Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han ocultado algunos datos.
Cuando la Policía llegó a la escena del crimen los curiosos la habían contaminado; algunos, en el colmo de la osadía y la irresponsabilidad, se acercaron tanto a la víctima que hasta se habían manchado los zapatos de sangre, y algún delincuente, en el colmo del cinismo, le había robado el reloj y el anillo de matrimonio.
La Policía Preventiva repartió algunos toletazos para alejar a la gente y se mantuvo firme ante la escena cuando llegaron tres mujeres histéricas y exigieron ver el cadáver. No era difícil reconocerlo, aunque tenía dos heridas horrorosas en la cara, la primera, en la frente, unos dos centímetros arriba de la nariz. Le dispararon sobre la piel, restregándole el arma con fuerza, como si una ira incontrolable dominara al asesino.
El orificio era pequeño pero la bala salió cerca de la coronilla de la cabeza, destrozando el cerebro, partiendo el hueso craneano en centenares de astillas y dejando un hueco de casi cuatro pulgadas de diámetro por el que se derramó la masa encefálica como si fuera gelatina, la sangre y el cabello. La segunda herida estaba justo debajo de la barbilla, entró por el cuello y salió en la base de la nuca, dejando un agujero grotesco, lleno de sangre y tierra.
En la camiseta, sobre la parte izquierda del pecho, tenía una mancha de sangre en forma circular y un orificio pequeño, y más abajo, sobre la pelvis, tenía manchas de sangre seca, llena de moscas, y se veían en el pantalón tres orificios, pequeños también; abajo, había una mancha asquerosa de heces fecales y orina que se había derramado alrededor de las caderas. A unos tres metros del cadáver estaba un taxi, con las puertas delanteras abiertas y el motor encendido. Era el taxi en que trabajaba la víctima.
LA DNIC. Cuando las mujeres empezaron a calmarse, un detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) las llevó lejos de los curiosos, que protestaban a más de cincuenta metros de la escena, mal contenidos por los policías preventivos. Una de ellas era la madre de la víctima, la segunda la hermana menor y la última la esposa, una mujer joven que tenía unos seis meses de embarazo. Esta lloraba por las tres, histérica, maldiciendo y gritando hasta rasgarse la garganta.
El hombre se llamaba Róger, tenía veintisiete años y desde los diecinueve era taxista. En todo este tiempo lo asaltaron varias veces y lo hirieron otras tantas, pero nunca se imaginaron que lo asesinarían, y menos de aquella forma. Era un hombre responsable, buen padre, buen marido y no tenía ningún vicio, aunque le gustaban las mujeres, algo natural, por supuesto, y la esposa, comprensiva y enamorada, además madre de sus tres hijos más el que venía en camino, se había acostumbrado a aquellas inclinaciones naturales de su marido.
El detective, acostumbrado a escuchar de todo, la oía con paciencia, seguro de que en la entrevista sacaría algo que le serviría para la investigación. Y poco tardó la mujer en darle una pista. Cuando mencionó un nombre, el detective llamó a uno de sus compañeros y le dijo que lo buscara entre los curiosos; el hombre pasó entre la barrera de policías con la frente levantada, dándose gran importancia a sí mismo, saltó la cinta amarilla que delimitaba la escena del crimen y se plantó frente al detective con los ojos brillantes, respirando por la boca y visiblemente ansioso. Deseando ser escuchado.
SOSPECHAS. La mujer dijo que su amigo le comentó que su esposo “se estaba metiendo en camisa de once varas porque andaba molestando a una mujer casada, una vecina que tenía tres hijos y que vivía desencantada del marido haragán, vicioso y mujeriego”.
El hombre repitió esas palabras delante del detective, le dijo dos nombres y una dirección, y él lo anotó todo en una libreta. “Nosotros le decíamos que no se llevara con esa mujer -agregó el testigo- que le iba a causar problemas porque el marido no es buena cosa”.
“¿Qué quiere decir con eso -le preguntó el detective- con eso de que no es buena cosa?”
El hombre esperó unos segundos antes de contestar, se rascó la cabeza y empezó a decir con cierta indecisión: “Mire, él también es mi amigo pero no trabaja, vive de lo que le dan en la casa y de lo que consigue la mujer; bebe, fuma, mujerea y juega naipes todas las noches. A él le dijeron que su mujer se llevaba mucho con Róger, el muerto, y que a lo mejor se la estaba poniendo; él se puso rojo de cólera y tiró los naipes. Róger se llevaba bien con él y de vez en cuando jugaban pelota, pero él dijo que si se daba cuenta de que le estaban poniendo los cachos ninguno de los dos se iba a reír de él”.
El detective tomaba nota. “Dígame una cosa –continuó el detective unos segundos después–, ¿usa algún tipo de arma este señor? ¿Lo ha visto armado alguna vez?” “No que yo recuerde, pero el abuelo sí tiene varias pistolas”.
LA CAPTURA. Mario salió de la cama en calzoncillos, restregándose los ojos legañosos, seguido por tres niños y una mujer que parecía hecha de huesos y pellejos, de tan flaca que se veía.
Los detectives le dijeron que querían hacerle unas preguntas. “¿Conoce a Róger Raudales?” “Sí, lo conozco”. “¿Cuándo fue la última vez que lo vio?” El hombre pareció no entender la pregunta.
“No recuerdo -dijo- tal vez hace una semana”. “¿Eran amigos?” El hombre se mostró confundido. “Amigos, lo que se dice amigos, no; nos conocemos nada más. ¿Por qué me hace esas preguntas?”
El detective no contestó. “¿Su esposa lo conoce?” La pregunta fue directa. El hombre se estremeció, apretó los puños con fuerza y miró a su esposa con llamas en los ojos; la mujer bajó la cabeza. El detective tuvo una corazonada. “Queremos hablar con usted -le dijo, mirándola amigablemente-. El hombre quiso abrir la boca. El detective lo detuvo levantando una mano autoritaria. ¡A solas!”.
LA MUJER. Era bonita, piel canela, no muy alta pero que debió ser hermosa en otra época; estaba demasiado flaca pero no parecía enferma, tenía los ojos hundidos y la tristeza que había en ellos era profunda y permanente.
El detective notó que tenía varios moretones en los brazos, una herida pequeña y reciente en la esquina izquierda del labio superior y una marca larga, delgada y en forma de arco alrededor del cuello.
El detective esperó unos momentos antes de empezar a hablar. Quería darle confianza. “¿Usted sí conocía a Róger, verdad? –le preguntó a quemarropa. La mujer tembló.
Levantó los ojos desesperados y preguntó: “¿Por qué dice ‘lo conocía’?” El detective no tardó en responder: “Él está muerto -le dijo, soltando las palabras despacio, como si quisiera ver cada una de sus reacciones- lo encontraron muerto esta mañana cerca del taxi que manejaba, a cinco cuadras de aquí; lo asesinaron a balazos en la madrugada. Dice el forense que fue asesinado a eso de las dos de la mañana”.
La mujer ya no lo oía, se retorcía las manos cadavéricas desesperadamente y se esforzaba por no llorar y ahogar los gritos que se acumulaban en su garganta.
El detective le hizo una pregunta directa: “¿Qué relación había entre ustedes? ¿Se querían, verdad?” -Ella dejó escapar una lágrima y movió la cabeza hacia adelante, casi imperceptiblemente. “Su marido lo sabía, ¿verdad?, y por eso la ha golpeado. ¿Cree usted que él asesinó a Róger?” La mujer levantó la cara, miró angustiada al policía y negó con la cabeza violentamente: “¡No! -dijo-, él no pudo matarlo. No es de esos hombres.”
El detective notó mucha sinceridad en aquel gesto. “¿Quiere contármelo todo?, le preguntó. A Róger, su amigo, lo mataron de seis balazos; creemos que los motivos no fueron el robo precisamente y estamos esperando el análisis de la escena del crimen para tener un perfil del asesino. Y el principal sospechoso es su esposo. Hay testigos que dicen que su esposo amenazó a muerte a Róger, o al menos que aseguran que él dijo que si se daba cuenta de que ustedes lo engañaban los mataría, y creo que él ya lo supo”.
EL ANÁLISIS. La mujer se puso de pie. “Usted dice que lo mataron en la madrugada, ¿verdad? Pues mi marido estuvo toda la noche jugando naipe en la casa y no salió del cuarto hasta ahorita que ustedes vinieron. Él no mató a Róger. Hay testigos que pueden decir que él no salió de aquí.” “¿Está segura de lo que dice?” “Sí, y hay más testigos”. “¿Cree usted que alguien más tenía motivos para asesinar a su amigo?” La mujer no contestó. En ese momento un compañero llamó al detective. “Dele el nombre de esos testigos a mis compañeros –le dijo–; si está diciendo la verdad tendremos que buscar por otra parte al asesino”.
Gonzalo Sánchez esperaba de pie en la calle de tierra frente a la casa del sospechoso, acompañado por varios técnicos de Inspecciones Oculares. El detective lo saludó con el mismo respeto y admiración que sentían por él los agentes de Homicidios y esperó a que Gonzalo hablara.
“Esta es una escena preparada -dijo-, aparentemente es un asesinato por odio pero creo, sin temor a equivocarme, que alguien está tratando de implicar a tu principal sospechoso. Si es cierto, como dicen los testigos y los familiares, que él estuvo aquí toda la noche y la madrugada jugando naipes, entonces mi teoría tiene más fuerza. Creo que él, tu sospechoso, supo que su mujer lo engañaba, es cierto que amenazó con matarlos si lo sabía y, cuando lo supo, golpeó a la mujer, la amenazó con quitarle los niños, con correrla de la casa y, sabe Dios con qué otras cosas más. Ella en su desesperación debió llamar a alguien en su ayuda y creo que es por aquí por donde tenés que buscar a tu asesino”.
El detective hizo un gesto y una mujer policía fue por la muchacha. “Cuando su esposo supo lo suyo con Róger la golpeó, ¿cierto?” Ella respondió moviendo la cabeza hacia adelante. “¿La amenazó con quitarle los niños?” Nuevo movimiento de cabeza. “¿Con correrla de la casa?” “Sí.” “¿A quién le pidió ayuda usted en ese momento?” La mujer vaciló antes de responder. “Le conté lo que me estaba pasando a una de mis tías…”.
GONZALO. “Creo que este es un crimen premeditado y muy bien planificado y quien lo cometió tiene muchos conocimientos de criminalística, o al menos fue policía. El disparo en la frente fue hecho con odio, en la frente está la marca de pólvora y hay huellas del cañón del revólver, porque el hombre fue asesinado con un revólver, tal vez una 38 o una 357 explosiva que le pusieron en la frente con mucha fuerza; creo que el disparo debajo del mentón fue por puro sadismo porque el hombre no tardó mucho en morir con el disparo en la frente, igual el del corazón y los de los genitales.
Cuando un amante despechado asesina a su rival lo mata de frente, para vengar su afrenta y su vergüenza, y no mutila los genitales ni hace más disparos porque su virilidad está en juego y su machismo debe quedar intacto, y basta un tiro en la frente, disparado a quemarropa o sobre la piel, con furia. Pero en esta escena hay más disparos, y varios en los genitales, algo poco común en crímenes pasionales heterosexuales. Por eso creo que planificaron el crimen y lo ejecutaron para implicar a tu sospechoso. Además, el perfil geográfico es raro. La escena del crimen está a menos de seiscientos metros de la casa del sospechoso principal, algo absurdo si tomamos en cuenta de que quien mata por estos motivos -pasionales, quiero decir-, lo hace lejos de su propia vivienda, y, además, sabemos que la víctima y el sospechoso casi son vecinos.
Otro detalle que hay que tomar en cuenta: si el sospechoso sabía que su mujer lo engañaba con Róger, este no hubiera permitido que su rival se subiera en su taxi sin más ni más y, si observamos detenidamente, la víctima no tiene señales de tortura, ni de haber sido atado ni de pies ni manos ni cuello; vino hasta aquí en el taxi, con su asesino en el asiento del pasajero, seguramente amenazado con un revólver, porque no encontramos casquillos en la escena; creo que debemos buscar una 357, por la magnitud de los daños en la cabeza”.
El detective dijo que el abuelo del sospechoso permitió que revisaran la casa, que presentó sus armas a los detectives y que ninguna había sido disparada recientemente, ni la escopeta calibre 12, ni los dos 38, ni la pistola de 45 milímetros ni los dos revólveres 357, y que accedió a que los llevaran a balística. Entonces Gonzalo concluyó: “La clave está en la muchacha. Hablen con ella”.
LA CLAVE. El abuelo del sospechoso dijo que un día después “del gran pleito” que tuvo la pareja llegó el papá de ella; dijo que le extrañó porque en seis años la había visitado muy poco, y que estuvo platicando con la muchacha casi tres horas. Su nieto estaba indignado, la corrió de la casa, la golpeó y amenazó con quitarle los niños. El señor quiso hablar con el yerno pero este no le dio la cara. No tenía nada más qué decir. El suegro de su nieto se llamaba Juan.
JUAN. Era un hombre obeso, alto, mal encarado, de unos cincuenta años y de pocas palabras; recibió a los policías con frialdad y apenas contestó a sus preguntas.
El detective notó que usaba la faja como los militares, esto es, arriba del ombligo, y dijo, con orgullo que perteneció al Recablin (Regimiento de Caballería Blindada), en los años ochenta, y que después pasó muchos años como investigador de Homicidios en el antiguo DIN (Departamento de Investigación Nacional). El detective hizo una señal y alguien llamó al fiscal. En ese momento el hombre se puso nervioso. Debajo de un chaleco color crema llevaba escondido un enorme revólver 357.
Los detectives estaban alertas. Cuando se llevó la mano derecha a la cintura, varios fusiles lo encañonaron. Uno de los detectives le puso las esposas hacia atrás. “Lo detenemos por suponerlo responsable del asesinato de Róger Raudales, que fue encontrado muerto esta mañana cerca de su propia casa de habitación”. El hombre no pestañeó siquiera pero enseñó los dientes en algo que pareció ser una sonrisa maligna.
El detective tomó la palabra: “Sabemos que su hija se fue con Mario a los dieciséis años -le dijo-, algo que usted no aprobó jamás, y por eso se alejó de ella, pero cuando supo que su yerno la golpeó porque se dio cuenta de que tenía relaciones con otro hombre, usted, como padre que ama a sus hijos, le ofreció su apoyo si quería irse de esa casa y le dijo también que haría cualquier cosa para que no le quitaran sus hijos. Usted ya había amenazado a muerte a su yerno, eso también lo sabemos. Su yerno jugó naipes toda la noche de ayer porque parece que para eso sí es muy bueno y hay testigos que lo confirman, por lo tanto, él no puede ser el asesino, pero usted hizo todo lo posible para que pareciera él el criminal; por supuesto, usted tiene muchos conocimientos de criminalística y sabe qué elementos definen un crimen pasional; pero no contaba con que su yerno estuviera toda la noche de ayer jugando naipes. Usted llegó hasta cerca de la casa de su hija, esperó a que pasara Róger -usted lo conocía y, probablemente, él a usted, por eso no tuvo dificultad en conseguir que lo subiera al taxi-, ya allí lo encañonó, lo llevó hasta ese lugar solitario y lo mató con odio, como si fuera su yerno. Pero se equivocó al dispararle a los genitales y también el tiro en el corazón estaba de más…”.
El detective tomó aire, el hombre lo seguía más con admiración que con miedo y su sonrisa enigmática seguía deformando sus labios.
“Veo que ustedes son buenos y veo que cometí algunos errores. Solo quería asegurarme que Mario no volviera a golpear a mi hija y que no intentara jamás quitarle los niños. Dijo bien cuando dijo usted que los hijos se aman más que a nada en la vida. ¡Bien!, estoy en sus manos”.
Don Juan saldrá en libertad en el 2022, a los setenta y cinco años de edad. Es un reo modelo y, si sigue así, podría ver la libertad mucho antes. Su hija no ha ido a verlo ni una sola vez. Sigue viviendo con Mario. No quiso hablar con nosotros.
