Los expertos en conducta humana siguen preguntándose, a pesar de las muchas teorías y respuestas, ¿por qué un ser humano se convierte en depredador de sus semejantes sin mostrar la menor compasión ni escrúpulos ni arrepentimiento ante el sufrimiento ajeno? ¿Por qué el hombre se bestializa a tal grado que la vida de los demás deja de tener valor para él y desprecia las reglas más elementales de la moral, del humanismo, de la religión y del derecho? ¿Qué fuerza desconocida los impulsa a matar, sumiéndolos en una orgía de sangre que no termina hasta que ellos mismos son asesinados ya que es sabido que la soledad de la cárcel no es capaz de refrenar sus impulsos homicidas? ¿Taras mentales? ¿Envidia y odio contra la sociedad supuestamente selectiva, poco equitativa, discriminativa e injusta? ¿Predisposición natural al crimen? ¿Renglones torcidos de Dios?
La verdad es que desde que el hombre camina sobre la faz de la Tierra, la ira, la envidia y el odio lo han llevado a derramar sangre de hermanos, desde Caín hasta nuestros días, en una vorágine que parece no tener fin.
Y la respuesta a esta aberración humana no está en las teorías de los científicos más sabios ni en los policías más valientes ni en los jueces más justos. Como dice el general Maradiaga Panchamé, “la solución a la criminalidad tal vez esté solo en manos de Dios”. Y la historia negra de la humanidad sigue escribiéndose con sangre inocente, como la que derramaron las bestias de la muerte en los tres casos siguientes.
DOÑA CARMEN.
Quienes la vieron por última vez dicen que doña Carmen iba de mal humor, llevaba la frente fruncida y los dientes apretados; con violencia se dejó caer en el lado vacío del asiento que estaba cerca a la puerta de atrás del bus y no se molestó en disculparse con la muchacha que golpeó al sentarse. Sabe Dios en qué pensaba mientras el bus se ponía en camino. Dicen sus familiares que iba para el mercado San Isidro y que no saben por qué se enfrentó a los delincuentes que le querían robar la cartera. Tal vez porque el dinero que llevaba era lo único que tenía.
Ella no vio a los dos hombres, casi unos muchachos, que la seguían de cerca. Uno de ellos, de baja estatura, pelo corto, vestido con ropa holgada, subió al bus después de ella; el otro, alto y delgado, vestido con jeans y camiseta, subió por la puerta de adelante.
Este se fue directamente hasta su asiento, extendió una mano y le agarró la cartera; doña Carmen dio un grito, cogió con las dos manos la cartera y empezó a insultarlos. El otro ladrón le dio un golpe en el rostro. Ella no se rindió.
El forcejeo duró un minuto. La gente gritaba, el conductor del bus le subió el volumen al radio y doña Carmen seguía gritando. En ese momento el segundo hombre sacó una chimba de debajo de su camisa, la puso en la frente de la señora y le disparó un solo tiro.
“Entonces morite vieja p…”, le dijo antes de apretar el gatillo. El estruendo del cartucho de escopeta 12 opacó por un momento el chillido del reggaetón del chofer. Doña Carmen se estremeció de pies a cabeza, su sangre, revuelta con astillas de hueso y masa encefálica, bañó a los pasajeros de atrás, su cara había desaparecido, tenía partido el cráneo en dos y aún se sostuvo dos segundos de pie, sin soltar la cartera.
Cuando cayó sobre el asiento, estaba muerta, los pasajeros habían abandonado el bus y los asesinos habían desaparecido. La Policía muy poco podía hacer para detenerlos. Los testigos tenían miedo de hablar y los pocos que lo hicieron dieron algunos datos que llevaron solamente a la elaboración de un retrato hablado del criminal. Eso era todo. El crimen del puente del Carrizal quedaría en la impunidad.
UN AÑO.
Julia era hermosa, delgada, trigueña, pelo negro y ondulado y ojos grandes y vivos, tenía veintidós años y seguía soltera, a pesar de que su más necio pretendiente le bajaba el sol y la luna para que le entregara su amor. Ella no lo quería.
Esa tarde esperaba el bus que la llevaría al centro de la ciudad, era temprano todavía y no tenía prisa por llegar. La estación estaba llena de gente y los buses que pasaban iban repletos. El puente de el Carrizal estaba a unos cien metros, más allá estaban los bomberos y a la derecha la salida a San Pedro Sula.
Ella esperaba en la estación de IMPALE, sin hablar con nadie y sonriendo de vez en cuando a algún conocido. Un testigo dice que la vio arrugar la boca de pronto y alejarse unos pasos de donde esperaba. El mismo testigo dice la vio caer hacia adelante, bañada en sangre, dos segundos después. El estallido de la chimba se perdió entre el bullicio de los motores y la gritería de los transeúntes.
A pesar del miedo, logró ver al asesino. Era un hombre alto, casi un muchacho, vestido con elegancia, casi rapado, que se hacía acompañar de otro hombre de baja estatura que vestía ropa holgada.
Se escondió detrás de una carreta llena de naranjas y cuando salió de nuevo, los criminales ya no estaban. La muchacha estaba muerta sobre un charco de su propia sangre.
Le habían disparado en la nuca un cartucho de escopeta calibre 12, destruyéndole el cerebro y matándola al instante. Hacía un año que doña Carmen había sido asesinada a escasos cien metros de allí y casi en las mismas condiciones. La Policía, en esta ocasión, tenía más testigos, y estos sí querían hablar.
EL SOSPECHOSO.
El retrato hablado del asesino se parecía mucho al que se había elaborado un año antes; los detectives de Homicidios presentaron los dos ante los testigos y estos no dudaron en reconocer al criminal.
Le decían “El Pato” y varias personas coincidieron en que lo habían visto con frecuencia en la zona de el Carrizal. Los detectives buscaron en el padrón fotográfico de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), y encontraron una foto que se parecía en más del noventa por ciento a los retratos hablados.
Los testigos lo reconocieron de inmediato. La Policía ahora tenía un nombre y enviaron a varios detectives encubiertos a la zona. Un informante dio una dirección y la Fiscalía consiguió la orden de captura. Los dos asesinatos seguían el mismo patrón. Disparo con chimba a quemarropa y en la cabeza, los retratos hablados coincidían y los testigos reconocieron al asesino. Ahora no tenía escapatoria.
Un hermano de Julia dijo que sabía que “El Pato” enamoraba a la muchacha, que esta lo rechazó muchas veces y que tal vez eso enfureció al criminal y le quitó la vida. Tres días después, “El Pato” se rendía a los agentes de la DNIC, los testigos desfilaron para reconocerlo y el juez le dictó auto de prisión. En los primeros días de febrero de 2010 le dictarán la sentencia.
La Fiscalía cree que “El Pato” pasará los próximos cuarenta y cinco años en prisión. Su abogado defensor no dice ni “esta boca es mía”.
PASIÓN DE FUEGO.
Clara estaba enamorada, tenía veintiún años, era bonita, blanca, delgada y hermosa; Manuel era un buen muchacho. Era cierto que tenía cuatro años menos que ella, que no tenía trabajo fijo, que siempre andaba armado con un cuchillo de cocina puntiagudo y filoso en extremo y, aunque se negaba a creerlo, sabía que fumaba marihuana y andaba con malas compañías. Su mamá y sus hermanos no lo querían y le habían prohibido aquella relación.
Manuel no solo era menor de edad sino que era un bueno para nada. Pero con un enamorado nadie debe meterse; Clara lo amaba y nada más importaba.
LA VISITA.
Era temprano, la mañana era fresca y el bullicio en la colonia Flor Número Uno era el mismo de todos los días. Aunque Clara estaba sola, Manuel entró a la casa por la parte atrás, escaló un barranco y llegó al patio, a los brazos de su amada.
Clara lo recibió enojada. Manuel no quería dejar las malas compañías y, según declaró una vecina bien informada, le reclamó porque tenía los ojos rojos y olía a marihuana. Para colmo, Manuel andaba en celo, supo que su novia estaba sola y deseó ser atendido. Pero ella no estaba para esas cosas.
Discutiendo entraron a la casa, ella levantó la voz, corrió al galán y le dijo que no quería volver a verlo en la vida. Él se enfureció. Ella siguió insultándolo. Él sacó el cuchillo de su vaina de cartón, ella le agarró la mano, él cogió el arma de la hoja y en lo que ella le dio un tirón, le cortó la mano.
Era una herida profunda y empezó a sangrar abundantemente. Ahora Manuel estaba hecho una bestia. Cogió el cuchillo y le cortó el cuello a su novia. La herida era larga, partió la yugular en dos y Clara dejó de gritar.
Corrió a su cuarto, para escapar de su asesino, y este le dio alcance. Ella metió las manos, él le cortó el otro lado del cuello y la vio caer a sus pies, bañada en sangre. En ese momento oyó un gemido. En la cama estaba la abuela de Clara, una anciana llena de canas que estaba inmóvil sobre una cama; lo veía con ojos aterrorizados y trataba de decirle algo. Manuel había enloquecido. Se acercó a la señora, levantó el cuchillo y se lo hundió en el pecho varias veces. No debía dejar testigos. Luego se limpió las manos, salió de la casa por la puerta principal y desapareció por la calle de tierra.
LA POLICÍA.
Manuel seguía sangrando. A unos trescientos metros de la casa de su novia bajó hasta la quebrada El Sapo, buscó un lugar solitario y enterró el cuchillo, luego tomó la calle hacia su casa. Dice un policía de la Preventiva que “el muchacho iba como idiotizado, caminaba como si hubiera bebido bastante licor y tenía los ojos rojos y desorbitados”.
La patrulla se detuvo a su lado, dos policías lo requirieron y le preguntaron qué le había pasado. El dijo que se había cortado la mano jugando con un cuchillo. Al policía no le gustó esa respuesta y le dijeron que se subiera a la patrulla. Él se resistió, quiso escapar y los policías le dieron un culatazo. Con semejante estímulo, Manuel subió a la paila y se sentó, arrugando la cara. Lo llevaron directamente a la DNIC.
EL INTERROGATORIO.
El muchacho sufría por la herida de la mano. Le dijo a los detectives que estaba jugando con un cuchillo y que se había cortado. La plática duró tres horas. Manuel estaba cansado. Los detectives le preguntaron por su familia, por sus estudios, su trabajo y lo que quería ser cuando fuera hombre. Luego le preguntaron si tenía novia. En ese momento Manuel se puso nervioso.
Los detectives empezaron a sospechar de él. Dijo que había terminado con su novia. Le preguntaron cómo se llamaba ella, a qué se dedicaba, dónde vivía y con quien. Manuel empezó a contradecirse. Ahora estaba más nervioso.
En ese momento, una llamada de la Policía Preventiva les avisó que en una casa de la colonia Flor Número Uno habían dos mujeres muertas; las habían matado a cuchilladas. Una de ellas se llamaba Clara. Uno de los detectives recordó que la ex novia de Manuel se llamaba Clara. Volvieron al lugar donde lo estaban interrogando.
LA CONFESIÓN.
“Ahora vas a decirnos por qué mataste a tu novia y a la abuela”, le dijo un detective, a quemarropa. “Acaban de decirnos que los vecinos vieron salir al novio de la muchacha bañado en sangre, que los escucharon discutir y que cuando no escucharon ruido fueron a tocar la puerta; nadie les abrió. Entraron por la parte de atrás y encontraron los cadáveres. Vos las mataste.
Ahora vas a decirnos por qué”.
Manuel empezó a temblar. Dijo que se había molestado porque su novia lo corrió de la casa, que le dijo que no quería saber nada de él y que terminaban su relación.
Él la quería. Ella estaba dejándolo y él se enfureció. No recordaba cuando sacó el cuchillo pero sí sintió cuando se cortó con él mientras Clara trataba de quitárselo. Entonces la hirió por primera vez, en un lado del cuello.
Ella huyó hacia el cuarto, él la siguió; volvió a herirla y la vio caer agonizando a sus pies. Entonces se dio cuenta de que la abuela de Clara estaba en la cama, enferma, y lo había visto todo. Sabía que no debía de dejar testigos. Se acercó a ella y la mató. No recordaba de cuántas cuchilladas.
Solo recordaba los gemidos de dolor de la anciana. Luego se limpió la sangre como pudo, salió de la casa, enterró el cuchillo, y ya iba para su casa para que su mamá lo curara, cuando lo encontró una patrulla de la policía. Lo demás ya lo sabían los detectives.
Manuel es menor de edad, fue recluido en un centro de detención para menores y espera juicio. Su abogado defensor dice que Manuel está arrepentido de lo que hizo, que las acusaciones de doble asesinato de la Fiscalía no prosperarán y que su cliente estará en libertad cuando cumpla los veintiún años. Entonces habrá pagado su deuda con la sociedad.
El abogado dice, cínicamente: “¿Recuerda el caso de Alexander Ochoa, el joven que asesinó a su madre y a su hermana en el barrio Lempira, siendo menor de edad? Ya está en libertad y rehízo su vida. Lo dejaron libre después de cumplir veintiún años. Esa es la ley. ¡Bendita ley!”
