Viajando por tu maravillosa América a veces me asaltan la vista rótulos de "pulperÃa", tras lo que vienen a mi mente restos de nostalgia infantil, recuerdos con sabor a leche de burra, pirulines y guayaba, asà como de inocencia y candor, de épocas en que fuimos espontáneos y buenos. Por décadas anduve preguntando... "pulperÃa"... ¿de dónde y por qué la palabra?... Hasta que arribé a Coro un dÃa y la bella Thania Castellanos (nombre de cantactriz), junto a la inteligente y maga Merlin RodrÃguez, Directora de Patrimonio Cultural, fraternamente escoltadas ambas por la señorita Carolina Matheus, me depositó en manos un brillante libro de Rafael Ramón Castellanos, su padre, "Historia de la pulperÃa en Venezuela" (ISBN-980300-2325), que disipó mis interrogaciones.
Por causas que escaso conocemos, durante la Colonia hubo en América productos muy llamativos, como la pulpa de tamarindo, que entre otras era vendida en ciertos espacios de dispensa comunitaria a los que nombraban pulperÃas, las que además de sal, azúcar, legumbres, menestras, hÃgado para chanfaina, mondongo, olletas de lenguas, chorizo rancio de color ladrillo ––y de ‘figura desvergonzada’, dice en 1825 el iracundo y mordaz abogado dominicano Pedro Núñez de Cáceres–– incluÃan en su oferta al público billar, cantina, hospedaje, caneyes para caballos y mulas, además de aguardiente. En cierto instante las autoridades coloniales prohibieron que las pulperÃas atendieran a su público "tras las oraciones" (después de seis de la tarde) pues los escándalos y relajos interrumpÃan la santa noche, o vedaron servir a la vez a hombres y mujeres ––para que la cercanÃa fÃsica no se volviera excesivamente cercana–– o bien obligaron a sus dueños a atender tras una reja, de manera que la gente arribara exclusivamente a comprar, no a platicar. Estúpidas maneras de represión social que estilaron las autoridades reales y que copian siglos después hombres con mentalidad golpista que decretan toques de queda.
Castellanos ––autor adicionalmente de la biografÃa "BolÃvar Coronado" en torno al compositor del famoso joropo Alma Llanera, de una zarzuela, de libros que atribuÃa a novelistas célebres y de reportajes de una guerra mundial que jamás conoció, asà como de otros escritos bajo 600 seudónimos–– plantea varias opciones sobre el origen de "pulperÃa" pero se centra en dos mayormente posibles: pulquerÃa, que se corrompió y derivó luego a la otra palabra, aunque se descarta pues pulque sólo hay en México; y la más verosÃmil, que viene de "pulpa". Antes de la conquista, empero, ya existÃan pulperÃas en España, por lo que se deduce que el vocablo no es americano. Es interesante observar que en Centroamérica, según informantes, sólo Honduras emplea tal término para tal significado; no existe en el resto de paÃses de la región.
El contenido referencial se complementa con el lingüÃstico, ya que con frecuencia se cita párrafos de época: las pulperÃas eran posadas donde se ofrecÃa medicamentos y "guruperas, ritrancos, pretales, enjalmas, frenos, mecates, arrias, cinchas, espuelas"…
El volumen citado se enriquece también con un maravilloso regalo para historiadores y autores de novela histórica: una larga lista de productos (con sus costos de entonces) que América importaba desde Europa hacia 1825 y que son toda una fuente de descripción comercial: balduques, bayetas, reatas, calcetas, cotonas, lienzos (Fougeres, Royales, Choles), cuchillos, hachas, pistolas, vinos (de Málaga, Tudela, San Lúcar, claretes, Lucena, Moscatel), tinteros, baúles… Relatos de viajeros que cruzaron Sudamérica en todos los tiempos y que dejaron en libros y revistas su impresión sobre aquellos lares se suman al contenido de este brillante trabajo investigativo del Doctor Castellanos, hombre tan amante del libro y los libros que ha fundado tres librerÃas, siendo la última una "de viejo" (Gran PulperÃa del Libro Venezolano) situada en Caracas y que cuenta en su catálogo con la nada despreciable cifra de 3.5 millones de ejemplares…
Ahora voy a averiguar por qué a las pulperÃas las nombramos "truchas".