Fraudes, estafas y otros crímenes

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

25.06.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Corría el año 1925, el gobierno de Pierre Gastón Doumerge se quejaba del enorme gasto que representaba el mantenimiento de la Torre Eiffel y pronto estuvo de acuerdo con quienes decían que “aquella armazón de hierro era un monstruo que afeaba a la ciudad” y pedían a gritos que la desmantelaran.

Sin embargo, los defensores del monumento, levantado por Gustave Eiffel para conmemorar la Exposición Universal de París de 1889, amenazaron con boicotear al gobierno si se atrevían a quitar un tan solo perno de la torre. Por un tiempo los ánimos se caldearon pero poco a poco las cosas volvieron a la normalidad, y todo siguió igual en París.

Pero el conde Víctor Lustig seguía con la torre en la cabeza. Como representante oficial y secreto del gobierno de Francia, envió cartas a seis de los más poderosos magnates de la industria del acero y les informó que el gobierno del presidente Doumerge, a pesar de las protestas, estaba decidido a desmantelar la torre y vender el hierro al mejor postor.

Los millonarios aceptaron la invitación de ministro especial del gobierno, el conde Lustig, para conocer de cerca las ventajas y condiciones de la venta del hierro de la torre.

Debían presentar sus ofertas en sobre sellado y, por supuesto, el ganador no debería olvidar, bajo ningún punto, el “regalo”, en efectivo, para el señor alcalde de París.

Los seis hombres estuvieron de acuerdo en guardar el mayor silencio sobre la subasta y mostraron su interés en las seis mil trescientas toneladas de hierro de la torre, lo que, al precio base que sugería el gobierno, era el negocio del siglo para los honorables chatarreros de París.

André Poisson presentó la mejor oferta, ¡un millón de francos! En la tarde entregó la cuarta parte del dinero, según el convenio, en efectivo, y dejó en una mesa el “regalo especial” para el alcalde.

Al día siguiente, en un acto solemne, aunque secreto, debían firmar con el gobierno la venta y él entregaría al Ministro un cheque por los restantes setecientos cincuenta mil francos. Era el hombre más feliz de Francia.

Pero a las nueve de la mañana del día siguiente, cuando entró al exclusivo hotel Crillon, sede de las negociaciones, se dio cuenta de que el conde Lustig se había esfumado.

La noche anterior canceló las habitaciones que ocupaba, llamó un taxi y desapareció. Poisson fue el hazmerreír de Francia, sus amigos se alejaron de él, su esposa no se cansó de criticarlo, entró en depresión y murió de tristeza, poco tiempo después.

La “jugada” del conde Lustig se considera una de las estafas maestras de la historia de este delito. Fue tan osado el Conde que logró estafar al propio Al Capone con cuarenta mil dólares, aunque se los devolvió después “al darse cuenta con quien se había metido”.

HONDURAS
Sucedió no hace mucho. Amaro Yuki, ingeniero peruano de origen japonés, era el representante para Centroamérica de una empresa de Tokio dedicada a la compra y reciclaje de hierro en América Latina.

Tenía sus oficinas en un edificio caro y elegante de Tegucigalpa, asistente, chofer, y lujos. Los chatarreros de Honduras podían acercarse a él para negociar su producto con la mayor confianza.

Una tarde recibió la visita de un hombre gordo, algo entrado en años, elegante, de toscas maneras y ávido de hacer negocio.

El hombre supo de buena fuente que se pondría a la venta el lote completo de carros chatarra que estaban hacinados en el parqueo de la Dirección Nacional de Tránsito en la colonia Kennedy, que además, se agregaba el que se pudría en los talleres de la Policía en la colonia San Miguel y la maquinaria que ya había cumplido su vida útil en la Secretaría de Obras Públicas, Transporte y Vivienda (Soptravi).

El hombre le aseguró al gerente peruano que tenía algunos contactos en las altas esferas, que quería asegurar un buen precio y que le ofrecía todo el lote por seis millones de lempiras. Amaro Yuki, como buen japonés, pidió tiempo para analizar la propuesta, conocer de cerca el lote de chatarra, hacer algunas averiguaciones y consultar a la casa matriz, en Tokio.

El negociante estuvo de acuerdo. Dos semanas después, estaba de nuevo frente al extranjero. Le ofrecía “seis millones contantes y sonantes”.

El hombre se puso de pie. Pedía solamente dos días más para cerrar el trato. Cumplida la fecha, regresó a las oficinas de Amaro. Ya no estaba.

La tarde anterior entregaron la oficina a la administración del edificio, sacaron sus cosas y se fueron. No sabían por qué ni para donde. Al chatarrero se le vino el mundo encima. Cuando llegó a una casa de Lomas de Toncontín, casi le da un infarto. Una agencia de Bienes y Raíces hacía reparaciones en la casa y ponía el rótulo “Se alquila”, en la parte más visible.

Casi al borde de la agonía, el comerciante habló con un amigo de la DNIC. Le dijo que un comprador de chatarra le comentó que varios chatarreros nicaragüenses iban a comprar la chatarra de Tránsito y de Soptravi y que se la iban a vender a una empresa de Japón que tenía oficinas en toda Centroamérica.

El quiso adelantarse a los nicaragüenses, su amigo le ayudó con algunos contactos y consiguió que no se hiciera la subasta, previo “algunos regalos”, y que aceptaran la propuesta única que él hacía por todo el lote: Dos millones y medio de lempiras, en dólares, por supuesto, y en efectivo.

Sabido de que lograría hacer el negocio, visitó a Amaru Yuki y le ofreció el lote por siete millones. La oferta final de la compañía peruana fue de seis millones. Era un negocio redondo, como para retirarse a disfrutar de una vejez apacible.

El amigo de la DNIC se esforzó mucho para no reírse en su cara. No había a quien perseguir, seguramente aquellos hombres eran cómplices y habían timado al ingenuo señor, que sigue trabajando, más viejo, malhumorado, depresivo y con sed de venganza.

LA BOLSA DE CEMENTO
Denis Castro Bobadilla es un hombre enorme, elegante, con una autoestima en el séptimo cielo, y glamoroso. Considerado como uno de los forenses más prestigiados de América, es llamado por dos de las compañías de seguros más grandes de Estados Unidos para confirmar algunas muertes en las que deben pagarse varios millones como indemnización, solamente para estar seguros de que las cláusulas de las pólizas se cumplen a cabalidad.

Franklin no se había enfermado nunca. Era joven, atlético, trabajador y lleno de vida, pero murió de repente, su corazón dejó de funcionar y los médicos certificaron su muerte firmando los documentos oficiales.

Tan joven. Tan bueno. Con toda una vida por delante. Pero la muerte es así. Nada se podía hacer. Su vela estaba llena de amigos, Su familia lloraba, su esposa estaba inconsolable. Su hijitos quedaban en la orfandad. Era una tragedia de la que tal vez no iban a sobreponerse jamás.

Allí estaba él, encerrado en su ataúd, sellado para siempre, cubierto con una bandera del Partido y con otra de su equipo de fútbol favorito.

¿De qué servía el seguro de vida que dejaba a su esposa? El dinero no lo es todo en la vida. ¿Un millón de dólares? ¡Bah!, Franklin valía mucho más y, lo peor de todo era que no se podía sobornar a Dios para que le devolviera la vida.

Ni modo, había que esperar hasta el día de la resurrección. Y lo enterraron al día siguiente. Una semana después, la compañía de seguros inició los trámites para pagarle a su viuda el millón de dólares. Pero llamaron al doctor Castro, “solo por rutina”; debían estar seguros de ciertas cosas.

Denis Castro se abrió paso entre las tumbas, recto, avanzando despacio, vestido con una gabacha blanca sobre guayabera del mismo color, pantalón negro, zapatillas Florsheim, oloroso a Fendi, con un Rólex en una muñeca, un anillo de oro en el anular izquierdo, una sonrisa deformando sus labios y la mascarilla colgando sobre el pecho.

A unos metros de él estaba el ataúd de Franklin, que los funcionarios del Ministerio Público acababan de sacar de la tumba; se puso los guantes, dio la orden de que levantaran la tapa, y esperó.

Lo que quedó ante sus ojos lo asombró por unos segundos, luego se quitó la mascarilla, una carcajada aguda se ahogó en su garganta y finalizó la exhumación.

En el ataúd, muerta y sin mortaja, estaba una bolsa de cemento “Bijao”, esperando el día en que Dios llamara a los muertos para el juicio final. La compañía pagó con gusto los honorarios del forense. Franklin sigue en libertad, los médicos que certificaron su muerte ni siquiera fueron amonestados y el caso hubiera quedado en el olvido…

EL ASESINATO DE UN MUERTO
Hace muy poco, en un bulevar de Tegucigalpa, un hombre, al que llamaremos César, fue asesinado a balazos mientras manejaba su propio carro.

Cuando la Policía llegó a la escena del crimen todavía estaba vivo pero murió antes de que lo llevaran al hospital. Después de la autopsia y de los trámites legales para entregar el cuerpo a sus familiares, la Policía se llevó una sorpresa.

César ya había muerto, exactamente tres meses antes. El corazón, traicionero como Judas, le quitó la vida en la flor de su juventud.

Aunque era un hombre sano y esperaba llegar a viejo, era previsor y aseguró su vida por un millón de dólares con una aseguradora de Tegucigalpa.

El banco que avalaba su seguro de vida estaba a punto de pagar cuando volvió a morir, asesinado a balazos. Es el único muerto que ocupa dos tumbas en un cementerio de Comayagüela.

EL CAMIÓN DE GASOLINA
Un motor de más de cuatrocientos caballos de fuerza, veintidós ruedas y cuarenta mil libras de capacidad; eso fue lo que cayó sobre el Toyota Corolla de don Luis, que murió al instante.

Ya tenía sus años, era hombre de familia, trabajador y previsor. Estaba asegurado. Su muerte fue terrible y su familia debía recibir el triple de indemnización.

Varios millones de lempiras. Sin embargo, su autopsia decía que no murió por causas del accidente. Cuando vio venir el camión, su corazón le falló y le quitó la vida.

Después, las llantas deshicieron su carro y destrozaron su cuerpo. La indemnización que debía pagar la aseguradora sería la normal. Ni modo.

Pero su corazón estaba intacto, no tenía lesiones de ningún tipo y su muerte sí se debió al accidente. Además, él no pudo ver el camión porque este le cayó por atrás. Se supo después que la aseguradora le pagó al médico para que certificara que la muerte fue por un paro cardíaco, y así se evitó de pagar el triple de la indemnización. Cosas veredes, Sancho amigo.

LOS AMANTES
José supo que su esposa lo engañaba con otro. Aunque sufrió, lloró y juró que se vengaría, logró calmarse, se impuso su sangre palestina y, sin renunciar “al castigo que merecía la infiel”, decidió sacarle provecho. La aseguró en Estados Unidos.

Una noche lluviosa, en la carretera del sur, una volqueta se estrelló contra el carro en que viajaban su esposa y el amante. Venían saliendo de un motel.

Su propio esposo llamó a la Policía. ¿Qué hacía en el lugar del accidente? Sabía que su esposa y su amante estaban juntos, supo cuál era el motel favorito de la pareja y llegó justo en el momento en que sucedía el accidente.

Se bajó de su vehículo y trató de auxiliar a su mujer, cuando comprobó que su rival estaba muerto, pero no pudo hacer nada por ella: murió ante sus propios ojos. La vida es así.

José sufría. Pero no lo suficiente, y antes de que su esposa fuera enterrada, él ya estaba fuera del país, huyendo de la Policía.

En realidad, el accidente fue mortal, pero solo para el amante. La mujer tenía golpes de consideración pero no mortales. Su causa de muerte fue anotada en el informe de la autopsia: Asfixia por estrangulación.

Alrededor del cuello tenía señales de dedos largos y delgados, con uñas largas que se hundieron en su piel provocándole sangrado leve. ¿Quién tenía motivos para matarla?

José sigue desaparecido. Se cree que vive en Guatemala, ayudado por su familia. Otros dicen que vive en El Líbano. Por supuesto, no pudo cobrar el seguro.

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Son muchas las formas de delinquir, y en la mayoría de los casos está de por medio la ambición por el dinero.
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