Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
LA LLAMADA. Óscar Álvarez se puso de pie detrás de su escritorio, empujó el sillón con la pantorrilla y avanzó dos pasos con la mano extendida para saludar a Gonzalo Sánchez que acababa de entrar a su oficina con una sonrisa de oreja a oreja, saludando respetuosamente y vestido con exagerada pulcritud. Era una mañana de agosto de 2003 y era demasiado temprano todavía, el sol apenas dejaba ver su luz transparente en el cielo y el bullicio de la ciudad era escaso.
El ministro de Seguridad se veía cansado, aunque parecía recién bañado y se esforzaba por lucir fresco y de piedra, sin embargo estaba ansioso y se mostraba preocupado. Vestía con sencillez, se cubría el torso con un chaleco blindado y llevaba en la cabeza esa gorra negra que anunciaba su cargo en letras doradas y que, al decir de las mujeres y del Colectivo Violeta, le daba una especie de encanto viril que era capaz, por sí solo, de despertar indefinibles pasiones.
Despegó sus labios en algo que pareció ser una sonrisa y estrechó la mano de Gonzalo Sánchez, indicándole con un gesto una silla frente a él. “Perdone que lo haya llamado demasiado temprano”, -le dijo, sentándose, al tiempo que se quitaba la gorra- “pero necesitamos su ayuda con urgencia y el presidente Maduro no desea esperar más”.
Gonzalo no contestó, se acomodó en la silla y esperó a que el ministro siguiera hablando. Este continuó, luego de carraspear dos veces para aclarar la garganta:
-Creo que conoce el caso de la muerte del ambientalista olanchano José Reyes, ¿verdad?
La voz de Óscar Álvarez sonaba cansada y como si un enorme peso lo estuviera agobiando; movió algunos papeles hacia Gonzalo y este empezó a leer. El primero era una carta firmada por el presidente de Amnistía Internacional, fechada tres días antes, en la que se le exigía al presidente de la República que explicara satisfactoriamente los hechos que llevaron a la muerte del dirigente ambientalista José Reyes, asesinado una semana atrás en su casa de la aldea El Rosario, en el departamento de Olancho, seguramente por asuntos relacionados con su lucha en contra de la depredación del bosque. Gonzalo terminó de leer y levantó la cabeza.
- “José Reyes era la mano derecha del padre Andrés Tamayo”, -dijo el ministro-, “el líder de la Asociación Ambientalista de Olancho, y su muerte nos está trayendo muchos problemas. Organismos de defensa de los derechos humanos acusan al gobierno y a los madereros de Olancho de haberlo asesinado y, por supuesto, nada tenemos que ver en eso. Hay quienes tratan de dañar la imagen del presidente Maduro con esta acusación y nosotros queremos darle al público nacional e internacional la verdad de lo que sucedió. Por eso necesitamos su ayuda”.
- “Estoy a sus órdenes, señor ministro”.
- “Como puede ver en la demás correspondencia” -siguió el ministro-, “están a punto de demandarnos internacionalmente y, debo decirlo, nosotros no somos asesinos; no tenemos nada que ver en la muerte del señor Reyes”.
Gonzalo no contestó. El ministro agregó, viendo su reloj de pulsera:
- Van a ser las seis de la mañana- dijo, levantándose de nuevo-; voy a encabezar un operativo contra la Mara Salvatrucha y queremos agarrarlos en sus guaridas. Creo que ya es suficiente que estos delincuentes aterroricen a la población y crean que pueden seguir durmiendo tranquilamente a pesar de la sangre que derraman y del dolor y el luto que provocan en la gente inocente. ¡Vamos a hacer que se les acabe la fiesta!”
Gonzalo se puso de pie.
- Ayúdenos, por favor, abogado- concluyó el ministro, estrechando de nuevo la mano de Gonzalo-, necesitamos saber la verdad; si los madereros de Olancho son los asesinos, los llevaremos a la cárcel, pero lo que sí puedo asegurarle es que el gobierno nada tiene que ver en esto, a pesar de las declaraciones de los testigos, de los familiares de la víctima, que dicen que lo asesinaron por su labor ambientalista, y a pesar también de la guerra que nos han declarado organismos de derechos humanos y hasta Amnistía Internacional, haciéndonos ver como asesinos, intolerantes y represores.
EL ROSARIO. Eran las dos de la tarde cuando Gonzalo llegó a la casa de José Reyes, en la aldea El Rosario. Acostumbrado a no perder el tiempo, llamó a los testigos del caso y empezó entrevistando al primo del muerto.
- Eran como las siete de la noche- dijo este, con gran seguridad; -mi primo y yo estábamos platicando a unos diez metros del cerco de la calle cuando pasó una camioneta con varios hombres adentro, pero no le dimos importancia. De repente oí los disparos, miré para atrás y vi que dos hombres estaban apoyados en el cerco de madera, y que disparaban varias veces con AK-47. Yo me tiré al suelo y cuando me levanté, los hombres ya no estaban, entonces vi a mi primo en el suelo, con un balazo en la cabeza y sobre un charco de sangre. Era seguro que los asesinos eran hombres contratados por los madereros de Olancho que habían amenazado con matarlo por su trabajo con el Padre Tamayo.
Gonzalo no dijo nada. Hizo un gesto y llevó a los detectives de Homicidios que llevaban el caso hasta un lugar apartado. Uno de ellos tomó la palabra.
-Nosotros reconstruimos la escena del crimen, abogado -dijo uno de los detectives-; cruzamos un cáñamo desde el lugar del cerco de donde dispararon los asesinos hasta el lugar donde estaba parado la víctima, y la trayectoria de la bala coincide en un cien por ciento. Si quiere volvemos a hacerlo.
LA RECONSTRUCCIÓN. Gonzalo organizó la escena, el primo de José se paró de espaldas a la calle, un detective tomó el lugar de la víctima, justo en la posición en que estaban los dos al momento del crimen, y Gonzalo trazó una línea desde el sitio de donde dispararon las armas. No había lugar a equivocarse. La línea del cáñamo daba directamente a la sien izquierda de José Reyes. Los detectives estaban satisfechos, habían hecho bien su trabajo y le dijeron a Gonzalo que el primo estaba diciendo la verdad. Era lógico suponer que José había sido asesinado y que había que buscar a los criminales entre los madereros de Olancho. Era caso resuelto.
-Creo que lo mandaron a perder el tiempo, abogado- le dijo uno de ellos a Gonzalo, riendo sobradamente y con la seguridad y la prepotencia que da al discípulo el hecho de haber superado al maestro-, la gente está diciendo la verdad. A José Reyes lo mataron los madereros y ahora van a tener que vérselas con el Padre Tamayo y con los ambientalistas de todo el mundo. Creo que ya es tiempo de que estos señores dejen de destruir el bosque y sigan haciéndose ricos a costa de destruir el medio de vida de la gente pobre. Nosotros resolvimos el caso.
GONZALO. La humildad de Gonzalo Sánchez ha sido siempre una de sus mejores virtudes, escuchó con paciencia al detective, bajó la cabeza para que nadie notara la sonrisa que se formaba en sus labios y, cuando tomó la palabra, habló suavemente, como si se dirigiera a un niño de escasos dos años.
- ¿Cuántos hombres dispararon contra la víctima?, preguntó.
- Dos.
- ¿Cuántos disparos, más o menos?
- Cuatro. El juez de Paz recogió los casquillos de las balas a escasos centímetros del cadáver. Nosotros los tenemos como evidencia y los vamos a llevar al Laboratorio de Balística.
Gonzalo dejó pasar unos segundos. El detective seguía con aquella sonrisa de triunfo en la cara.
- ¿Cuántas heridas tenía la víctima?, preguntó después.
- Una sola en la sien izquierda. La bala lo mató de inmediato.
-¡Bien!, exclamó Gonzalo, levantando la voz, y como estuviera aburrido de aquella charla.
- Los asesinos dispararon desde el cerco, al otro lado de la calle, ¿cierto?, -el detective movió la cabeza hacia adelante-, y los disparos fueron cuatro cuando menos, ¿cierto?, y de fusiles AK-47 y otro calibre 40. La víctima tiene una sola herida de bala, entonces, podrían decirme ustedes ¿por qué no hay huellas de disparos en la pared de enfrente, la que está justo a dos metros de donde estaba parado José Reyes?
Los detectives se quedaron de una pieza. El hablantín tragó saliva y se puso pálido. Miró hacia la pared que le señalaba Gonzalo y no encontró ni una señal de disparos en ella. Gonzalo continuó:
-No olviden que para conocer perfectamente la escena del crimen ustedes deben aplicar cuatro factores: análisis, interpretación, lógica y sentido común. ¿Cuál de estos aplicaron ustedes? Si los asesinos dispararon desde el cerco y solo una bala hirió a la víctima, es lógico suponer que las otras cuatro dieron en la pared, y ustedes ven que no hay señales de disparos allí.
Además, al analizar la escena, deben interpretar cada detalle y, como es lógico suponer que ustedes aplicarán en su trabajo aunque sea el sentido común, deben imaginar que los casquillos de las balas de un arma automática no salen disparados hacia adelante sino hacia un lado y que el impulso de los casquillos al salir los aleja del arma unos tres metros cuando más, entonces, ¿hacia dónde iban a salir los casquillos? ¿Iban a seguir a las balas? Y dice el juez de Paz que los encontró a pocos centímetros del cadáver. ¿No les parece algo imposible?
LA SANGRE. En el momento en que Gonzalo terminaba de darles aquella lección a los detectives, los técnicos de Inspecciones Oculares terminaban de revisar cada centímetro cuadrado de la escena del crimen. Gonzalo les preguntó los resultados con una sola mirada.
- Ni una tan sola señal, abogado -dijo Rubio, limpiándose el sudor de la frente con la mano enguantada-; no hay rastros de sangre en ninguna parte. Los testigos dicen que la víctima cayó en este punto -y mientras hablaba señaló el lugar donde cayó herido José Reyes, justo en la entrada del corredor y sobre la baranda de madera que lo separaba de los jardines-; como usted ve, desarmamos la baranda y no encontramos ni el más pequeño rastro de sangre ni entre las reglas ni en el piso ni en el suelo.
Gonzalo tomó la palabra.
- Nosotros sabemos que un disparo en la cabeza hace saltar la sangre con fuerza y en todas direcciones -dijo-, y mucho más un disparo de AK-47, por lo que es lógico suponer que hubo sangre por todas partes, y el primo dijo que vio cómo sangraba su pariente.
- Es que nosotros limpiamos bien la sangre -dijo el primo, interviniendo en la conversación-; el papá de José, mi tío, ordenó que limpiáramos bien la sangre y por eso ustedes no encuentran nada.
Gonzalo sonrió maliciosamente.
- Y ¿fueron tan cuidadosos que limpiaron hasta entre las junturas de las reglas de la baranda? -le preguntó, interrumpiéndolo-. ¿Usaron hasta hisopos para limpiar bien la sangre? ¿Limpiaron hasta los tallos de las rosas del jardín que pegan con la baranda y limpiaron hasta las hojas?
El primo se quedó callado y miró nerviosamente a los padres del muerto. Gonzalo agregó, dirigiéndose a los detectives:
-Vamos a Tegucigalpa; hay algo que deseo comprobar.
LOS COBRAS. La mañana siguiente, un capitán del escuadrón “Cobras” estaba de pie sobre un entarimado de madera que imitaba el desnivel de cemento que aseguraba el cerco de la casa de José, y desde donde le dispararon sus asesinos; apoyaba un fusil AK-47 sobre una pantalla de madera que imitaba el cerco y apuntaba a dos monigotes de papel que representaban a la víctima y a su primo, en la misma posición y a la misma distancia en que estaban al momento del crimen. El capitán disparó cuatro veces.
Los casquillos de las balas cayeron hacia la derecha, a tres metros del arma. Gonzalo midió la distancia con una cinta métrica y, después de agradecer al policía dio la orden de regresar a El Rosario. Iba con un brillo extraño en los ojos y sonreía con satisfacción. Tiró el espaldar del asiento hacia atrás y trató de dormir un poco. Antes de cerrar los ojos dijo, como si hablara consigo mismo:
- Cuando investiguen un crimen, nunca olviden lo que dicen algunos expertos en Homicidios que aseguran que algunos criminales son buenos para simular y cambiar la escena del crimen, para lanzar a los detectives sobre pistas falsas; ya lo hicieron con el asesinato de la doctora Sigfrida Shantall, pero no les valieron canciones. Y como no hay crimen perfecto…
EL CASO. La aldea estaba fresca, la casa de José Reyes estaba llena de gente y Gonzalo entró a la sala saludando amablemente, llamó al primo a un lado y, cuando estuvieron sentados, le dijo:
- ¿Por qué me estás mintiendo? ¡Vos sabés que me estás mintiendo! Bien sabés que ni los madereros ni el gobierno mataron a tu primo y me vas a decir por qué ustedes se están prestando al juego de los organismos de derechos humanos para culpar al gobierno y a los madereros…
El hombre se levantó azorado. Gonzalo lo hizo que se sentara de nuevo.
- Y esa cicatriz que tenés en el brazo no es cicatriz del rozón de bala que vos decís -añadió-; esa es una cicatriz de alambre de púas. Ahora, decime ¿por qué me estás mintiendo? Nadie disparó desde el cerco. Si hubiera sido así los casquillos de las balas hubieran caído en el centro de la calle y no cerca del cadáver, adentro de la casa, además, no hay señales de balazos en la pared de enfrente, donde estaban ustedes parados y no hay señales de sangre donde dicen ustedes que cayó el cadáver.
¿Por qué me mentís? Si todo hubiera sucedido como vos decís también vos estuvieras muerto. Hablá, te escucho.
El hombre siguió callado.
- Es más -dijo Gonzalo, levantando la voz-, creo que vos lo mataste y que arreglaron la escena para despistar a la Policía.
El hombre se puso de pie. Un grito le salió de lo más profundo del pecho.
- ¡No! ¡Yo no fui!
- Entonces, ¿quién fue?
El hombre dudó un momento.
- Fue el hermano -dijo, temblando-, él lo mató en la sala después de una discusión por un pleito de tierras. A mí me dijeron que les dijera esto. El me dijo que si lo acusaba me iba a matar.
- ¿Con qué lo mató?
- Con una 357.
Gonzalo sonrió.
Un día después exhumaron el cadáver de José Reyes. El forense encontró la bala de 357 en la cabeza. La fiscal ordenó la captura del hermano asesino pero cuando fueron por él había desaparecido. Se cree que vive ilegal en Estados Unidos. La verdad se supo en tan solo dos días. Al tercero, Óscar Álvarez le envió una carta a Gonzalo Sánchez, felicitándolo y encomiando su trabajo y su experiencia como uno de los mejores y más reconocidos criminalistas de Centroamérica.
Opinión
Dice Gonzalo Sánchez que, en su opinión, Óscar Álvarez Guerrero ha sido el mejor ministro de Seguridad que ha tenido Honduras, tanto por su entrega en el combate contra la delincuencia como por su marcada voluntad por darle seguridad y paz a la población, una especie de compromiso humano y patriótico que solo asumen los mejores hombres de una nación.
