Afganistán
A juzgar por las apariencias, la ceremonia que se llevó a cabo en el interior del palacio presidencial fue para celebrar una ocasión gozosa e incluso triunfal.
El presidente Hamid Karzai, flanqueado por el senador estadounidense John Kerry, y numerosos embajadores occidentales, acababa de anunciar que aceptaba los resultados electorales revisados que indicaban que, después de todo, no habÃa ganado las elecciones. La aceptación del presidente significaba que las elecciones en Afganistán se irÃan a una segunda ronda, en la que es posible que pierda Karzai.
"El presidente Karzai ha demostrado un gran don de liderazgo con sus acciones del dÃa de hoy", declaró Kerry ante la prensa afgana y occidental convocada para atestiguar el anuncio. "El dÃa de hoy se ha mostrado como un estadista."
Pocos minutos después, Karzai, Kerry y los diplomáticos abandonaron el podio y en todo el paÃs, los trabajadores electorales empezaron a preparar los fajos de nuevas boletas.
Evitan catástrofe
En Afganistán, las victorias se toman donde se pueda, aun cuando, como fue el caso en Kabul la semana pasada, esa victoria signifique poco más que una catástrofe evitada.
Después de todo, lo único que hizo Karzai fue actuar conforme a las leyes de su propio paÃs. Un panel respaldado por la ONU habÃa anulado casi un millón de boletas marcadas en favor de Karzai -la tercera parte de su total- en las elecciones del 20 de agosto, que se caracterizaron por un grado insólito de fraude y robo de votos.
Karzai se habÃa opuesto vigorosamente a la decisión del panel y consideraba seriamente pasarlo por alto y autoproclamarse ganador. Fueron los incansables esfuerzos de Kerry y las incesantes presiones de dirigentes estadounidenses y europeos lo que evitó el desastre polÃtico.
Y eso, a fin de cuentas, fue el mensaje detrás de la ceremonia en la que Karzai anunció su aceptación la semana pasada: sÃ, el presidente aceptó acatar la ley -quizá lo haya hecho para actuar de manera democrática- pero solo porque representantes de Estados Unidos, de Naciones Unidas y de los grandes paÃses de Europa lo empujaron a la tarima para que lo hiciera.
Ocho años después de que la coalición encabezada por Estados Unidos expulsara a los talibanes de Kabul, la democracia en Afganistán sigue siendo algo muy frágil. Tan frágil, en efecto, que el punto muerto al que se llegó la semana pasada planteó preguntas fundamentales acerca de la prudencia y de la dirección del proyecto de los estadounidenses para el paÃs.
El estancamiento polÃtico --precipitado primero por el fraude y después por la negativa de Karzai a reconocerlo- se desarrolló precisamente mientras el presidente Barack Obama estaba debatiendo si conceder la solicitud del comandante en jefe de las fuerzas en Afganistán, el general Stanley McChrystal, quien desea despachar hasta 40,000 soldados adicionales. Estos soldados e infantes de marina se sumarÃan a los 65,000 estadounidenses y a los más o menos 35,000 europeos que ya están ahÃ.
En el reporte presentado al presidente, McChrystal advierte que el proyecto de los occidentales para Afganistán podrÃa venirse abajo si no se inyectan más hombres y pertrechos. Pero serÃa razonable esperar que la asombrosa magnitud del fraude cometido en favor de Karzai, aunada a su casi negativa a aceptar los resultados de la elección, hicieran que los estadounidenses se preguntaran para quién irÃan a luchar esos soldados adicionales.
El gobierno de Karzai ya está considerado uno de los más corruptos del mundo.
El gobierno de Barack Obama parece estar ponderando estas cuestiones precisamente.