Vilma. A Vilma Patricia Turcios la asesinaron entre las ocho y las diez de la noche del martes veintinueve de junio pasado. Salió de su casa poco después de las cinco y media de la tarde, el día de San Pedro, y supuestamente fue a la universidad a rendir un examen de inglés. Estaba molesta, histérica y a punto de explotar. ¿Cuál era el motivo? Tal vez nadie lo sepa nunca. No trabajó ese día pero su celular no paró de sonar.
Dicen que fue a su trabajo después de las siete, que una de sus compañeras estaba en la oficina pero que pronto la fue a traer el esposo. Varias horas después, a ella la encontraron muerta, estrangulada, caída a un lado en el asiento de atrás de su camioneta Mitsubishi, tenía una herida en la frente, por la que sangró bastante, las manos hacia atrás, los ojos entreabiertos y la boca como si quisiera respirar desesperadamente.
¿Quién la mató? La Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) tiene buenas pistas. ¿Por qué el caso se ha estancado? ¿Dónde está el testigo que vio cuando sacaron a Vilma Patricia de cierto lugar y la subieron a la camioneta? ¿Por qué Juan Carlos actuó tan displicentemente? ¿Dónde están las muestras que tomaron de la vagina de la víctima en la autopsia? ¿Por qué los “genios” de la medicina forense de San Pedro Sula dijeron que la mataron a eso de las dos de la tarde, cuando Vilma Patricia estaba vivita y coleando, comiendo arroz chino, jugando con sus hijos, departiendo con su esposo y chateando en el Facebook? Ella estuvo en la cárcel unos años antes supuestamente para proteger a alguien que amaba.
¿Qué presiones estaba recibiendo esta vez? ¿Por qué discutió con su asesino, si hemos de creer lo que dice el testigo? ¿Con qué la golpearon en la frente? ¿Con un anillo? ¿Estaba vestida cuando la golpearon? ¿Qué encontraron los forenses en su vagina? ¿En qué no estaba de acuerdo con su asesino? ¿Cual es la forma en que debe proceder el fiscal, “digno” representante del Ministerio Público? ¿Dónde está el criminal? ¿Enfrentará la justicia algún día? Lídice y Walkiria ¿podrán encausar al asesino? Como dice un experto en la escena del crimen y en psicología criminal: Es fácil interpretar la escena, deducir los motivos, definir la dinámica y elaborar un perfil muy acertado del criminal. Esperemos.
MALVADA. “Mire, Carmilla, yo ya no valgo nada, mi vida se perdió entre estos muros por la maldad de una mujer que supuestamente me quería, y porque fui un estúpido al creer que me decía la verdad. Llámeme Juan.
Mire, yo creo que pasé por el mundo sin sentido, no dejo nada bueno y nada bueno tengo en el corazón, solo odio, odio implacable y un horrible deseo de venganza. Aquí, en la cárcel, no se aprende nada bueno y aunque sé que no voy a salir de aquí, creo que si saliera algún día no iría a ninguna parte porque no tengo familia, ni padres ni hermanos ni hijos, y mis amigos, si es que puede llamárseles así, están entre estos muros, y fuera de aquí no hay nada, ni sol ni madrugada, como dice la canción”.
El hombre guardó silencio. Las palabras salían fácilmente de su boca pero se notaba que su peso era mayor que el de una lápida; hablaba con cólera, mordiendo las frases, escupiendo las palabras, mirando al vacío con la fijeza de una estatua o de un cadáver viviente.
“Yo llegué del trabajo esa tarde. No me sentía bien y pedí permiso. Entonces Soptravi se llamaba Secopt y allí me consiguió un puesto Gustavo Simón, que era un hombre bueno, generoso pero sufrido. Cuando supe que murió, el año pasado, lloré mucho. Hoy lo recuerdo con cariño.
“Esa tarde estaba nublada y parecía que iba a llover, creo que tenía fiebre y estaba mareado. Cuando abrí la puerta oí un grito. Reconocí la voz de mi mujer. Oí que maldecía a alguien, lo insultaba y mencionaba mi nombre pidiendo auxilio. Vi que una sombra pasó a varios pasos de mí y entonces me di cuenta de que mi mujer estaba medio desnuda, sin la falda y con la blusa colgando de un hombro. Estaba asustada, lloraba y gritaba, se acercó a mí y me abrazó, como para que la protegiera.
Le pregunté con un grito qué pasaba y ella me dijo que un hombre la había querido violar, que entró a la casa por la puerta de la cocina y que la amenazó con matarla si gritaba, pero que era una bendición que yo hubiera llegado a tiempo. El hombre salió por el patio y ella ahora estaba a salvo.
“¿Quién era aquel maldito? Ahora yo estaba gritando, tenía el puñal que siempre llevaba conmigo brillando en una mano y la sangre me hervía por los celos y la fiebre. ¿Quién era aquel maldito?
Mucho tiempo después recordé que mi mujer dejó pasar unos segundos antes de contestarme. Tal vez se dio cuenta de mi situación, quizás imaginó que yo no había visto al hombre y que ni siquiera me había fijado que estaba medio desnuda. Eso le dio tiempo para pensar. Yo le grité una vez más, ella estaba colgada de mi cuello y no pude salir al patio a perseguir al violador.
Pero después me dio un nombre. Carlos tal y tal. La sangre me hervía en las venas y la ira se apoderó de mí. Como pude me deshice de mi mujer, salí a la calle hecho una furia, una bestia y caminé cinco cuadras. Ya había empezado la lluvia, pero creo que las gotas se evaporaban al chocar con mi cara. No veía nada más que el camino. Aquel maldito iba a pagar lo que había hecho.
CARLOS. Lo encontré en su casa, sentado en una mecedora, durmiendo a una niña recién nacida. Sus hijitos me vieron entrar, la esposa estaba en la cocina, haciendo café, porque sentí el olor revolverse en mis narices, como si quisiera despertarme de aquella absurda cólera que tenía; no dije nada, me abalancé sobre Carlos, que había sido mi amigo, y le clavé el cuchillo en el cuello. No tuvo tiempo de reaccionar pero se puso de pie, se dio la vuelta, para proteger a la criatura y yo volví a herirlo, esta vez en la espalda.
No sé cuantas veces. Su sangre estaba por todas partes, había caído de rodillas, sin soltar a la niña, hasta que su mujer la arrancó de sus brazos. Yo creo que ya estaba muerto. En ese momento oí otra vez el grito que escuché cuando llegué a mi casa. Mi mujer se había venido detrás de mí y había visto lo que hice para castigar a su violador. Cuando me volví la vi asustada, aterrada es la palabra, y quise salir de la casa, pero algo me golpeó en la cabeza y en la espalda y creo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en la posta de la policía. Era hora de pagar mi delito, pero más, era hora de pagar mi estupidez.
ELLA. Me trasladaron a Tegucigalpa. Grité una y mil veces que ese maldito quiso violar a mis esposa y que yo lo había matado en defensa de mi propio honor. Creo que dos días después me di cuenta de la verdad.
Carlos era inocente. Nunca se acercó a mi casa con aquellas intenciones. Ni siquiera tenía buena relación con mi mujer, que siempre fue arisca y enemiga de mis amigos. Pero tarde comprendí la verdad. Mi hermana mayor me abrió los ojos. Mi mujer y su marido se entendían desde hacía tiempo. El hombre que estaba con ella en la casa esa tarde era él, Goyo, y ella estaba segura de que el hijo que decía que era mío era en realidad de Goyo.
Una vecina declaró en el juicio que vio entrar a Goyo por la puerta de la calle unos diez minutos antes de que yo llegara del trabajo, cansado y enfermo, y entonces comprendí que iban a hacer el amor cuando los sorprendí; mi mujer inventó aquella historia y me desgració la vida, haciendo que le desgraciara la vida a una familia inocente. Entonces empecé a entender por qué no vino a verme, desde que me agarraron, por qué se desapareció del pueblo y por qué el propio Goyo se fue de la casa.
Nadie los ha vuelto a ver desde entonces, y ya pasan muchos años, siglos para mí, siglos de dolor y pena, de frustraciones y odio, de deseos de venganza que avivo cada día. Pero nadie sabe nada de mi mujer. Nadie sabe nada de Goyo. Y míreme, ya estoy viejo, no de años porque todavía soy fuerte, pero tengo arrugado el espíritu, envejecida el alma.
Aquí no se sufre por la cárcel, por los muros, por la privación de libertad; se sufre por la pena que uno lleva en el corazón, en la sangre, en el cuerpo. Ella y mi cuñado eran amantes. Tarde lo supe. Me engañó para protegerlo a él, me convirtió en asesino de un inocente y, aunque usted no me crea, la sangre de Carlos todavía me quema las manos, la cara, el pecho, el alma; lo que hice fue una estupidez. Ella era una mujer malvada, y yo lo supe muy tarde.
DIOS. Aquí no está Dios, Carmilla. Aquí solo hay amarguras, penas y esperanzas, sí, esperanzas, aunque parezca contradictorio. Desde que me condenaron me encerré en mí mismo y hasta hace poco salí de mi celda, y mis esperanzas son las mismas de hace años: encontrarlos y vengarme. Pero mi condena es para siempre.
Voy a estar aquí treinta años, sin derecho a pedir libertad condicional por mi mala conducta y porque quise matar a un hombre, un compañero de celda, que se burló de mí, de mi desgracia. Lo apreté del cuello hasta que me lo quitaron los policías. Me condenaron por eso también.
¿Qué cuantos años tengo? Míreme, míreme bien. ¿Cuántos cree? ¡Todos! Tenía treinta y seis cuando caí preso. Llevo veinte años aquí. Bueno, aquí tengo pocos; me trajeron de la PC (Penitenciaría Central) después del Mitch. Ya casi no veo, tal vez necesite lentes, soy un costal de huesos y me gano unos centavos sirviéndole de marido a algunos “raritos” de aquí. Como no tengo en qué gastar y no tengo a quien darle, he ahorrado algo, pero para nada. No voy a cultos y no creo en pastores ni en sacerdotes.
Un padre que vino hace unos años venía buscando maridos, y eso es repugnante. Un pastor casi me obliga a bautizarme, y por eso no volví ni a leer la Biblia. Creo que no hay Dios para mí. Dígame, Carmilla, si hubiera Dios para mí ¿hubiera permitido que me pasara esto? ¿Verdad que no?
Las lágrimas, gruesas y transparentes que ruedan por sus mejillas huesudas y curtidas terminan la confesión. Es una historia tras las rejas, una historia cruel, una de tantas historias.
