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El sueño de superación que los dejó postrados

La Conamiredis llama a que la gente haga donaciones para ayudar a estos connacionales que viven en pobreza. Pueden contactarse al 2292-0871.
11.10.11 - Actualizado: 11.10.11 09:06pm - Mario Cerna: mario.cerna@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

La tragedia en la ruta migratoria tiene varios protagonistas. No solo la "bestia de hierro" hace estragos con los hondureños, y otros indocumentados, en México. Los accidentes automovilísticos también han causado llanto y dolor en las familias hondureñas.

La Comisión Nacional de Apoyo al Migrante Retornado con Discapacidad (Conamiredis), reporta serios casos afectados por ese flagelo.

Alexis y Allan son solamente dos de esos casos. La historia de cada uno de ellos es diferente, pero tienen el mismo común denominador: La búsqueda del "sueño americano", que los tiene viviendo una verdadera pesadilla. Los dos están parapléjicos, uno en silla de ruedas y otro en cama, casi condenados de por vida.

Se fue porque alquilaba

Allan Núñez, de 19 años, yace en una cama de una habitación en la colonia 3 de Mayo de la capital. Su madre Gloria Rubí está a su lado. Al inicio de la entrevista ella llora y ríe al mismo tiempo. Pero solo al principio, porque al final el llanto gana la batalla.

Allan ha estado así desde el 28 noviembre del año anterior, cuando sufrió el accidente en Celaya, México. Un vehículo lo arrolló una noche que regresaba de su trabajo hacia su casa.

Allan estuvo cinco meses en el hospital regional de Celaya, después fue deportado a Honduras, en abril de este año.

Doña Gloria cuenta que él se fue desde hace dos años para Estados Unidos, pero su familia que está en ese país no le ayudó a cruzar la frontera y por eso decidió quedarse trabajando en México, por mientras reunía dinero para pagar el coyote.

"Él siempre se comunicaba conmigo, me decía que no me preocupara porque sea como fuera siempre iba a pasar".

Allan era menor de edad cuando dejó Honduras, tenía 17 años. Según su madre se fue del país porque se indignó por el trato que un día le dio a ella el casero de la cuartería en la que ellos vivían. Doña Gloria acumuló dos meses sin pagar la renta.

El propietario de la cuartería, enfadado por el retraso en el pago, le quitó las puertas y las ventanas del cuarto donde residía doña Gloria, Allan y sus hermanos más pequeños.

"La idea del dueño del cuarto era que yo me saliera, pues al no haber puertas yo tenía que irme. Eso fue lo que a Allan lo impulsó a irse", dice doña Gloria envuelta en llanto.

Acaricia a su hijo, que está acostado en la cama, lo toma de la mano y lo ve con ternura, como viendo a un recién nacido.

"Tengo fe que mi hijo se mejore... nunca esperé verlo así... él me decía que se había ido solo para hacerme una casita", susurra doña Gloria antes de explotar en llanto mudo.

La entrevista tuvo que parar. No hay palabras en este reportero, que redacta la historia, que sirvan para describir ese momento, pero fue parecido al silencio producido por la noticia de la muerte de un ser querido... un silencio roto solo por el sollozo de una madre afligida.

Allan y doña Gloria están de "posada" donde la madre de Gloria. Ella no trabaja, es una madre, enfermera y amiga las 24 horas para Allan. Ella dice que el futuro de su hijo solo Dios lo sabe.

La lucha de doña Gloria

Actualmente, Allan acude a Teletón tres veces a la semana. Al mes y medio de estar en el país las ambulancias ya no lo querían movilizar a ese centro asistencial. "Me dijeron que tenía que pagar 1,200 lempiras, pero no puedo pagar", lamenta doña Gloria, que ahora contrata un taxi que le cobra por tarifa 420 lempiras por semana.

Aparte de eso debe comprar leche en polvo, Ensure, y una lata pequeña (la que ella tiene capacidad de comprar, a vecessolo le dura un día y medio). "Mi hijo también necesita una nueva sonda, se le safa y por allí me dicen que le puede dar una infección, pero no puedo pagarla, cuesta como siete mil lempiras", dice doña Gloria de nuevo atacada por el llanto.

La entrevista con doña Gloria termina. Ella se alista para salir a la calle. Buscará, mientras deja a su hijo dormido, botes plásticos para luego vender por libra. "Ya tengo para hacer unos 120 lempiras, con eso voy a comprarle una lata pequeña de leche para mi hijo".

En definitiva, el sueño de Allan se convirtió en una pesadilla, no solo para él, sino que también para su madre.

La fatalidad de Alexis

El 20 de agosto de 2006, la vida de Alexis Alejandro Varela Varela, de 25 años, dio un giro total. Ese día viajaba de mojado en un pick-up con tanta mala fortuna que otro vehículo lo impactó por detrás, lastimándolo y dejándolo parapléjico casi de manera inmediata.

"Intenté llegar a Estados Unidos en tres veces, la primera de ellas fue en 2004, tenía como 19 años", compartió Alexis que está sentado en una silla de ruedas en el patio de su casa, ubicada en las afuera de Támara.

Alexis relata que "en la tercera vez llegué hasta Reynosa, Tamaulipas, allí estuve trabajando tres meses porque no tenía dinero".

Me fui cuando alcancé lo que ocupaba, 1,500 dólares, para que el coyote me pasara hasta Houston. Yo iba en la parte de atrás de la paila de un pick-up, una Ford 250, íbamos nueve personas acostadas tapadas por un plywood.

El coyote nos metió en la paila a las cinco de la mañana, viajamos tres horas, después nos bajaron y nos escondieron. Tipo dos de la tarde nos volvieron a subir y el accidente fue a las cinco de la tarde.

"Yo iba pegado a la puerta de la paila. El coyote frenó de un solo, me imagino que algo se le atravesó, y cuando acordé solo sentí el otro carro que pegó en la puerta de la paila y la puerta en mi espalda. Me fracturó el cuello cervical", dice Alexis tratando de tocarse la parte trasera de su cabeza, pero solo sus brazos le responden, porque la movilidad en sus manos es poca.

"Yo me llevé la peor parte, los otros solo tuvieron raspones y golpes pequeños", añadió.

"Me quise levantar, pero no me podía mover. El coyote llamó a otra persona, porque él no me podía ir a dejar al hospital por las otras personas que iban mojadas. Como a la media hora llegó una chava en una Van y ella me fue a dejar, pero con la condición que yo dijera que me habían golpeado en la calle. Estuve un mes en el hospital. Después me deportaron".

A su llegada a Honduras Alexis casi no podía hablar, tampoco podía mover sus brazos ni piernas. Hoy eso ha cambiado, ha estado en tratamiento y ha progresado en su recuperación.

"A mi regreso fue mi mamá y mi papá y otros familiares a traerme al aeropuerto... fue duro, porque yo me fui bien y venir así, pero ya viendo la familia y el apoyo fue tranquilo. Mi mamá me dio un beso". El cuerpo de Alexis comienza a despedir emociones. Las más elocuentes las reflejan sus ojos, que brillan como faroles en la oscuridad.

Ese triste recuerdo ha quedado en el pasado. Alexis ahora lucha por salir adelante. Ha conseguido un trabajo de medio tiempo. Dos días a la semana despacha los buses de la ruta Támara-Tegucigalpa.

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