Pruebas plantadas (2/2)

Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres y se han omitido algunos detalles
ElHeraldo.hn

Honduras

19.06.2011 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

   Imprimir  Enviar

JUICIO. El juez Echenique impuso el silencio con un gesto, luego se escuchó su voz suave y serena, pero cargada de autoridad.

- Tienen la palabra los imputados.

El silencio fue total. La personalidad del juez llenaba la sala.

Considerado un hombre íntegro es tenido también como un juez probo, aunque irascible a veces, que juzga basándose en la ciencia y no en su conciencia, que sabe escuchar, que valora y analiza y que toma decisiones en base a la ley que ha jurado respetar y defender en nombre de Honduras.

La tensión iba en aumento conforme todas las miradas envolvían a los tres hombres, realmente unos muchachos, que con el corazón en la boca, empezaron a ponerse de pie. El juez continuó:

- ¬ŅTienen algo que decir antes de proseguir con el juicio?

Los imputados temblaban. Estaban acusados de un crimen terrible y la Fiscal√≠a ped√≠a al Tribunal al menos treinta a√Īos de prisi√≥n por robo y asesinato.

Los ojos serenos del juez recorrieron la sala por un segundo y se detuvieron de pronto en la figura casi aristocr√°tica del hombre que acababa de entrar, vestido pulcramente de blanco y negro y que se qued√≥ de pie por un momento, buscando un lugar donde sentarse. El doctor Denis Castro sinti√≥ la mirada agradable del juez y le sonri√≥ como todo saludo, luego vio que llamaba a un alguacil y, en menos de un minuto, este le puso una silla para que se sentara, lo que le agradeci√≥ al juez con un gesto de cabeza levemente imperceptible. Junto al doctor se sent√≥ el abogado Ra√ļl Suazo, vestido con un traje azul marino, camisa blanca y corbata de seda con motivos rojos. Iban juntos a observar el juicio, un juicio que har√≠a historia en la aplicaci√≥n de la justicia en Honduras.

Declaración. Los imputados estaban de pie y temblaban. Uno de ellos, con las manos agarradas hacia adelante, tomó la palabra. Al principio, su voz fue un chillido agudo, deformada por las lágrimas que trataba de reprimir en su garganta.

- S√≠ tenemos algo que decir, se√Īor juez. Sigui√≥ un instante de silencio.

- Yo soy inocente de lo que se me acusa -agreg√≥, mirando al juez con ojos suplicantes-, jam√°s vi a la muchacha, yo soy m√ļsico y nunca le he hecho da√Īo a nadie, y mucho menos a una mujer. Yo le pido que investiguen bien antes de condenarnos por un crimen que no cometimos. Investiguen bien al testigo protegido que nos est√° acusando, vean bien las pruebas que dicen que tienen contra nosotros y h√°ganos justicia, se√Īor juez, porque somos inocentes.

Las l√°grimas lo obligaron a guardar silencio. El juez esper√≥ un poco m√°s. Cuando los imputados se sentaron, se volvi√≥ hacia el fiscal del Ministerio P√ļblico.

- Tiene la palabra el se√Īor fiscal.

Este se puso de pie de un salto.

- Su Se√Īor√≠a, honorable Tribunal, esta Fiscal√≠a est√° segura de poder probar que los imputados en el asesinato de la se√Īorita Marlen Julissa, sucedido la noche del diez de diciembre de dos mil ocho, entre cinco y cincuenta y seis de la tarde en un sector de la zona de Miraflores, son culpables, y desde ya pido para ellos la condena de treinta a√Īos de c√°rcel a cadena perpetua.

Un murmullo llenó la sala. Varias mujeres lloraban en un lado; en el otro, varias caras tristes no despegaban los ojos del fiscal. El juez volvió a hablar:

- ¬ŅTiene algo que decir la Defensa P√ļblica?

TESTIGO. La caja de madera, de un metro de ancho por dos de alto, con una puerta con malla al frente, entró a la sala, arrastrada por dos alguaciles. Adentro, envuelto en el mayor misterio, el testigo protegido de la Fiscalía esperaba las preguntas que tuvieran a bien hacerle.

Su testimonio ten√≠a a los tres imputados en la c√°rcel desde hac√≠a un a√Īo y medio. Declar√≥ al fiscal lo mismo que le hab√≠a dicho a los detectives de Homicidios de la Direcci√≥n Nacional de Investigaci√≥n Criminal (DNIC), y estaba dispuesto a sostener su declaraci√≥n ante el Tribunal de Sentencia.

- Eran las siete y media de la noche, estoy seguro de eso porque vi la hora en mi celular para comprobar que todav√≠a estaban corriendo los buses para mi colonia; estaba oscuro, bien oscuro, vi a la muchacha caminando a unos veinticinco metros de m√≠, con una cartera a un lado, los cuadernos en el otro y unos lentes para sol en la cabeza, como si fuera una diadema. Iba apurada porque el lugar estaba oscuro y a lo mejor ten√≠a miedo. Vi cuando se par√≥ a su lado el taxi 7172, vi que se bajaron tres chavos y me escond√≠ porque los reconoc√≠. Uno llevaba un cuchillo en una mano. Los tres se acercaron a la muchacha. Uno le quit√≥ a su compa√Īero el cuchillo de la mano y empez√≥ a atacar a la mujer. Yo los vi bien. Uno andaba vestido con una camiseta negra que ten√≠a dibujada una pistola grande en todo el frente, y al otro vi que le faltaban dos dientes de adelante. Le quitaron la cartera, le arrebataron los lentes y salieron corriendo para el taxi, dejando a la muchacha herida en el suelo.

 

- ¬ŅVolvi√≥ a ver a los tres atacantes de la muchacha?

La voz del fiscal era fría, de tan segura que parecía.

- Sí.

- ¬ŅD√≥nde?

- En la colonia El Pedregal.

- ¬ŅEst√°n ellos en esta sala?

- Sí.

- ¬ŅPodr√≠a decirle al honorable Tribunal d√≥nde?

- En esa mesa. Son ellos, los tres acusados.

El fiscal suspiró. Una sonrisa de satisfacción deformo sus labios y dijo, dirigiéndose casi servilmente al Tribunal:

- Es todo por ahora, su Se√Īor√≠a.

El juez Echenique estaba inquieto. Mir√≥ hacia los abogados de la Defensa P√ļblica, que conferenciaban entre s√≠, y dijo:

- Tienen la palabra los abogados defensores.

Gonzalo S√°nchez movi√≥ la cabeza varias veces en se√Īal de afirmaci√≥n, Selvin Ruiz se puso de pie.

- Esta defensa se pregunta, su Se√Īor√≠a -dijo el abogado, serenamente-, si es realmente posible que en medio de tanta oscuridad como la que describe el testigo protegido de la Fiscal√≠a, alguien, por muy buena vista que tenga, podr√≠a ver lo que sucedi√≥ a veinticinco metros de √©l y con tanto detalle. A menos, creemos nosotros, que tenga ojos de √°guila o vista de rayos X, como Superman.

- ¬°Objeci√≥n, su Se√Īor√≠a! -salt√≥ el fiscal-. Creo que ese comentario es improcedente.

- Ha lugar la objeci√≥n -dijo el juez-. El defensor p√ļblico se limitar√° a lo que verdaderamente interesa en este juicio y evitar√° que sus comentarios sean despectivos.

- Lo siento, su Se√Īor√≠a.

- Contin√ļe.

Selvin tosió para aclarar la garganta. Luego agregó:

- El informe del detective de la DNIC, Lenar S√°nchez, quien asisti√≥ a la escena del crimen a las diez y cuarenta y cinco minutos de esa misma noche, dice que estaba demasiado oscuro, o sea, que hab√≠a demasiada oscuridad en el lugar, que no se pod√≠a ver nada con claridad a simple vista y que se vio obligado a usar un poderoso foco de mano y hasta las luces altas de varios veh√≠culos para iluminar la escena y buscar evidencias del crimen en la misma. Entonces, si estaba tan oscuro, su Se√Īor√≠a, y esta defensa p√ļblica quiere hacer notar que, seg√ļn el Sistema Nacional de Meteorolog√≠a, los √ļltimos d√≠as de noviembre, el mes de diciembre y los primeros d√≠as de enero de todos los a√Īos es la √©poca en que oscurece m√°s r√°pido en nuestro pa√≠s, ¬Ņc√≥mo es posible que el testigo protegido haya visto la forma en que se cometi√≥ el crimen hasta en el m√°s m√≠nimo detalle, a veinticinco metros de distancia y en medio de la profunda oscuridad que √©l mismo describe en el lugar de los hechos?

El silencio era sepulcral, pero un murmullo violento sali√≥ de pronto de un lado en especial de la sala. El doctor Castro se acomod√≥ despacio en su silla, hizo una se√Īal al abogado Suazo y, por un momento, su mirada escrutadora y hasta inquisidora, se top√≥ con la mirada inquieta y algo molesta del juez Echenique. Entonces levant√≥ su mano derecha y la puso discretamente frente a su boca para ocultar la sonrisa maliciosa que asom√≥ a sus labios.

A unos metros de él, el fiscal se mostraba inquieto. Se agitaba sobre su silla y estaba pendiente de cada palabra del abogado Ruiz, como si de lo que él dijera dependiera su propia existencia.

- Creo que este fiscal ya perdi√≥ el caso -murmur√≥ el doctor Castro, sin apartar la mano de su boca-. Igual que el caso de la coreana y la holandesa, en Islas de la Bah√≠a. El Ministerio P√ļblico √ļltimamente est√° de capa ca√≠da.

Ra√ļl Suazo sonri√≥ pero sell√≥ sus labios de pronto ante la mirada severa de un alguacil. El silencio en la sala era obligatorio y cualquier comentario del p√ļblico estaba estrictamente prohibido. Y en la sala, los alguaciles son todopoderosos, bueno, quiz√°s un poco menos que los jueces.

Selvin Ruiz agreg√≥: - Su Se√Īor√≠a, esta defensa p√ļblica considera que el testimonio del testigo protegido de la Fiscal√≠a es falso porque nadie, al menos que use aparatos especiales de visi√≥n nocturna, tiene la capacidad para ver entre las sombras, mejor dicho, entre la oscuridad que hab√≠a en el lugar de los hechos, y a una distancia de veinticinco metros, un suceso como el que nos ocupa en este momento y que pueda describirlo despu√©s con tantos detalles y especificaciones. Adem√°s, esta defensa p√ļblica se admira de c√≥mo el testigo protegido de la Fiscal√≠a no tuvo tiempo para ver la serie del motor del taxi, siendo que tiene tan excelente visi√≥n.

- ¬°Objeci√≥n, se√Īor juez! Me opongo a ese comentario por impertinente, malicioso y fuera de lugar. Adem√°s, al se√Īor defensor‚Ķ

El juez levantó una mano y cortó con un gesto la protesta del fiscal.

- Ha lugar la objeci√≥n -dijo el juez, casi mordiendo las palabras-. Me permitir√© recordar una vez m√°s al se√Īor abogado defensor que sus comentarios personales no son bienvenidos en esta sala y que podr√≠an parecerle a este Tribunal de Sentencia tendenciosos y maliciosos, adem√°s, con la intencionalidad de manipular a los jueces, lo que podr√≠a acarrearle una sanci√≥n si ocurre una tercera vez. Y al p√ļblico presente en este juicio le recuerdo que deben guardar silencio y que las provocaciones del se√Īor abogado defensor no tienen nada de c√≥micas ni de risibles.

Selvin Ruiz sonri√≥ para sus adentros. Escuch√≥ atentamente al juez y se disculp√≥ una vez m√°s. Era su √ļltimo error porque con aquel juez no se pod√≠a jugar al gato y al rat√≥n. El doctor Denis Castro se aventur√≥ a hacer un nuevo comentario, en voz muy baja:

-Lo dicho. El Ministerio P√ļblico ya perdi√≥ este caso -y su mirada se encontr√≥ con la mirada serena y risue√Īa de Gonzalo S√°nchez que, desde su silla de Consultor de la Defensa P√ļblica, ve√≠a como Selvin y Dinabel segu√≠an aquel gui√≥n que √©l mismo hab√≠a escrito.

El doctor Castro apartó los ojos del rostro enrojecido de Gonzalo, arrugó los labios y miró hacia el frente. Un minuto después se metió una mano en la bolsa izquierda de su guayabera, sacó un botecito de colirio, se quitó los lentes y lanzó la cabeza hacia atrás, luego dejó caer dos gotas en cada ojo, mientras las palabras del juez Echenique rebotaban todavía entre las paredes. Gonzalo Sánchez sonrió.

SELVIN. -Su Se√Īor√≠a, deseo que esta pregunta sea escuchada claramente por el Tribunal -dijo el abogado defensor-. La Fiscal√≠a presenta como prueba en contra de mis defendidos un par de lentes para sol con las letras Christian Dior escritas en las patas, y con dos corazones rojos a los lados. Dos testigos de la Fiscal√≠a acaban de decir aqu√≠ que reconocen los lentes, que esos eran propiedad de la se√Īorita Marlen Julissa, pero aqu√≠ tenemos un acta que dice que la t√©cnica de Inspecciones Oculares, Jenny Rojas, encontr√≥ sobre la cama de la madre de uno de los imputados, en el allanamiento que se hizo a su casa, un par de lentes negros para sol, y los describe seg√ļn el procedimiento que se le ense√Ī√≥: Negros con letras Christian Dior en las patas. No menciona los corazones rojos. Pero aqu√≠ tenemos otra acta que dice que el fiscal abri√≥ la bolsa en que estaba embalada la prueba a la que me refiero, o sea, los anteojos de sol encontrados en la cama ya mencionada, que se los mostraron a dos parientes de la v√≠ctima y que ellos dijeron que no eran esos los lentes de Marlen Julissa, que los de ella ten√≠an dos corazones rojos a los lados y eran m√°s finos. Adem√°s, se puede observar que los lentes que la Fiscal√≠a presenta como prueba est√°n quebrados de una pata y en las fotos que presenta la t√©cnico Jenny Rojas los lentes est√°n intactos, y ella misma ha dicho aqu√≠ que los lentes estaban intactos sobre la cama y que as√≠ los fotografi√≥ antes de embalarlos, y que los embal√≥ intactos. Por lo tanto, aseguramos que esta prueba ha sido fabricada por el fiscal para sostener la acusaci√≥n contra nuestros defendidos.

- ¡Objeción!

- ¬°No ha lugar! Contin√ļe, el abogado defensor.

- Adem√°s, en el acta levantada en el momento en que los parientes de la v√≠ctima fueron llamados para reconocer los lentes, se detallan los nombres de estas personas, y este honorable Tribunal es testigo de que al presentarle la fiscal√≠a a la se√Īora X los lentes para sol ella dijo que no los hab√≠a visto antes de ahora, refiri√©ndose exclusivamente a que no los hab√≠a visto desde que se los mir√≥ por √ļltima vez a Marlen Julissa, pero en el acta en que se hace constar la apertura de la bolsa de embalaje est√° claramente escrito su nombre y su respuesta al ser preguntada si estos eran los lentes de la v√≠ctima, a lo que ella contest√≥ que no.

El silencio en la sala era total. Dinabel López se puso de pie.

- Su Se√Īor√≠a, adem√°s, la Fiscal√≠a presenta como prueba en este juicio una camiseta negra con una pistola dibujada al frente, y si se observa bien, la camiseta est√° nueva, no ha sido usada, y la Fiscal√≠a asegura que fue encontrada en un ropero en el allanamiento a la casa de uno de los sospechosos, lo que perfectamente podemos desvirtuar.

El juez se movi√≥ en su asiento. Estaba rojo y sus ojos brillaban m√°s de lo normal. El fiscal del Ministerio P√ļblico estaba en silencio, con la boca abierta y mirando los acontecimientos como si la tierra se lo estuviera tragando por partes.

- Adem√°s, su Se√Īor√≠a -agreg√≥ la abogada Dinabel-, la Fiscal√≠a presenta un cuchillo de cocina nuevo, exageradamente limpio, esto quiere decir, sin rastros de sangre, como deber√≠a suponerse que tendr√≠a, si es que es el arma homicida. Este cuchillo fue encontrado por Lenar S√°nchez, de la DNIC, siete d√≠as despu√©s, cuando decidi√≥ volver a la escena del crimen, y lo encontr√≥, seg√ļn su informe, encima de una piedra, cerca del lugar donde la muchacha cay√≥ mortalmente herida. Y nosotros nos preguntamos: ¬ŅPor qu√© no lo encontr√≥ en la primera pesquisa, la misma noche del crimen? ¬ŅEs realmente posible que lo encontrara siete d√≠as despu√©s, cuando ya estaban detenidos nuestros defendidos? ¬ŅEs esto verdad, se√Īor juez?

Un nuevo murmullo llenó la Sala, pero se apagó de pronto ante la mirada severa del juez.

- Tambi√©n debo hacer notar al honorable Tribunal que el video que presenta la Fiscal√≠a como prueba y que ha sido proyectado en esta sala, video de la c√°mara de seguridad del banco Bamer la noche del crimen, espec√≠ficamente entre cinco y cincuenta y seis de la tarde, no muestra m√°s que una oscuridad absoluta, y de vez en cuando las luces de los veh√≠culos, por lo tanto, absolutamente nada que incrimine a mis defendidos. Y para finalizar, el testigo protegido de la Fiscal√≠a declar√≥ bajo juramento que eran las siete y treinta de la noche cuando presenci√≥ el crimen, pero en los registros del Hospital Escuela y en los registros de la DNIC est√° escrita la hora que se hizo la llamada que inform√≥ a la Polic√≠a que hab√≠a una mujer muerta en la morgue del hospital, que hab√≠a sido atacada en el redondel de Bamer. Y esa llamada se registr√≥ a las seis y media de la tarde o noche, por lo que las declaraciones del testigo protegido se contradicen una vez m√°s. Es todo lo que tenemos que decir, su Se√Īor√≠a.

El juez mir√≥ al fiscal. Este se rascaba la cabeza, rechinando los dientes de furia. No ten√≠a nada que decir. Los jueces deliberaron entre s√≠. Los gritos de alegr√≠a inundaron la sala. Los muchachos estallaron en llanto, cayeron al suelo llorando, dando gracias a Dios, gritando que eran inocentes, bendiciendo a los jueces y besando los pies de los abogados defensores. Sus madres y esposas lloraban de alegr√≠a. Se hab√≠a hecho justicia. Las pruebas fabricadas chocaron contra la voluntad de Dios y contra la honradez de un juez digno. Los muchachos estaban libres. Pero, ¬Ņcu√°ntos inocentes m√°s guardan prisi√≥n con pruebas como estas? ¬ŅConoce el lector el caso del profesor al que acusaron de violar a uno de sus alumnos, que pas√≥ tres a√Īos preso y que al final se descubri√≥ que era inocente, pero como fue violado en prisi√≥n, ahora est√° infectado del virus que produce el sida? Pero esa es otra historia, la historia de c√≥mo se hace justicia en Honduras.

opciones de texto  « AGRANDAR  ACHICAR » 

   Imprimir  Enviar

Normas de uso
Esta es la opinión de los internautas, no de ElHeraldo.hn
No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes hondureñas o injuriantes.
Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Una vez aceptado el comentario, se enviará un correo electronico confirmando su publicación.


Galería de Fotos

Asquerosa farsa de algunos funcionarios...

NOTAS RELACIONADAS

» 
La venganza silenciosa
» 
Víctima de una fobia mortal
» 
Un motivo demasiado est√ļpido
» 
Misterio complicado 2/2
» 
Grandes crímenes
» 
El ni√Īo desaparecido
» 
Manzaragua (Parte I)
» 
Los trabajos de Gonzalo
» 
Los muertos siempre hablan
» 
Pruebas plantadas (1/2)

Todos los títulos de esta sección

   PUBLYNSA S.A. Todos los Derechos Reservados © 2014