Honduras
La tierra no soportó más la lluvia.
La casa donde reside Gregoria Alvarado, de 75 años, es un milagro que haya quedado en pie, pues las embravecidas aguas amenazaban hasta con acabar con su vida.
Las paredes forradas con ramas de coco y plástico filtraron más rápido la lluvia y las corrientes de lodo halaron las aguas hasta inundarle su hogar.
El fango acumulado en la vivienda de doña Gregoria aún le llega a los tobillos.
La humedad en cualquier momento podría dejar a la anciana en la intemperie o, peor aún, provocarle alguna enfermedad, ya que los mosquitos y zancudos pululan en el lugar.
Llegar hasta la casa donde vive la abuela es un verdadero reto: hay que cruzar varios metros de terreno pantanoso, donde la humedad hace resbalar. Al llegar, la situación es aún más dramática.
Doña “Goyita”, como le llaman de cariño sus vecinos, tiene cuatro días sin probar alimento; las aguas del río Goascorán la han mantenido en cautiverio, desde hace una semana, junto a uno de sus nietos.
“Llevó varios días sin comer, pues no puedo salir de acá, hasta hoy (ayer) tenemos comida, pues un vecino me trajo unos elotes, con esto almorzaremos y esperaré a ver si me llegan otras ayudas”, dijo la señora, quien pese a contar con limitaciones económicas sonríe y agradece a Dios por su vida.
Necesidades
Los contornos de la casa están inundados, no hay un punto seco para pararse y en su interior se respira la pobreza.
Unos antiguos trastos, llenos de hollín, se encuentran sobre una mesa.
En el fogón se cocinan unos cuantos elotes, con lo que logrará saciar su hambre y la de su nieto, Josué Alvarado, de 9 años.
El resto de las mazorcas de maíz decidió guardarlas, pues no sabe cuánto tiempo más permanecerá atrapada en el jacal. A unos cuantos pasos de la cocina está su dormitorio, una vieja cama armada con cabuya y un petate es su mueble de descanso. Para ella no hay zapatos y hace años que no viste con un traje nuevo.
En su pelo negro, con pronunciados rulos casi anudados, tampoco se ha puesto champú y tras su carita con ralas arrugas esconde las penurias que durante los últimos 12 días ha soportado.
La abuela, unos meses atrás, perdió a uno de sus hijos varones, en las mismas aguas que hoy le mantienen sitiada.
“Esta casa tampoco es mía, me la han prestado para vivir, ya que los dueños no se atrevieron a convivir tan cerca del agua”, explicó la señora. Y es que el caudal del río está a unos cuantos metros de la residencia de doña “Goyita”.
Ubicación
La comunidad donde se encuentra la anciana es conocida como El Conchal; en la zona hay unas cuantas familias, distantes unas de otras porque permanecen separadas por extensos patios.
El caserío forma parte del territorio conocido como la Costa de los Amates.
A lo largo de la costa son 20 aldeas y caseríos los afectados, ya que las aguas contaminadas inundaron cada espacio libre.
EL HERALDO recorrió varias comunidades y, de acuerdo a los testimonios de los afectados, no quedó una tan sola casa que no se viera amenazada con las fuertes corrientes del río.
Los deslizamientos de tierra aún no cesan y las inundaciones apenas han comenzado a ceder del interior de las casas, ya que los solares permanecen con pozas de agua.
Los pobladores aún no salen del asombro debido a que por más de 12 días las aguas del cielo los mantenían al borde de la desesperación colectiva.
La última semana fue la de mayor impacto, pues el suelo ante la saturación del agua comenzó a estancar las corrientes, formándose lagunas que impedían el paso, como ocurrió en la comunidad donde vive “Goyita”.
Incomunicados
La anciana no es la única que permanece a la espera de la llegada de ayuda, en total son 567 familias las que claman con ansias de la colaboración de las autoridades gubernamentales.
Son más de tres mil personas las que han quedado atrapados por el caudal debido a que, a la altura del caserío El Olanchano, las embravecidas aguas arrastraron el puente La Sarcilia, única vía de comunicación a lo largo de la Costa de los Amates.
La infraestructura que facilitaba el tránsito entre la costa y el departamento de Choluteca ha quedado interrumpida, situación que ha causado gran conmoción entre los colonos porque temen que, de presentarse una emergencia por enfermedades, quizás no podrán salir.
“Para nosotros es un tormento pensar que un vecino o familiar caiga enfermo y más aún saber que ni en las pulperías quedan alimentos”, dijo Romulo Gutiérrez, vecino.
El puente había sido construido hace 20 años y, según los colonos, ni el huracán Mitch había provocado un desastre como el ocurrido este año en la zona a consecuencia de las últimas lluvias.
Los vecinos de El Borbollón, Valle Nuevo, El Conchal, Muruaca, La Ceiba, Calicanto, Playitas y Los Huatales permanecen aislados. En la lista también se suman los pobladores de El Ojustal, El Naranjo, Playa Grande, La Sonora, Los Amates y El Olanchano.
Riesgo
La desesperación por la falta de alimentos obliga a muchos jefes de familia a arriesgarse a cruzar las aguas del río Goascorán. Unos cruzan sobre lanchas, el pago por cruzar las revueltas aguas tiene un costo de diez lempiras.
El transporte no es seguro en su totalidad porque en vez de remos o motor utilizan dos lazos, los que han sido maniatados en ambos extremos, por lo que al ajustar el cupo, de cuatro y seis pasajeros como máximo, inicia el improvisado y arriesgado viaje.
Para llegar a la balsa se baja por unas escaleras, formadas con ramas verdes, y aunque el trayecto no es extenso, siempre causa pánico entre los arriesgados ocupantes.
El mayor peligro lo viven quienes se atreven a atravesar el río nadando o con la ayuda de lazos, ya que a cada momento en las laderas de la ribera del río se escuchan los estruendos producto de los deslizamientos de tierra que podrían dejar soterrados a quienes pasan por el lugar.
Claman por ayuda
En uno de los extremos del puente, desde las primeras horas del día se acercan las familias para conocer la situación de las comunidades que quedaron sin salida.
Los gritos y las señas se hacen colectivas, todos quieren saber si llegarán ayudas; lo que añoran son víveres, los alimentos que en la mayoría de las casas se han vuelto insuficientes.
Tirsa Evelia Irías, de 60 años, necesita, además de alimentos, sus medicinas, debido a que cuatro meses atrás sufrió dos infartos.
A partir de ese momento, su vida depende de la ingesta permanente de tres tipos de medicamentos, Megliben, Coreg y Aspirina de niño, pero a causa de las lluvias se le ha hecho imposible adquirir los fármacos.
Según los colonos, es necesario que por parte de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco) exista un supervisor que vigile que las ayudas llegan casa por casa.
Otra de las recomendaciones de los afectados es que con prontitud las autoridades del gobierno central les ayuden en la construcción de otro puente.
“Para nosotros es importante que se restablezca el paso, pues de ello depende nuestra subsistencia”, expresó Jaime Reyes, colono de la Costas de los Amates.
En la zona se perdieron los cultivos de maíz, frijoles y hortalizas. Las pérdidas también incluyen cabezas de ganado, cerdos y gallinas.