JÉSICA. La Ceiba es una ciudad hermosa, enmarcada entre el mar y las montañas, llena de vida, de gente trabajadora y visionaria, y que avanza hacia el futuro con fe y optimismo.
Es una ciudad turística por excelencia, con parques naturales, como Pico Bonito, con reservas marítimas, como Cuero y Salado, con ríos caudalosos y de agua cristalina, como El Cangrejal, y con numerosas quebradas llenas de vida.
La playa Perú, de más de diez kilómetros de largo, es una de las más hermosas de Centroamérica, y sus aldeas garífunas, entre las que destacan Sambo Creek y Corozal, son un destino obligado que muestra la diversidad étnica y cultural de Honduras.
Y en esta ciudad de La Ceiba vivía Jésica, llena de ilusiones, joven, divertida y hermosa. Y aquí murió, una tarde llena de luz, refrescada por la brisa marina, y marcada por los celos, el despecho y la lujuria de sus asesinos.
EL CADÁVER. Su cadáver fue encontrado por unos niños que jugaban a la orilla de una quebrada, metido en una caja de televisor de cincuenta y dos pulgadas, enrollado en posición fetal y envuelto en una cortina de baño de plástico.
Según el forense, la muchacha fue estrangulada, pero antes la golpearon con furia, le arrancaron la ropa con violencia, y la violaron repetidas veces.
La caja estaba cerca del agua, bajo la sombra de varias acacias, amarrada con una pita de nylon; era lógico suponer que al menos dos personas llevaron la caja hasta ese lugar y que la lanzaron a la quebrada desde la orilla.
Con el golpe, se abrió en una esquina y los niños, creyendo que habían encontrado algo de valor, ya que la caja se veía nueva, se acercaron con la intención de abrirla. Sus gritos alertaron a algunas personas, y estas llamaron a la Policía.
LA DNIC. Fernán estaba de turno ese día; en realidad, su turno era permanente, aunque no era común encontrarse con aquel tipo de delitos en la ciudad, estaba preparado para investigarlos, no solo porque era su deber, sino también porque su profesión lo apasionaba y había jurado dar seguridad a la población, según el dicho del doctor Wilfredo Alvarado.
Cuando llegó a la escena, los curiosos formaban una multitud. Junto al fiscal ordenaron que abrieran la caja y el forense empezó a hacer su trabajo.
Tenía moretones en el cuello, los labios hinchados, señales de golpes y magulladuras en los brazos y en las muñecas, un líquido viscoso entre las piernas, chupones en los senos y una mordida profunda en la parte de atrás del muslo derecho.
El forense dijo que tenía entre doce y dieciséis horas de muerta, que había sido estrangulada y que posiblemente había sido violada. Luego ordenó que retiraran el cadáver. Para Fernán era suficiente. Su compañero, Carlos Mejía, terminó de recoger las evidencias y sellaron la escena del crimen.
HIPÓTESIS. Los detectives estaban entusiasmados. Un homicidio como aquel representaba un misterio que pondría a prueba sus conocimientos y, sobre todo, la capacidad de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) para darle respuestas positivas a la población.
La DNIC estaba recién nacida, Wilfredo Alvarado, su primer director, deseaba posicionarla como una de las mejores policías de investigación científica de la región, y Saúl Bueso Mazariegos, el subdirector, soñaba con que la institución tuviera el prestigio y la eficiencia de instituciones como el FBI, por ejemplo, y ponía en eso todo su corazón y su empeño.
Hay quienes dicen que, si bien el doctor Alvarado fue el cerebro de la DNIC, Saúl Bueso fue el corazón, un corazón apasionado por la investigación criminal, sabio, discreto, justo y verdaderamente profesional.
Era época de cambios en Honduras y la DNIC era parte del futuro. Por desgracia, los Wilfredo Alvarado y los Saúl Bueso son escasos, y la DNIC está en peligro de extinción.
Para Fernán, el crimen fue cometido en una casa o apartamento; puesto que la caja de televisor estaba nueva y puesto que se trataba de un televisor gigantesco, y caro, por añadidura, podría decirse que se trataba de una casa o apartamento de clase media alta.
Era posible que Jésica hubiera llegado hasta ese lugar por su propio pie. Las últimas personas que la vieron con vida dijeron que se despidieron de ella al salir del trabajo, que ya era tarde y que ella dijo que iba para su casa. Fernán y Carlos Mejía hicieron algunas conjeturas.
En algún punto alguien conocido se le acercó, le ofreció llevarla en su carro y ella aceptó. Es posible que ella llegara hasta allí motivada por algún interés personal. ¿Por qué decían esto? Porque las lesiones que presentaba fueron hechas poco antes de asesinarla, lo que significaba que no fue hasta allí bajo alguna amenaza y, puesto que conocía a su acompañante, lo hizo confiada.
Era una hipótesis, pero era lógica. Ahora había que saber por qué la asesinaron.
MOTIVOS. Se notaba que la atacaron con furia. Era posible que su atacante fuera de elevada estatura y fornido. El golpe que se notaba en la boca no fue hecho con el puño, sino con la palma de la mano, pero fue dado con fuerza y con ira.
Quien desea dominar a una mujer que conoce o con la que se tiene una relación, no usa el puño cuando golpea en la boca, y si hace esto, es porque no está ganando la discusión; ahora bien, si discuten de forma que se llegue a la violencia física, es porque se tiene una relación muy profunda.
Entonces es de suponer que el agresor era un novio o amante de la muchacha. Por alguna razón pelearon, él estaba encolerizado, ella se defendió, él la golpeó, ella siguió gritándole y él terminó estrangulándola.
Podría decirse que era una persona con buena posición económica porque acababa de comprar un televisor tan grande, vivía bien y tenía un vehículo a su disposición.
Además, debía de tener algún tipo de poder para contar con la ayuda de otra persona, ya que él solo no pudo meter el cadáver en la caja, llevarla hasta el carro y lanzarla a la orilla de la quebrada.
Alguien más, aparte del asesino, sabía algo acerca del crimen, sin embargo, las conjeturas llegaban hasta allí y era hora de investigar por otro lado.
Seguramente, entre los amigos de Jésica encontrarían alguna pista que los acercara a los asesinos. Un novio, un amigo especial, alguna rival, alguien con quien ella hubiera discutido; cualquier detalle podría ser valioso.
EL BORRACHO. Pero no tuvieron que esperar mucho tiempo. En la sala de espera de la DNIC estaba un hombre flaco y prematuramente envejecido, vestido con harapos, desgreñado, con la barba sucia y enredada cayéndole sobre el pecho, apestoso a orines y a alcohol, con las manos negras por la mugre y las uñas largas como garras.
Eran las diez de la mañana del segundo día del hallazgo de la caja, los detectives habían avanzado bien poco, habían localizado a un taxista que se veía constantemente con Jésica pero este parecía libre de toda sospecha.
Dijo que eran novios, que tenían poco menos de tres meses de estar juntos y que de vez en cuando iba a traerla al trabajo, pero que esa noche él tenía turno en la estación de taxis y no pudo ir por ella.
Sus compañeros confirmaron sus palabras y él se puso a las órdenes de la Policía. Pero el borracho que esperaba en la DNIC iba a darle un giro completo al caso.
Fernán lo atendió en su oficina. Dijo que él estaba durmiendo en unos cartones, detrás de unos barriles llenos de basura, en la acera de un edificio de apartamentos del centro, que era temprano y que unas voces lo despertaron. Iba a decir algo cuando vio a dos hombres que leían un periódico y que uno de ellos decía: “No jodás, esta es la caja que fuimos a botar anteanoche a la quebrada. Si se llega a saber algo vamos a estar en un lío. Ese man fue el que mató a la muchacha y nosotros, sin saber, le ayudamos a botar el cadáver”.
Cuando los hombres se retiraron de allí, él fue a buscar el periódico y vio la noticia de la muchacha que habían encontrado muerta en la caja del televisor. Fernán estaba contento. “¿Dijeron los hombres de dónde habían sacado la caja?” “Sí. De un apartamento de ese mismo edificio”. “¿Podría reconocer a los hombres que lo despertaron?” “¡Claro que sí! Se llevaban allí cerca, cargando bultos y haciendo viajes”.
LOS HOMBRES. Cuando los detectives se presentaron ante ellos, los hombres cambiaron de colores. Dijeron quien les pagó para que fueran a botar la caja y se pusieron a la orden de la Policía. Hasta hoy, no saben cómo los localizaron.
El dueño del apartamento se llamaba Ramiro, de oficio comerciante, joven, alto y fornido, pero tenía tres días de no llegar a su casa. Sin embargo, no tardaron en localizarlo.
Cuando supo que lo detenían por la muerte de la muchacha, se rindió y dijo que él no la había matado, que le había prestado el apartamento a un amigo y que él no tenía nada que ver en la muerte. Los detectives no le creyeron.
No tardaron en comprobar que él había comprado el televisor hacía menos de una semana, en una tienda de La Ceiba, a su nombre. Había dado la dirección del apartamento para que le llevaran el aparato hasta allí.
Estaba nervioso, todavía no había dicho el nombre del amigo y parecía que los detectives no se lo iban a preguntar. Cuando Wilfredo Rubio, de Inspecciones Oculares de Tegucigalpa, encontró en el baño restos de la cinta adhesiva que aseguraba la caja del televisor, Ramiro empezó a creer en aquello de que no hay crimen perfecto.
La cinta había sido arrancada para sacar el televisor y en el Laboratorio se unió perfectamente al surco que dejó en el cartón; además, en el baño había restos de una cortina de plástico, y en el Laboratorio se comprobó que eran pedazos de la cortina en que envolvieron el cadáver de la muchacha. Ramiro se rindió.
LA DECLARACIÓN. Hacía una semana que estaba preso y sabía que lo condenarían al menos a treinta años. Entonces llamó al jefe de la DNIC en La Ceiba, a los detectives Fernán y Carlos, al juez que llevaba el caso, Juan Carlos, y a la fiscal.
Dijo que iba a declarar porque él era inocente. Estaba nervioso y pidió protección para su vida. Dijo que él sabía donde trabajaba Jésica, que su amigo, que era su prometido, le pidió que se la llevara a su apartamento porque estaban disgustados y él quería hablar con ella.
Dijo que conocía a la muchacha porque era la mejor amiga de una de sus hermanas y que ella aceptó subirse a su carro e irse con él porque él le dijo que su hermana estaba enferma y que quería verla, que estaba en su apartamento y que él la iba a llevar, la iba a esperar y la llevaría de regreso hasta su casa. Jésica no desconfió.
En el apartamento esperaba su novio, Ramiro cerró la puerta con llave, los dejó a ellos en el dormitorio, y esperó. Su amigo solo iba a hablar con ella. Sabía que le era infiel con el taxista y estaba furioso.
Él la amaba y se sentía indignado por lo que le habían dicho. Empezaron a discutir. Lo demás, ya lo sabían.
Cuando todo volvió al silencio, su amigo salió del dormitorio, agitado y furioso, y le dijo que la había matado. Él no supo qué decir. Su amigo le dijo que sacara el cadáver del apartamento y que no se preocupara, que él era poderoso y que si tenía problemas él los arreglaría; para eso era fiscal.
Dijo esto y se fue. Él sacó el televisor de la caja, arrancó la cortina del baño, envolvió el cuerpo desnudo de la muchacha, lo metió en la caja, la amarró como pudo y bajó para buscar ayuda. Dos fleteros estaban todavía afuera del edificio y les pagó para que fueran a botar la caja.
No le preguntaron nada. Ahora declaraba porque era inocente y no quería terminar su vida en la cárcel. Él no era el asesino. Quien mató a la muchacha era su amigo, el fiscal.
EL JUEZ. Juan Carlos estaba indignado, aquella declaración era una farsa y no la tomaría por válida. El nombre que Ramiro le dio estaba por encima de cualquier sospecha y aquel asesino solo lo hacía perder el tiempo. Salió del presidio hecho una fiera.
Cuando estuvieron en el carro de la DNIC, el juez le pidió prestado el celular al jefe de la DNIC, marcó un número y esperó a que le contestaran.
“Oíme -dijo, con voz agitada, aunque tratando de ser cauteloso-, la papa habló; ese maje dijo que vos mataste a la muchacha”. Cuando el jefe de la DNIC vio el número al que el juez había llamado, creyó en las palabras de Ramiro.
Era el número del fiscal. En ese momento se le ocurrió una idea. Iban a sacar una muestra de la dentadura del acusado. El juez firmó la orden. La mordida no era de Ramiro.
Aquello podría servirle para demostrar su inocencia. Entonces quiso sacar una muestra de la dentadura del fiscal. Por una extraña casualidad, el fiscal acababa de salir de su cita con su dentista en San Pedro Sula, tenía problemas en su dentadura y desde hacía mucho tiempo estaba retrasando la visita al odontólogo.
Este le limó todos los dientes, hasta dejarle una sonrisa agradable y hermosa.
EL TAXISTA. Era temprano en la mañana, el taxista estaba en libertad y libre de culpa. Su mordida tampoco se parecía a la que estaba en el muslo derecho de la muchacha, y ahora solo quería recobrar la paz. La vida seguía. Pero no para él.
Don Carlos, el papá de Jésica, seguía sufriendo. Ella era la luz de sus ojos y juró que mataría al asesino de su hija. Media hora después de que Ramiro terminó su declaración en el presidio, don Carlos recibió una llamada.
Le dijo a un amigo que el fiscal lo llamó para decirle que Ramiro confesó que el asesino de Jésica era el taxista, que ya todo estaba aclarado. Él estaba furioso. Iba a matar a aquel “desgraciado”.
Lo encontró en el parque central, cerca de su taxi, tomándose un refresco. El muchacho lo conocía bien. Don Carlos es manco, le falta una mano, pero con la otra le hizo una seña y él se acercó sin sospechar lo que vendría después.
Don Carlos sacó una pistola de la cintura y le disparó hasta matarlo. Dice un testigo que antes de dispararle le dijo que el fiscal le había dicho que él había matado a su hija, y que por eso lo mataba. Luego huyó tranquilamente y hasta hoy no ha sido capturado.
EL CASO. La declaración de Ramiro dio un giro al caso. La DNIC estaba dirigida por civiles y querían hacer bien las cosas.
La Dirección ordenó que se siguieran las diligencias hasta comprobar las acusaciones de Ramiro pero una tarde, el jefe de la DNIC en La Ceiba fue encerrado en su propia oficina.
Estaban el juez, el jefe de la Policía Preventiva, dos fiscales de Tegucigalpa, la fiscal que llevaba el caso de Jésica y un coronel de artillería, del batallón militar de La Ceiba.
Uno de ellos le dijo al jefe de la DNIC: “Aquí todos somos una sola cosa; que un asesino trate de implicar en su crimen a un hombre honorable y que es hasta amigo de nosotros, es absurdo, y va en contra de la unidad que debemos tener entre nosotros. El asesino está preso y el caso debe terminar allí”.
Dos días después, el jefe de la DNIC en La Ceiba fue trasladado a Tegucigalpa. Hay un odontólogo en San Pedro Sula que dice que él tiene la muestra de la mordida de la dentadura de todos sus clientes, hasta de aquellos que se mandan a limar todas las piezas, aunque estén en perfecto estado. Pero tiene miedo.
Ramiro saldrá en libertad en 2021. Sigue diciendo que es inocente, y teme por su vida.