Misterio en la alta sociedad

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y algunos datos
ElHeraldo.hn

Honduras

03.04.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.hn

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Cementerio. Nos decía, hace pocas semanas, un hombre que fue condenado por asesinato y que cumple su sentencia en la Penitenciaría de Varones de Támara, que no imaginó jamás que los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) fueran realmente "tan listos, tan profesionales y tan capaces de hacer un trabajo que él solo había visto en el cine o en la televisión". Hasta hoy no se explica cómo lo descubrieron si suponía que lo que hizo no solo estaba bien planificado, sino también, perfectamente ejecutado. La verdad es que los detectives presentaron pruebas que su defensa no pudo desvirtuar y él tuvo que aceptar su culpa para que no lo encerraran de por vida en la cárcel.

De quienes no tiene buena opinión es de algunos fiscales del Ministerio Público. Dice que "son impulsivos, ineptos, fáciles de sonsacar, irresponsables y que actúan como simples verdugos del Estado, deseosos solamente de llenar las cárceles para justificar presupuestos". Asegura que estuvo a punto de negociar su libertad con uno de ellos pero que los detectives de la DNIC ya lo tenían bien agarrado del "pescuezo" y no pudo hacer nada. Espera salir en libertad condicional en 2015, aunque cree que a nada va a volver a la calle porque sabe que sus enemigos no estarán muy contentos de verlo en libertad. Y todo porque unos muchachos insignificantes descubrieron que él era el criminal, en una historia que vamos a contar muy pronto. Por desgracia, esos muchachos trabajan con las uñas, mal pagados, presionados por algunos superiores que parece que se formaron en la Guerra Fría, que entienden muy poco de cambios y de razones, y que basan la disciplina y la dureza de un subordinado en la ingesta exagerada de chile picante, como un tónico milagroso que hace brotar entre púas y espinas "al macho que todos llevamos dentro".

Razón. Con todo, el hombre que entrevistamos en la Penitenciaría tiene razón. Los detectives de la DNIC saben hacer su trabajo, y si les asignaran más presupuesto y los desmilitarizaran un poco, serían capaces de superarse a sí mismos. Y una muestra de ese profesionalismo es el caso de la anciana asesinada, un caso que empezó como una muerte natural, que se enredó como un misterio y que terminó siendo un crimen abominable que el poder político y el dinero evitaron que fuera del conocimiento público y que dejaron al asesino en libertad.

UN CADÁVER.

San Pedro Sula es, quizá, la ciudad más rica de Honduras. Está llena de gente noble, solidaria y trabajadora, y las industrias que llenan sus valles producen riqueza como ninguna otra en el país. Y la dueña de una de esas industrias que emplean a centenares de personas apareció muerta en su cama, una mañana lluviosa de octubre de hace algunos años.

Era una anciana alta, de piel apergaminada, cara huesuda y carácter firme y pesado; acababa de cumplir setenta y tres años y, a pesar de la diabetes, la hipertensión y su frecuente mal humor, los médicos decían que podría vivir muchos años más. Pero no pasó de setenta y tres. Esa mañana, la sirvienta encontró su cadáver rígido y helado debajo de una sábana blanca, vestido con una bata antigua, que ella adoraba porque fue uno de los primeros regalos de su marido, que había muerto veinte años antes.

La noche anterior, la sirvienta se despidió de ella y, como siempre, le dejó el té de manzanilla en la mesita de noche, el vaso con agua para que guardara la dentadura postiza antes de dormirse y la Biblia que siempre leía antes de dar gracias por el día que se iba. Y todo estaba como ella lo dejó. La manzanilla estaba helada en la taza, tenía la dentadura en la boca y la Biblia estaba cerrada a un lado, sobre la cama. Era como si la muerte la hubiera sorprendido de repente, y tal vez solo unos segundos después de que ella saliera de la habitación.

LOS HIJOS.

No tardaron en llegar los siete retoños de la señora. Alguien se encargó de avisar a las amistades y la mansión no tardó en llenarse de gente vestida de luto. Cuando llegó la DNIC, uno de los hijos protestó por aquella "intromisión absurda que violaba la intimidad de una familia honorable en un momento tan duro" (palabras textuales). Uno de los detectives se disculpó, dijo que solo hacían su trabajo y pidieron a la familia que se retiraran un momento. Aquel momento exasperó al muchacho. Duró casi una hora. Parecía que la sirvienta hablaba hasta por los codos, y como si los detectives no tuvieran qué hacer.

Cuando el detective recibió una llamada a su celular, puso cara de contrariedad pero tuvo que obedecer. Le hablaba un general de la Policía y, aunque él era civil, le estaban enseñando a ser no deliberante. Sin embargo, la muerte de la anciana le pareció sospechosa y pidió autorización a Tegucigalpa para seguir con las investigaciones.

SOSPECHAS.

La sirvienta era muy elocuente. Dijo que salió del dormitorio a las ocho de la noche y que estaba segura de la hora porque en ese momento estaba empezando la novela que miraba siempre en canal 5, que dejó la manzanilla y el agua en la mesita y salió apresurada porque no le gustaba perderse ni los anuncios.

Según el Forense la anciana murió entre las ocho y las nueve de la noche, y según un experto en análisis de la escena del crimen, la muerte debió sobrevenirle antes de las ocho y diez porque cada noche ella se tomaba el té de manzanilla caliente, y la sirvienta se lo llevó casi hirviendo; además, antes de leer la Biblia y rezar, se quitaba la dentadura postiza y la ponía en el vaso con agua. Y no hizo nada de eso.

Otro detalle que intrigaba al detective era que el forense estaba seguro de que la anciana no murió del corazón ni de algún derrame cerebral, tampoco podía decir si sufrió algún paro respiratorio ni una subida repentina de azúcar, aunque afirmó, entre dudas, que su muerte era natural.

EL DETECTIVE.

La llamada del General lo puso de mal humor. Todavía no se adaptaba a la agitada vida de San Pedro Sula y tenía veinte días de no ver a su mujer y a su hija. Por eso, cuando le dijo a los hijos de la anciana que sería bueno que le hicieran la autopsia para estar seguros de qué había muerto, lo hizo con altanería y como si quisiera acusar a alguno de los presentes de haber dado muerte a la señora. Es lógico imaginarse que los hijos casi lo sacan a patadas de la casa. Cuando llegó a su oficina, se puso a atar cabos.

ANÁLISIS.

La señora vivía sola en una especie de apartamento que estaba en el segundo piso de la casa; vivía así desde que murió su esposo y la mayor parte del tiempo solo su sirvienta le hacía compañía. En la planta de abajo vivían su hijo y su nuera, con sus tres nietos, que eran su adoración. Sus otros seis hijos vivían cerca pero casi nunca tenían tiempo para ella. Dos de ellos atendían el negocio familiar y cada mes esperaba un reporte completo y minucioso; por muchos años, su marido dirigió la empresa con mano de hierro, y la hizo prosperar y crecer. Después de su muerte, ella hizo lo mismo pero poco a poco lo fue dejando todo en manos de sus hijos porque, al fin y al cabo, era su herencia y debían hacerse cargo de ella tarde o temprano. Estaba segura de que a su muerte aquello valdría unos trescientos cincuenta millones de lempiras, poco más o menos, una fortuna que le costó sangre, sudor y lágrimas a su esposo, y de la que se sentía orgullosa. Y para el detective, esa fortuna era un buen motivo para acelerar la muerte de la señora.

MOHAMED.

Era un hombre viejo, muy viejo, alto, encorvado por el peso de los años, delgado como una vara y de porte severo pero agradable. Se sentó frente el detective tratando de sonreír, y le dijo con voz que parecía salirle del pecho como un perenne ronquido: "A mi hermana la mataron, estoy seguro; ella estaba tan fuerte como usted y según sus médicos podía vivir muchos años más, a pesar de sus enfermedades". El detective sonrió. "¿De quién sospecha usted?" –le preguntó. El viejo tardó en responder. "De sus hijos –murmuró, sacando un pañuelo para limpiarse la saliva que le salía por la comisura de los labios–, ellos estaban desesperados por repartirse la herencia y más de alguno sabe qué pasó en realidad con la muerte de mi hermana". "¿Qué pudo haber sucedido?" El viejo se puso de pie; su cara ya no era tan amable. "No lo sé –dijo, levantando la voz–; ese es asunto suyo. Investíguelo. A ella la mataron". "Voy a hablar con el fiscal –dijo el detective, poniéndose también de pie–. ¿Usted estaría de acuerdo en que exhumemos el cadáver?". El viejo Mohamed movió la cabeza hacia adelante y se apoyó en uno de los muchachos que lo acompañaban.

LA EXHUMACIÓN.

En la Corte Suprema de Justicia alguien puso el grito en el cielo para que no se molestara el reposo de la anciana. Dos políticos poderosos presionaron a la Fiscalía y un General de la Policía amenazó al detective con enviarlo a La Mosquitia, por insubordinado. Aún así, el cadáver fue exhumado. La sorpresa no tardó en llegar. El laboratorio no tardó mucho en entregar los resultados. El dinero de don Mohamed funcionaba como un "ábrete sésamo". El resultado fue siniestro. La anciana murió por sobredosis de insulina. Fue una muerte apacible.

LA SIRVIENTA.

Un día después del entierro, la mujer de cincuenta y dos años desapareció, dejó la casa donde había servido toda su vida y regresó a su pueblo, en algún lugar de El Paraíso. Los hijos de la anciana fueron generosos con ella y la despidieron con lágrimas. Hasta hoy nadie la ha vuelto a ver. Si la anciana fue envenenada, la sirvienta debía de saber algo más de lo que había dicho. Aunque al principio se sospechó de ella, se descartó porque si se hubiera convertido en asesina no hubiera amanecido el día siguiente en la casa, además, fue muy leal a la familia. Entonces, ¿quién pudo asesinar a la señora? Una sola persona, con motivos suficientes para hacerlo, con facilidad de acercarse a la anciana sin despertar sospechas y con conocimientos suficientes para saber que una sobredosis de insulina es mortal. Selim, el hijo médico de la señora, que vivía con ella en la parte de abajo de la casa y que no ejerció nunca la profesión porque la vida fácil, las mujeres y la droga, eran un camino mejor para transitar por la vida. El detective se enfrentó a él, delante de su tío Mohamed.

"La sirvienta de su mamá salió del dormitorio a las ocho de la noche en punto y se encerró en su propio cuarto a ver una novela en la televisión, usted subió al cuarto de su madre, la saludó, seguramente la adormeció con algo que le puso en la nariz y luego le inyectó una sobredosis de insulina. Muerta su madre, tendría acceso libre a su parte de la herencia. Por eso la mató. Lo hizo poco después de que la sirvienta saliera del dormitorio. El té de manzanilla que tomaba su madre cada noche estaba intacto, tenía la dentadura postiza en la boca y no llegó abrir la Biblia que leía siempre antes de dormirse. Todo fue demasiado rápido. En la exhumación comprobamos que lo que la mató fue una sobredosis de insulina. Estamos seguros de que usted lo hizo".

El hombre encendió su enésimo cigarrillo, cruzó una pierna sobre la otra y miró al detective a través de la nube de humo del tabaco. No dijo nada. Su abogado se encargaba de todo. Varias llamadas acabaron con el entusiasmo del detective y el hombre salió de la DNIC sacudiéndose el polvo de sus zapatos de piel de camello, y sin siquiera despedirse del tío.

EL VIAJE.

El cadáver estaba boca abajo, cubierto por la sombra escasa de los tallos de las cañas de azúcar. Tenía las manos amarradas hacia atrás, arrancadas las uñas de las manos, las cuencas de los ojos vacías y un lazo fino hundido alrededor del cuello. Según el forense, tenía tres horas de haber sido estrangulado. Eran casi las cuatro de la mañana. El guardia que lo encontró solamente hacía su ronda y no vio nada sospechoso. Avisó a la Policía porque era su deber. Cuando los empleados de Medicina Forense supieron quien era, llamaron a la DNIC. El detective no tardó en llegar. Era el sobrino de don Mohamed, el médico bueno para nada y que ahora era un hombre rico, pero muerto. Cuando se agachó sobre él, vio unos caracteres escritos con tinta negra sobre su pecho. Cuando vio en el horizonte los primeros rayos de sol, saltó al doble cabina de la DNIC y le dio una dirección al chofer. Llegaron antes de las cinco y treinta de la mañana. Un sirviente le dijo que don Mohamed salió de viaje y que a esa hora ya estaba en el aeropuerto. El doble cabina casi voló sobre la autopista hacia La Lima. Llegó al aeropuerto cuando una voz suave y agradable decía en español: "Pasajeros viajando por Copa con destino a las ciudades de San José, Costa Rica, Panamá y conexiones, favor abordar su avión por la puerta número 4".

La figura alta y delgada de don Mohamed le pareció más grande y venerable, tenía un brillo extraño en los ojos y parecía que sonreía. Se le acercó despacio, los dos muchachos que acompañaban al anciano quisieron cerrarle el paso pero don Mohamed levantó una mano cadavérica y los detuvo. El detective le sonrió, le enseñó una fotografía en la pantalla de su celular y el anciano sonrió con los ojos al reconocer los extraños signos que estaban escritos en el pecho de su sobrino. "Es árabe –le dijo, con voz que solo él pudiera escuchar–; se pronuncia ‘intikkam’ y significa ‘venganza’. Es usted un buen detective. Si algún día va a Siria, búsqueme. Mi hermana era todo lo que me ataba a esta tierra. Ahora voy a descansar al lado de mis padres. No lo olvide: ‘intikkam’ significa venganza".

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El detective que llevó el caso de la anciana asesinada no quiso ser identificado; fue amenazado de muerte una semana después de que encontraron el cadáver del sospechoso.
El detective que llevó el caso de la anciana asesinada no quiso ser identificado; fue amenazado de muerte una semana después de que encontraron el cadáver del sospechoso.

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