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Tegucigalpa del ayer...

El primer carro llegó a Tegucigalpa el 27 de marzo de 1905. Todos salieron a ver aquel vehículo “endemoniado”. Empezaron a circular hasta después de 1915.
28.09.11 - Actualizado: 29.09.11 09:21am - Redacción: diario@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

“Buenos días le dé Dios”. Imagínese este saludo a la vieja usanza entre un par de parroquianos que rozando el siglo pasado se dirigen a misa de seis de la mañana.

Las mujeres de familias acomodadas con sus apretados corsés, cabellos peinados con bomba y moño y zapatillas estilo Luis XV. Abuelas con fustanes saturados de naftalina, alcanfor y agua de Florida.

Hombres de “bien” a la moda de un agonizante siglo XIX: Levita, pantalón rayado, camisa blanca, cuello almidonado, corbata de plastrón, chaleco de fantasía tocado con flamante leontina de oro “guayape” de la que pende una moneda de $10 o una libra esterlina. Sus pasos marcados con el brillo de sus zapatillas de charol y firmes gracias al bastón de pomo dorado.

Así era antes, y así se fueron trasladando esas costumbres de antaño de padres a hijos y de abuelos a nietos hasta el día de hoy. La Tegucigalpa que los que peinan canas añoran, los mejores tiempos que los románticos suspiran. Cuando Toncontín era el Llano del Potrero y las casas eran de adobe y teja, con uno o dos patios interiores.

EL HERALDO hace una remembranza de ese pasado reciente, que parece tan lejano, pero que todavía resuena en los oídos nostálgicos de los capitalinos dentro y fuera del país.

AQUELLOS AÑOS. En nuestros días, Tegucigalpa y Comayagüela viven sobresaturadas de casas y carros que asfixian ante una naturaleza exigua. Antes, describe una novela del escritor Antonio Rosa, “La Tegucigalpa de mis primeros años”, de principios del siglo XX, era otra cosa.

“En la vieja Tegucigalpa, los solares y los parques sombreábanse bajo frondosos árboles. Las hoy avenidas Cervantes, La Concordia, calle de Guanacaste, y en Comayagüela, la calle Real y la que conduce al cementerio, fueron alamedas con sus grevileas, ciprés-pino, y almendros”.

El Parque Central era embellecido con limonarias, narcisos, amapolas y rosales.

La Leona era un boscaje de pinos y robledales, igual en la colonia Palmira y gran parte del Barrio Abajo. “Los cerros vecinos de verdeante vegetación daban un clima fresco, famoso en Centroamérica” consignaba Rosa en su libro.

“Tegucigalpa era entonces ciudad pequeña, un pueblo si se quiere, pero encantador. Con cinco o seis barrios y unas pocas calles empedradas al estilo de la Colonia”.

En ese tiempo, la alta sociedad era reducida. Los ricos, “hacían paseos campestres ya entrado el invierno, cuando el maíz estaba a punto para el sabrosísimo atole, que servíase en blanquísimos guacales, acompañado de elotes cocidos o asados”.

En las noches de los sábados eran de rigor “la serenata al pie del balcón de las agraciadas muchachas capitalinas, y también cuando cumplían años”.

Las Pascuas de Navidad eran famosas en Centroamérica. En Comayagüela se disfrutaba la feria de Concepción, donde se hacían carreras de cintas, de caballos, palo encebado, triángulo, ola giratoria, carrera de encostalados, chancho encebado, entre otras.

Eran tiempos de “siesta, chocolate hecho con tablillas de cacao y bolitas de maíz, café negrísimo con pan y semitas de yema”. En las iglesias, los bautismos se hacían con velas de cera de Castilla.

Para ir a una fiesta, las mujeres, por la mañana, estaban en jabón y dispuestas a ayunar el día entero para aguantar el corsé de varillas y cordones ajustado al máximo, para lucir una cintura de avispa.

Jamás iban de tacón bajo a una fiesta, ni los caballeros se atrevían a presentarse de camisa manga corta o traje deportivo, o con colores claros.

Para esos eventos especiales, ellos vestían de abrigo, bufanda de seda, guantes, chistera y un nítido frac. Ellas, traje largo escotado, con flores artificiales, zapatillas de raso del mismo color que el vestido, guantes largos o mitones, abanico de plumas a colores o con motivos españoles u orientales, y el peinado francés estilo medieval.

Las más ricas, vestían trajes traídos de París o Guatemala. Las de menos recursos, los elaborados por costureras criollas.

A las 6:00 de la tarde aparecía el farolero con escalera y un ayudante cargaba el embudo y recipiente con gas para encender los candiles.

Las funciones de teatro eran en el mercado de Dolores, adornado con papel picado, farolitos con banderines y el espacio suficiente para que las familias hicieran llegar desde temprano sus propias sillas.

CIVISMO Y DEVOCIÓN. El Parque Central tenía un kiosko, escenario de noches musicales y amores "de ojo", cuando las muchachas daban vueltas en la plaza y los muchachos también, pero en sentido contrario, con la intención de encontrarse con ellas y decirles algunas palabras con el mayor de los respetos.

Eran tiempos aquellos en que los patastes costaban 2 centavos y un ayote 5. Cuando circulaban también el real, las pesetas y los tostones y a los 3 centavos se les llamaba "cuartillos".

En los pocos barrios de aquel entonces, había una llave en cada esquina hasta donde llegaban las mujeres o sus "muchachas"para acarrear el vital líquido.

En la época navideña, hasta la casa más humilde armaba su cuna con el niño Dios y las torrejas eran infaltables, así como la buena voluntad con que la ofrecían a cualquier vecino que llegara al umbral.

Los niños provenientes de familias de escasos recursos vestían camisa y pantalón blancos y calzaban "burros" que costaban cinco pesos en el mercado.

En Semana Santa era pecado cobrar, vender, partir leña, bañarse, escupir, montar a caballo y correr.

Y para el 15 de septiembre los estrenos, que se preparaban desde semanas atrás, eran imprescindibles. Y el espíritu cívico embargaba a cada hondureño. Durante una sesión solemne en la alcaldía, un ciudadano distinguido daba lectura, el día 28, a los pliegos del Acta de Emancipación de España, llegados en 1821.

Esa fecha histórica era todo un evento en esos años, y revestía mucho interés y novedad para los habitantes que entonces no sumaban ni 16,000, entre Tegucigalpa y Comayagüela juntos.

Los niños jugaban canicas y los adultos miraban de vez en cuando películas extranjeras que se exhibían en galerías por 10, 20 y hasta 25 centavos.

A partir de las siete de la noche de los jueves y domingos, el Parque Central se llenaba de parejas, amigos y familiares, reunidos para escuchar a la Banda de los Supremos poderes. Había un kiosco donde la histórica banda interpretaba las melodías de la época. Otros grupos que hacían función eran una orquesta –toda a cuerda- de Rafael Coello Ramos y Lohengrín de Leónidas Rodríguez. Los valses vieneses eran muy conocidos, así como la música del austriaco Strauss.

ANÉCDOTA. El 17 de marzo de 1900 un voraz incendio consumió parte del centro de Tegucigalpa, allí por donde ahora es el hotel Prado, donde se conoce como La casa quemada.

Cuando le avisaron a un tal Sr. Ugarte que su negocio había sido arrasado por las llamas respondió con una dulce sonrisa: "Imposible, imposible, porque aquí ando las llaves en el bolsillo…".

LEYENDA. “Se llamaba Taguzgalpa, prendida en las faldas de un cerro opulento y misterioso con entrañas de plata, donde la tradición asegura vivía una leona de gigantescas proporciones, pactada con el mismísimo demonio”. Fragmento de “La Tegucigalpa de mis primeros años”.

DATOS DEL AYER

-Antes, a San Lorenzo se iba en la diligencia del gobierno, y a otras ciudades y pueblos a lomo de mula.

-El primer carro llegó a Tegucigalpa el 27 de marzo de 1905. Todos salieron a ver aquel vehículo “endemoniado”. Empezaron a circular hasta después de 1915.

-Circulaban pesos mejicanos, chilenos, peruanos, “pesetas” guatemaltecas, de a 25 centavos y los dieces de Nicaragua, moneditas de a 5 de plata y centavos acuñados en Honduras.

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“Tegucigalpa era entonces ciudad pequeña, un pueblo si se quiere, pero encantador. Con cinco o seis barrios y unas pocas calles empedradas al estilo de la Colonia”.
“Tegucigalpa era entonces ciudad pequeña, un pueblo si se quiere, pero encantador. Con cinco o seis barrios y unas pocas calles empedradas al estilo de la Colonia”.

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