Para qué sirve la literatura

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 28 de marzo de 1936) es un escritor considerado uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos en lengua española
ElHeraldo.hn

Honduras

16.10.2010 - Siempre - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Como debo esta distinción a mi trabajo intelectual, a lo que creo es lo mejor que tengo, mi vocación literaria, me gustaría hablarles esta noche, brevemente, sobre lo que ha significado para mí la literatura y sobre la función que ella ejerce en los lectores.

Esta es una reflexión que nació hace ya muchos años a raíz de una pregunta que nos hicieron a un grupo de escritores en España en un simposio. La pregunta a la que teníamos que responder era la siguiente: ¿Para qué sirve la literatura?

Yo recordé un texto de Borges que respondía a una pregunta parecida sobre la utilidad del arte, de las letras. Y él decía: "Pero por qué preguntarse la utilidad de algo que es bello y nos emociona.

Nadie se preguntaría para qué sirve el trino de un canario o los colores de un hermoso crepúsculo; esas cosas nos producen emoción, exaltación, enriquecen nuestras vidas con una inyección de placer. ¿No es eso suficiente?".

Quizá, si yo tuviera que resumir en una frase lo que significa la literatura, yo diría: un inmenso placer. Ese es el mensaje que me gustaría a mí transmitir a los jóvenes respecto a lo que ha pasado a ser la razón de mi vida: la literatura, las ficciones, los libros.

Muchas veces he dicho que lo mejor que me pasó a mí en la vida es aprender a leer; yo siempre recuerdo la manera cómo el mundo aumentó, cómo la vida se intensificó extraordinariamente gracias a esta operación mágica de sumirme en un libro y, a través de las palabras, sentir que me volvía otra persona, que salía de mi espacio, de mi tiempo y que crecía y que viajaba por el mundo, y retrocedía al pasado o saltaba hacia el futuro, identificado con personajes de destinos extraordinarios, muy por encima del común de los mortales, y que volvía de esas aventuras que eran las ficciones que leía mucho más formado respecto a lo que yo mismo era en el mundo en que vivía, lo que me gustaría ser y hacer en la vida, y, al mismo tiempo, con una gran exaltación por las experiencias vividas a través de la literatura.

Sin ninguna duda, la razón fundamental de la literatura es el inmenso placer que nos proporciona. Nosotros, los seres humanos, estamos dotados de unas características en cierta forma diabólicas: tenemos una imaginación, una fantasía, unos deseos que nos hacen soñar con mil destinos, con miles de aventuras y, al mismo tiempo, estamos confinados en una condición humana que nos permite una sola vida; una vida que, por más rica que sea, estará siempre infinitamente por debajo de lo que nuestra imaginación, nuestros sueños, quisieran para nosotros.

Ese abismo enorme entre nuestra realidad y nuestros deseos lo hemos llenado gracias a la imaginación. Y la literatura es, quizá, la manera más antigua y más generalizada que tenemos para, de una manera simbólica, vivir todo aquello que la vida real, la condición humana, no nos permite vivir, solo soñar.

Pero cuando nosotros acompañamos a Don Quijote y Sancho en sus aventuras por los campos de la Mancha salimos de este mundo confinado y pequeñito que es el nuestro y vivimos con ellos esas extraordinarias aventuras; o las vivimos también con el barco ballenero del capitán Ahab persiguiendo por los mares del mundo a esa mítica ballena blanca; o, participamos como los combatientes, como los generales, como los soldados, en las guerras napoleónicas, en la Rusia desolada, leyendo a Tolstoi en "La guerra y la paz"; o, en el mundo latinoamericano, leyendo los cuentos de Borges o las fantasías que conforman "Cien años de soledad" o las novelas de Carpentier o las novelas y cuentos de un Onetti, entramos en unas realidades distintas, algunas maravillosas, mágicas y, por la fuerza persuasiva de la prosa de esos libros, pasamos a ser protagonistas de esas vidas infinitamente más extraordinarias de las que podemos vivir en la realidad.

La literatura enriquece la visión de nuestro mundo, aguza nuestra sensibilidad, estimula nuestra imaginación y, además, purifica y adiestra nuestro lenguaje.

Nadie que no lea buena literatura conoce a fondo, maneja con seguridad y con destreza su propio lenguaje. No se aprende a hablar bien estudiando. Se aprende a hablar bien leyendo la buena literatura.

Los buenos escritores, los grandes poetas nos enseñan las posibilidades riquísimas, extraordinarias que tiene nuestra lengua y nos enseñan a describir con precisión lo que vemos y sentimos.

Y ese conocimiento y dominio del lenguaje es un enriquecimiento también de nuestra sensibilidad y nos prepara para comunicarnos mejor; y comunicarnos mejor es entendernos mejor con los otros seres humanos.

La literatura tiene también la virtud de hacernos sentir parte de una comunidad. Esa función es muy importante en nuestra época, que es la época de la especialización.

El conocimiento ha avanzado de tal manera que, prácticamente en todos los ámbitos y las disciplinas del saber, la especialización ha creado una distancia insalvable entre los especialistas y los profanos que están arrojados a las tinieblas exteriores frente a un mundo que, por su extremada elaboración técnica, está fuera del alcance de los seres comunes y corrientes.

Cuando el saber se divide de esa manera se pierde un denominador común. La literatura es quizá una de las escasas actividades en nuestro tiempo que nos hacer sentir solidarios de los otros, porque a través de la literatura nosotros comunicamos y comulgamos con los otros seres humanos.

La literatura nos hace sentir iguales a los franceses cuando leemos a Víctor Hugo, cuando leemos a Albert Camus, y próximos e idénticos a los ingleses cuando leemos un Dickens o un Forster, y nos hace sentir rusos cuando leemos a Dostoyevsky o vemos sobre el escenario una obra de Chéjov.

Y esa manera de hacernos sentir próximos y semejantes a los otros no se limita a los contemporáneos sino también nos acerca y nos hermana con nuestros ancestros, o con los seres de las épocas pasadas que están todavía viviendo en las obras literarias de esos grandes escritores que supieron orientarnos en un mundo de ficción.

Ese denominador común que la literatura refuerza es muy importante porque es un antídoto extraordinario contra los prejuicios, contra el racismo, contra esos malos instintos que crean teorías de destrucción, de separación, de enemistad entre las comunidades y las razas, entre las regiones, entre las tradiciones y costumbres diferentes de la humanidad.

Un buen lector de literatura está mejor defendido contra esos instintos de desconfianza que se traducen a veces en odio hacia el que es distinto, hacia el que no tiene nuestra piel o no adora a nuestros dioses, o practica costumbres que nos resultan extrañas.

La literatura nos muestra que esa diversidad es una gran riqueza, un patrimonio de la humanidad.

Pero todavía creo que hay otra función de la literatura, además de adiestrarnos en el conocimiento y el manejo del lenguaje y hacernos sentir solidarios de la comunidad humana.

Cuando nosotros leemos un gran libro vivimos la experiencia de la perfección, del absoluto, de la belleza, y luego, cuando la hipnosis de la lectura termina y regresamos al mundo de la realidad cotidiana, descubrimos qué pobre y qué pequeña, qué sórdida, es esa realidad real en la que estamos confinados en comparación con esa realidad maravillosa creada por la imaginación, por las palabras, por la destreza técnica de los grandes creadores.

Y ese cotejo, esa comparación entre el mundo de perfección, de orden, de coherencia, de belleza de las grandes creaciones literarias con este mundo imperfecto, confuso, muchas veces frustrante, que es el mundo diario de nuestro vivir, despierta en nosotros una actitud crítica, una conciencia de las deficiencias, de los vacíos, de las carencias del mundo en que vivimos para satisfacer todos los anhelos y los sueños que habitan en nosotros.

Quizá esa sea la contribución más extraordinaria de la literatura al progreso de la humanidad: crear en los lectores una insatisfacción frente al mundo real; la sensación, la conciencia de que el mundo real está mal hecho, que es un mundo que está por debajo del mundo que nuestros sueños y nuestros deseos exigen para lograr la felicidad.

Esa insatisfacción es la fuente principal del progreso de la humanidad. Es porque estamos insatisfechos con determinados aspectos del mundo, que ese mundo ha ido cambiando desde la época del garrote y las cavernas hasta este mundo nuestro donde los seres humanos viajan a las estrellas y descubren los secretos más profundos de la materia.

Hemos atravesado un gigantesco camino; y ese camino ha nacido de la insatisfacción humana, de la curiosidad, de la imaginación y de los deseos frustrados.

En todo ello, la literatura, las ficciones, esa realidad animada solo con palabras, ha jugado un papel fundamental. Por eso, no solo porque nos produce un gran placer, sino porque enriquece la vida y es un motor de desarrollo, de progreso para la humanidad, es importante que la literatura viva; que la literatura no sea derrotada, como temen algunos agoreros de nuestro tiempo, por los productos audiovisuales, contra los que, por supuesto, no hay que tener ningún prejuicio ni animosidad: bienvenida la radio, bienvenida la televisión, bienvenida la Internet; son instrumentos extraordinarios para la comunicación, para la información, y debemos aprovecharlos y celebrarlos.

Pero no debemos permitir que esos productos audiovisuales cancelen en nosotros la curiosidad y el interés por la literatura.

Los productos audiovisuales no pueden enriquecer al ser humano, a la inteligencia, al conocimiento de la vida; y, sobre todo, no pueden generar esa insatisfacción que crea la gran literatura.

Si no fuera así, no solo quedaría cegada una gran fuente de placer; nuestro lenguaje se empobrecería; ese aglutinante de la solidaridad humana se debilitaría y, quizá, lo peor de todo, esa fuente de desasosiego, de inquietud, de insatisfacción, de rebeldía, que es el gran motor del progreso, de los grandes descubrimientos, de los avances que ha hecho la humanidad en el ámbito de la coexistencia; las grandes conquistas de la libertad, sufrirían un estancamiento y, acaso, una derrota radical.

A mí me conmueve mucho que este homenaje me lo brinde una universidad que se dedica a preparar a los futuros maestros y maestras de Honduras.

¡Qué magnífica labor y qué extraordinaria responsabilidad! Son las maestras y los maestros quienes tienen la misión de mostrar a los niños y a los jóvenes cómo la literatura puede hacernos pasar momentos extraordinarios y, además de divertirlos, de entretenerlos, como puede enriquecer sus vidas y, a través de sus vidas, enriquecer la sociedad y el mundo en que vivimos.

Una vez más, quiero agradecer, para terminar, a la Universidad Pedagógica Nacional por esta distinción y, también, a través de todos los aquí presentes, a los hondureños que, desde esta mañana en que Patricia, mi mujer, y yo pisamos la tierra de Tegucigalpa nos han abrumado de cariño y atenciones.

Ciertamente, señor Rector, nos vamos a llevar unas imágenes inolvidables. Pocas veces he asistido a tantas demostraciones de amistad y de cariño hacia mi persona y a mis libros; y, créame que no hay experiencia más estimulante, grata y satisfactoria para un escritor que el saber que, en un país que no había pisado hasta ahora, tiene tantos amigos y tantos lectores.

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En diciembre será entregado el máximo galardón al que pueda aspirar un escritor.
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