La mujer que timó a las FARC

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

29.08.2010 - Carmilla Wyler - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Hace pocos años, Victoria vivía tranquilamente en su casa de Choluteca, criando a sus hijos, trabajando en el banco que la contrató después de graduarse, y amando a su esposo, el nicaragüense que la hizo mujer, que le enseñó que la vida es un riesgo constante y que nada es más importante en la vida que el dinero porque con él se asegura la felicidad de la familia y se tiene una vejez despreocupada.

Quince años mayor que ella, de baja estatura, con rasgos indígenas bien marcados, tosco, de pocas palabras y medio calvo, Jorge era lo que podríamos llamar un hombre afortunado y feliz.

A pesar de no tener instrucción, más que la primaria, se abrió camino en la vida comerciando con lo que pudiera generarle alguna ganancia, por pequeña que fuera. Salió huyendo con sus padres después que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entró triunfante en Managua, y vivió en Honduras como refugiado, hasta que cumplió los dieciocho años, cuando decidió volver a su país.

En 1990, poco antes de las elecciones que perdió Daniel Ortega ante doña Violeta de Chamorro, desertó de las Milicias Populares Sandinistas, cruzó el río Coco, se escondió en El Triunfo y Namasigüe, y vivió como ordeñador varios meses, hasta que se le presentó la oportunidad que iba a hacerlo rico: vendió el AK-47 que le habían asignado, una pistola Tokarev (TT-33), una pistola Makarov PM, doscientas cincuenta balas y un yatagán que le había regalado un instructor cubano, todo por cinco mil lempiras, una fortuna para un desertor de veintitrés años. Listo como era, le dijo a su cliente que podía conseguir muchos más pero que el precio aumentaría. Dos meses después, cuando ya casi se le terminaba el dinero, su cliente lo visitó con un amigo, le adelantó diez mil lempiras y él entró a Nicaragua. Tardó dos semanas en volver. Traía varios fusiles, municiones, pistolas y cargadores vacíos. Le quedaron de ganancia más de veinticinco mil lempiras. Había encontrado su propia mina de oro. Tres años después, era uno de los grandes proveedores de armas rusas en Honduras y El Salvador, y se había casado.

ELLA

Victoria era bella, en el buen sentido de la palabra. Alta, mucho más alta que él, blanca, pelo largo y castaño, ojos intensamente azules y una sonrisa que alborotaría a un muerto. Ya hemos dicho que Jorge no era precisamente un Adonis, pero tenía sus mañas y conquistó el corazón de aquella mujer maravillosa. Y se casaron. Como hombre que vivía con prisa, no tardó en llenarla de hijos, tres para ser exactos. Pero, por desgracia, no hay felicidad que dure, y Jorge murió asesinado cuando venía de Guasaule, poco después de pasar un retén de la Policía, en el desvío a Namasigüe. Lo ametrallaron sin misericordia y nuca se supo quiénes fueron los criminales. Cuando el carro que iba custodiando llegó a su casa, en Choluteca, la noticia no se sabía aún, y Victoria ayudó a bajar la mercancía. Esa misma noche le llevaron su cadáver, casi irreconocible. Al día siguiente lo trasladó a Matagalpa, donde lo enterraron sus padres, ya envejecidos. Victoria no sabía qué hacer.

UN CLIENTE

Pero como el diablo nunca duerme, llegó a visitarla un día un hombre al que ella había visto varias veces con su marido, le dijo que tenía negocios pendientes con él, que le debía algún dinero y que se lo pagaba a ella en ese mismo momento. Además, si había algo que pudiera hacer por ella y por las niñas, estaba a la orden. Victoria no lo pensó dos veces. Le dijo que tenía alguna mercancía y que ciertos contactos de su marido en Nicaragua estaban dispuestos a seguir trabajando si ella les daba garantía de que el negocio podía continuar. El cliente se engolosinó y le dijo que iba a hacer algunas llamadas. Dos días después volvió a la casa. Necesitaba cincuenta AK-47, y municiones. Victoria tenía quince en la casa. El hombre se las pagó inmediatamente. Dos semanas después le entregó las otras treinta y cinco. Después de todo, si había amigos leales y las cosas no estaban tan mal. Ahora tenía que conseguir más. Y la oportunidad no se hizo esperar. Un proveedor desesperado le dijo que tenía tres RPG-7. Cuando Victoria se informó mejor, supo que el RPG-7 era un lanza cohetes antitanque soviético, sencillo, barato, de fácil manejo y, sobre todo, muy apetecido por los guerrilleros de muchos países. Sin saber a qué se metía pero segura de lo que hacía, dijo que tenía clientes pero que debían ponérselos en Choluteca.

Casualidad de casualidades, los tres RPG estaban en una casa del barrio Las Colinas.

Cuando el amigo de su marido lo supo, tembló de pies a cabeza. Aquello era más que peligroso. No estaban ya en los ochentas, ni siquiera en los noventas, y la cárcel no era muy agradable para un obeso como él, acostumbrado al menor esfuerzo y a la buena vida. Aún así, un coronel de Salamar le consiguió un cliente salvadoreño, el que resultó ser solo un intermediario, pero que pagó en dólares. Los RPG desaparecieron y Victoria pudo dormir tranquila.

TIEMPO

Seis meses después, para la Navidad de 2001, Victoria recibió una visita inesperada. Eran el salvadoreño, el gordo amigo de su esposo, una mujer muy hermosa que hablaba con un acento raro y un hombre, un mulato alto, fornido, con el pelo casi al rape de sonrisa agradable y de hablar rápido y al grano. Se identificó como agente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (dijo que no tenía interés en esconder su identidad), dijo, además, que tenía conocimientos de que Victoria era una "comerciante" confiable, que era capaz de conseguir ciertas cosas difíciles y que, además, tenía buenos amigos en la Policía y en el Ejército de Honduras. ¿Podría conseguirle mil fusiles AK-47, suficientes municiones, más RPG-7 y unas cuantas ametralladoras más pesadas? Estaba dispuesto a pagar el precio razonable, y una comisión más, pero con una dificultad realmente extrema: el proveedor debía poner el cargamento en Trujillo, donde esperaría un barco de su propia gente. Victoria no lo pensó dos veces pero tardó una semana en hacer su oferta. El domingo en la tarde, cuando regresó el mulato con sus amigos, hizo números, no prometió lo que no podía cumplir, y dio una cifra: Un millón y medio de dólares. El cargamento incluiría mil cien AK-47, cien mil municiones, dos mil quinientos cargadores, entre los que había mil de caracol, algunas Max de 30 milímetros, robadas al Ejército hondureño, rifles de asalto QBZ-95, rifles para francotirador NDM-86, que los chinos fabricaban como clones del "Dragunov" ruso, y cohetes antitanque Type-98, de 120 milímetros, chinos también, por si no podía conseguir suficientes RPG-7. Todo esto, puesto en Puerto Castilla en dos meses. Todo debía de estar listo para finales de febrero de 2002. Al millón y medio de dólares debían sumarle ciento cincuenta mil más, para logística, protección y mordidas.

EL AGENTE

Todo parecía perfecto, sin embargo el mulato necesitaba pruebas. Victoria sonrió. Casi lo agarró de la mano, lo llevó al patio, levantó una puerta de lámina de hierro bajo un mango frondoso y le dijo que viera todo por sí mismo. Habían allí varios fusiles en sus cajas, municiones y un lanza cohetes Type-98. Satisfecho, el mulato cerró el trato. Cincuenta por ciento en tres días y el resto al hacer la entrega en Puerto Castilla. La muestra que tenía ante sus ojos era suficiente. Pero con Victoria no se hacían así los negocios. Un millón trescientos cincuenta mil dólares en efectivo en tres días y el cargamento en sesenta, en Puerto Castilla. No tenía nada más que decir. La sonrisa se borró del rostro del mulato. Tenía que consultar.

REGRESO

Tardó diez días en volver a la casa de Victoria. Esta lo recibió fríamente. Dijo que volvería en tres días y se tardó diez. No le gustaban aquellas informalidades. Ella no podía jugar con sus proveedores en Nicaragua. Su garantía era su propia vida. El mulato entendió, se disculpó e hizo que bajaran del carro una maleta de cuero negro, grande, en la que se leía al frente "Samsonite". Allí estaba el dinero. A Victoria le brillaron los ojos. Había aprendido que la codicia era un motor que la impulsaba hacia donde ella quería y, después de tantos años, seguía fiel a la memoria de su marido, y no podía defraudarlo siendo menos lista que él. No señor. Sonrió amablemente, levantó la maleta, la puso en lugar seguro y se despidió del mulato, con un apretón de manos. El tres de enero empezó a trabajar. Inició depositando el dinero en varias cuentas, y cuando estuvo segura de que nadie se atrevería a asaltar su casa, salió para la frontera. Se perdió seis días. Cuando regresó, se dio cuenta que la vigilaban. Siempre eran hombres y mujeres distintos, pero diferentes al común denominador de Choluteca. Entonces comprendió que el mulato de las FARC era un hombre desconfiado. Pero no le importaba. Ella cumpliría su parte del trato.

FEBRERO

El veintidós de febrero todo estaba listo. El enorme camión blanco, de diez ruedas, con la cruz roja en las puertas, la bandera blanca con la cruz roja al frente, la carrocería de madera y con la lona recogida hacia adelante, entró a Choluteca despacio, dejó la carretera Panamericana a la izquierda, recorrió el bulevar Chorotega, cruzó el puente de hierro, llegó a Iztoca y siguió rumbo a Tegucigalpa. El "jeep" Land Cruiser blanco, con la cruz roja pintada en las puertas, iba adelante, abriéndole camino.

Cuando llegaron a la estación de la Policía de Fronteras de Agua Caliente, el camión se detuvo, un oficial vestido con una camiseta azul le hizo señas de que siguiera, y se estremeció al ver el cargamento del camión: ataúdes de madera, más de cien, apiñados unos sobre otros. Era un cargamento de la Cruz Roja y no iba a detenerlos. Además, ¿qué iba a encontrar en aquellos cajones más bien tétricos?

A eso de las dos de la tarde llegaron a Tegucigalpa, cargaron combustible y siguieron hacia San Pedro Sula. A las ocho de la noche estaban en el desvío de La Barca, a las diez en El Progreso, a la una de la madrugada en Tela y a las cinco de la mañana en La Ceiba. Comieron algo, cargaron combustible por tercera vez y siguieron hacia Tocoa. Era un viaje agotador. A las dos de la tarde entraron a Puerto Castilla. Todo estaba arreglado. El "Paramaribo" estaba anclado, listo para recibir su carga. Era un buque más bien pequeño pero ligero, con bandera panameña, tripulado por varios hombres medio desnudos, fornidos y oscuros, que se pusieron en acción al ver llegar el camión. Los trámites no duraron mucho. En todas partes, nada arregla ni facilita mejor las cosas que una buena dosis de dinero, y del verde. Antes de las siete de la noche, el "Paramaribo" estaba autorizado para zarpar. Victoria se despidió del mulato, subió al "jeep" y desapareció.

El agente de las FARC la había invitado a cenar en Trujillo pero ella estaba demasiado apurada. Sería en otra ocasión.

LA CEIBA

Victoria y su chofer llegaron a La Ceiba a las tres de la madrugada, demasiado temprano. Había alquilado un helicóptero que la llevara hasta Tegucigalpa pero el contrato decía que el viaje se haría a las cinco de la mañana. Estaba nerviosa, no durmió ni un minuto y apuró la salida del sol, con su ansiedad. Cuando vio los primeros rayos en el horizonte, despertó al chofer, llegaron al aeropuerto y se despidió de él. En ese momento, el camión vacío pasó a toda velocidad frente a ellos y Victoria saludó a los hombres con la mano. El helicóptero estaba listo. Llegó a Tegucigalpa antes de las seis. Cuando entró a la sala del aeropuerto Toncontín, sus hijas la recibieron con un abrazo. Fueron juntas al mostrador de TACA, presentaron sus pasaportes visados, sus pasajes y pagaron el impuesto de salida. Subieron a la sala de espera, con cuatro emparedados de jamón y huevo y cuatro refrescos, y esperaron la hora de abordar el avión.

Era un vistoso 737, con los colores de la empresa en la cola y la bandera de El Salvador a un costado. Tenía las turbinas encendidas y Victoria las oía con la desesperación que le provocaba seguir sentada hasta la llamada de abordaje. Sus hijas reían y platicaban animosas. Ella se mordía las uñas. Sus bellos ojos azules brillaban de angustia y sus labios resecos le ardían. Por fin llegó la hora. "Pasajeros volando por TACA…" Se pusieron de pie. Adentro del avión estaba fresco pero Victoria sudaba a mares, se sentó cerca del ala derecha, con su hija menor en la ventanilla, sonrió a sus otras hijas y esperó una eternidad para que el reloj marcara las siete y quince de la mañana. Cuando el avión empezó a moverse sobre la pista, sintió que empezaba a liberarse. Cuando vio que el Cristo del Picacho quedaba pequeño bajo ella, suspiró. Estaba libre. No volvería jamás a Honduras.

LAS FARC

Según un informe de la Dirección de Investigación Criminal de Colombia (DIJIN) y de la Policía Internacional (INTERPOL), el "Paramaribo" entregó su carga en "alguna parte del río Magdalena; eran noventa y ocho ataúdes de madera cepillada, sellados con dos cintas de lámina de acero cada uno y que traían piedras en su interior, muchas piedras, y algunos trozos de madera de pino".

NOTA

No se sabe dónde están Victoria y sus hijas. Un detective de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) cree que vive en algún lugar de Estados Unidos, amparada por el Programa de Protección a Testigos. Se tienen informes de que colaboró con el FBI para identificar a algunos traficantes y compradores de armas de guerra nicaragüenses, salvadoreños y colombianos. Seguramente sigue disfrutando de su fortuna. Del agente de las FARC no se volvió a saber nada. La casa de Victoria estuvo abandonada por un tiempo y era vigilada por algunos amigos del ingenuo mulato. Faltan algunos datos en esta historia pero nuestra fuente prefirió no revelarlos. Las FARC todavía son peligrosas.

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