hostigarme. A uno de ellos lo mataron los mareros, dicen que fue en un billar del barrio Medina; al otro tuve que pagarle con sexo para que dejara de molestarme. Un día me dijo que me iba a poner marihuana en mis cosas y que él mismo iba a venir a revisarme. Tuve miedo y lo hice. Estaba borracho y se tardó mucho. Yo creí que iba a vomitarme en su cara. Es un hombre malo, feo y repugnante. Le ha hecho lo mismo a varias mujeres y hasta las ha obligado a acostarse con otros hombres, reos incluidos, y él se queda con el dinero que cobra. Esta cárcel es un infierno.
EMILIA.El me ofreció matrimonio. Yo me reí al principio. Tenía veintitrés años, trabajaba como podía, los hombres no me estimaban y los que llevaba a mi casa no me querían al niño, y llevaba una vida desordenada; hasta que lo conocí a él. Bueno, mejor dicho, hasta que él me conoció a mí. No me prostituía, eso no lo hice nunca, aunque no era del todo honrada, pero a él no le importó. Él me quería. El problema es que tenía veinte años más que yo. Aunque para una mujer normal eso no debía ser un problema. Vivimos juntos cinco años. Cuando él cumplió cincuenta y dos empezó a cambiar, casi siempre estaba de mal humor, todo le molestaba y renegaba por todo. El doctor dijo que era por la diabetes, de esa diabetes que lo destruye todo rápidamente, y él empezó a tener problemas en los riñones, en la vista y en el corazón. Lo peor fue cuando le cortaron una pierna. Una picada de zancudo se le infectó, la gangrena apareció en menos de una semana y se la cortaron. La diabetes es una enfermedad horrorosa.Yo estuve con él todo el tiempo. Aunque no lo quería mucho, sí le agradecía lo bueno que era conmigo. Y lo cuidé mientras pude.Yo estaba casada. Ya tenía un hijo cuando lo conocí a él y él me dio un hogar. Fue bueno, era cariñoso, responsable y juguetón; mi hijo tenía siete años y el papá ni siquiera lo conoce. Yo lo criaba sola, mi abuela, que era la única que me quería de verdad, murió cuando él nació y me quedé sola; mi mamá vivía en las bananeras, con otro hombre, mis hermanos se hacían la vida como podían y mi papá vive en Tocoa, Colón, con otra mujer. Dice mi mamá que nos dejó hace muchos años, pero yo, en realidad, no lo recuerdo. Deben ser muchos años.
EL CUÑADO.Mi hijo estaba en la escuela, era temprano en la mañana y como la casa queda aislada, nadie escuchaba sus gritos. Casi arrastrándose llegó a la sala y siguió hasta el cuarto. Me corrió de la casa, corrió al hermano y nos amenazó con dejarnos en la calle. La finca de café en que trabajaba el hermano era suya y le dijo que la iba a malvender y que lo iba a dejar en la calle. Me dijo que no quería volver a verme y que no llevara más a mi hijo a su casa. Nosotros todavía estábamos desnudos. Yo sentí que el mundo se me venía encima. Hasta ese momento me di cuenta de lo que iba a perder. Vivía bien, como nunca antes en la vida, mi hijo tenía seguridad, no éramos ricos, pero teníamos lo necesario, y ahora me tocaba volver a la calle. Creo que mi cuñado pensaba lo mismo que yo en ese momento, los dos dependíamos de mi marido y él más, porque no tenía ni donde caerse muerto; yo, al menos, tenía unos ahorros. Y la finca estaba bien tecnificada y producía bastante café, lo suficiente para vivir cómodamente, sin ostentaciones ni derroches. Y allí lo decidimos. Vino su hermano de Santa Bárbara, de una aldea de San Nicolás; vino para ayudarme a cuidarlo. Estuvo con nosotros dos meses. Yo no sé cuando fue que empezamos a relacionarnos pero estoy segura que mi marido lo notó. Aunque no podía moverse porque estaba convaleciente, se las ingenió para llegar hasta el cuarto del hermano. Allí estábamos los dos. Él sintió que se moría. A mí me dolió verlo llorando. Pero yo nada podía hacer, esa era mi naturaleza, la naturaleza del alacrán que debe picar siempre. Yo debía traicionarlo aunque él fuera tan bueno.EL CASO.Aquello duró menos de cinco minutos. Me dolía el brazo y sentía que el martillo pesaba mil veces más. Estaba desnuda, la sangre de mi marido la tenía por todo el cuerpo y el semen de su hermano se me resbalaba entre las piernas. Eso lo noté cuando me metí al baño. Allí empecé a reflexionar, a darme cuenta de lo que había hecho. Me sentí sucia y empecé a llorar. Pero mi cuñado no sentía remordimientos y me dijo que tenía que ayudarle a botar el cadáver.Él estaba apoyado en la cama, llorando y maldiciendo, le dolía la herida de la operación y sufría. No sé por qué no sentí lástima por él. Solo teníamos una cosa en mente y lo hicimos. Él lo hirió primero. Su propio hermano. Luego yo le di el primer golpe en la cabeza; el martillo era grande y pesado y escuché cuando se quebraron los huesos del cráneo. No sé que me pasaba, estaba ciega. No es que lo odiara, no; no lo amaba pero lo quería, como el hombre bueno que era y por lo bueno que era con mi hijo, y no sé qué me pasaba por la cabeza en ese momento. La sangre le corría por la espalda, gritaba pero ya sin fuerzas, su hermano lo había herido por tercera vez y yo volví a pegarle en la cabeza con el martillo. Entre los dos lo matamos, no por odio ni por deseo de hacerle daño, sino por miedo a quedarnos en la calle, a volver a la pobreza de la que él nos había sacado.
AS MULETAS. Yo me estaba bañando cuando él salió. Pero, ¿a dónde podía ir él sin sus muletas y sin la silla de ruedas que estaba encogida en el clóset, donde, estúpidamente, la había guardado mi cuñado? El policía vio que empecé a temblar, me dijo que la acompañara al cuarto y me señaló algo en el techo. Era sangre, gotas pequeñas pero que destacaban muy bien sobre el cielo raso blanco. Eran tres y estaban casi en línea recta, muy junta una de la otra. El detective llamó a uno de sus compañeros, luego se dirigió a mí y me preguntó por las muletas de mi esposo. No sé por qué pero yo quería agradar a los policías, ganarme su confianza y su simpatía y corrí a traer las muletas. Estaban en el patio, cerca de la pila. Mi cuñado las llevó hasta allí cuando fue a lavarse las manos y las dejó para que yo las limpiara. El detective volvió a sonreír. Era la misma sonrisa maliciosa de mi abuela. Me preguntó: ¿Cuántos pares de muletas tenía su esposo? Yo le respondí de inmediato: ¡Solo esas! El detective me miró con ira. Y, ¿sabe a donde fue su esposo esta mañana? Yo supe en ese momento que había cometido un error. Les había dicho que mi esposo me dijo que iba a salir en la mañana, que le hice desayuno, le ayudé a vestirse y se fue.
LA DNIC.En ese momento entró al cuarto una mujer con un martillo en la mano. Estaba lavado pero algo había encontrado en él que la hizo sospechar. El detective dijo que llamaran a Inspecciones Oculares y que trajeran de Tegucigalpa a Pachico (no se me olvida ese nombre) por si había sangre en el piso. Yo me reí por dentro porque estaba segura de que el piso estaba limpio pero me tragué mi estupidez cuando a eso de las tres de la madrugada, el tal Pachico encontró huellas de sangre en el piso, al lado de la cama, con una cosa que llaman luminol. El fiscal me explicó para qué servía eso y, fue en ese momento, cuando el detective me llevó a la sala para hablar conmigo.Quiero que me diga por qué y cómo mató usted a su marido -me dijo-; si usted nos ayuda, la Fiscalía le ayudará a usted. ¿Quién estaba con usted cuando lo mataron? ¿Quién le golpeó la cabeza con el martillo? Yo temblaba y deseaba llorar, pero no me salían lágrimas. Aquel detective, lleno de ojeras, cansado y con mal aliento, parecía que lo sabía todo.Creo que un hombre lo acuchilló por la espalda -dijo después el detective-, por la fuerza con que se hundió el cuchillo y por la forma de las heridas; creo que usted lo golpeó con el martillo en la cabeza. Aunque los golpes y rompieron el hueso del cráneo, son fuertes pero no son mortales. Dígame quien le ayudó a matar a su marido y por qué. ¿Vio la sangre del techo? Cuando usted levantaba el martillo después de cada golpe, la sangre salía disparada y se pegó en el techo. Hay sangre en una de las gavetas de la cómoda que está cerca de la cama y encontramos cenizas de trapos quemados en el basurero. Creo que todo está claro. Su marido estaba convaleciente, jamás iba a ir a ningún lado sin muletas o silla de ruedas. Lo que yo creo es que usted y su amante lo asesinaron, lo que quiero saber es por qué lo hicieron.Yo confesé. Mi cuñado se fue una hora después de que dejamos el cuerpo cerca de Ticamaya. Era un hombre malo. Antes de irse me dijo que si yo decía algo iba a matar a mi hijo. Hoy, que mi hijo está en Estados Unidos con mi hermano, no me importa. Me dijo el pastor evangélico que viene aquí todos los domingos que si no me arrepiento de lo que hice voy directo al infierno. Aquí aprendí que esas solo son palabras vacías. No creo que haya peor infierno que este. Aquí me hicieron lesbiana, prostituta, fumadora, mal hablada y peleonera. Me faltan tantos años en la cárcel que ya ni cuento los días. Los de la DNIC sospecharon que mi amante y mi cómplice en el asesinato de mi esposo era mi propio cuñado, por las entrevistas que le hicieron a los vecinos, pero sin mi confesión no podían hacer nada contra él. Esta es la historia pero usted no mencionará nombres y yo no hablaré con nadie sobre esto. Creo que contarle lo que hice me libera de un cargo de conciencia que no me ha dejado vivir en paz todo este tiempo. Usted dice que es para publicarla en su sección de EL HERALDO y que nadie sabrá quién soy ni donde estoy. Yo confío en usted.Si eso es lo que me imagino -me dijo el detective-, creo que usted tiene mucho que contarnos.
EMILIA.
El me ofreció matrimonio. Yo me reí al principio. Tenía veintitrés años, trabajaba como podía, los hombres no me estimaban y los que llevaba a mi casa no me querían al niño, y llevaba una vida desordenada; hasta que lo conocí a él. Bueno, mejor dicho, hasta que él me conoció a mí. No me prostituía, eso no lo hice nunca, aunque no era del todo honrada, pero a él no le importó. Él me quería. El problema es que tenía veinte años más que yo. Aunque para una mujer normal eso no debía ser un problema. Vivimos juntos cinco años. Cuando él cumplió cincuenta y dos empezó a cambiar, casi siempre estaba de mal humor, todo le molestaba y renegaba por todo. El doctor dijo que era por la diabetes, de esa diabetes que lo destruye todo rápidamente, y él empezó a tener problemas en los riñones, en la vista y en el corazón. Lo peor fue cuando le cortaron una pierna. Una picada de zancudo se le infectó, la gangrena apareció en menos de una semana y se la cortaron. La diabetes es una enfermedad horrorosa.
Yo estuve con él todo el tiempo. Aunque no lo quería mucho, sí le agradecía lo bueno que era conmigo. Y lo cuidé mientras pude.
EL CUÑADO.
Vino su hermano de Santa Bárbara, de una aldea de San Nicolás; vino para ayudarme a cuidarlo. Estuvo con nosotros dos meses. Yo no sé cuando fue que empezamos a relacionarnos pero estoy segura que mi marido lo notó. Aunque no podía moverse porque estaba convaleciente, se las ingenió para llegar hasta el cuarto del hermano. Allí estábamos los dos. Él sintió que se moría. A mí me dolió verlo llorando. Pero yo nada podía hacer, esa era mi naturaleza, la naturaleza del alacrán que debe picar siempre. Yo debía traicionarlo aunque él fuera tan bueno.
Mi hijo estaba en la escuela, era temprano en la mañana y como la casa queda aislada, nadie escuchaba sus gritos. Casi arrastrándose llegó a la sala y siguió hasta el cuarto. Me corrió de la casa, corrió al hermano y nos amenazó con dejarnos en la calle. La finca de café en que trabajaba el hermano era suya y le dijo que la iba a malvender y que lo iba a dejar en la calle. Me dijo que no quería volver a verme y que no llevara más a mi hijo a su casa. Nosotros todavía estábamos desnudos. Yo sentí que el mundo se me venía encima. Hasta ese momento me di cuenta de lo que iba a perder. Vivía bien, como nunca antes en la vida, mi hijo tenía seguridad, no éramos ricos, pero teníamos lo necesario, y ahora me tocaba volver a la calle. Creo que mi cuñado pensaba lo mismo que yo en ese momento, los dos dependíamos de mi marido y él más, porque no tenía ni donde caerse muerto; yo, al menos, tenía unos ahorros. Y la finca estaba bien tecnificada y producía bastante café, lo suficiente para vivir cómodamente, sin ostentaciones ni derroches. Y allí lo decidimos.
EL CASO. Él estaba apoyado en la cama, llorando y maldiciendo, le dolía la herida de la operación y sufría. No sé por qué no sentí lástima por él. Solo teníamos una cosa en mente y lo hicimos. Él lo hirió primero. Su propio hermano. Luego yo le di el primer golpe en la cabeza; el martillo era grande y pesado y escuché cuando se quebraron los huesos del cráneo. No sé que me pasaba, estaba ciega. No es que lo odiara, no; no lo amaba pero lo quería, como el hombre bueno que era y por lo bueno que era con mi hijo, y no sé qué me pasaba por la cabeza en ese momento. La sangre le corría por la espalda, gritaba pero ya sin fuerzas, su hermano lo había herido por tercera vez y yo volví a pegarle en la cabeza con el martillo. Entre los dos lo matamos, no por odio ni por deseo de hacerle daño, sino por miedo a quedarnos en la calle, a volver a la pobreza de la que él nos había sacado.
Aquello duró menos de cinco minutos. Me dolía el brazo y sentía que el martillo pesaba mil veces más. Estaba desnuda, la sangre de mi marido la tenía por todo el cuerpo y el semen de su hermano se me resbalaba entre las piernas. Eso lo noté cuando me metí al baño. Allí empecé a reflexionar, a darme cuenta de lo que había hecho. Me sentí sucia y empecé a llorar. Pero mi cuñado no sentía remordimientos y me dijo que tenía que ayudarle a botar el cadáver.
EL CUERPO. Lo encontraron ese mismo día. Estaba envuelto en periódicos y costales de esos en que guardan el café. La Policía no tardó en saber quién era y, antes de las cinco de la tarde, llegaron a mi casa. Yo estaba nerviosa, habíamos limpiado bien el dormitorio y traté de no demostrarle nada a los de la DNIC. Pero esos hombres son como los perros, algo olieron y no creyeron que yo estuviera tan dolida ni impresionada por la noticia que acababan de darme. Me pidieron permiso para ver la casa y el dormitorio de mi esposo y yo no pude negarme. Uno de ellos, no recuerdo su nombre, entró al cuarto. Se paró en la puerta y se estuvo allí varios minutos. A mí se me salía el corazón por la boca, a pesar de que habíamos limpiado bien y había quemado las sábanas y las fundas de las almohadas. Pero el detective dijo que el cuarto estaba demasiado limpio y olía demasiado a limpiador de pisos. ¿Por qué ninguna otra parte de la casa estaba tan limpia y olorosa? ¿Por qué solo el cuarto? Vi que entró despacio, viéndolo todo, como esos perros que arrastran la nariz por el suelo detrás de una huella. Vi cuando levantó la cabeza y yo me imaginé que estaba payaseando porque ¿qué iba a encontrar en el techo? Pero encontró algo porque lo vi sonreír, con esa misma malicia con que sonreía mi abuela cuando me había descubierto en una picardía, y en ese momento sentí miedo; un escalofrío me recorrió la espalda y sentí que se me aflojaban las piernas, pero el detective no dijo nada.
LAS MULETAS. El detective llamó a uno de sus compañeros, luego se dirigió a mí y me preguntó por las muletas de mi esposo. No sé por qué pero yo quería agradar a los policías, ganarme su confianza y su simpatía y corrí a traer las muletas. Estaban en el patio, cerca de la pila. Mi cuñado las llevó hasta allí cuando fue a lavarse las manos y las dejó para que yo las limpiara. El detective volvió a sonreír. Era la misma sonrisa maliciosa de mi abuela. Me preguntó: ¿Cuántos pares de muletas tenía su esposo? Yo le respondí de inmediato: ¡Solo esas! El detective me miró con ira. Y, ¿sabe a donde fue su esposo esta mañana? Yo supe en ese momento que había cometido un error. Les había dicho que mi esposo me dijo que iba a salir en la mañana, que le hice desayuno, le ayudé a vestirse y se fue.
Yo me estaba bañando cuando él salió. Pero, ¿a dónde podía ir él sin sus muletas y sin la silla de ruedas que estaba encogida en el clóset, donde, estúpidamente, la había guardado mi cuñado? El policía vio que empecé a temblar, me dijo que la acompañara al cuarto y me señaló algo en el techo. Era sangre, gotas pequeñas pero que destacaban muy bien sobre el cielo raso blanco. Eran tres y estaban casi en línea recta, muy junta una de la otra.
LA DNIC. Si eso es lo que me imagino -me dijo el detective-, creo que usted tiene mucho que contarnos.
En ese momento entró al cuarto una mujer con un martillo en la mano. Estaba lavado pero algo había encontrado en él que la hizo sospechar. El detective dijo que llamaran a Inspecciones Oculares y que trajeran de Tegucigalpa a Pachico (no se me olvida ese nombre) por si había sangre en el piso. Yo me reí por dentro porque estaba segura de que el piso estaba limpio pero me tragué mi estupidez cuando a eso de las tres de la madrugada, el tal Pachico encontró huellas de sangre en el piso, al lado de la cama, con una cosa que llaman luminol. El fiscal me explicó para qué servía eso y, fue en ese momento, cuando el detective me llevó a la sala para hablar conmigo.
Quiero que me diga por qué y cómo mató usted a su marido -me dijo-; si usted nos ayuda, la Fiscalía le ayudará a usted. ¿Quién estaba con usted cuando lo mataron? ¿Quién le golpeó la cabeza con el martillo?
Yo temblaba y deseaba llorar, pero no me salían lágrimas. Aquel detective, lleno de ojeras, cansado y con mal aliento, parecía que lo sabía todo.
Creo que un hombre lo acuchilló por la espalda -dijo después el detective-, por la fuerza con que se hundió el cuchillo y por la forma de las heridas; creo que usted lo golpeó con el martillo en la cabeza. Aunque los golpes y rompieron el hueso del cráneo, son fuertes pero no son mortales. Dígame quien le ayudó a matar a su marido y por qué. ¿Vio la sangre del techo? Cuando usted levantaba el martillo después de cada golpe, la sangre salía disparada y se pegó en el techo. Hay sangre en una de las gavetas de la cómoda que está cerca de la cama y encontramos cenizas de trapos quemados en el basurero. Creo que todo está claro. Su marido estaba convaleciente, jamás iba a ir a ningún lado sin muletas o silla de ruedas. Lo que yo creo es que usted y su amante lo asesinaron, lo que quiero saber es por qué lo hicieron.
Yo confesé. Mi cuñado se fue una hora después de que dejamos el cuerpo cerca de Ticamaya. Era un hombre malo. Antes de irse me dijo que si yo decía algo iba a matar a mi hijo. Hoy, que mi hijo está en Estados Unidos con mi hermano, no me importa. Me dijo el pastor evangélico que viene aquí todos los domingos que si no me arrepiento de lo que hice voy directo al infierno. Aquí aprendí que esas solo son palabras vacías. No creo que haya peor infierno que este. Aquí me hicieron lesbiana, prostituta, fumadora, mal hablada y peleonera. Me faltan tantos años en la cárcel que ya ni cuento los días. Los de la DNIC sospecharon que mi amante y mi cómplice en el asesinato de mi esposo era mi propio cuñado, por las entrevistas que le hicieron a los vecinos, pero sin mi confesión no podían hacer nada contra él. Esta es la historia pero usted no mencionará nombres y yo no hablaré con nadie sobre esto. Creo que contarle lo que hice me libera de un cargo de conciencia que no me ha dejado vivir en paz todo este tiempo. Usted dice que es para publicarla en su sección de EL HERALDO y que nadie sabrá quién soy ni donde estoy. Yo confío en usted.