SUICIDIO
Eran las siete de la mañana cuando Julia entró al cuarto de su hermana. Le extrañó que no se hubiera levantado todavía, aunque era sábado y no trabajaba, pero era de esas personas a las que les estorba la cama después de las cinco de la mañana.
A esa hora ya estaba en la cocina preparando café y las meriendas de los niños, y ya estaba acostumbrada a levantarse con el sol.
Ella, en cambio, era un poco más dormilona pero ese sábado quería ir a desayunar al mayoreo del Estadio, comprar la comida de la semana y pasar un rato agradable con Carla. Eso no iba a suceder jamás.
Cuando abrió la puerta, el corazón se detuvo en su pecho.
Frente a ella estaba su hermana, vestida con el camisón de dormir, con la cabeza caída sobre el pecho, las piernas dobladas hacia atrás, apoyadas en el colchón de la cama, los brazos colgando al frente, sin vida, y los ojos extremadamente abiertos, como si quisieran saltar de sus órbitas.
Alrededor del cuello y hundido en la piel descolorida tenía un lazo de nylon grueso que subía en línea recta hasta una viga de pino que sostenía el techo sobre la cama.
Carla se había suicidado. Julia no pudo soportarlo y, tambaleándose, mareada y a punto de vomitar, pidió ayuda a gritos. Los vecinos no tardaron en invadir la casa. A alguien se le ocurrió llamar a la Policía.
ENTREVISTAS
Julia dijo que su hermana estaba depresiva, que desde que se separó de su esposo no dormía bien y que hacía más o menos un mes había empezado a usar drogas para dormir.
Ella no podía comprender cómo había hecho eso si su hermana amaba la vida, amaba a sus hijos y su mayor ambición era verlos grandes y hasta casados. Matarse era lo último que pudo haber pasado por su mente.
Y, para colmo, aquella forma de suicidarse era realmente extraña. Debió de sentirse sola y agobiada y tomó esa horrible decisión en un momento de máxima angustia.
Pero todavía no podía creerlo.El detective de Homicidios Walter Doblado escuchaba en silencio, tomando nota de lo que le parecía interesante y viendo comprensivo a la muchacha.
Ella hablaba hasta por los codos.
DIVORCIO
Carla se había divorciado después de que su esposo supo que le pagaba mal.
Para él fue como si el mundo hubiera estallado a sus pies y sintió que el corazón le estallaba en el pecho.
A pesar de su carácter insoportable, de sus largas ausencias y de su machismo a toda prueba, Carla deseaba vivir para siempre a su lado; aunque no era virgen cuando él se la robó la misma noche en que cumplió catorce años, él la hizo mujer y llegó a amarlo sinceramente, pero tanto va el cántaro a la fuente que al fin se quiebra, y Jorge fue matándole el cariño con tanto abuso, tanto descuido y tanto insulto.
Era cierto que su virginidad la entregó por amor a su primer novio, que era una niña y que creyó en las promesas que le hizo aquel maestro de escuela diez años mayor que ella, pero nadie está libre de pecado, y así como todos cometemos errores, tenemos derecho a ser comprendidos y perdonados.
Pero Jorge sufría por eso y ella no podía hacer nada más que soportarlo en silencio, de todos modos, "la culpa había sido de ella".
Sin embargo, lo que más le dolía era que Jorge le dijera que era peor que un pedazo de papel higiénico usado, y que la golpeara después de once años de matrimonio.
Así se apagó su amor y terminó encontrando consuelo en un compañero de trabajo que la valoraba, la consentía y la hacía sentir mujer, porque Jorge era como Flash, no duraba ni diez segundos, como buen eyaculador precoz. Aun así, lo había amado.
DOBLADO
El detective seguía escuchando. Mientras Inspecciones Oculares hacía su trabajo, él atendía a la hermana que tanto sabía de la vida de la difunta.
Los niños estaban con su padre los fines de semana, y eran días tristes para Carla; del amante no sabía nada porque ella era muy reservada, aunque sabía que era casado y que vivía en la colonia La Fuente, en Comayagüela.
Sí, era guapo, pero era ajeno, y aunque lo vio solamente una vez, le pareció un tipazo. Carla, por supuesto, era muy linda también. Pero ahora estaba muerta, se había suicidado y ya nada importaba.
Doblado sonrió con esa sonrisa maliciosa que lo caracteriza, miró a la mujer a través de los lentes y le dijo, poniendo la libreta de notas debajo de una axila: "Su hermana no se suicidó, señora; a su hermana la mataron".
La mujer abrió los ojos, vidriosos por las lágrimas, quiso gritar por la sorpresa, pero la desesperación le apretó la garganta, sintió que todo daba vueltas a su alrededor, se desvaneció y cayó al suelo, desmayada por la impresión.
Doblado dejó que dos mujeres policías la auxiliaran.
LA TESIS
Doblado cerró la puerta del cuarto. Inspecciones Oculares tenía algunas cosas qué decir y él sonreía satisfecho, como si tuviera frente a sus ojos la solución del caso.
Había dicho que la mujer no se suicidó y sostenía sus palabras.
Era lógico suponerlo. Nadie podía suicidarse de aquella manera tan absurda.
Las rodillas casi tocaban las sábanas, los brazos estaban libres, el lazo daba varias vueltas alrededor del cuello y se hundía demasiado en la piel, apretando la garganta con fuerza extrema, algo que no hubiera permitido a la mujer actuar libremente, además, ¿de dónde saltó para consumar el suicidio por ahorcamiento?
La soga colgaba de la viga justo en el centro de la cama, ella colgaba de la soga, amarrada por el cuello, pero no había nada que indicara que había saltado de ahí para darse la muerte.
Julia dijo que la puerta de la calle estaba cerrada con llave, que el perro, que dormía en el corredor, no ladró en toda la noche, o al menos ella no lo escuchó, y no entendía cómo podía asegurar el detective que a su hermana la habían asesinado.
El forense también estaba de acuerdo.
La mujer estaba muerta cuando la colgaron del cuello. La estrangularon en su propia cama. Doblado tenía algunos nombres en su libreta y tenía un sospechoso.
EL SOSPECHOSO
Jorge estaba desconsolado; a pesar del engaño, seguía amando a aquella mujer y juraba que encontraría a su asesino. No en balde era policía. ¿Dónde estaba él la noche anterior, o sea, la noche del asesinato? Estaba trabajando. ¿Dónde?
Doblado tenía paciencia.
Aquel era su trabajo y le gustaba hacerlo, además, entre más complejo se mostraba, más entusiasmado se sentía, y Jorge sufría demasiado, aunque, extrañamente, no veía lágrimas en sus ojos.
Tal vez es que era un hombre de hierro pero Julia dijo que había llorado mucho cuando supo que su mujer estaba con otro.
Pero, bien, la gente es así. ¿Dónde estaba trabajando la noche del crimen? Estaba en un operativo en el bulevar Morazán. ¿A qué hora empezó el operativo? A eso de las diez de la noche. ¿A qué hora terminó? Como a las dos de la mañana.
¿Estuvo todo el tiempo en el operativo? ¡Por supuesto! Él es un soldado y sabe recibir órdenes. ¿Quién cree usted que pudo haber estrangulado a su ex esposa? ¡Ni idea! Pero si logro saber quien fue, le juro que lo ahorco con mis propias manos.
Doblado lo miró como si estuviera leyendo dentro de su mente, la sonrisa maliciosa le estiraba los labios gruesos y descoloridos, y el sargento tembló de pies a cabeza.
Doblado no le quitó los ojos de encima. Usted lo ahorca con sus propias manos -le dijo-. ¿Está seguro de lo que dice? El hombre miró hacia otra parte. Doblado le dio la mano para despedirse. Jorge estaba helado, y al detective le pareció que temblaba.
LA INVESTIGACIÓN
Cuando tuvo en sus manos el informe de Inspecciones Oculares, Doblado supo que estaba a punto de cerrar el caso.
Tenía en su escritorio varias fotografías y algunas mostraban una huella de punta redonda marcada en el polvo a la orilla de la cama.
También había otras en las que se veía la marca que dejaron las patas de la cama al ser empujadas hacia un lado. Quien se suicida en aquellas condiciones no necesita mover la cama.
Alguien debió empujarla, seguramente por accidente, cuando manipulaba el cuerpo de la mujer asesinada. Además, la huella de punta redonda "parecía como la de una bota o de un zapato tipo burro", aunque no tenía marcas de la plantilla.
En el cuello de Carla había otras señas, casi borradas del todo por los surcos que dejó el lazo en la piel, y parecían como "dedos largos y gruesos" que se notaban, sobre todo, a los lados, un poco debajo de las orejas.
Los técnicos encontraron huellas digitales, la mayoría de Carla, de Julia y de los niños. Pero había tres que no coincidían con nadie de la casa.
Una estaba en el pomo del llavín de la puerta del cuarto principal, y ya la estaba estudiando Dactiloscopia, las otras dos estaban en un vaso de vidrio que alguien dejó sobre el comedor, con agua un poco debajo de la mitad.
Julia juró que nadie tomó agua esa noche y que nunca dejaban un vaso fuera de su lugar. Doblado iba por buen camino. Pero tenía que hacer algo que quizás molestara a sus superiores.
Sin embargo, el general Francisco Murillo se metía de cabeza en los casos y estaba seguro que contaría con su apoyo.
Por eso, cuando los policías que estuvieron en el operativo en el bulevar Morazán fueron entrevistados uno a uno, a nadie se le ocurrió protestar.
EL FISCAL
Es uno de los mejores fiscales que tiene el Ministerio Público, que dicho sea de paso deja mucho qué desear.
Cuando Doblado le presentó el caso, solicitó la orden de allanamiento. El detective deseaba confirmar algunos detalles más. Jorge se opuso cuando los detectives llegaron a su casa, un cuarto desordenado de la colonia Nueva Esperanza.
¿Por qué sospechan de mí? Yo jamás le hubiera hecho daño a esa mujer. Doblado lo miró y le sonrió con esa sonrisa fija que a veces se hacía detestable.
Le dijo: es solo rutina. Creemos que el caso está resuelto. Solo queremos comprobar unos datos. Es todo. Jorge se rindió.
Los técnicos entraron como Pedro por su casa. Quince minutos después le enseñaron a Doblado lo que este les había dicho que buscaran.
JORGE
Vamos a hablar un rato -le dijo el detective-, aquí está el fiscal, y como policía que sos, ya sabés cómo son estos procedimientos. Te voy a explicar cómo fue que murió tu ex esposa. El hombre estaba pálido, tragaba saliva y respiraba con la boca abierta.
Si vamos a creerle al forense, tu mujer murió entre las doce de la noche y la una de la madrugada, fue atacada cuando dormía, la golpearon con un puñetazo en la sien izquierda y esto la hizo perder el conocimiento.
Quien hizo esto sabía perfectamente lo que hacía. Si la mujer despertaba y lo reconocía, podía gritar y despertar a su hermana, que dormía en un cuarto cercano, y tal vez hubiera alertado a los vecinos.
Era mejor desmayarla, y un buen golpe la dejó más dormida de lo que ya estaba. Luego, el asesino se puso encima de ella, encontramos polvo del suelo de debajo de la cama en una sábana, y la estranguló.
Después se paró en la cama, pasó la soga de nylon rojo por la viga, la aseguró con un nudo corredizo y luego la enrolló alrededor del cuello de la muchacha.
Talvez el asesino tenía prisa, tal vez la mujer pesaba demasiado, pero la verdad es que no calculó bien la distancia a que debía de colgar el cuerpo, y dejó que los pies quedaran apoyados en el colchón.
Por supuesto, este fue su primer error. El segundo fue tomar agua en la casa. Está claro de que una situación como esta descarga mucha adrenalina en la sangre y se reseca la boca, esto es desesperante y un poco de agua ayuda a arreglar el problema.
El asesino sabía dónde estaba la cocina, dónde guardaban los vasos y, como en otros tiempos, se sirvió agua con toda confianza. Dejó el vaso en el comedor, a pesar de que sabía que la mujer era ordenada y que nunca dejaba trastos sucios para el día siguiente.
¿Cómo entró el asesino a la casa, sin hacer ruido, sin despertar sospechas y sin alertar al perro? Creo que empecé a relatarte el caso al revés, pero vos me entendés bien.
El asesino entró con sus propias llaves. La casa estaba a oscuras, pero el asesino la conocía bien, y llegó al cuarto principal sin problemas, pero dejó una de sus huellas digitales en el llavín de la puerta; además, dejó dos en el vaso de vidrio en que tomó agua.
¿Por qué el perro no ladró? Porque conocía bien a la persona que llegaba. ¿Quién era esa persona? Vos. Vos asesinaste a tu ex esposa. Tenemos tus huellas digitales, los técnicos de Inspecciones Oculares acaban de encontrar las llaves de la casa en que vos viviste hace un año, y en esa mochila que ves ahí, hay pedacitos del nylon del lazo con que colgaste a la muchacha.
Vamos a ver qué dice el Laboratorio cuando los comparen.
Jorge no sabía qué decir. Al final, se le ocurrió algo. Yo estuve en el operativo esa noche. Jamás podrán probarme nada.
Doblado volvió a sonreír. Vamos a hablar de eso -le dijo-. Veamos.
El operativo se instaló a las diez de la noche en la calle del bulevar que va a la colonia La Esperanza, vos estabas cerca de Dunkin Donut’s con otros compañeros, ¿cierto? La casa de tu mujer estaba a solo dos minutos en moto.
Habías planificado esto desde hacía mucho tiempo. Nunca le perdonaste que te engañara con otro. En algún momento después de las doce de la noche tomaste la decisión, te subiste a la moto, tus compañeros estaban muy ocupados para notar tu ausencia, llegaste a la casa muy rápido, abriste con tus propias llaves, el perro te conoció, fuiste al cuarto, golpeaste a la mujer, la estrangulaste, la colgaste con el lazo, tomaste agua y saliste, echando doble llave como habías encontrado.
Todo pudo durar unos quince minutos.
Regresaste al operativo, pero no contaste con que para volver a tu puesto en Dunkin Donut’s tenías que venir por el otro lado del bulevar, y alguien te vio.
Dos de tus compañeros extrañaron que te hubieras movido de tu puesto sin una orden superior. ¿Ves la punta de tus botas? Las vamos a llevar al Laboratorio para compararla con la huella que encontramos en el polvo debajo de la cama de tu mujer.
Creemos que envolviste las plantillas con algún trapo porque no encontramos ninguna marca. Afortunadamente, tu mujer barría solo donde miraba su suegra.
El polvo que había debajo de la cama sirvió para que te des cuenta de que no hay crimen perfecto. ¿Qué vas a hacer ahora?
Jorge no contestó. El fiscal no perdió tiempo. Saldrá en libertad a principios de 2016. Todavía se pregunta en qué le falló su coartada perfecta. O tal vez es que los detectives de la DNIC son demasiado buenos. Quizás no encuentre respuesta jamás.
