Una estafa maestra

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

17.07.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Para muchos neo revolucionarios, la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) es la salvación de los países pobres de América, la idea mágica que pondrá comida en las mesas de los más necesitados, llevará el desarrollo humano a niveles nunca imaginados y hará verdaderamente libres a los hombres.

Como dijo José Cecilio del Valle, soñaba el abad de San Pedro, y yo también sé soñar. Por supuesto, si existe un sistema que borre la pobreza de la faz de la Tierra y haga felices a los seres humanos, bienvenido, aunque, a decir verdad, la Alba ha hecho felices a muchos, unos más listos que otros, y este caso es una muestra de ello.

CARLOS

Alto, de agradable aspecto, carismático, amable, educado y de hablar suave y convincente, Carlos Arizmendi llegó de Venezuela con aires de gran señor, presentándose como representante del presidente de Venezuela Hugo Chávez para promover entre los agricultores y ganaderos hondureños, los tractores agrícolas que la Alba quería entregar a quienes quisieran tecnificar su haciendas, a bajo costo y con grandes facilidades de pago.

Eran los días en que el barco venezolano llegó a Puerto Cortés con una flota de tractores agrícolas que la Alba le regalaba al presidente hondureño Manuel Zelaya para que los repartiera entre los campesinos más pobres, como una muestra de la mano amiga que Venezuela le tendía al mundo pobre, merecedor de un mejor porvenir.

Cuando el Presidente manejó uno de aquellos aparatos y se mostró al pueblo las máquinas que esperaban a sus dueños silenciosamente, el entusiasmo llenó el corazón de muchos productores. Carlos se encargó de que ese entusiasmo no se apagara.

DON JUAN

Trabajador, de rostro sincero, quemado por el sol de las pampas olanchanas, lleno de años, de callos en las manos y de sueños en el alma, don Juan saludó con una sonrisa amigable al extranjero que tenía enfrente y que se sentó cerca de él con demasiada elegancia.

Su sonrisa le inspiraba confianza, el lujo excesivo de un hotel capitalino lo tenía impresionado y la seguridad con que el señor Arizmendi exponía el "maravilloso" proyecto del presidente Chávez y la Alba lo convenció pronto de que aquella era la oportunidad que siempre había esperado su vida.

Desde niño trabajó la tierra, con sus manos empujó el arado, enyugó los bueyes y sembró las semillas que poco a poco hicieron su fortuna.

Ahora, después de tantos años, era dueño de muchas, muchísimas, manzanas de tierra cultivable, pero los años anteriores tenía que alquilarla por parcelas porque no tenía la capacidad para explotarlas todas, como lo hacían sus vecinos.

Y soñaba con que llegara un día en que Dios, o al menos la suerte, pusiera en sus manos los tractores, las sembradoras y las cosechadoras, y entonces sería el más grande productor de la zona, y entonces prosperaría realmente.

Sin saber cómo, aquel día había llegado, y su mensajero era don Carlos Arizmendi, representante inmejorable de las maravillosas intenciones socialistas del salvador de América: don Hugo Chávez Frías.

Y allí estaba frente a él, en carne y hueso, humilde, conocedor de su oficio, amigable y dispuesto a tenderle la mano.

MILLONES

"Lo que usted necesita, don Juan –le dijo Arizmendi, con aquel acento agradable que se parecía mucho al de Fidel Castro–, le costaría medio millón de dólares si tratara con los vendedores del imperio americano, y los intereses harían que la deuda se le haga impagable. El presidente Chávez (solo le faltó decirle: ¡Alabado sea su nombre!) y la Alba quieren apoyarlo por mucho menos dinero que ese. Con nosotros no gastaría usted más de tres millones de lempiras. Ni un centavo más. Si desea aprovechar esta ganga inmejorable, búsqueme aquí, por favor; me hospedo en este hotel y estaré para usted las veinticuatro horas del día".

DINERO

Don Juan no cabía en sí de felicidad. Sabía que ahora se le mencionaría entre los más grandes productores de granos básicos de Honduras y, ¿por qué no?, de Centroamérica.

Aquel Arizmendi era agradable, sabía lo que hacía, representaba fielmente a Hugo Chávez y no entendía por qué no aceptaban al presidente venezolano ciertos sectores… Bueno, eso era otra cosa. A él ¿qué le importaba? Iba a tener sus tractores por mucho menos dinero que si tratara con los "gringos" y lo único que le quedaba era bendecir a Chávez. La política no le interesaba, además, ni la entendía.

Tres millones era mucho dinero pero si hipotecaba su casa y sus tierras, si echaba mano de sus ahorros, vendía unas vacas y quitaba prestado otro poco, los iba a reunir.

En cinco días tenía los tres millones en sus manos, en efectivo, una montaña de papel moneda que impresionaba. Llamó al señor Arizmendi.

Precisamente venía llegando de viaje por Tocoa, donde ofreció las bendiciones de Chávez a los campesinos olvidados por la Reforma Agraria de aquella zona.

Estaba entrando al hotel, se daría una ducha y le devolvería la llamada. No era necesario, él estaba entrando a la ciudad y lo vería en el hotel en una hora. Tenía con él los tres millones. Arizmendi no se inmutó, le dijo que lo esperaría en el lobby del hotel y que lo esperaría.

LA ENTREGA

Don Juan llegó al lugar; Arizmendi lo recibió con esa sonrisa elegante, amable y que tanta confianza inspiraba, le estrechó la mano, le dio una palmada en la espalda y le preguntó si deseaba tomar algo.

Era tan dulce ese hombre. Y tan desinteresado. La maleta con los tres millones estaba ahí, sobre la mesa, y él ni siquiera la había mirado.

En realidad, Hugo Chávez despreciaba las riquezas de este mundo capitalista y las ocupaba para invertirlas en los más necesitados de América. ¿De dónde había salido aquel hombre genial? ¿Quién parió a semejante estadista? ¿Quién sembró en su corazón la solidaridad con los pueblos más necesitados? ¿Quién podría negar que era poco menos que un ángel enviado del cielo? Gracias a él tendría la maquinaria agrícola más moderna, eficiente y barata que pudiera conseguirse en estos dorados tiempos, y debería bendecirlo.

"Ingeniero –le dijo don Juan, con una sonrisa enorme en el rostro, brillantes los ojos de satisfacción, tocando con la punta de los dedos de su mano derecha la maleta con el dinero–, aquí están los tres millones; puede contarlos si quiere".

"No es necesario, don Juan; entre hombres honrados contar el dinero sería una ofensa. Tendrá su maquinaria antes de treinta días. Y si me perdona, debo atender otras citas en la Embajada y lamento dejarlo tan pronto. Por favor, llámeme mañana en la tarde, para las buenas noticias".

FELIZ

Don Juan era feliz. Salió del hotel, subió a su 4X4 y salió del parqueo soñando con la grandeza de su hacienda. Quince minutos después sintió que el corazón le palpitaba en la garganta, detuvo el vehículo y empezó a pensar.

¿Cómo era posible que fuera tan ingenuo? Acababa de entregarle a aquel hombre tres millones de lempiras y él ni siquiera le dio un recibo, un papel, un documento que lo comprometiera en el trato que estaban haciendo.

Dio la vuelta y regresó al hotel. No sabía por qué pero se sentía ansioso, le sudaban las manos y tenía la garganta reseca. Se acercó al mostrador de la recepción.

La muchacha que lo atendió era bella, delgada, alta, ojos verdes, labios rojos que sonreían con tanta dulzura que por un momento olvidó a qué había regresado; se desprendía de ella un perfume delicioso y, por un momento, las hormonas se le revolvieron, como cuando estaba joven y una mujer bella lo miraba tan lindo.

"Perdone, señorita –le dijo–, quiero ver a don Carlos Arizmendi; ¿podría llamarlo, por favor?". "Él se hospeda en el hotel?" ¡Ah!, la voz de aquella muchacha.

Era como el canto de las sirenas que por poco hacen que Ulises rompiera las cuerdas y arrancara el mástil del barco al que lo había amarrado, por órdenes suyas. Era tan encantadora. "Sí; se hospeda en este hotel". "Espere un momento, por favor".

La muchacha puso la mirada en la pantalla de la computadora, tocó algunas teclas, hizo una llamada, revisó en otros registros y al fin, moviendo la cabeza de un lado a otro, dijo: "Lo siento, señor. No se hospeda con nosotros ningún señor Arizmendi". Por un momento, don Juan no creyó lo que oía, la muchacha seguía sonriéndole y él la miraba como si viniera entrando a una pesadilla. "¿Qué dice?" –le preguntó, poco después, deseando que la muchacha se hubiera equivocado. Ella le respondió lo mismo.

Carlos Arizmendi no se hospedaba con ellos, ni ahora, ni hacía un mes, ni hacía un año. No lo conocían. Don Juan no se rendía: "Pero él me atendía aquí –dijo–, aquí me veía con él, incluso, acabo de entregarle tres millones de lempiras en aquella mesa que está allí. Tal vez usted se acuerde de mí".

La muchacha lo recordaba, y recordaba también al hombre elegante que había estado con él, pero no era huésped del hotel.

Además, el lobby del hotel, y de cualquier otro de tal categoría, era un lugar público donde podría reunirse cualquiera con quien quisiera.

Eso no implicaba que fuera huésped o que el hotel tuviera algún compromiso con ellos. Don Juan sintió que el mundo se abría a sus pies. Arizmendi no aparecía por ningún lado. Decidió ir a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

ELVIA

No solo porque es la esposa de César Ruiz es que Elvia Aragón deseaba ser mejor detective cada día. Su esposo está considerado como uno de los mejores investigadores de la DNIC y ella quería mostrar sus propios méritos. No lo envidiaba, profesionalmente hablando, aunque en realidad no puede envidiarse a quien se ama tanto, pero hacía su trabajo con la pasión y la responsabilidad que exigían de ella la institución y la gente.

Cuando recibió a don Juan, supo que tenía un buen caso en las manos y puso todo su empeño para encontrar al delincuente. No iba a tardar mucho.

EL INFORMANTE

La llamada llegó temprano; un hombre decía que un venezolano o colombiano (no estaba seguro) andaba ofreciendo tractores de la Alba a productores de Choluteca y El Paraíso, pero que a él aquello le sonaba demasiado bueno para que fuera verdad y por eso estaba avisando a la Policía.

¿Dónde podían localizar al hombre? En ese momento estaba en el lobby de un hotel de lujo de Tegucigalpa, con dos agricultores.

Elvia salió para allá con Carlos Galeas y Dimas Cerrato, dos detectives de Delitos Financieros más honrados que un muerto y tan voluntariosos como ella.

Vieron al señor Arizmendi, solo que ahora se llamaba Diógenes Zuluaga. El retrato hablado que les proporcionó don Juan correspondía en un noventa y cinco por ciento con él.

¿Qué hacer? ¿Detenerlo? ¿Bajo qué cargos? No podían hacerlo sin violar el debido proceso y se decidieron por montarle vigilancia y darle seguimiento por mientras armaban bien el caso y se lo presentaban al fiscal.

Carlos, o Diógenes, sabía invertir el dinero de la Alba. Con lo que le pagó don Juan a don Hugo, se compró una casa, casi una mansión, derrochaba a manos llenas y se daba la gran vida.

Los detectives no tardaron en reunir pruebas contra él y el fiscal firmó la orden de detención preventiva. Después de la captura, lo interrogaron en la DNIC.

El hombre era una tumba. Lo entregaron a los Tribunales. Dijo que no devolvería el dinero, sencillamente, porque ya no lo tenía. Que mejor lo enjuiciaran. A su lado, el abogado defensor ofreció una fianza y solicitó que el juez le permitiera a su cliente defenderse en libertad. El juez aceptó. Es difícil creer que el juez aceptara pero como aquí todo se puede…

Don Juan echaba chispas. El estafador, el ladrón de su dinero, el verdugo que le había mandado Satanás para amargarle los últimos años de su vida estaba libre, y se reía con la misma dulzura que cuando lo estaba engañando.

¿Qué pensamientos pasaron por su mente? Es mejor no decirlos. Elvia estaba satisfecha, hizo su trabajo, el trabajo de la DNIC, presentó el caso a la Fiscalía, aportó pruebas, declaraciones, testimonios, facturas, el retrato hablado, en fin, todo lo que le permitiera sustentar el caso. Carlos Galeas y Dimas Cerrato solo levantaron los hombros, torcieron la boca y se quedaron callados.

También habían hecho su trabajo. Ahora, la justicia era más sabia.

Esto pasó hace muy poco. Hasta la fecha, don Juan no ha recuperado ni un centavo, sigue pagando los préstamos y la hipoteca de sus tierras, sigue trabajando a la antigua y sigue esperando que se le haga justicia.

Por lo visto, deberá esperar hasta el día del juicio final. El señor Arizmendi sigue libre, tal vez haciendo lo que mejor sabe hacer: estafar, con su sonrisa agradable, con su magia para ilusionar a los ingenuos…

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La Alba ha hecho felices a muchos, unos más listos que otros, y este caso es una muestra de ello.
La Alba ha hecho felices a muchos, unos más listos que otros, y este caso es una muestra de ello.

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