Estados Unidos
Poco importa que nada de esto termine bien, que él acabe flotando boca abajo en la piscina mientras el narrador, Nick Carrawy, regresa al Medio Oeste. Aquí vemos, in extremis, el ansia del estadounidense de reinventarse a sí mismo.
El desarraigo se vuelve más complicado cuando se desempaca la historia de los afroamericanos en este país. Los negros experimentaron dos migraciones fundamentales: encadenados hacia el Nuevo Mundo y, años después, impulsados por la dureza racista y económica del sur posterior a la reconstrucción, en vagones de tren que se dirigían hacia el norte, hacia el gran círculo de ciudades industriales. El Bound No’th Blues, del escritor Langston Hughes, lo denomina.
(La narrativa de la familia de Obama se caracteriza porque no le debe nada a la migración. Su padre keniano regresó al África. No es rara la inmigración inversa; quizá la mitad de los italianos que desembarcaron en la isla Ellis regresaron a Europa.)
Las migraciones nunca cesan. Aun en la actualidad, dos de cada diez familias del país se mudan de cada quince meses a dos años: un desarraigo único en el pueblo de una nación desarrollada.
"El desarraigo es, como siempre lo ha sido, parte inherente del ser estadounidense", señaló Arnold Rampersand, profesor de la Universidad de Stanford y biógrafo de Ralph Ellison y Hughes.
"Es el otro lado de lo que quizá sea el aspecto más definitorio del ser estadounidense: la capacidad de los ciudadanos de reinventarse a sí mismos."