SOFÍA. Era hermosa, más que guapa, era bonita, su carácter dulce la hacía agradable a quien la conociera, y era trabajadora.
Además, era envidiable y envidiada. En menos de dos años había prosperado y ninguna sombra se veía en su horizonte.
Vivía como había deseado desde pequeña, y era feliz. A sus treinta y dos años, la vida le sonreía, y ella amaba la vida.
Creía en el destino. Decía que el destino es una fuerza inteligente que nos mueve hacia adelante con algún fin, y ella se dejaba llevar. El destino sabía qué hacer con ella.
Sin embargo, aquella tarde llena de sol, el destino la llevó por un camino equivocado. El camino de la muerte.
Sofía murió acribillada a balazos, en la recta de Comayagua, después de que se detuvo a comprar unas sandías para llevarle a una amiga en Siguatepeque.
Un pickup lleno de hombres armados le cerró el paso, los disparos no se hicieron esperar y Sofía murió con la cabeza deshecha y sobre un charco de su propia sangre.
Por eso no vio que su chofer, aunque estaba herido, se defendió a balazo limpio de los atacantes.
Su pistola de .9 milímetros vomitó los dieciocho proyectiles pero las ráfagas de AK-47 le quitaron la vida pocos segundos después que a su patrona.
El tiroteo duró menos de un minuto, la camioneta de Sofía se detuvo casi en el centro de la carretera, las balas apagaron el motor y destruyeron el vidrio de enfrente.
Cuando todo terminó, dos hombres saltaron de la cabina del pickup, con las armas en alto, se acercaron a la mujer y uno de ellos le quitó de las manos la cartera negra en la que acababa de guardar trescientos mil lempiras que le habían entregado en el banco, en el centro de Comayagua.
El pickup giró sobre sí mismo, los asesinos dispararon varias ráfagas al aire, para amedrentar a los testigos, y desaparecieron a lo lejos, rumbo a Tegucigalpa.
Para Sofía y su chofer todo había terminado. Si hubiera tenido tiempo tal vez su forma de pensar sobre el destino sería diferente.
EL PICKUP. El 14 de julio de 1969, el general Fidel Sánchez Hernández, presidente de El Salvador, lanzó su Ejército contra Honduras, dando inicio a la Guerra de las Cien Horas entre los dos países.
Dado que los medios de comunicación dijeron que las causas del conflicto nacieron de un partido de fútbol que las dos selecciones nacionales jugaron en las eliminatorias para el Mundial de 1970, el periodista polaco, Ryszard Kapuscinski, la denominó la “Guerra del Fútbol”.
Por supuesto, sus causas fueron otras, más indignas y siniestras que el enojo de veintidós jugadores de fútbol.
Dice un coronel, que ocupaba un alto cargo en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas en esa época, que ese día, el presidente viajaba por tierra hacia Tegucigalpa, y que cuando su caravana venía por el kilómetro cuarenta y cinco, le avisaron por radio que los salvadoreños habían invadido el país y que había empezado la guerra.
Dice el mismo coronel que uno de los escoltas del presidente le contó que en ese momento, los intestinos traicionaron la dureza del general y que el chofer tuvo que detenerse de urgencia a una orilla del camino, en una curva con una hermosa vista al valle de Comayagua.
Cinco minutos después se pusieron en camino. El coronel Laínez empezó a dirigir la guerra. El presidente iba más tranquilo. Atrás quedaba el producto de sus nervios. Desde entonces, a esa curva se le llama “El mojón de Oswaldo”.
Fue allí donde los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) encontraron el pickup blanco en que se transportaban los asesinos de Sofía.
Les esperaba una sorpresa.
EL MUERTO. Las puertas estaban abiertas, había sangre por todos lados y en la paila estaban un AK-47 y una pistola Browning de .9 milímetros.
En el asiento de atrás de la cabina estaba el cuerpo de un hombre, apoyado contra el vidrio, lleno de sangre y con los ojos abiertos, mirando al vacío inexpresivamente; tenía las manos rojas por la sangre, vestía de negro y tenía enrollado en la frente un pasamontañas del mismo color.
Tenía varias heridas de bala en el pecho y en el abdomen y, a juzgar por la cantidad de sangre que había en el asiento, podría decirse que había muerto desangrado.
Era un hombre robusto, de piel trigueña y rostro repugnante. No tendría más de cuarenta años.
En la cabina, los detectives encontraron teléfono celular, nadando en un charco de sangre coagulada, y una fajilla de papel con la que aseguran los billetes en los bancos; estaba manchada de sangre y tenía marcada claramente una huella digital.
Dos detectives la llevaron a Tegucigalpa de inmediato. No tardaron en saber quién era el muerto.
Se llamaba Pedro Gutiérrez, de oficio policía y prestaba servicio activo en el Cuartel de Casamata, en Tegucigalpa, con el rango de sargento.
Aunque su nombre no era muy conocido, su apodo hablaba mucho de él: Pedro la Rata. Los detectives estaban indignados. El apodo le hacía justicia.
Dos testigos lo reconocieron como uno de los asesinos de Sofía y su chofer, y los agentes lamentaron que la Policía Preventiva estuviera infectada por delincuentes sin escrúpulos que manchaban la dignidad del uniforme, la grandeza de la profesión y la memoria de los buenos policías caídos en el cumplimiento del deber.
Estaba seguros de que con esos datos no tardarían en encontrar a sus compinches.
LA INVESTIGACIÓN. Sofía estaba muerta. Esa mañana se comprometió a pagar una deuda a unos proveedores de sus negocios en Siguatepeque, y no incumplía jamás una promesa.
A las dos de la tarde estaba en el banco, hizo la fila, como siempre, y retiró trescientos mil lempiras en billetes de a cien.
Se despidió de la cajera con la misma sonrisa agradable con que la había saludado, y salió, dispuesta a llegar a Siguatepeque antes de que se hiciera más tarde.
Quince minutos después estaba muerta, junto al chofer que le había sido tan leal por varios años.
Los detectives se sentaron a estudiar la dinámica del crimen. Las cámaras de seguridad del banco registraron la hora en que la muchacha entró y salió.
Aunque era muy conocida, era también muy prudente, y los detectives sospecharon que alguno de sus empleados de confianza la había traicionado.
Sin embargo, ¿qué hacía Pedro la Rata en Comayagua? ¿Cómo supo que Sofía llevaba tanto dinero en la cartera?
Los testigos dijeron que dos hombres se bajaron del pickup y fueron directamente al lado de Sofía, tomaron la cartera y huyeron.
Era lógico suponer que los criminales sabían lo que buscaban. ¿Alguien la vio en el banco y la siguió para robarle? No era posible porque la cámara de seguridad no registraba a ningún hombre saliendo del banco inmediatamente después de ella.
Solo cinco minutos después salió una mujer con dos niños y, diez minutos más tarde, un hombre ya mayor. Después de él, solo quedaban cinco minutos para el asalto.
LÓGICA DEDUCTIVA. ¿Cómo supieron los delincuentes que la mujer llevaba tanto dinero? Lo más lógico era suponer que alguien dentro del banco les había avisado.
Seguramente, los ladrones tenían un cómplice entre los empleados, estaban a la espera de que un cliente retirara una gran cantidad, no importaba quien fuera, recibían una señal y seguían a la víctima.
Para asegurarse que no quedarían testigos o para simplificar las cosas, disparaban a matar, recogían el dinero, aunque estuviera ensangrentado, y se iban tranquilamente.
Pero no todo salió a pedir de boca. No contaban con que el chofer de Sofía estaba armado y que sabía defenderse. El resultado, Pedro la Rata había muerto, y quizá alguien más iba herido.
EL DETECTIVE. Era el año 1997. El detective había sido asignado a Comayagua hacía poco y aquel era su primer caso verdaderamente importante.
Un buen amigo lo había recomendado al doctor Wilfredo Alvarado, el director de la DNIC, y él quería hacer bien su trabajo.
Estaba seguro de que los delincuentes eran de Tegucigalpa; a juzgar por la presencia de Pedro la Rata en la escena del crimen y a juzgar por su cadáver encontrado en el pickup de los criminales, era posible que sus cómplices fueran también policías.
Comayagua queda a poco menos de cien kilómetros de la capital y era una ciudad tranquila donde podía cometerse un crimen, huir y no ser identificado jamás.
Era seguro que tenían un cómplice dentro del banco y, aparentemente, los asesinos solo tenían el pickup que habían abandonado.
Además, la fajilla de papel con el membrete del banco de Sofía encontrada cerca del muerto podría significar que los ladrones se habían separado en aquel punto, que se habían repartido el botín y que cada quien se había ido por su lado, dejando las armas botadas, el carro abandonado y el cadáver del sargento sobre su propia sangre.
LA ACCIÓN. El detective supo que Pedro Gutiérrez estaba libre ese día, que dos compañeros suyos también estaban francos y que habían comentado que iban a hacer un viaje cerca por asunto de negocios.
Aunque a nadie se le ocurrió preguntar qué tipo de negocios pueden tener tres policías pobres, a alguien sí les extraño verlos en un pickup blanco, doble cabina y 4X4, sin embargo, a nadie le importó saber de quién era.
Pedro la Rata era un hombre de pocas pulgas. Aunque ahora sabían que también era un delincuente.
Tres días después del entierro, el detective llegó al banco y preguntó por el gerente. “¿Sabe, usted, quienes de sus empleados tienen teléfono celular?”, le preguntó, después del saludo.
El gerente contestó de inmediato y escribió varios nombres en una hoja de papel. El detective pidió que llamara a los empleados al mismo tiempo.
Cuando estuvieron todos reunidos en el comedor, el detective les dijo: “Tengo una orden judicial que me autoriza a hacer lo que estoy haciendo. Quiero pedirles que colaboren con nosotros, de lo contrario, nos veremos obligados a aplicar la ley. Queremos que pongan sobre esa mesa sus teléfonos celulares. Estamos investigando el crimen de la señora Sofía López y su chofer”.
INTUICIÓN. Un día antes, el detective pidió al fiscal que llevaba el caso de Sofía que le solicitara a una empresa de telefonía celular que les entregaran un informe del tráfico de llamadas desde y hacia el número de celular que encontraron en el pick up y que estaba a nombre de Pedro la Rata.
Cuando el informe llegó a sus manos, supo que el caso estaba casi resuelto. Entre otras muchas llamadas, estaba un número que se repetía varias veces desde la mañana del día del asesinato.
Dos llamadas estaban marcadas a la una y cincuenta y nueve minutos de la tarde y las había captado la torre que estaba a menos de dos cuadras del banco, lo que significaba que el emisor y el receptor estaban cerca.
El sargento tenía un cómplice adentro. Ahora solo era cosa de ponerle el nombre.
EL FINAL. El detective llamó por su nombre a una mujer joven, de baja estatura, delgada y muy guapa.
Estaba nerviosa y se tronaba los dedos de las manos con frecuencia. “Quiero que colabore con nosotros, le dijo el detective, con la mayor amabilidad que pudo aparentar; sabemos que de su teléfono se hicieron varias llamadas al número de uno de los delincuentes que asaltaron y mataron a Sofía López, sabemos también que usted la atendió en su ventanilla cuando retiró los trescientos mil lempiras que le robaron, y que antes de que ella saliera del banco, usted llamó al sargento Gutiérrez para avisarle que una clienta acababa de salir con una enorme suma de dinero en la cartera.
El sargento y sus cómplices estaba esperando este momento cerca del banco, usted le dio las características de Sofía, y ellos hicieron lo demás”.
La mujer se derrumbó. Quiso decir que lo hizo bajo amenazas del sargento, luego dijo que es que ella tenía una necesidad muy grande y que un amigo le presentó a Pedro la Rata y que este le dijo que le pagaría muy bien por aquella información.
Luego negó todo lo que dijo ante el fiscal, por consejo de su abogado defensor, pero el juez tenía suficientes elementos para no creer en sus lágrimas de cocodrilo y la condenó a veintitrés años de cárcel.
Ha envejecido y está enferma. El detective tardó tres años en encontrar a los dos cómplices de Pedro la Rata. A uno de ellos lo encontraron vendiendo frutas en un mercado de San Pedro Sula, el otro se escondía en La Ceiba.
Guardan prisión en la Granja Penal de Comayagua. Saldrán de ahí convertidos en ancianos, si es que salen. La terquedad y el profesionalismo de un detective y sus compañeros le hicieron justicia a la bonita Sofía.
Y hay quienes se atreven a decir que la DNIC no sirve para nada.
