El asesinato de las dos Nubias

Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres y omitido algunos datos.
ElHeraldo.hn

Honduras

13.02.2010 - Carmila Wyller - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Lo último que el niño escuchó fue el grito de su padre cuando dijo que se iba de una vez y para siempre de la casa; también, aquel pleito con su madre era el último que vería con el hombre que le había dado la vida, y él sintió en su triste corazón de seis años que el mundo se deshacía a sus pies. Salió de debajo de la mesa, con lágrimas en los ojos, descalzo, vestido con un cachamblac azul, con un Mickey Mouse al frente, y corrió hacia la puerta de salida.

Su padre avanzaba demasiado rápido para sus pequeños pasitos pero sus gritos lo detuvieron y él se lanzó hacia él, aferrándose con fuerza a una de sus piernas. Lloraba amargamente cuando le suplicó que no se fuera, que no lo dejara solo, que él lo quería, y todavía recuerda el dolor que se dibujó en el rostro duro y severo de aquel hombre que lo miró con dulzura, con una sonrisa triste en los labios y que lo levantó del suelo como si levantara una pluma, solo para abrazarlo por última vez. A tres pasos de ellos, su madre, echa una fiera, terminaba de echar de la casa al que había sido su marido por siete años.

El hombre lo besó, lo puso en el suelo y desapareció en la calle polvorienta y vacía que se perdía a la orilla del río Choluteca, en la colonia Divanna, una tarde del verano largo y apestoso de mil novecientos ochenta y seis. Nunca más volvió a verlo y aún hoy, entre los muros de la prisión de varones de Támara, tiene la esperanza de que llegue a visitarlo aquel hombre que él recuerda todavía con el mismo amor del niño que se aferró a su pierna para que no se fuera nunca de su casa ni de su vida. Pero el hombre todavía no llega.

EL PANTERA.

Alto y delgado, de piel trigueña, quemada por el sol, pelo rasurado muy bajo, boca de labios gruesos y resecos que se estiran en una mueca maligna que hace juego con su mirada dura y amenazante, a pesar de la tristeza que resalta en sus ojos oscuros, lleno de tatuajes, entre los que resaltan una pantera en el brazo derecho y un crucifijo en el centro del pecho, musculoso y de pocas palabras, así es el niño al que su padre le puso por nombre Edgard Manuel y al que la vida dura, llena de privaciones y abusos, de golpes y desprecios, convirtió en un hombre temible, capaz de aterrorizar a cualquiera con una sola mirada.

Falto de amor y de oportunidades, dejó de ser un hombre para convertirse en una fiera, en un depredador de sus semejantes, y se bautizó a sí mismo como el Pantera, líder de la pandilla 18, convicto de asesinato y huésped de la Penitenciaría de Varones por los próximos setenta y cinco años.

LA DNIC.

¿Cuándo inició su carrera criminal? No es fácil decirlo, pero la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) lo acusa de doble asesinato, asociación ilícita, portación ilegal de armas, robo, asalto a mano armada, amenazas, consumo y tráfico de drogas, secuestro y asesinato de al menos un miembro de la pandilla rival, la MS, y del asesinato de un policía. Los testigos protegidos que acusaban al Pantera de estas muertes no quisieron declarar en el juicio y se cree que al menos dos de ellos fueron “silenciados”.

MIEDO.

El Tuco, el Renchy, el Chucky y el Pantera eran el terror de la colonia Divanna; su influencia nefasta llegaba hasta el barrio Lempira y la colonia Centroamericana, y operaban a veces en la colonia Rodríguez y hasta Villa Adela. Los vecinos los conocían y les temían, la Policía los conocía también y muy poco hacían para sacarlos de circulación. Pero el dos de abril de dos mil ocho cometieron su último crimen.

Esa tarde, envalentonados por el terror que provocaban, por la impunidad con que operaban y drogados con cocaína y marihuana, asesinaron a dos mujeres en su casa del barrio Lempira; fue una orgía de sangre que el Pantera celebró con un baile de reggaetón, un crimen que no se olvidará jamás por la frialdad con que fue ejecutado, por la crueldad de los asesinos y por lo absurdo de los motivos.

EL MS.

Testigos dijeron a la DNIC que el Loco acababa de salir de la cárcel cuando el Pantera y sus compañeros lo secuestraron, cerca del parque de la Divanna. Sabía lo que le esperaba y sabía también que era inútil pedir clemencia a sus enemigos, por lo que intentó escapar. Pero su destino estaba sellado y cuando lo metieron a la fuerza en aquella casa abandonada, empezó a llorar y a suplicar por su vida. Nada conmovía al Pantera.

Dice el testigo que él en persona le cortó una pierna de un hachazo, luego sus compañeros terminaron el trabajo. A la mañana siguiente, la Policía encontró el cuerpo desmembrado en varios basureros sobre la sexta avenida. Cuando se le llevó al Juzgado, el testigo dijo que no sabía por qué lo llamaban a declarar y juró que no conocía al Pantera. El asesinato del Loco se quedó sin castigo.

EL POLICÍA.

Ever estaba libre ese día, acababa de cobrar su sueldo, raquítico por cierto, como el de casi todos los policías, y quería viajar a su pueblo el fin de semana. Hacía dos meses que no veía a su madre. Y ya no la vería jamás. Antes de las dos de la tarde, dos hombres le salieron al paso, con armas en la mano, y sin decirle nada le dispararon hasta matarlo. A vista y paciencia de varios testigos, los asesinos le sacaron el dinero de un bolsillo del pantalón y le robaron el arma de reglamento, una pistola Pietro Beretta de 9 milímetros. Durante el levantamiento del cadáver, los detectives de Homicidios de la DNIC entrevistaron a varias personas y las descripciones de los criminales coincidieron en un cien por ciento con las características del Pantera y el Renchy.

Pero tampoco en este caso los testigos estuvieron dispuestos a declarar en su contra. Uno de ellos le dijo a los investigadores que los habían amenazado a muerte y que ya no recordaba nada de lo que había visto, si es que en realidad había visto algo. La muerte de Ever también quedó sin castigo.

LAS NUBIAS.

Nubia Concepción tenía cincuenta años cuando fue asesinada, era guapa, agradable y trabajadora, además, era buena esposa, excelente abuela y buena madre. Su hija, Nubia Yadira, era también muy atractiva y trabajadora, y no había cumplido los treinta y dos años cuando fue masacrada a balazos en la terraza de su propia casa. Casada desde hacía trece años con Wilmer, era una mujer feliz, a pesar de todas las dificultades que le presentaba la vida, tenía dos hijas y muchas ganas de vivir. Su esposo la amaba. Sin embargo, la tragedia avanzaba hacia ella como una nube siniestra que empezó a formarse el treinta y uno de marzo, con la venida de Guatemala de su cuñada Cinthya.

El día del asesinato, en la tarde, Cinthya fue a un banco a retirar un dinero; Nubia Yadira la acompañaba y ya volvían a la casa cuando dos muchachos las amenazaron a muerte en el parqueo donde Cinthya dejaba el carro. Ellas les entregaron todo lo que andaban y los hombres no les hicieron daño. Pero Cinthya se quedó sin documentos y sin tarjetas de crédito, y quería recuperarlas. El dinero, en realidad, no importaba mucho. En este punto entró en escena Nubia Concepción. Aunque estaba indignada, debía actuar con cautela para averiguar quiénes eran los asaltantes y, a pesar de que creía conocerlos, tenía que estar segura porque se trataba de gente peligrosa. Nubia Yadira estuvo de acuerdo con ella y, juntas, decidieron ir a la Divanna en la tarde, a buscar a los ladrones. No tardaron en encontrarlos.

LOS 18.

Dicen dos testigos que los muchachos estaban drogados, que se enfrentaron a las mujeres, a las que conocían de hacía muchos años y que les dijeron que ellos no tenían nada que ver con el asalto, que no se metieran con ellos y que mejor buscaran por otro lado. Las mujeres, no muy convencidas, decidieron regresar a su casa en el barrio Lempira.

Nubia Concepción traía en los brazos a su nieta de un año de nacida, Nubia Yadira traía algunas cosas para la cena. Eran casi las cinco de la tarde. No vieron que cuatro hombres las seguían de lejos, por la calle de tierra que llevaba a la casa. Dice un testigo que el Pantera iba bailando mientras cantaba y que el Renchy llevaba debajo de la camisa “algo que se parecía mucho a un rifle”; el Tuco y el Chucky mostraban amenazadores las armas que llevaban en la cintura y solo el jefe parecía ir desarmado.

EN LA CASA.

Hacían cinco días escasos que Nubia Yadira se había venido de la colonia Divanna, donde vivió toda su vida, y alquilaba el segundo piso de una casa en el barrio Lempira; su madre se había venido a vivir con ella y no tenía mejor compañera para ella ni mejor niñera para sus hijas. Casi siempre estaban juntas y, más que madre e hija, eran buenas amigas.

Era muy temprano para hacer la cena, Wilmer andaba en un velorio cerca de ahí y talvez tardaría mucho en venir, además, Nubia Yadira quería aprovechar el tiempo para lavar algunos pañales de su niña pequeña mientras su madre la cuidaba viendo televisión. No escuchó cuando alguien abrió el portón de hierro por el que acababa de pasar con su madre y no se sabrá jamás si escuchó los pasos de los dos hombres que subían rápidamente las gradas hasta su casa. Cuando escuchó los primeros disparos ya era demasiado tarde. Detrás de ella, a pocos pasos sobre la terraza, estaba un hombre joven con un arma en la mano.

El hombre le disparó varias ráfagas y ella quiso protegerse detrás de unos barriles, las balas le destrozaron la espalda y cayó muerta sobre el muro de ladrillos de la terraza. En la sala, otro hombre, con una pistola de 9 milímetros en una mano, disparaba varias veces y sin ningún escrúpulo contra Nubia Concepción. La mujer se puso de pie al escuchar los primeros disparos, quiso ver qué pasaba pero no pudo dar ni un paso. Las balas le quitaron la vida en pocos segundos.

Cayó boca abajo sobre el piso y sobre un charco de su propia sangre. Los hombres salieron como habían entrado. Un testigo dice que el Pantera llevaba una pistola en la mano, que bailó unos segundos mientras se reía y que después les dijo a sus compañeros: “Vámonos, batos. Esas viejas ya están muertas”.

El Tuco hizo dos disparos al aire, para evitar que los vecinos se acercaran a la casa y en la huida al Pantera se le cayó la pistola. Desaparecieron en dirección a la colonia Centroamericana. Atrás dejaban una escena siniestra, bañada con la sangre de dos mujeres indefensas. Dice Stephany, la detective que llegó al reconocimiento de los cuerpos, que cuando entraron a la sala, la hijita de un año de Nubia Yadira, estaba jugando con la sangre de su abuela y que se subía en ella, golpeándola con sus manitos enrojecidas, como si quisiera despertarla.

LA CAPTURA.

Los testigos esta vez hablaron hasta por los codos. Aquello era el colmo y los asesinos debían de pagar su crimen. Les dieron cuatro nombres a los detectives y estos no tardaron en localizarlos. Los sospechosos no opusieron resistencia, sin embargo, el Juez los dejó en libertad porque las pruebas que aportó la Fiscalía no eran contundentes. Pero Ricardo Castro no iba a quedarse de brazos cruzados. El asesinato de las dos Nubias era algo que no podía quedar en la impunidad y presionó a los detectives de Homicidios para que aportaran más pruebas contra los asesinos.

Una semana después la Fiscalía estaba lista para llevar a los criminales a la cárcel, y esta vez de por vida. El Juez escuchó los testimonios de los testigos protegidos, estudió las pruebas que aportó el Laboratorio de Balística, descartó enjuiciar a los imputados por el descuartizamiento del pandillero de la MS y por el asesinato del policía y, al fin, se quedó con las pruebas que demostraban que ellos eran los asesinos de las dos Nubias. Condenó al Pantera a setenta y cinco años de cárcel y al Renchy a sesenta y cinco. Saldrán en libertad en mayo de 2038, cuando hayan cumplido los primeros treinta años de condena.

La legislación hondureña no permite que un reo esté en la cárcel más allá de treinta años, aunque su pena sea mucho mayor. El Tuco y el Chucky saldrán en libertad mucho antes que ellos. Fueron condenados por asociación ilícita y por complicidad para cometer un crimen. Dice el fiscal que debieron ser condenados a la misma pena que sus compañeros.

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