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Deportaciones afectan a unos 3 millones de niños

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas aclara que "debe hacer cumplir las órdenes emitidas por jueces de inmigración"
24.04.09 - Actualizado: 24.04.09 04:43pm - AP: diario@elheraldo.hn

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Miami,

Estados Unidos

Hace poco más de un año que su padre fue deportado a Guatemala, y las niñas Michelle y Ashley Guerra lloran sin consuelo todos los días, cada vez que piensan que ya no lo tienen cerca para abrazarlo, besarlo, jugar o hacer las tareas de la escuela.

"Ha sido bien duro porque siempre estaba allí", expresó Ashley Guerra, de 12 años, que desde marzo del 2008 quedó viviendo con su hermana mayor y su mamá en Miami.

"A veces a mí también me faltan fuerzas y me dan ganas de llorar. A veces solo quiero correr", dijo al explicar cómo ha sido la ausencia de su padre, Carlos Guerra. El guatemalteco era un indocumentado y no pudo hacer nada para impedir que las autoridades lo repatriasen, a pesar de que sus hijas y su esposa tienen la nacionalidad estadounidense.

Para Michelle, la hermana de 14 años de Ashley que fue testigo del momento en que tres agentes de inmigración se llevaron esposado a su papá de su casa de Miami, ha sido "muy duro" y a veces hasta siente "como si no tuviera papá".

La división de las familias a causa de las deportaciones de algunos de su miembros afecta por lo menos a tres millones de niños estadounidenses, que quedan traumatizados por el alejamiento forzado de alguno de sus padres inmigrantes, de acuerdo con Nora Sándigo, directora ejecutiva de la Fraternidad Americana, una organización que ofrece ayuda a los inmigrantes.

"Todos los días nos llegan casos tristes de niños que nos cuentan sus vivencias, que no pueden dormir, no quieren bañarse o vestirse y ni siquiera tienen deseos de comer", manifestó Sándigo, que tiene la custodia legal de unos 600 niños cuyos padres han sido deportados o tienen orden de deportación.

En un mensaje de correo electrónico enviado a la AP, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) expresó que es "muy sensible al hecho de que el arresto de aquellos que transgreden nuestras leyes de inmigración puede afectar a sus familias".

Sin embargo, aclaró, el ICE "debe hacer cumplir las órdenes emitidas por jueces de inmigración", como por ejemplo las órdenes de detención y deportación de indocumentados.

Nicole Navas, portavoz del ICE en Miami, dijo que la agencia no lleva estadísticas sobre la cantidad de deportaciones que resultan en la división de familias.

Susana Barciela, directora de políticas del Centro de Defensa de los Inmigrantes de la Florida (FIAC, por su nombre en inglés), manifestó que los niños quedan "traumatizados" por las deportaciones de sus familiares indocumentados.

"Cuando los agentes entran en la casa y hacen la redada, esos niños ven a sus padres esposados y los sacan como si fueran criminales, narcotraficantes o como si hubieran matado a alguien", sostuvo Barciela en una entrevista telefónica con la AP. "Eso es un trauma de por vida para esos niños".

Indicó además que en "muchísimos casos", debido al apuro que tienen por deportar, las autoridades no tienen "mucha consideración con lo que va a pasarle a la familia" y eso tiene consecuencias "muy perjudiciales para los niños".

Las autoridades consideran que esposar a los extranjeros cuando los detienen es una cuestión de seguridad.

"El ICE toma todas las precauciones razonables, que a veces incluyen la utilización de esposas, para garantizar la seguridad y el bienestar de sus agentes, otro personal y el público en general, así como el de los detenidos, en el momento de la detención y cuando son transportados", indicó la agencia al responder por escrito un cuestionario de la AP.

Cuando se le preguntó si había habido casos en los que supuestos indocumentados se resistieron y agredieron a los agentes, el ICE se abstuvo de tocar el tema e insistió en que esa era una medida para proteger a sus agentes.

Han pasado dos años desde que tres agentes de inmigración vestidos con uniformes negros ingresaron a primera hora de la mañana a la casa de Katherine Ramírez para llevarse detenida a su madre, una colombiana que permanecía en el sur de la Florida de manera indocumentada.

Katherine, que nació en Miami y ahora tiene 13 años, aún recuerda con lágrimas en sus ojos los detalles de aquel momento y extraña "todo el tiempo" a su mamá, Claudia, de 38 años. La mujer no pudo ser contactada por la AP en Colombia.

"Esa semana no pude ver nada de ella porque no paraba de llorar", rememora la niña, sentada junto a su padre en una entrevista con la AP realizada en una organización que ayuda a inmigrantes. "Me dijo que me cuidara, que pronto nos veríamos, que orara a Dios... La extraño todo el tiempo, (extraño) todo, la forma de ser".

Claudia, que permaneció detenida dos meses antes de ser deportada a Colombia, estaba dedicada a sus tres hijos, y aunque trabajaba tenía tiempo suficiente para estar con ellos en la casa y buscarlos del colegio, de acuerdo con el relato del padre de Katherine, que pidió mantener su nombre en el anonimato por temor a ser detenido por las autoridades de inmigración.

El hombre vive en Miami desde hace 20 años, pero permanece como indocumentado.

"Le toca a uno hacer los dos papeles: de padre y de madre, estar en todo momento", expresó el hombre, con cierta resignación. "A ellos les ha tocado madurar antes de tiempo, dedicarse a lavar su ropa, cocinar, preocuparse por la escuela", explicó el señor, insatisfecho porque no puede dedicarles todo el tiempo que quisiera debido a que también tiene que atender su taller mecánico.

Los tres hijos _ Katherine y sus dos hermanos adolescentes estadounidenses_ viajaron a Manizales a visitar a su madre en una oportunidad y estuvieron con ella un mes. La niña, sin embargo, no puede quitarse de encima el dolor que siente por la separación de su madre, desde comienzos del 2007.

"Estoy triste. Sé que cada vez que me levanto ella no va a estar ahí, y no me va a consentir", aseguró. Su padre, en tanto, siente que la distancia ha terminado con su matrimonio.

"Las cosas se enfrían, tanto tiempo separados ... muchas veces las relaciones se terminan", expresó el hombre, que asegura que él y sus hijos estadounidenses se quedarán en Miami porque en Colombia no conocen a nadie y no hablan el idioma. "Sería fatal para ellos ... El daño es grande para todos en general".

En el caso de los Guerra, las consecuencias también las sintieron todos, no sólo los hijos.

Aura Guerra, la esposa de Carlos por más de 14 años, considera que se le derrumbó la vida.

Los Guerra, ganaban entre 5.000 y 6.000 dólares mensuales, y vivían como una típica familia de clase media trabajadora: pagaban un crédito hipotecario de una casa amplia, tenían dos automóviles, compartían el desayuno y la cena, salían a pasear juntos. Ya nada de eso existe en sus vidas.

Desde que Carlos fue detenido y una semana después deportado en un avión maniatado y con grilletes en sus pies, según relató a la AP, las mujeres de la familia viven en la casa de los padres de Aura y comparten una cama para las tres. Vendieron los automóviles para poder subsistir y debieron entregar la casa porque ya no podían pagar la hipoteca.

"Tú tenías un sueño, el sueño americano. Tenías tu casa, tu familia, y en unas horas se te vino abajo la mitad de tu vida", expresó la nicaragüense-estadounidense de 31 años, que dijo que entró en una "depresión terrible" por la separación forzada de su marido.

"¿De qué me ha servido ser ciudadana (estadounidense) si me han quitado el sostén de mi casa, si se están llevando al padre de mis hijas ... Es lo peor que a una familia le puede pasar", manifestó Aura Guerra entre lágrimas.

La mujer está pensando en irse a vivir a Guatemala el próximo año si su marido no logra regresar legalmente a Estados Unidos.

A Carlos Aura, de 34 años, le habían negado un asilo político y tenía orden de deportación por haber permanecido como indocumentado. Su esposa había solicitado a las autoridades que le dieran la residencia legal, al tener ella y sus hijas la nacionalidad estadounidense.

Para Carlos, que sintió que lo trataban como un delincuente cuando lo esposaron de manos y pies, fue la experiencia "más dura" de toda su vida.

"Esto me ha partido en dos, me ha traumado", dijo el hombre desde la Estanzuela, a unos 140 kilómetros al sur de la capital de Guatemala, donde está desempleado y vive con sus padres.

"Me sentí como el hombre más fracasado del mundo. Llegué (a Guatemala) como un delincuente, rechazado, expulsado, me sentí despedazado. Me quedaba como ahogado por el deseo de llorar, y me daba vergüenza".

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