Un paseo por la antigua Roma

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16.04.2010 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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En el siglo XXI, considerado como la época de la globalización de la información, la era de los avances tecnológicos donde basta con un simple clic para comunicarse con cualquier parte del globo, vemos los restos del pasado como algo que forzosamente debe ser inferior al mundo en que vivimos.

Consideramos que nuestra civilización está en la cúspide con respecto a todas sus antecesoras y que todo lo pasado no sirve más que para atesorarse en museos o libros de escuela.

Cierto es la que rueda primitiva ha evolucionado en vehículos que nos permiten viajar más rápido y seguro, sin duda las máquinas han avanzado, pero ¿qué pasa con el hombre? ¿Es acaso nuestra generación más virtuosa que la de nuestros ancestros? ¿Cuáles son los móviles que impulsan la razón de ser del hombre de hoy?

Si pensamos con sinceridad y detenimiento veremos que la calidad humana ha caída en deterioro lejos de avanzar al mismo ritmo de la ciencia.

Al estudiar el pasado veríamos que la historia es cíclica, también nos percataríamos de que la humanidad no siempre ha vivido bajo oscuridad, ignorancia o barbarie, han existido épocas de verdadero esplendor donde el bien obrar era la generalidad y no hechos aislados destacables en noticiarios.

Tiempos donde la palabra empeñada equivalía hoy en día a cualquier documento contractual y donde la búsqueda las virtudes florecían más allá de las malezas del egoísmo e intolerancia. La ciudad de Roma; cuna del gran imperio, es un ejemplo de esto.

LA GRAN CIUDAD. La gran ciudad Roma en tiempos del imperio llegó a albergar no menos de 1,220,000 personas. Se le conocen tres épocas: la Monárquica (753-509 a. de C.) la Republicana (509-27 a. de C.) y la Imperial (27 a. de C. - 476 d. de C.).

Luego vendría una larga agonía en que la esplendorosa Roma quedó convertida en un vasto basural y cantera de piedras, habitada en plena Edad Media por menos de 30,000 personas.

En el momento de su máxima extensión y grandeza, Roma era una ciudad en la cual existían bellos templos y palacios a la vez que se amontonaban los primeros “rascacielos” de la historia, los “insulae”, que abarcaban pequeñas cuadras y sobre las estrechas calles daban una sensación de mayor altura y aislamiento que la que en realidad tenían.

El emperador César Augusto limitó su altura a nueve pisos, equivalentes a unos 35 metros de altura, pero esto no siempre se respetaba. El piso principal era el segundo, y a medida que se ascendía, los pisos y departamentos eran más humildes. Todos tenían ventanas a la calle y los unía una escalera, frecuentemente de madera.

El peligro del fuego (o su equivalente al terrorismo de hoy) era siempre grande en la ciudad romana. En la capital existían enormes murallas interiores cortafuegos, sin embargo, esto no alcanzó para impedir desastrosos incendios atribuidos según rumores a pirómanos de todo tipo, desde guerrilleros urbanos hasta a emperadores aunque en la realidad lo más probable es que hayan originado de forma accidental.

Roma tenía agua en abundancia; se calcula que cada ciudadano consumía unas once o doce veces más agua que un habitante promedio de nuestra actual Tegucigalpa.

Grandes acueductos convergían sobre la ciudad, provistos de “sifones” y plantas de purificación en base de filtros de arena y grava. Toda el agua que llegaba a Roma era potable.

Las casas estaban conectadas a la red por tubos laterales de arcilla cocida. Asimismo el agua de los acueductos impulsaba maravillosas fuentes públicas que como la “Metasudans” de la época de Nerón, elevaban el cristalino líquido a más de 30 metros de altura.

Roma era una ciudad congestionada, tanto que a principios de nuestra era (784 de su fundación) su centro fue declarado estrictamente peatonal y los vehículos solo entraban por las noches, para los abastecimientos. Los caballos se utilizaban poco dentro de la ciudad, salvo en las festividades y desfiles militares.

Esto se había promovido en época imperial para mantener la higiene de las calles, las cuales eran lavadas y barridas cada noche.

El sistema de recolección de aguas lluvias (alcantarillas) era enorme, lo que impedía inundaciones, testigo de ello es la Cloaca Máxima de Roma construida en forma de herradura revestida por arca de piedra de cantera que aún funciona perfectamente después de unos veinticinco siglos de uso que curiosamente contrasta con los parámetros de diseño actual, los cuales no superan una vida útil más allá de un cuarto de siglo.

Dentro del ordenamiento de la ciudad existía un espacio para cada cosa, por ejemplo para las panaderías, pescaderías y demás comercios.

Aún las lujosas casas de los ricos solían tener, a ambos lados de la puerta principal, locales comerciales que alquilaban; y en los fondos, pequeños huertos, gallineros, conejeras y similares elementos para que sus habitantes no dependiesen exclusivamente de lo foráneo en su economía y alimentación.

La sombra de los antiguas reyes labriegos vivía latente en cada romano, aun en los demás alta condición.

Todos sabemos de los impresionantes baños, verdaderos monumentos palaciegos a la higiene y al ocio, que encerraban, además de sus instalaciones propiamente dichas, bibliotecas, exposiciones de pintura y salitas de concierto.

Aparte de ello, muchas casas romanas solían tener retrete y baño. Los había públicos para los que carecían de esas comodidades. Para la noche, la ciudad contaba con un alumbrado público en base a farolas de bronce.

Los circos, teatros y anfiteatros no eran de entrada gratuita, aunque en las festividades el pueblo entraba libremente. Los romanos eran muy afectos a los espectáculos grandiosos, a los animales exóticos y a las batallas navales simuladas en circos y anfiteatros inundados llamadas “Naumaquias”.

Uno de los juegos más apreciados era el de los gladiadores, en los que las grandes gestas heroicas de antaño eran simuladas por actores que frecuentemente terminaban con la muerte de más de alguno de ellos. Las comidas romanas no eran demasiado copiosas.

Había banquetes impresionantes en casos muy especiales, en los palacios oficiales o particulares, pero normalmente se comía tres veces al día, siendo la más abundante la cena.

El ejército estaba formado por profesionales y voluntarios. El número de hombres en épocas de paz no superaba, en todo el imperio, a los 330,000, pero su disciplina y equipo eran los mejores de su tiempo.

Sus armas de artillería, como la catapulta, se siguieron usando hasta muy avanzado el siglo XV. Las Doce Tablas de la Ley fueron las bases del derecho romano, grabadas en bronce en el 450 a. de C. estaban a la vista de todos.

El derecho romano con sus adaptaciones, es la médula del que aplicamos en la actualidad. Aparte de los idiomas locales, toda la administración imperial hablaba el latín.

LA CAÍDA DEL IMPERIO. Para finalizar este artículo describiremos aunque sea muy brevemente las causas que precipitaron la caída del imperio romano.

Falso es afirmar que Roma haya carecido de inventiva y lo debiese todo a los griegos; Roma tenía su particular inventiva, volcada a lo social, que le permitió hacer llegar a millones de seres humanos lo que antes estaba reservado a unos pocos.

Recientes investigaciones arqueológicas demuestran hasta qué punto la civilización etrusca, los amnios y otros pueblos influyeron en sus orígenes.

A medida que la cultura y civilización de Roma se extendieron, se mezclaron con otros elementos, algunos positivos y otros negativos.

Esta unidad estuvo siempre más o menos comprometida, y las guerras civiles en tiempos de la república y del mismo imperio debilitaron las riquezas espirituales, morales y materiales.

Los frecuentes pactos con pueblos bárbaros llevaron a éstos desde el neolítico hasta la Edad del Hierro de manera violenta, y poco a poco Roma fue perdiendo todas sus características propias.

Su eclecticismo y en cierta forma, indiferencia religiosa fue fatal, y con Juliano, injustamente llamado “el Apóstata”, finaliza el ciclo histórico de Roma.

Los “bárbaros ya no estaban fuera de sus fronteras, sino dentro mismo de su aparato político, social y religioso. El imperio se partió en dos y nació la llamada Edad Media.

Solo en Bizancio, la entonces Constantinopla, quedaron vestigios de la antiguo Roma hasta aproximadamente el año 1000, en que las Cruzadas la destruyeron y saquearon, especialmente la Cuarta, quedando una ciudad en ruinas detrás de imponentes murallas, a merced de los musulmanes.

Cerca de un cuarto de la población vivió bajo el resguardo, espíritu civilizador y transformador del imperio.

Roma finalmente cayó, pero antes de eso fue grande y magnífica llena de hombres y mujeres que vivieron y murieron por el ideal de llevar un poco de luz a un mundo lleno vicios, oscuridad y barbarie.

Algo podemos aprender del viejo imperio romano, de aquella empresa en el que los emperadores, soldados y el pueblo en general pusieron su empeño para materializar lo que un día fue un ideal civilizatorio.

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El centro histórico romano, donde se entremezclan restos de casi tres milenios, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Actualmente, las autoridades romanas promueven un plan para la restauración del Coliseo, que costará 23 millones de euros.

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