A Juan lo encontraron muerto cerca del río, en un banco de arena, bajo la sombra de un enorme guanacaste.
Lo degollaron y de sus asesinos no se supo nada, aunque se dijo que Javier, el único hijo varón de don Dámaso, lo amenazó a muerte en la cantina donde lo vieron por última vez, una noche fría de febrero de mil novecientos noventa y seis.
Habían discutido en una de las mesas más alejadas, alumbrados por un quinqué. Eran los tiempos de los racionamientos de energía que impuso Carlos Roberto Reina, pero en el pequeño pueblo de Juan, la vida seguía como si el país no estuviera en crisis.
¿Por qué habían discutido? Nadie lo sabía. ¿Qué tipo de relación había entre ellos? Juan era peón de don Dámaso. ¿Qué tan amigos eran los muchachos? En realidad, Javier no era muy estimado en el pueblo, y Juan no era tan simpático, entonces, ¿era posible que Javier fuera el asesino? Nadie podría asegurar eso.
La verdad era que después de la discusión, Juan salió tambaleándose de borracho de la cantina, y se perdió en la oscuridad de la calle; varios testigos decían que Javier salió media hora después, en su Toyota doble cabina, borracho también, e iba solo. Eran casi las nueve de la noche.
A la mañana siguiente, el cadáver de Juan estaba boca arriba en la arena, con los ojos abiertos, mirando al vacío con una película de vidrio cubriendo sus pupilas.
Según el forense, murió poco antes de la medianoche. Pero había algo raro en la escena del crimen. Debajo de él, la arena estaba limpia, la sangre era poca, a pesar de que casi lo decapitan, y no había señales de violencia por ningún lado.
El detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) que fue al levantamiento del cadáver, hizo estas observaciones y las anotó en su libreta.
Sin embargo, cuando quiso averiguar algo más sobre el caso, lo trasladaron a Choluteca. Entonces, la muerte de Juan quedó en el olvido, aunque no por mucho tiempo.
LA LENGUA
Dicen que el licor afloja la lengua, y que la lengua es tan difícil de contener, que a los deslenguados les causa infinidad de problemas.
Luis era maestro de educación primaria. Era pobre, pero era soñador. De niño aprendió a trabajar la tierra que alquilaba su padre cada invierno, y veía siempre que las cosechas, por muy abundantes que fueran, no eran suficientes para mantener a la familia, y juró que algún día su padre tendría su propia parcela; él la compraría para regalársela.
Con esa ilusión estudió magisterio en Tegucigalpa, valorando el sacrificio de sus padres y sacando las mejores notas que podía.
Y la suerte estaba con él. Un diputado de Olancho le ayudó a conseguir una plaza en una aldea cercana, y empezó a trabajar. Estaba feliz. Ahora sabía que no moriría pobre.
Tenía metas y las iba a alcanzar. Lo primero, era comprar la tierra para su papá, pero don Dámaso no quiso vender. Luis se molestó mucho y dijo algunas cosas que no gustaron al dueño del pueblo.
La Reforma Agraria era solo una forma de legitimar el robo de las tierras que invadían los campesinos, y don Dámaso no se dejaba chantajear.
Treinta años tenía de alquilarle la tierra a don Luis, y no veía la razón para venderle, si por tanto tiempo habían funcionado tan bien.
Ese maestrito era una peste que venía al pueblo con esas ideas comunistas que, por desgracia, el difunto general Álvarez Martínez no tuvo tiempo de erradicar.
Si las cosas están bien, ¿por qué hacer que estén mal? Don Dámaso no vendería jamás. Luis estaba disgustado.
LUIS
La incontinencia verbal es típica de los hombres que desean componer el mundo con sus discursos. Indignado, le lanzó a su padre una de esas piezas oratorias que incendian corazones, y habló de más.
Dijo que hablaría personalmente con el cacique y que iba a convencerlo de vender porque él sabía algo que le doblaría el brazo al viejo.
Nadie lo pudo hacer entrar en razón. Aparte de avaro, don Dámaso era déspota y poderoso.
El día en que Luis fue a buscarlo, don Dámaso estaba en la capital, recibiendo una de las peores noticias de su vida. Tenía cáncer de próstata. Tardó una semana más consultando a los mejores médicos.
Cuando regresó a su hacienda, supo que dos niños que venían de pescar camarones de río, encontraron el cadáver de Luis, a una orilla del camino de tierra que llevaba al pueblo.
Lo mataron de un balazo en la parte de atrás de la cabeza, estaba amarrado de pies y manos y tenía una mordaza en la boca; además, tenía señales de haber sido torturado.
En la cantina, alguien le dijo a un detective de la DNIC que lo habían matado por deslenguado.
HOMICIDIO
Era el segundo asesinato que se daba en el pueblo en menos de dos meses.
Nadie olvidaba a Juan, y ahora tenían que enterrar al maestro, a un muchacho de veintiún años, lleno de sueños y de ilusiones vacías.
Su padre estaba desconsolado. Su madre sentía que no iba a sobrevivirle mucho tiempo.
La última vez que lo vieron con vida, iba en una bicicleta por el camino que lleva a Juticalpa.
Le dijo a su padre que visitaría a don Dámaso. Cuando los detectives llegaron a la hacienda, el capataz les dijo que el muchacho llegó a buscar al patrón pero que este no estaba, que entonces pidió hablar con Javier, y que el muchacho lo atendió en el corredor de la casa.
Dijo que lo vio irse en la bicicleta, y que parecía de mal humor. No supo qué habló con Javier. No era algo que le interesara. Y Javier, ¿dónde estaba?
En Tegucigalpa, viendo a su papá. ¿Cuándo salió para allá? En la madrugada del día después que Luis llegó a la hacienda.
PRUEBAS
Luis estaba boca abajo, a la orilla de un camino poco transitado que terminaba en el río.
Le dispararon de cerca, en la base del cráneo, y la bala le salió por la sien izquierda; había una gran mancha de sangre en el suelo y, a menos de dos metros del cuerpo, estaba un casquillo de bala de 9 milímetros.
Tirada un poco más allá, estaba la bicicleta.
El forense dijo que lo golpearon con fuerza hasta hacerlo perder el conocimiento y, cosa horrorosa, le habían cortado la lengua, sin arrancarla del todo.
Las heridas de cuchillo que tenía en los labios y en el interior de la boca, las habían hecho después de muerto, porque habían sangrado poco y no presentaban inflamación.
Los detectives iban armando el caso. Un periodista tomó fotos de cada centímetro cuadrado de la escena. Los técnicos de Inspecciones Oculares no llegaron jamás.
CON LAS UÑAS
Era la DNIC de Wilfredo Alvarado y Saúl Bueso Mazariegos; era la DNIC del entusiasmo, del Ministerio Público y del deseo de hacer bien las cosas.
A pesar de que trabajaban con las uñas, los detectives estaban bien instruidos y todavía no los habían desilusionado los cambios.
La muerte de Luis era una ejecución típica, y los detectives empezaron a formular hipótesis a partir de la escena del crimen.
Gonzalo Sánchez era un buen maestro e insistía en que no se dejara un centímetro cuadrado sin revisar, que se observara hasta el más mínimo detalle dentro y alrededor de la escena, que se entrevistara al mayor número de personas posible y que se formularan los perfiles psicológicos allí mismo, teorizando sobre los posibles motivos del crimen a partir del grado de violencia que presentaba un cadáver, de la forma de muerte y del área geográfica de la escena.
Y como no era una fórmula matemática imposible de digerir, los muchachos aprendieron mucho de Gonzalo Sánchez.
LA HIPÓTESIS
Cuando lo detectives tuvieron casi todos los detalles en sus manos, empezaron a trabajar. La bicicleta estaba destruida, el rin de atrás estaba enrollado, como un ocho, el manubrio tenía tierra en las curvas y uno de los pedales tenía señales de haberse arrastrado hasta quebrarse, pero sin desprenderse.
Era lógico que alguien había embestido a Luis por detrás, con un vehículo alto, seguramente. El muchacho tenía raspones en el rostro, en las manos y los brazos, y una de las rodillas del pantalón estaba rota y llena de sangre y tierra.
Un moretón en la frente decía que se había golpeado fuerte contra una piedra y que, tal vez, había perdido el conocimiento.
Era fácil, entonces, amarrarlo y lanzarlo a la paila de un carro, luego bajarlo en el lugar donde lo asesinaron, pero antes, alguien se dio gusto golpeándolo.
Después le dispararon y luego le cortaron la lengua con un cuchillo muy filoso, posiblemente un cuchillo de caza o un yatagán. ¿Quién podría ser el asesino? Era el segundo paso de la hipótesis.
Debería ser alguien con motivos suficientes para odiar a Luis, sin embargo, dado que era un muchacho, que nadie le conocía enemigos y que jamás andaba en pleitos que no fueran verbales, y nunca ofensivos, debería tratarse de alguien a quien Luis amenazó con algo, como lo que le dijo a su papá antes de salir para la hacienda de don Dámaso.
Y los detectives tomaron este detalle muy en cuenta. ¿Qué era lo que Luis iba decirle a don Dámaso que lo convencería de vender? Su papá no sabía. Luis no le dijo nada.
¿Tenía amigos íntimos Luis? En realidad, no. Era muy aparte, aunque se llevaba bien con todo el mundo.
¿Novia? Si, una muchacha de la aldea donde trabajaba. ¿Querían hablar con ella? Por supuesto. La muchacha estaba en Juticalpa, donde estudiaba. La entrevista iba a tardarse un poco.
Mientras tanto, los detectives seguían con su hipótesis. Estaba claro que el asesino era alguien sin escrúpulos, y era muy posible que hubiera actuado solo.
Debía ser de enorme estatura y fuerte porque Luis era alto y pesado. ¿Por qué era posible que el asesino hubiera actuado solo? Primero, porque atacó a Luis con el automóvil, seguramente para inmovilizarlo con los golpes, y segundo, porque en la escena se veían huellas de botas, cerca del cadáver, y no habían más.
Además, a un metro del cuerpo se veía la huella que dejó una rueda, posiblemente nueva, y trasera, al arrancar el vehículo con fuerza hacia atrás.
Por último, el arma asesina era una pistola nueva, a juzgar porque el percutor caló el fulminante justo en el centro. La ojiva estaba allí, hundida en la tierra, a menos de veinte centímetros. No tardaron en encontrarla. Tenía estrías casi perfectas.
EL SOSPECHOSO
Un principio de criminalística dice que la última persona en ver con vida a una víctima es la principal sospechosa de su asesinato.
Los detectives fueron a la hacienda de don Dámaso a preguntar por él. No estaba.
El capataz les dijo que el maestro platicó con Javier la tarde anterior, pero este no estaba. Viajó a Tegucigalpa en la madrugada.
¿Recuerda usted si Javier salió en su vehículo después de hablar con el maestro? Si, como unos diez minutos después, el muchacho salió en dirección al pueblo.
¿Sabía a qué iba? No. Nunca preguntó lo que no me interesa. ¿Tiene Javier una pistola de 9 milímetros? Sí, una Pietro Beretta nueva que su papá le regaló en su cumpleaños, el dos de diciembre pasado.
¿A Javier le gusta la cacería? ¡Le encanta! Caza de todo y es un buen tirador. ¿Tiene Javier algún cuchillo de caza, algún yatagán del que nunca se separa? Tiene varios y siempre los anda en el carro, con las escopetas y los rifles. ¿Por qué preguntan todas esas cosas?
Por nada. Simple rutina.
LA NOVIA
Era una muchacha bonita, no muy alta, trigueña, delgada y agradable.
Llegó al pueblo la tarde en que encontraron a su novio muerto. Los detectives la estaban esperando. Dijo que no sabía quién y por qué pudieron haberlo asesinado, y menos de aquella forma.
Sí, él le comentó que la noche en que mataron a Juan, él andaba pescando en el río con dinamita y que vio que "alguien" arrastraba el cadáver y lo dejaba en la arena, a la orilla del río.
¿Le dijo quien era la persona a quien vio? No, no me lo dijo nunca, pero sí me dijo que alguien le comentó el muerto se había peleado con alguien por una marihuana.
Después dijo que era peligroso que yo supiera más.
JAVIER
En la oficina de Migración del aeropuerto Toncontín está registrada su salida el día del entierro de Luis.
Viajó a Miami, solo, en el vuelo de Taca de las siete de la mañana.
En los archivos de la Armería en Tegucigalpa, está registrada a nombre de su padre una pistola Pietro Beretta de 9 milímetros, comprada al contado, pero la pistola no apareció por ningún lado.
En la parte izquierda de la paila del doble cabina había un rayón delgado y de unos tres centímetros de largo; en la parte derecha del manubrio de la bicicleta de Luis encontraron "una mancha verde que podría ser pintura de automóvil".
Tal vez, después de subir a la paila el cuerpo inconsciente de Luis, el asesino levantó la bicicleta y golpeó con el manubrio la paila.
Pero esta evidencia se perdió en la cadena de custodia, no se sabe cómo. Tal vez porque los detectives la tomaron empíricamente, pero la fotografiaron y la anexaron al expediente.
Javier no ha regresado al país todavía ni siquiera para la muerte de don Dámaso. Por mientras, el crimen sigue en la impunidad. Los detectives tienen muchas sospechas que creen poder confirmar algún día.
