Así mataron al cacique Lempira

Solo la traición pudo someter a Lempira, el más aguerrido e invencible de los indígenas que resistieron la invasión española.
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Honduras

04.09.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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La noche del 29 de julio de 1502 fue una noche borrascosa; el huracán duraba ya varios días y los vientos lanzaban olas llenas de espuma contra los barcos, abriendo abismos enormes que amenazaban tragárselos de un solo bocado. De nada servía que los marineros invocaran al cielo, ese cielo tenebroso que lanzaba sobre ellos una tormenta llena de rayos, truenos, viento huracanado y olas gigantescas, "que no lo dejó por varios días", como escribió Colón en su bitácora; sin embargo, los barcos resistían, y al día siguiente, 30 de julio, tocaron puerto en el Cabo de Gracias a Dios. Colón desembarcó y tomó posesión de aquellas tierras en nombre de los reyes católicos de España. Era el momento del descubrimiento de Honduras. Era también el inicio de una tragedia que, para millones de ciudadanos, dura más de quinientos años.

DE OLID

La alianza con Diego de Velásquez fue mortal para Cristóbal de Olid. Hernán Cortés no perdonaba una traición y envió a Gil Gonzales Dávila y Francisco de las Casas para que lo sometieran. Pero De Olid estaba prevenido y los capturó. En un descuido suyo, los enviados de Cortés hirieron al traidor y lo sometieron a juicio. Corría el año 1523, Honduras estaba en guerra, los caciques indígenas tenían ejércitos numerosos que causaban grandes daños a los invasores y Cortés no estaba tranquilo en México, siendo que todavía sus hombres no terminaban de derrotar al enemigo. Y la traición de Cristóbal de Olid lo obligaba a dividir sus fuerzas en un momento en que los aztecas amenazaban con reagruparse y ponerle más difíciles las cosas. Pero cuando supo lo que había pasado en Naco, Cortés, se tranquilizó un poco. En la plaza pública, sus hombres habían decapitado a Cristóbal de Olid y las cosas estaban como antes en la provincia. Pero los indios eran indomables y Cortés tuvo que dirigir la guerra él mismo.

1524

Los caciques Pizacura y Mazatl resistían en Trujillo y en el valle del Aguán. Los españoles avanzaban despacio, la selva y las lluvias eran obstáculos difíciles de sortear y los ataques de los indios les causaban muchas bajas. Pero Cortés estaba decidido a seguir adelante y terminó venciendo. Sin embargo, la paz estaba lejos todavía. Dos años más de combates cobraron la vida de muchos invasores. Diego López de Salcedo luchaba en Olancho pero el cacique Benito, el Señor de Silca, parecía indomable, y la guerra ya duraba demasiado. Ni siquiera los aztecas les dieron tanto trabajo a los españoles como "aquellos indios de las tierras de Honduras".

Cortés estaba desesperado. En el occidente se habían reagrupado los indígenas bajo el liderazgo de Entepica, y causaban "grandes males y daños" a los colonizadores. Había que terminar con Benito para pacificar Honduras. Y el día llegó.

Los españoles atacaron con fuerza; muchos estaban enfermos, hambrientos y desmoralizados, pero no tenían otra salida más que combatir. Los hombres del Señor de Silca eran particularmente crueles y la muerte que les dedicaban a los invasores era terrible. Ese día combatieron con todas sus fuerzas. El combate duró siete horas, los indios atacaban por todos lados, el campo estaba lleno de sangre y de muertos pero se seguía combatiendo. Diego López hizo un último esfuerzo para ganar la lucha, atacó con varios hombres decididos el centro de la columna de los indios y se abrió camino hasta Benito, que no tuvo tiempo de huir. Era el fin. Al ver capturado a su jefe, los indios huyeron en desbandada y Benito fue enviado a Nicaragua. Una jauría de perros hambrientos y feroces se lo comió vivo. Según un historiador español, el cacique no dejó escapar ni un solo grito, ni un solo lamento. Se dice que sus últimas palabras fueron: "Empieza la esclavitud para mi pueblo, y es preferible la muerte".

ENTEPICA

Era joven todavía pero estaba cansado; años de combates contra los españoles lo habían debilitado y las viejas heridas de guerra le causaban ahora más daño. Sus hombres eran leales y aguerridos y odiaban a los invasores españoles. Habían muerto miles en aquella guerra justa pero aún quedaban cien mil dispuestos a sacar de sus tierras a aquellos "demonios de cara blanca y pelos de oro". Ya no le tenían miedo a los rayos que salían de sus manos ni corrían desesperados cuando venían venir contra ellos a los caballos. El lugarteniente de Entepica les había enseñado que hombre y animal eran dos cosas distintas y que también morían si se les hería en el centro del pecho. El problema era que los arqueros tenían que acercarse demasiado a los caballos para dispararles sus flechas con punta de pedernal, y eso los ponía al alcance de los arcabuces de la infantería enemiga. Pero los valientes sabían que si mataban a los animales, los hombres se verían en dificultades y que entonces estaban más vulnerables. Y el lugarteniente del cacique lo había demostrado varias veces. Cuando el caballo caía a un lado con el corazón traspasado por una de sus flechas, el soldado quedaba indefenso y, si no corría o lo protegían sus compañeros, se le podía matar fácilmente. Entepica escogió a los más valientes de su guardia personal, la puso bajo las órdenes de su hombre de confianza, un cacique joven, inteligente y habilidoso guerrero que se llamaba Lempira. Su misión era atacar la caballería enemiga, y destruirla. Los españoles empezaron a tener más bajas de las que habían calculado. Entepica ya no estaba al frente de las tropas indias, ahora aquel hombre arrogante y empenachado se había convertido en su líder y las noticias que le llegaban a Cortés desde Honduras no eran nada halagadoras.

COPÁN

En occidente la guerra seguía indetenible. Copán Galel resistía en la capital de su reino, la ciudad que hoy se conoce como Copán Ruinas, y los españoles que la tenían sitiada morían de disentería. Hernando de Chávez, el hombre de confianza de Pedro de Alvarado en Honduras, dirigía el sitio pero veía cómo sus hombres morían sin que el cacique se rindiera.

Llovía como un diluvio cuando Hernando de Chávez dio la orden de asaltar la ciudad por enésima vez; los indios estaban bien atrincherados pero dormían a pierna suelta, seguros de que los españoles no atacarían en aquella noche de rayos y truenos. Juan Vásquez de Osuna escogió veinte hombres, de los más aguerridos, avanzó en silencio hasta la empalizada que rodeaba la ciudad y esperó a que la tormenta arreciara. Antes de medianoche dio la orden de ataque. Los españoles saltaron la cerca, mataron a los indios que hacían la guardia y atacaron a un destacamento que quiso detenerlos. Para cuando Copán Galel quiso reaccionar ya era tarde; los españoles habían invadido la ciudad y mataban a sus hombres sin compasión. Huir no servía de nada.

GUERRA TOTAL

Entepica estaba muerto. Los españoles lo habían matado de un tiro de arcabuz en el pecho y pensaron que con su muerte habían ganado la guerra. Aunque sabían que el cacique Lempira era decidido y que tenía fama de invencible, los españoles creyeron que se rendiría o que se refugiaría en las montañas con su gente. Pero cuando vieron que reunía más de treinta mil hombres de más de doscientos pueblos, supieron que la guerra duraría mucho tiempo más.

LEMPIRA

Nacido en 1497, se había formado en las montañas de Cerquín, donde muy joven conoció a los invasores que "amenazaban sus costumbres, violaban a sus mujeres y les robaban sus tierras", y desde 1524 aprendió a combatirlos.

Cuando murió el cacique Entepica, él quedó al mando de un ejército que veía en él a un hábil estratega, un líder nato y un guerrero invencible. Y aquella fama no era en vano.

Los españoles sufrían muchas pérdidas. Ahora tenían que enfrentarse a más de treinta mil hombres bien armados y motivados, con víveres suficientes para resistir años a cualquier asedio y con un conocimiento del terreno superior al de sus avanzadas.

Era un hombre insignificante, según un historiador español; bajo de estatura, de anchas espaldas, altos hombros, cabezón, lleno de músculos y arrogante. Parecía cualquier cosa menos un guerrero, sin embargo, aquel hombre insignificante llevaba siete años en guerra contra ellos y no se dejaba vencer.

COMAYAGUA

Alonso de Cáceres, el capitán español a quien Francisco de Montejo le encomendó el exterminio de Lempira y sus hombres, estaba desesperado. La mitad de su tropa estaba enferma, la otra mitad aguantaba hambre, las municiones escaseaban, los caballos habían muerto o habían escapado, y la moral de sus hombres no era tan alta como deseaba. Quería establecerse en alguna parte desde donde dirigir la ofensiva contra los indios y el 8 de diciembre de 1537 fundó una ciudad a la que llamó Santa María de Comayagua. Creyó que allí encontraría un poco de la paz que Lempira le había hecho perder y que sus hombres se recuperarían. Pero Lempira no perdía el tiempo. Se puso a la cabeza de diez mil hombres, atacó la ciudad y la incendió, luego se retiró al cerro de Coyocutena, donde resistió el contraataque de Alonso de Cáceres, causándole muchas bajas. Dos días después siguió camino a Cerquín.

TRAICIÓN

Alonso de Cáceres lo siguió. Antes que terminara el año le puso sitio al campamento de Lempira. Su ejército era inmenso pero las armas de fuego de los españoles eran temibles, "y ahora tenían unos pequeños cañones que causaban muchas muertes entre los indígenas".

Aún así, Lempira no se rendía. Era necesario quitarlo de en medio. Francisco de Montejo echaba chispas en su palacio de Yucatán y ordenaba a Alonso de Cáceres que terminara con "aquel estorbo o que se prepara para regresar a España cargado de cadenas". Presionado de esta forma, el capitán hizo un último esfuerzo. Envió a uno de sus hombres a solicitar una reunión con el cacique, para hablar de paz y del retiro honroso de los españoles. Este aceptó.

Era un día soleado, a pesar de las nubes que habían cubierto el cielo en la mañana; el viento soplaba débilmente, meciendo el pelo largo e indomable del cacique, que ahora parecía más grande a los ojos de los españoles.

Estaba de pie, sobre un peñón, desafiando al enemigo que lo tenía rodeado. Al fondo, sobre un camino de piedras, avanzaban los enviados del capitán español. Lempira los esperaba, con su arco en las manos, el carcaj lleno de flechas, el taparrabos agitándose al viento y la cabeza cubierta con un morrión que le había quitado a un español al que había matado con sus propias manos. Aunque le quedaba un poco pequeño, él lo lucía como un trofeo ganado al enemigo, y lo había cubierto con su propio penacho, que le llegaba hasta la cintura.

Estaba sereno, viendo con sus ojos oscuros cómo se acercaban los españoles montados en un caballo pardo. El de adelante llevaba las riendas en una mano y una bandera blanca en la otra. El de atrás no se veía bien pero algo brillaba en sus manos.

Cuando estuvieron cerca del cacique, el primero le dijo que su capitán le enviaba propuestas de paz. Lempira le dijo que él estaba dispuesto a aceptarlas si los españoles abandonaban sus tierras. El soldado acercó un poco más el caballo. Le dijo que su capitán le pedía unos días para recuperar las tropas, alimentos y paso libre hacia el norte. Le dijo, además, que la guerra ya había durado mucho y que se había derramado mucha sangre, y que sus soldados estaban cansados. Lempira le respondió que la guerra no iba a cansar ni a espantar a sus soldados, y que el que más pudiese vencería.

En ese momento, el cacique levantó la cabeza; acababa de ver que el segundo jinete le apuntaba con un arcabuz y quiso tomar una flecha. Demasiado tarde. El estallido retumbó en la lejanía, los indios vieron por un momento cómo el rostro de Lempira se bañaba en sangre, cómo el penacho, con el morrión traspasado por la bala, caía a un lado y cómo el cacique se tambaleó antes caer al abismo, con la frente destrozada. Ni un gemido salió de su garganta. Los gritos de sus hombres le siguieron en su caída por el peñón del Congolón y su cuerpo sin vida se detuvo al fin entre las zarzas y las piedras del fondo. Alonso de Cáceres había triunfado. Atacaron a los indios cuando los soldados regresaron al campamento y "mataron a tantos que hasta les dolían las manos". Esa misma tarde se envió un correo a Yucatán: Lempira estaba muerto. Honduras era de los españoles.

Al día siguiente del asesinato de Lempira, un grupo de sus hombres más fieles regresó por el cadáver, lo prepararon según sus rituales fúnebres "y lo sepultaron en secreto, para que nunca su tumba fuera profanada". Los enemigos habían vencido. La traición los hizo ganar la guerra.

Faltaba matar al cacique Cicumba, que resistía a los españoles en el valle de Sula, pero sin el empuje ni la fuerza ni el patriotismo de Lempira. Pedro de Alvarado lo sometió en 1536. Ahora sí, la conquista de Honduras era un hecho.

Era hora de explotarla, de esclavizar a su gente y de marcarla para siempre con el estigma de la corrupción y la pobreza. Muerto Lempira, todo fue más sencillo.

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