Cinco años después del tsunami que le arrancó a toda su familia, excepto a su padre, Ikra Alfila, de diez años, ha recobrado las ganas de jugar, pese a seguir teniendo pesadillas de olas gigantes.
“Aunque quisiera, no podría olvidar”, declara Ikra con voz serena al precisar que a sus amigas que sobrevivieron al tsunami, “les pasa lo mismo”.
Pese a que el recuerdo de la terrible tragedia sigue vivo, la vida ha retomado su curso tranquilo en Lampuuk, un tranquilo pueblo de pescadores en donde vive Ikra, situado en una magnífica playa de la provincia indonesia de Aceh y que fue uno de los más golpeados por el tsunami del 26 de diciembre de 2004.
Ahora, Lampuuk es un pueblo reconstruido por completo. Sin embargo, aquel fatídico día, “todo quedó destruido salvo la mezquita”, recuerda Anita, una de las lugareñas sobreviviente de la tragedia que en Aceh dejó 170,000 muertos.
LOS DESASTRES DEL TSUNAMI.
Las aguas arrasaron árboles, casas, escuelas y comercios situados en un área de siete kilómetros hacia el interior desde la costa. Las imágenes de la desolación casi lunar causada por el tsunami sobrecogieron al mundo entero.
Uno de cada cinco habitantes de la zona murió. La mayoría de las víctimas ni tan siquiera tuvo tiempo, o pensó, en refugiarse en las colinas cercanas de los alrededores en los minutos que siguieron al potente sismo de magnitud 9.3 que provocó el tsunami.
“Estaba con mi abuela, pero las aguas nos separaron. Me arrastraron y unas personas me socorrieron. Mi abuela murió ahogada”, recuerda Ikra. Su hermano de dos años, su madre y su abuelo también fallecieron. “Pero mi padre logró salvarse subiéndose a un árbol”, cuenta.
Poco a poco, la niña y su padre retomaron sus vidas e Ikra volvió al colegio, donde solo 24 de sus 300 alumnos lograron sobrevivir al tsunami.
Blanca y pimpante tras haber sido reconstruida por la organización no gubernamental Islamic Relief, la pequeña escuela cuenta “con menos niños que antes, unos 55, y con 16 profesores”, dice Jairiah, una mujer de 43 años y una de las únicas dos maestras que salvaron sus vidas.
Consciente de haber tenido “la increíble suerte de sobrevivir”, esta madre de familia vive en una de las 700 casitas amarillas y ocres construidas por la Media Luna turca.
“El pueblo fue totalmente reconstruido gracias a la ayuda que recibimos de todo el mundo”, agradece Jairiah al reconocer que, sin embargo, si bien “aparentemente la vida parece normal, el trauma sigue presente” en Lampuuk.
PUEBLO DE POCAS MUJERES.
Así, en el pueblo hay muchos hombres viudos, pues en el tsunami murieron más las mujeres, que, además, se enfrentan a la dificultad de encontrar trabajo.
No obstante, pocos sobrevivientes decidieron irse de Lampuuk. “Es nuestro pueblo. Si un nuevo desastre nos azota, será el destino”, subraya Jairiah, que como muchos de los habitantes de la provincia de Aceh es una musulmana practicante.
Ikra, por su parte, quiere quedarse en Lampuuk, para “hacerse maestra”.
En la playa, los pescadores se muestran fatalistas. Ni tan siquiera han modificado sus costumbres tras haber podido volver a salir al mar, a partir de mediados de diciembre 2005, gracias a la organización francesa Triangle, que financió la construcción de 35 barcos y organizó una cooperativa.
En Lampuuk, como en otras partes de Aceh, la mayoría de las ONG que llegaron para prestar su ayuda tras el tsunami se marcharon, cuando quedó terminada la reconstrucción material.
Dicha reconstrucción es calificada de éxito, “que puede servir de modelo para futuros desastres”, afirma Iskandar, jefe del BKRA, el organismo encargado de seguir las operaciones postsunami.
