Honduras
Viven como los batracios, mitad en la tierra, mitad en el agua. Lo peor de todo: la solidaridad espontánea de los primeros instantes se desvaneció después de tres días y ahora no solo están a la deriva, sino que además sirven de burla y escarnio.
Los vecinos de Jutiapa llevan 24 días conviviendo con el agua y el lodo: cocinando allí, comiendo allí, lavando sus ropas en las aguas del color del chocolate. Ven a sus hijos jugar allí, hambrear allí, sufrir allí.
“Ya estamos cansados de tanta agua y ahora hasta se ríen de nosotros, se burlan y nos dicen mantenidos”, declaró en medio del llanto Xiomara Mendoza, una de las víctimas de las inundaciones.
Lágrimas gruesas, lloradas con rabia, con desaliento, con impotencia, con desesperanza, lágrimas que rodaron para incorporarse al agua que hace casi un mes cerca a las familias.
La mujer, su esposo e hijos son una de seis familias cuyas casa se quedaron “encayadas” en un banco arenoso en medio de la corriente del río Hato, que en los primeros días de octubre saltó furioso la borda de protección de la aldea Jutiapa.
La inundación arruinó los cultivos, arrasó los enseres domésticos, derribó muchas casas y dejó semidestruidas otras tantas.
“Estamos abandonados y no nos dan ayuda porque nunca fuimos a los albergues que estableció el Comité de Emergencia Local (Codel) de Jutiapa y a los protocolos de Copeco; el que no está en albergue no es damnificado”, dijo Xiomara.
Hasta estas seis familias, que viven rodeadas de agua, de fango y de bichos del agua, no ha llegado ninguna ayuda gubernamental.
“Claro que queremos salirse de aquí a un lugar seguro”, dijo Xiomara, mientras cocinaba en un fogón levantado sobre la arena la ración de frijoles para el almuerzo de ayer, la cena de ayer, el desayuno de mañana y sabe Dios hasta cuándo.
“El problema es que no hay casas ni albergues disponibles”, agregó.
Lesbia Rodríguez, otra de los sobrevivientes “anfibios” de Jutiapa, también lloró delante de los periodistas de El Heraldo y dijo que entra y sale a su casa del islote del río Hato por un callejón anegado de agua y lodo que le llegan a la rodilla. Por allí van y vienen sus hijos de la escuela, por allí van a la iglesia, por ese callejón inmundo va y viene la vida.
Triste realidad
Podría ser la vida idílica de las estrellas de Hollywood que se compran una isla en medio del Atlántico azulado. Podría, pero no es.
Porque todas las tardes se salen de allí y buscan un sitio para arrimarse y pasar la noche. Mañana volverán a vivir su vida de lodo y aguas infestas, de burlas y escarnios, esa odiosa existencia de batracios.
Xiomara y Lesbia dijeron que la ayuda ha sido poca: una colchoneta al principio, unos rollos de papel higiénico y un poco de alimento, pero ellas están convencidas de que en Jutiapa la solidaridad se gastó, se oxidó y ahora ellas son una parte del paisaje, un buen motivo para hacer chistes de la desgracia de los demás.
Como ellas, de este lado de la playa de Jutiapa y del otro lado de la anchurosa rivera, decenas viven su drama de lluvia y lodo y se desesperan porque no saben hasta cuándo llevarán esa vida anfibia.
Un poco de alivio
Ayer fue un día de respiro. La lluvia ha cesado un poco y eso dio oportunidad para empezar a reunir los primeros datos dispersos de la destrucción en los municipios del departamento de El Paraíso.
Danlí fue el primero en ser afectado y es uno de los más perjudicados. Las familias damnificadas son unas mil 200, las carreteras están muy destruidas, cedieron puentes y cajas puentes, se perdieron cosechas de granos básicos, el agua se llevó el suelo cultivable.
La aldea de Jutiapa es por ahora la más afectada.
La ayuda llega a cuentagotas, por ahora solo el Comité de Emergencia Municipal y los cuerpos de socorro han apoyado. Ayer llegó un furgón con provisiones que la radio HRN ha colectado en Tegucigalpa. El gobierno central todavía no aparece.