Honduras
Es una oficial de policía a la que no le tiembla la mano en contra de quienes viven sumergidos en el mal. No obstante, en su interior oculta a una mujer con gran sensibilidad humana que llora con los que sufren, sonríe con los felices y da lo que esté a su alcance por proteger a los más débiles. Entre sus protegidos hay ancianos, niños y mujeres que son víctimas de tratos crueles y hasta de abuso sexual.
Así es Fátima Maritza Ulloa Becerra, una destacada pieza de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) que se levantó de abajo y en sus 16 años de trayectoria en la institución policial se ha convertido en mujer de armas tomar, capaz de dar mucho a cambio de la felicidad de los que sufren. Su misión también es que los abusadores reciban su merecido.
De luchar contra la delincuencia común y organizada en las calles, Ulloa Becerra es hoy una fiel defensora de niños y niñas que son víctimas de abuso sexual de parte de padres degenerados y de otros parientes; de las mujeres maltratadas por sus maridos, de los ancianos explotados y maltratados por hijos desnaturalizados y hasta de madres que pierden a sus hijos. Este último es uno de sus más exitosos quehaceres.
El 16 de julio de 1994 Fátima Maritza conformó la primera promoción de agentes de la entonces Dirección de Investigación Criminal (DIC), bajo la égida del Ministerio Público siendo una pasante de la carrera de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
Formó parte del grupo entrenado por israelitas en el Centro de Instrucción Policial (CIP) en el departamento de La Paz.
Gracias a su aplicación y deseo de superación logró ascender al grado de inspectora de Policía, pero además ostenta el título de licenciada en Investigación Criminal, lo que le ha permitido desempeñar cargos de importancia y librar una lucha contra la delincuencia en sus diferentes modalidades como narcotráfico, robo de vehículos, lavado de activos y delitos internacionales, entre otros.
Sin lugar a dudas, Ulloa Becerra está hoy en un puesto donde tiene la oportunidad de hacer lo que realmente le gusta: pelear como fiera por los sectores más vulnerables y que a los malhechores les caiga todo el peso de la ley, aunque en muchos de los casos tenga que llorar y temblar de rabia ante la impotencia por estar de frente a un depravado abusador.
Actualmente es la jefa del Departamento de Delitos Especiales de la DNIC que trabaja de la mano con la Fiscalía.
Como carta de presentación está su capacidad y un equipo élite conformado por 37 agentes hombres y mujeres que le siguen los pasos en la misma dirección con el propósito de lograr el bienestar de los que sufren y mandar a la cárcel a los autores materiales de actos repudiables.
Igual que muchos oficiales y agentes honestos que aún tiene la DNIC, Ulloa Becerra le ha dado muchos triunfos a la institución en la guerra que libran contra la delincuencia y criminalidad.
“No soy súper policía”
Aunque en su carrera policial ha tenido que pasar muchos sinsabores, Fátima, como la conocen sus compañeros y amigos, se siente feliz de haberle devuelto la sonrisa y la felicidad a madres desesperadas porque malhechores les arrebataron a sus criaturas, a menores presas de maltratos y violaciones y de ancianos que son liberados del cautiverio en que los tienen sus hijos convertidos en “cuervos”.
A la oficial le toca la difícil tarea de distribuir su tiempo con el servicio policial y su familia. Es madre de tres hijos; tiene un esposo y una madre que le apoyan, aunque sufran por su ausencia casi todos los días.
Generalmente, sale de su casa a las 7:00 de la mañana y muchas veces regresa a las 8:30 de la noche debido a sus múltiples ocupaciones.
Junto al equipo que tiene bajo su mando han logrado enviar a prisión a 84 personas por delitos de índole sexual, solo en los meses que han transcurrido del presente año, pero le siguen la pista a otros prófugos de la justicia.
Asegura que se siente “como pez en el agua” en el cargo que desempeña, porque, “es lo más grande que he realizado durante todo este tiempo, será porque este tema me ha apasionado mucho y creo que desde hace bastante tiempo no me sentía tan cómoda de servir así, aunque en las otras secciones he trabajado con agrado”.
A pesar de su preparación y dureza como policía, Fátima tiene su lado humano que la hace derramar lágrimas junto a madres que sufren de desesperación por el extravío de un ser querido. “En muchas ocasiones me he conmovido, yo soy un ser humano y quiero decirle a todo el mundo que no soy una súper mujer ni soy una súper policía, al contrario, soy una servidora”, expresó.
Realmente, agregó, hay momentos en los que uno parece que se quiebra al ver el dolor de una madre. También ha compartido la felicidad de mujeres que recuperaron a sus hijos robados, como Keydi Mireya Miralda, quien tras una serie de investigaciones logró recuperar a su hija que le fue robada por una mala mujer en el hospital Escuela y se logró la captura de la responsable.
“El día que entregué a la última niña que había sido sustraída por una mujer fue uno de los días más lindos de mi vida, más felices y más emocionantes al ver a esa joven madre, a esa muchacha que lo que había pedido es que le devolvieran a su hija”, prosiguió.
Fátima no niega el dolor que siente por los demás y asegura que “muchas veces ha llorado al escuchar el testimonio de una mujer víctima de violencia doméstica, que ha callado por años las violaciones; de una niña que está siendo abusada sexualmente por su padre o por su abuelo, de una anciana que llora y que pide auxilio porque sus hijos la maltratan, la golpean o la tienen en cautiverio.
Realizan operativos para rescatar a niños que se encuentran en riesgo social junto al Ihnfa y la Fiscalía.
Afirma que en algunos casos ha recibido halagos por su trabajo de parte de sus superiores, pero que “el reconocimiento más grande se lo da la gente cuando me manda un mensajito, la mujer me está mirando a los ojos con una lágrima y me dice gracias inspectora Fátima o cuando mis compañeros me felicitan”.
Aquí, aclaró, no es Fátima Ulloa la que hace el trabajo, somos un equipo fabuloso, tengo mujeres y hombres que son padres de familia, pero comprometidos con su misión de policías