Para muchos neo revolucionarios, la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) es la salvación de los paÃses pobres de América, la idea mágica que pondrá comida en las mesas de los más necesitados, llevará el desarrollo humano a niveles nunca imaginados y hará verdaderamente libres a los hombres.
Como dijo José Cecilio del Valle, soñaba el abad de San Pedro, y yo también sé soñar. Por supuesto, si existe un sistema que borre la pobreza de la faz de la Tierra y haga felices a los seres humanos, bienvenido, aunque, a decir verdad, la Alba ha hecho felices a muchos, unos más listos que otros, y este caso es una muestra de ello.
CARLOS
Alto, de agradable aspecto, carismático, amable, educado y de hablar suave y convincente, Carlos Arizmendi llegó de Venezuela con aires de gran señor, presentándose como representante del presidente de Venezuela Hugo Chávez para promover entre los agricultores y ganaderos hondureños, los tractores agrÃcolas que la Alba querÃa entregar a quienes quisieran tecnificar su haciendas, a bajo costo y con grandes facilidades de pago.
Eran los dÃas en que el barco venezolano llegó a Puerto Cortés con una flota de tractores agrÃcolas que la Alba le regalaba al presidente hondureño Manuel Zelaya para que los repartiera entre los campesinos más pobres, como una muestra de la mano amiga que Venezuela le tendÃa al mundo pobre, merecedor de un mejor porvenir.
Cuando el Presidente manejó uno de aquellos aparatos y se mostró al pueblo las máquinas que esperaban a sus dueños silenciosamente, el entusiasmo llenó el corazón de muchos productores. Carlos se encargó de que ese entusiasmo no se apagara.
DON JUAN
Trabajador, de rostro sincero, quemado por el sol de las pampas olanchanas, lleno de años, de callos en las manos y de sueños en el alma, don Juan saludó con una sonrisa amigable al extranjero que tenÃa enfrente y que se sentó cerca de él con demasiada elegancia.
Su sonrisa le inspiraba confianza, el lujo excesivo de un hotel capitalino lo tenÃa impresionado y la seguridad con que el señor Arizmendi exponÃa el "maravilloso" proyecto del presidente Chávez y la Alba lo convenció pronto de que aquella era la oportunidad que siempre habÃa esperado su vida.
Desde niño trabajó la tierra, con sus manos empujó el arado, enyugó los bueyes y sembró las semillas que poco a poco hicieron su fortuna.
Ahora, después de tantos años, era dueño de muchas, muchÃsimas, manzanas de tierra cultivable, pero los años anteriores tenÃa que alquilarla por parcelas porque no tenÃa la capacidad para explotarlas todas, como lo hacÃan sus vecinos.
Y soñaba con que llegara un dÃa en que Dios, o al menos la suerte, pusiera en sus manos los tractores, las sembradoras y las cosechadoras, y entonces serÃa el más grande productor de la zona, y entonces prosperarÃa realmente.
Sin saber cómo, aquel dÃa habÃa llegado, y su mensajero era don Carlos Arizmendi, representante inmejorable de las maravillosas intenciones socialistas del salvador de América: don Hugo Chávez FrÃas.
Y allà estaba frente a él, en carne y hueso, humilde, conocedor de su oficio, amigable y dispuesto a tenderle la mano.
MILLONES
"Lo que usted necesita, don Juan –le dijo Arizmendi, con aquel acento agradable que se parecÃa mucho al de Fidel Castro–, le costarÃa medio millón de dólares si tratara con los vendedores del imperio americano, y los intereses harÃan que la deuda se le haga impagable. El presidente Chávez (solo le faltó decirle: ¡Alabado sea su nombre!) y la Alba quieren apoyarlo por mucho menos dinero que ese. Con nosotros no gastarÃa usted más de tres millones de lempiras. Ni un centavo más. Si desea aprovechar esta ganga inmejorable, búsqueme aquÃ, por favor; me hospedo en este hotel y estaré para usted las veinticuatro horas del dÃa".
DINERO
Don Juan no cabÃa en sà de felicidad. SabÃa que ahora se le mencionarÃa entre los más grandes productores de granos básicos de Honduras y, ¿por qué no?, de Centroamérica.
Aquel Arizmendi era agradable, sabÃa lo que hacÃa, representaba fielmente a Hugo Chávez y no entendÃa por qué no aceptaban al presidente venezolano ciertos sectores… Bueno, eso era otra cosa. A él ¿qué le importaba? Iba a tener sus tractores por mucho menos dinero que si tratara con los "gringos" y lo único que le quedaba era bendecir a Chávez. La polÃtica no le interesaba, además, ni la entendÃa.
Tres millones era mucho dinero pero si hipotecaba su casa y sus tierras, si echaba mano de sus ahorros, vendÃa unas vacas y quitaba prestado otro poco, los iba a reunir.
En cinco dÃas tenÃa los tres millones en sus manos, en efectivo, una montaña de papel moneda que impresionaba. Llamó al señor Arizmendi.
Precisamente venÃa llegando de viaje por Tocoa, donde ofreció las bendiciones de Chávez a los campesinos olvidados por la Reforma Agraria de aquella zona.
Estaba entrando al hotel, se darÃa una ducha y le devolverÃa la llamada. No era necesario, él estaba entrando a la ciudad y lo verÃa en el hotel en una hora. TenÃa con él los tres millones. Arizmendi no se inmutó, le dijo que lo esperarÃa en el lobby del hotel y que lo esperarÃa.
LA ENTREGA
Don Juan llegó al lugar; Arizmendi lo recibió con esa sonrisa elegante, amable y que tanta confianza inspiraba, le estrechó la mano, le dio una palmada en la espalda y le preguntó si deseaba tomar algo.
Era tan dulce ese hombre. Y tan desinteresado. La maleta con los tres millones estaba ahÃ, sobre la mesa, y él ni siquiera la habÃa mirado.
En realidad, Hugo Chávez despreciaba las riquezas de este mundo capitalista y las ocupaba para invertirlas en los más necesitados de América. ¿De dónde habÃa salido aquel hombre genial? ¿Quién parió a semejante estadista? ¿Quién sembró en su corazón la solidaridad con los pueblos más necesitados? ¿Quién podrÃa negar que era poco menos que un ángel enviado del cielo? Gracias a él tendrÃa la maquinaria agrÃcola más moderna, eficiente y barata que pudiera conseguirse en estos dorados tiempos, y deberÃa bendecirlo.
"Ingeniero –le dijo don Juan, con una sonrisa enorme en el rostro, brillantes los ojos de satisfacción, tocando con la punta de los dedos de su mano derecha la maleta con el dinero–, aquà están los tres millones; puede contarlos si quiere".
"No es necesario, don Juan; entre hombres honrados contar el dinero serÃa una ofensa. Tendrá su maquinaria antes de treinta dÃas. Y si me perdona, debo atender otras citas en la Embajada y lamento dejarlo tan pronto. Por favor, llámeme mañana en la tarde, para las buenas noticias".
FELIZ
Don Juan era feliz. Salió del hotel, subió a su 4X4 y salió del parqueo soñando con la grandeza de su hacienda. Quince minutos después sintió que el corazón le palpitaba en la garganta, detuvo el vehÃculo y empezó a pensar.
¿Cómo era posible que fuera tan ingenuo? Acababa de entregarle a aquel hombre tres millones de lempiras y él ni siquiera le dio un recibo, un papel, un documento que lo comprometiera en el trato que estaban haciendo.
Dio la vuelta y regresó al hotel. No sabÃa por qué pero se sentÃa ansioso, le sudaban las manos y tenÃa la garganta reseca. Se acercó al mostrador de la recepción.
La muchacha que lo atendió era bella, delgada, alta, ojos verdes, labios rojos que sonreÃan con tanta dulzura que por un momento olvidó a qué habÃa regresado; se desprendÃa de ella un perfume delicioso y, por un momento, las hormonas se le revolvieron, como cuando estaba joven y una mujer bella lo miraba tan lindo.
"Perdone, señorita –le dijo–, quiero ver a don Carlos Arizmendi; ¿podrÃa llamarlo, por favor?". "Él se hospeda en el hotel?" ¡Ah!, la voz de aquella muchacha.
Era como el canto de las sirenas que por poco hacen que Ulises rompiera las cuerdas y arrancara el mástil del barco al que lo habÃa amarrado, por órdenes suyas. Era tan encantadora. "SÃ; se hospeda en este hotel". "Espere un momento, por favor".
La muchacha puso la mirada en la pantalla de la computadora, tocó algunas teclas, hizo una llamada, revisó en otros registros y al fin, moviendo la cabeza de un lado a otro, dijo: "Lo siento, señor. No se hospeda con nosotros ningún señor Arizmendi". Por un momento, don Juan no creyó lo que oÃa, la muchacha seguÃa sonriéndole y él la miraba como si viniera entrando a una pesadilla. "¿Qué dice?" –le preguntó, poco después, deseando que la muchacha se hubiera equivocado. Ella le respondió lo mismo.
Carlos Arizmendi no se hospedaba con ellos, ni ahora, ni hacÃa un mes, ni hacÃa un año. No lo conocÃan. Don Juan no se rendÃa: "Pero él me atendÃa aquà –dijo–, aquà me veÃa con él, incluso, acabo de entregarle tres millones de lempiras en aquella mesa que está allÃ. Tal vez usted se acuerde de mÃ".
La muchacha lo recordaba, y recordaba también al hombre elegante que habÃa estado con él, pero no era huésped del hotel.
Además, el lobby del hotel, y de cualquier otro de tal categorÃa, era un lugar público donde podrÃa reunirse cualquiera con quien quisiera.
Eso no implicaba que fuera huésped o que el hotel tuviera algún compromiso con ellos. Don Juan sintió que el mundo se abrÃa a sus pies. Arizmendi no aparecÃa por ningún lado. Decidió ir a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
ELVIA
No solo porque es la esposa de César Ruiz es que Elvia Aragón deseaba ser mejor detective cada dÃa. Su esposo está considerado como uno de los mejores investigadores de la DNIC y ella querÃa mostrar sus propios méritos. No lo envidiaba, profesionalmente hablando, aunque en realidad no puede envidiarse a quien se ama tanto, pero hacÃa su trabajo con la pasión y la responsabilidad que exigÃan de ella la institución y la gente.
Cuando recibió a don Juan, supo que tenÃa un buen caso en las manos y puso todo su empeño para encontrar al delincuente. No iba a tardar mucho.
EL INFORMANTE
La llamada llegó temprano; un hombre decÃa que un venezolano o colombiano (no estaba seguro) andaba ofreciendo tractores de la Alba a productores de Choluteca y El ParaÃso, pero que a él aquello le sonaba demasiado bueno para que fuera verdad y por eso estaba avisando a la PolicÃa.
¿Dónde podÃan localizar al hombre? En ese momento estaba en el lobby de un hotel de lujo de Tegucigalpa, con dos agricultores.
Elvia salió para allá con Carlos Galeas y Dimas Cerrato, dos detectives de Delitos Financieros más honrados que un muerto y tan voluntariosos como ella.
Vieron al señor Arizmendi, solo que ahora se llamaba Diógenes Zuluaga. El retrato hablado que les proporcionó don Juan correspondÃa en un noventa y cinco por ciento con él.
¿Qué hacer? ¿Detenerlo? ¿Bajo qué cargos? No podÃan hacerlo sin violar el debido proceso y se decidieron por montarle vigilancia y darle seguimiento por mientras armaban bien el caso y se lo presentaban al fiscal.
Carlos, o Diógenes, sabÃa invertir el dinero de la Alba. Con lo que le pagó don Juan a don Hugo, se compró una casa, casi una mansión, derrochaba a manos llenas y se daba la gran vida.
Los detectives no tardaron en reunir pruebas contra él y el fiscal firmó la orden de detención preventiva. Después de la captura, lo interrogaron en la DNIC.
El hombre era una tumba. Lo entregaron a los Tribunales. Dijo que no devolverÃa el dinero, sencillamente, porque ya no lo tenÃa. Que mejor lo enjuiciaran. A su lado, el abogado defensor ofreció una fianza y solicitó que el juez le permitiera a su cliente defenderse en libertad. El juez aceptó. Es difÃcil creer que el juez aceptara pero como aquà todo se puede…
Don Juan echaba chispas. El estafador, el ladrón de su dinero, el verdugo que le habÃa mandado Satanás para amargarle los últimos años de su vida estaba libre, y se reÃa con la misma dulzura que cuando lo estaba engañando.
¿Qué pensamientos pasaron por su mente? Es mejor no decirlos. Elvia estaba satisfecha, hizo su trabajo, el trabajo de la DNIC, presentó el caso a la FiscalÃa, aportó pruebas, declaraciones, testimonios, facturas, el retrato hablado, en fin, todo lo que le permitiera sustentar el caso. Carlos Galeas y Dimas Cerrato solo levantaron los hombros, torcieron la boca y se quedaron callados.
También habÃan hecho su trabajo. Ahora, la justicia era más sabia.
Esto pasó hace muy poco. Hasta la fecha, don Juan no ha recuperado ni un centavo, sigue pagando los préstamos y la hipoteca de sus tierras, sigue trabajando a la antigua y sigue esperando que se le haga justicia.
Por lo visto, deberá esperar hasta el dÃa del juicio final. El señor Arizmendi sigue libre, tal vez haciendo lo que mejor sabe hacer: estafar, con su sonrisa agradable, con su magia para ilusionar a los ingenuos…
