Estados Unidos
La disputa en torno a una base aérea en un país del Asia Central y que muy pocos estadounidenses podrían situar en un mapa es la primera salva en una especie de nueva guerra fría con Rusia.
El precio no es la destreza militar o la supremacía global de las ideas, sino la protección de los recursos naturales y la seguridad.
Cada una de las superpotencias nucleares del siglo XXI quiere tener parte en las decisiones que se ha reservado la otra, y con un nuevo gobierno en la Casa Blanca dispuesto a un posible compromiso con Rusia en el emplazamiento de un escudo antibalístico detestado por Rusia.
“Creo que el motivo principal es reafirmar la influencia rusa y lograr que Estados Unidos desista de tener presencia física de las antiguas repúblicas soviéticas”, dijo el almirante retirado William J. Fallon, que supervisó las guerras de Afganistán e Irak.
En la última semana, los funcionarios rusos formularon nuevas advertencias contra el emplazamiento de cohetes estadounidenses de mediano alcance y prometió miles de millones de dólares a Kirguistán para convencer a su presidente de que desaloje a los militares norteamericanos de su principal base aérea.
A Rusia le ha irritado desde hace tiempo la presencia militar estadounidense en lo que considera su esfera de influencia en Europa Oriental y Asia Central, especialmente Kirguistán, cercana a Irán, Afganistán y Pakistán.
Para Rusia, la clave consiste en protegerse de sus vecinos.
Por su parte, Washington sostiene que lo fundamental es lograr que el terrorismo y el fundamentalismo islamista no sean exportados de esa región y amenacen su territorio o el de sus aliados.