La obligación de la justicia

Este relato narra un caso real.
ElHeraldo.hn

Honduras

04.06.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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¿Cómo se aplica la justicia en Honduras? ¿Qué tan capacitados están los jueces para hacer este trabajo tan digno? ¿Qué tan estables son emocionalmente los aplicadores de justicia?

Al hacerlos objeto de un estudio psicológico profundo, ¿qué resultados obtendríamos? ¿Son, también, víctimas de traumas antiguos, de la tensión diaria, de la presión de un trabajo tan delicado y traumático que podrían definir su forma de ver los casos y dirigir o definir sus decisiones? ¿Está en manos de hombres y mujeres honorables la aplicación de justicia en el país? Se presume que sí.

¿Podría considerarse un crimen de lesa justicia el que un juez ponga precio a sus decisiones y que juzgue bajo la presión de un superior? Seguramente sí, ya que para cualquier funcionario público faltar a su deber es de por sí un delito.

CARTA

En una carta extensa, una lectora cuenta la historia, trágica por cierto, de su esposo. Acusado por una vecina de violación, es capturado y recluido en la Penitenciaría Nacional por más de un año. Cumplido este tiempo, es llevado a juicio, y se dice que la justicia que tarda no es justicia.

La mujer lo acusa de haber entrado a la fuerza a su casa, de haber pateado la puerta del dormitorio donde ella se refugió hasta que la abrió, de haberle quitado la ropa con violencia y de haberla obligado a callar bajo amenazas, mientras la violaba en repetidas ocasiones.

Tres horas duró aquel martirio y, cuando el hombre se cansó, ella estaba exhausta, en shock, llorosa y temblando de miedo. Él se vistió y se fue.

Ella siguió en la cama un tiempo más. Cuando se recuperó, vio que eran casi las doce de la mañana, hora de ir a traer a sus hijos a la escuela.

Se bañó, se vistió y salió de la casa. No fue sino hasta la mañana siguiente cuando decidió poner la denuncia en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

La peor vergüenza de su vida la sintió cuando la examinaron en Medicina Forense. Le sacaron muestras de semen pero no encontraron lesiones en la vagina ni en la vulva, ningún golpe en su cuerpo y, psicológicamente, la mujer estaba estable, aunque “podría decirse que la señora fulana de tal tiene un alto nivel de ansiedad, maneja muchas fantasías y por momentos no coordina sus ideas al expresarlas”.

La Policía llegó a la casa de la ofendida, no encontró señales de que las puertas de entrada a la casa y del dormitorio principal donde ocurrió el hecho hubieran sido forzadas, ninguna tenía daños y ninguno de los vecinos escuchó los gritos de auxilio de la mujer ni el escándalo que se armó en la casa mientras ella huía de su agresor.

Pero Medicina Forense tenía muestras de semen, fresco todavía, tomadas de la vagina de la ofendida, y un vello púbico negro, largo y ensortijado, encontrado en la parte interior del blúmer de la mujer.

Además, la Fiscalía tenía la palabra de la víctima y el Tribunal estaba compuesto por mujeres, dignas representantes del género, y ávidas de impartir justicia en casos tan indignantes y repudiables como aquel.

JUICIO

El imputado fue a juicio. Un año en la cárcel le cambió el carácter; lo perdió todo y lo único que le quedaba era el apoyo incondicional de su mujer y de su madre.

Por desgracia, los defensores sabían que perderían el caso porque, como dijo uno de ellos, “estamos ante un juicio de género, en el que el Tribunal decide por solidaridad con la víctima y proyecta una especie de venganza generacional contra todo lo que huele a masculino, y como no hay nada que podamos hacer…”

Era una mañana silenciosa, sin público, sin testigos, con testimonios científicos y la declaración dolorosa de la víctima. Se respiraba en el aire la angustia de la mujer, como si estuviera siendo ultrajada de nuevo, y su llanto conmovía.

En varias ocasiones, una de las jueces miró al imputado con fuego en los ojos, mientras él esperaba el desenlace de aquella comedia trágica, en la que él llevaba todas las de perder.

Se escuchó la declaración de la mujer, luego entró un técnico de Inspecciones Oculares de la DNIC, después le tocó el turno al médico forense.

El técnico dijo que ninguna puerta había sido violentada, que no había señales de patadas o golpes de otro tipo en la puerta del dormitorio, que esta puerta era de plywood, de las llamadas de tambor, y que fácilmente se hubiera quebrado con los golpes que denunciaba la víctima de aquel sátiro.

El defensor protestó por el adjetivo con que el técnico calificaba a su cliente y la juez presidenta, cubierta con su toga negra, revestida de toda la autoridad de la ley, sabia como Minerva y bella como Claudia Shiffer, dijo: “Ha lugar a la objeción”. Era algo digno de ser visto. La justicia en marcha.

El forense empezó diciendo que la víctima le dijo que había sido violada el día anterior, por aquel hijo de Satanás, que puso la denuncia veinticuatro horas después porque estaba tan asustada que no sabía si aquello era un sueño o había sido algo real.

Le dijo que casi a las doce del día anterior, el de la violación, se bañó, se vistió y fue a la escuela por sus hijos, que esa mañana se había bañado dos veces porque se sentía sucia y que a la una de la tarde, la Fiscalía la llevó a Medicina Forense para que la examinaran.

Y allí estaba ella, dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para que aquel maldito violador fuera castigado. Y el semen que llevaba en su vagina era la mejor prueba de la violación.

Era semen fresco, muy fresco, y abundante, mezclado con mucha secreción vaginal y con cierta cantidad de secreciones producidas por una vaginitis casi crónica que la muchacha sufría.

Los ojos de fuego de la juez casi derriten el rostro de piedra del acusado. La esposa de este lloraba en silencio en una esquina. Un alguacil le trajo agua y le prestó un pañuelo. También él era parte de aquel guión que había escrito la desgracia en su contra.

LA JUEZ

Dicen que la mujer blanca es la reina de las mujeres; aquella podría muy bien ser la reina de todas las jueces. Más descripciones no están permitidas.

Después del testimonio del médico, dijo que el Tribunal iba a deliberar, habló más de un minuto, luego salieron de la sala, cerraron la puerta tras de ellas y tardaron mucho en volver. El médico volvió a sentarse.

“¿Cuánto dura el semen en la vagina, después de la eyaculación?” El médico dudó antes de contestar. “No mucho. Dos, tres o cinco horas, tal vez”. “¿Pudo haberse mantenido tan fresco en la vagina después de veinticuatro horas?” “No lo creo; es más, me parece imposible”. “Usted dice que el semen estaba fresco y era abundante, ¿cierto?” “Sí, Su Señoría”. “¿Encontró espermatozoides en el semen?”

“Sí, Su Señoría, abundantes, aunque muertos. Algunos podría decir que aún se movían”. “Esto lo vio bajo el microscopio, supongo”. “Sí, Su Señoría; ese es el procedimiento, aunque lo hicieron en el laboratorio”.

“¿Duran tanto los espermatozoides después de la eyaculación?” “Realmente, no. Tampoco el semen, Su Señoría, y menos después de haberse bañado la receptora tres veces. Pido disculpas al Honorable Tribunal por no haber reparado en estos detalles al momento del examen físico”.

“Señor técnico de Inspecciones Oculares, usted dice que las puertas no presentaban señales de violencia al momento en que usted las examinó para recabar evidencias”.

“Así es, Su Señoría”. “A las representantes de la Fiscalía les pregunto: ¿Estudiaron, analizaron bien el caso antes de llevarlo a juicio?”

“Sí, Su Señoría”. “¿Tienen alguna duda después de lo que han escuchado de parte de los testigos propuestos por la Fiscalía?” “¿El Honorable Tribunal nos autoriza un receso para analizar algunos detalles del caso?”

La juez miró su reloj, luego levantó la voz, suave y dulce como la de una mujer consentida. “Volveremos a la una de la tarde”.

EL REGRESO

La carta de la lectora de Selección de Grandes Crímenes sigue con tres páginas más. El equipo fiscal retiró la acusación, la juez le dijo a la mujer que sería perseguida por acusación falsa, perjurio y falso testimonio.

La mujer se rindió. Faltaba un detalle. El vello púbico encontrado en el blúmer era “parecido al de los negros”.

La mujer lloraba. Dijo que ella “se había obsesionado con su vecino”, que este la rechazó en varias ocasiones y que inventó todo aquello para vengarse de él, pero que no imaginó que “su estupidez hiciera tanto daño ni que la Fiscalía llegara tan lejos”.

No quería ir a la cárcel y pedía perdón. Sí, era cierto. La mañana en que puso la denuncia tuvo relaciones con un mulato, amigo de su marido.

FINAL

El expediente está archivado. La juez del caso dice “que actuó con justicia; que su trabajo está libre de sentimientos y que en todo momento se apegó a la ley”.

Tal vez actuó de forma diferente a lo que se espera de un juez en un juicio, pero sabía que ese era su deber. Se trataba de condenar a un inocente a quince años de prisión “y yo no hubiera podido vivir con eso en mi conciencia”.

Desde el inicio supo que aquello era una mentira y que está satisfecha de haber hecho lo que hizo. Lo que no podrá recuperarse jamás es el año que pasó el imputado en la cárcel.

Está de acuerdo en que se aceleren los juicios y que baje la mora judicial. “Esa es la obligación de la justicia”.

De la mujer no se sabe nada desde hace mucho tiempo. Su hermana dice que se fue mojada para Estados Unidos y que todavía espera en México la oportunidad de pasar al otro lado, trabajando con una familia en el Distrito Federal.

Sus hijos viven con su ex suegra. Su esposo se volvió a casar. Del amigo mulato del marido no dijo nada. El acusado es diácono en una iglesia de la Asociación de Ministerios Cristianos (ADEMIC), y habló poco.

Dice que debe perdonar a su hermano hasta setenta veces siete. Agradece a la juez lo que hizo por él. Por supuesto, no se expresa bien de sus defensores. Ahora ama mucho más a su mujer.

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La justicia tardía no es justicia. No se puede meter a la cárcel a un inocente y después cuando se demuestra su inocencia decir que se hizo justicia.
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