Varios casos misteriosos

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

13.03.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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El asesinato de Andreas Gerlero

Hace veinte años, en su lecho de enfermo, murió don Andreas Gerlero. Aunque su muerte era algo esperado, él no iba a rendirse jamás, sin embargo, el cáncer que lo devoraba por dentro era una tortura que ya duraba demasiado tiempo y que tenía que vencerlo al final. Los médicos le dieron poco tiempo y él se resignó a dejar este mundo para siempre, con la misma entereza con que se enfrentó a la vida. De joven, combatió en la Primera Guerra Mundial y allí se acostumbró a ver la muerte de cerca; desde entonces, para él la muerte era solo un largo descanso hasta la resurrección. Era también un hombre práctico y como no pudo vencer al enemigo que se lo comía lentamente, se consoló con saber que su enemigo moriría con él. Pero no fue el cáncer quien lo mató. Don Andreas Gerlero fue asesinado, y sus asesinos, hasta hoy, no han sido castigados.

Cuando dejó Europa no imaginó jamás que después de trabajar tanto, de fundar varias empresas y de amasar una fortuna de más de mil millones de lempiras, habría de envejecer solo, sin hijos a quienes heredar y sin una esposa que lo consolara en sus últimos días. Sus dos sobrinos más queridos vivían en Argentina, los había visto pocas veces, no parecían ser tan sagaces y tal vez no estimarían su fortuna como él, pero eran sus parientes más cercanos y decidió hacer testamento a su favor. Pero una bandada de buitres rondaba a su alrededor, en quien más confiaba se convirtió en traidor y el testamento original desapareció, lo obligaron a firmar uno nuevo y por primera vez en su vida, don Andreas Gerlero lloró. El ex presidente de Honduras Carlos Roberto Reina (QDDG) dijo, en una ocasión, que él sirvió como testigo en la firma del testamento y que tal vez aquello fue el acto más triste de su carrera profesional, por lo que supo después. Algo de lo que se arrepintió hasta el final de sus días. Uno de los médicos de don Andreas dice que no murió de la enfermedad. Está seguro de que lo asesinaron y, con su puño y letra, describió el hecho en su expediente, del que guarda una copia en sus empolvados archivos personales. Está dispuesto a declararlo ante juez competente, y a identificar a los asesinos. Estos siguen en libertad, veinte años después, a pesar de que hay testigos del crimen, y la enorme fortuna de don Andreas la disfrutan otros a quienes el anciano jamás amó.

Esto es el inicio de una historia que se mantuvo en secreto por mucho tiempo y que un detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) sacó del misterio, descubrió las causas, identificó a los criminales, y encontró a los testigos de un crimen que ya no quedará en la impunidad. Una historia llena de intrigas, falsificaciones y avaricia que le impactará.

El asesinato de monseñorHombach

Agustín Hombach murió en 1933, de una enfermedad repentina, dolorosa e incurable. Fue arzobispo de Tegucigalpa desde 1923 hasta su muerte y, por más de setenta años, su cuerpo descansó en una tumba situada justo debajo del altar de la iglesia del antiguo Seminario Mayor de Casamata.

De origen alemán y orientación salesiana, monseñor Hombach fue un abanderado de la lucha por la reivindicación de los más desposeídos, alzó su voz contra los abusos de las transnacionales en el norte, contra la esclavitud en las minas de oro y plata, y contra el silencio de los gobiernos cómplices que dejaban de lado los intereses del pueblo en beneficio de los poderosos. Sufría con el que sufría y sus lágrimas eran sinceras al ver el dolor de los pobres, de los niños sin futuro, como él mismo decía, y de los hombres que morían en la más oscura miseria. Esto, por supuesto, le acarreó muchos enemigos. "Pero Jesús también tuvo enemigos -decía, resignado-, y no por eso dejó de cumplir con su deber. Tampoco lo haré yo".

Cuando empezó a sangrar cada vez que tosía, creyó que el exceso de trabajo empezaba a pasarle factura; tenía frecuentes dolores abdominales, vomitaba con frecuencia y casi no tenía fuerzas para nada. La noche en que cayó en cama, para no levantarse jamás, sangró abundantemente por el ano, la nariz y los oídos y la monja que lo cuidaba no se cansaba de rezar por él. Su médico de cabecera luchó por salvarle la vida, siguió dándole las mismas medicinas desde hacía seis meses pero solo logró alargar su agonía. Monseñor murió en medio de horribles sufrimientos, casi sin consciencia pero con una sonrisa en los labios. Fue enterrado al día siguiente, su cadáver era una masa de huesos cubierta por una capa de piel pálida, quebradiza y deslucida, sin embargo, había en su rostro un halo de santidad que le quitaba el poder a la muerte. Los pobres vistieron luto y lloraron a su defensor, sin embargo, la monja que lo cuidó por tanto tiempo, lejos de derramar lágrimas, empezó a decir cosas que asustaron al clero. "A monseñor lo asesinaron -decía, chispeantes los ojos de cólera- y él lo sabía, sabía que lo estaban matando poco a poco porque él estaba en contra de los explotadores de los pobres, pero no podía hacer nada. A monseñor lo mataron, yo estoy segura de eso".

Después del entierro de monseñor, la monja fue trasladada a un seminario de Guatemala. Dicen que murió de vieja, muchos años después de haber hecho voto de silencio absoluto.

Pero en 2005, el cadáver de monseñor Hombach fue exhumado. Las causas que llevaron a la exhumación son demasiado extrañas y, según nuestras fuentes, el doctor Denis Castro Bobadilla estuvo a cargo. Él descubrió que la monja no mentía. Monseñor había sido asesinado. Lo envenenaron lentamente con mercurio. Este es uno de los secretos mejor guardados en Honduras y los que ordenaron su muerte pasaron mucho tiempo protegidos por la sombra del anonimato, del poder del dinero y del silencio obligado. La otra parte de la historia le impactará.

El violador sonámbulo

Actualmente, en la ciudad de La Ceiba, se lleva a cabo un juicio contra un médico especialista que empezó a abusar sexualmente de su hijastra cuando esta tenía nueve años. La niña ha contado con pelos y señales las prácticas asquerosas a que la sometió su verdugo por mucho tiempo. Sus confesiones han llevado a algunos periodistas a llamarlo "La bestia maldita" y los vecinos, horrorizados, se lamentan de no haber podido linchar y quemar vivo "a ese hijo de Satanás", como lo llaman algunos pastores. Y para colmo, la defensa está dejando la piel en su lucha por comprobar la inocencia de su cliente. Acepta las declaraciones de la víctima, sin embargo exime de culpabilidad al doctor basado en el hecho de que quien comete un delito bajo los efectos de un trastorno mental, no es culpable de lo que se le imputa, y el sonambulismo está considerado como un trastorno mental pasajero. Para la Fiscalía los hechos son innegables, la víctima está ahí, el culpable es de carne y hueso, y cree que la justicia no debe ser una serpiente que solo muerde a los descalzos. Por lo pronto, el juicio continúa. Y nosotros seremos testigos de su desenlace. Esta es también una historia que le impactará.

El caso del ministro asesino

En 1950 gobernaba el país Juan Manuel Gálvez, la dictadura del general Carías se deslizaba lentamente hacia el basurero de la historia y Honduras avanzaba hacia un nuevo tiempo de cambios políticos, económicos y sociales. Tegucigalpa era noventa veces menor de lo que es ahora, la habitaban poco más de cincuenta mil personas y casi todo el mundo se conocía. Por eso, la desaparición de Celeste Chajtur conmovió a toda la sociedad y no hubo quien no pidiera la pena de muerte para sus asesinos, si es que la Policía los encontraba.

Celeste era linda, a sus trece años de edad era el tesoro de sus padres, la envidia de los vecinos y la ilusión de los muchachos. Estudiaba en el instituto María Auxiliadora del barrio Abajo y salía temprano todos los días para caminar, desde la tienda de telas de sus padres, hasta la casa de una amiga con la que llegaba siempre al colegio. Pero esa mañana, la acompañaba la tragedia. Se detuvo, como cada mañana, bajo el balcón del cuarto de su amiga, la llamó por su nombre y le dijo que ya era tarde, que las monjas las iban a regañar. La amiga le contestó desde adentro que la esperara unos minutos. Ella no le respondió. No le respondería jamás.

Dicen varios testigos que vieron que un Ford Packard gris se detuvo casi sobre la acera en que esperaba Celeste, que vieron un movimiento raro adentro del carro y que dos hombres metieron a la fuerza a la niña al interior. A Celeste no la volvieron a ver jamás. Años después alguien señaló el lugar donde la enterraron, después de violarla varias veces.

La Policía inició la investigación pero el caso se enfrió de repente. Los testigos declararon lo que habían visto, mencionaron el nombre de uno de los funcionarios más conocidos del gobierno de Gálvez y la prensa empezó a escandalizar exigiendo justicia. Los estudiantes universitarios paralizaron la ciudad, marcharon hasta Casa Presidencial, se enfrentaron a la Policía y se entrevistaron con el Presidente. No consiguieron nada. El ministro era inamovible. La indignación traspasó las fronteras. En El Salvador rechazaron una conferencia del asesino y violador, que encima era escritor.

Para entonces, los testigos habían desaparecido. La mujer que vendía golosinas frente a la casa de la amiga de Celeste, no volvió jamás a su puesto. Uno de los hombres se fue de la capital para siempre. Murió de viejo en Texíguat, recordando lo que había visto, y atormentado por el miedo y por la última imagen de la niña que desapareció para siempre frente a sus ojos. Un sacerdote que conoció la historia como secreto de confesión, se la contó uno de los tíos de Celeste. Y uno de los escritores más famosos de Honduras, que fue testigo de la historia desde niño, se arrepintió de escribir un libro que contara la tragedia de Celeste, para que aquel acto repudiable no lanzara sobre sus descendientes el lodo de la ignominia que debería cubrir solamente al criminal.

Este no fue capturado jamás, el poder económico y político lo mantuvieron lejos de la cárcel y siguió en libertad varios años más, hasta que se suicidó. Sus propias manos, manchadas con la sangre inocente de Celeste Chajtur, le hicieron justicia a su víctima, una tarde triste de hace cincuenta años.

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