Llamado de la naturaleza

La carta del jefe de la tribu Suwamish, Noah Sealth, enviada al presidente de EE UU, Franklin Pierce en 1855
ElHeraldo.hn

Honduras

09.04.2010 - Nueva Acr贸polis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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Mucho se escucha sobre la urgencia del cuidado de la naturaleza, el ahorro de energ铆a, la disminuci贸n del consumo鈥 hay una necesidad latente de vivir en armon铆a y en equilibrio con la naturaleza; de ocupar un papel activo en su cuidado y conservaci贸n.

驴C贸mo podemos cambiar? La frase "Si no cambias lo que piensas, no puedes cambiar lo que haces", nos recuerda que la 煤nica forma de cambiar es cambiando las ideas. Con el cuidado de la naturaleza no queda m谩s que plantearse la misma consigna, cambiar nuestra visi贸n de la naturaleza es una de las v铆as m谩s prometedoras para salvar al planeta y en definitiva salvarnos a nosotros mismos.

Hoy m谩s que nunca resuenan las palabras escritas por el jefe de los Suwamish, es necesario que los seres humanos tomemos conciencia que somos parte de la tierra, una peque帽a rama del 谩rbol de la naturaleza. A trav茅s de un lenguaje lleno de im谩genes y figuras en el escrito nos transmiten su visi贸n del mundo basada en una serie de ideas esenciales para la vida.

"CARTA DEL JEFE INDIO. "

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe tambi茅n nos env铆a palabras de amistad y buena voluntad. Aceptamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podr谩 venir con sus armas de fuego y tomar nuestras tierras. El Gran Jefe en Washington podr谩 confiar en lo que dice el jefe Seattle con la misma certeza que nuestros hermanos blancos podr谩n confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas. 驴C贸mo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos due帽os de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, 驴C贸mo podr谩n ustedes comprarlos?

Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de roc铆o en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los arboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su pa铆s de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran 谩guila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas pe帽as, los h煤medos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos env铆a el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos est谩 pidiendo demasiado. Tambi茅n el Gran Jefe nos dice que nos reservara un lugar en el que podemos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertir谩 en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es f谩cil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por los r铆os y arroyuelos no es solamente agua, sino que tambi茅n representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben ense帽ar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmag贸rico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los r铆os son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y ense帽arles a sus hijos que los r铆os son nuestros hermanos y tambi茅n los suyos, y por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extra帽o que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atr谩s la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra de sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres, como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorara la tierra dejando atr谩s solo un desierto. No s茅, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja. Pero quiz谩s sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada.

No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar como se abren las hojas de los arboles en primavera o como aletean los insectos. Pero quiz谩 tambi茅n esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros o铆dos. Y, despu茅s de todo, 驴para qu茅 sirve la vida, si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, as铆 como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediod铆a o perfumado con aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento -la bestia, el 谩rbol, el hombre- todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos d铆as es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su esp铆ritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, tambi茅n recibe sus 煤ltimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondr茅 una condici贸n: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de b煤falos pudri茅ndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una m谩quina humeante puede importar m谩s que el b煤falo al que nosotros matamos solo para sobrevivir.

驴Qu茅 ser铆a del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre tambi茅n morir铆a de una gran soledad espiritual; porque lo que le sucede a los animales tambi茅n le suceder谩 al hombre. Todo va enlazado.

Deben ense帽arles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra est谩 enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Ense帽en a sus hijos que nosotros hemos ense帽ado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrir铆a a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a s铆 mismos.

Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.

Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrir谩 a los hijos de la tierra. El hombre no teji贸 la trama de la vida; 茅l es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a s铆 mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con 茅l de amigo a amigo, queda exento del destino com煤n.

Despu茅s de todo, quiz谩s seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quiz谩 el hombre blanco descubra un d铆a: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que 脡l les pertenece lo mismo que desea que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es as铆. 脡l es el Dios de los hombres y su compasi贸n se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para 脡l y si se da帽a se provocar铆a la ira del Creador. Tambi茅n los blancos se extinguir谩n, quiz谩s antes que las dem谩s tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecer谩n ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminar谩n hacia su destrucci贸n, rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que por alg煤n designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qu茅 se exterminan los b煤falos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. 驴D贸nde est谩 el matorral? Destruido. 驴D贸nde est谩 el 谩guila? Desapareci贸. As铆 termina la vida y comienza el sobrevivir".

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La carta de respuesta del jefe Noah Sealth, distribuida por la ONU (programa para el medio ambiente) y mas adelante publicada 铆ntegramente, ha sido considerada, a trav茅s del tiempo, como uno de los m谩s bellos y profundos pronunciamientos hechos sobre la defensa del medio ambiente.
La carta de respuesta del jefe Noah Sealth, distribuida por la ONU (programa para el medio ambiente) y mas adelante publicada 铆ntegramente, ha sido considerada, a trav茅s del tiempo, como uno de los m谩s bellos y profundos pronunciamientos hechos sobre la defensa del medio ambiente.

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