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El costo de los sacrificios a la diosa seguridad

Todo el mundo sabe que volar puede ser peligroso, así como todo el mundo sabe que puede ser peligroso escalar el monte Everest.
09.01.10 - Actualizado: 09.01.10 07:35pm - Por Liesl Schillinger: redaccion@elheraldo.hn

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Nueva York,

Estados Unidos

Todo el mundo sabe que volar puede ser peligroso, así como todo el mundo sabe que puede ser peligroso escalar el monte Everest.

Todo lo que sube tiene que bajar; si nos colocamos a gran altura, nos colocamos también en peligro de caer, aunque la probabilidad de morir en un accidente de avión es de una en diez millones, mientras que por cada diez montañistas que escalan el Everest, uno muere: un margen mucho menos cómodo.

Una de las razones de que haya bares en los aeropuertos y de que los asistentes del vuelo agasajen a los pasajeros con cerveza, vino y cocteles, es que los altos jefes de la industria de la aviación están conscientes de que uno o dos tragos pueden calmarles los nervios a los pasajeros asustadizos y que, en efecto, muchos de sus clientes le tienen miedo a volar en cierta medida.

Si usted duda de la verdad de esto, échele un vistazo a sus compañeros de vuelo la próxima vez que el avión esté pasando por los baches de las bolsas de aire, antes de enderezarse usted mismo. Verá que sus compañeros de vuelo (por lo menos algunos) están rezando, con la esperanza de que la intervención divina mantenga en el aire al vehículo mágico.

Regina Spektor puso esta idea en su disco “Far”, lanzado en junio pasado, en la canción “Laughing With”, que dice: “Nadie se ríe de Dios cuando su avión empieza a sacudirse descontroladamente”.

Atentados actuales

Estamos en el siglo XXI pero eso no impide que volar, en cierto nivel, siga siendo un acto de fe. Casi todos los vuelos que por millones se realizan cada año se efectúan sin incidentes.

Cualquier número de accidentes puede poner en peligro a un vuelo (aunque rara vez suceda): desde una falla del motor hasta la súbita aparición de una parvada de gansos, de tormentas eléctricas, de hielo o de bolsas de aire.

Pero en el último decenio, desde los atentados de 2001, los principales ataques contra la confianza en los vuelos han venido no de accidentes sino de actos intencionales para sabotearlos por parte de un puñado de malhechores homicidas.

Estadísticamente, rara vez se realizan estos actos criminales. Pero los efectos en el pánico popular y la noción de que cualquier pasajero, en cualquier avión, puede resultar una bomba de tiempo han sacudido a la industria de las aerolíneas y comprometido la libertad de viajar que tanto disfrutaban los ciudadanos del mundo.

Comprendemos mejor a otros países y personas cuando los observamos; para observarlos, debemos viajar; para viajar, por concisión de tiempo, debemos volar.

Hace dos semanas, un hombre con un motivo de queja y ropa interior explosiva abordó un avión rumbo a Detroit. Desde entonces, la atención y los planes de viaje del país estaban cautivos, mientras trata de reponerse la aporreada industria estadounidense de la aviación.

Y esto, después de varios meses en los que las acciones de las aerolíneas finalmente estaban saliendo del hoyo, despertando la posibilidad de que aumente el número de pasajeros en 2010.

El riesgo de perturbación terrorista de un vuelo es infinitesimal, pero la percepción general de ese riesgo se exagera y es muy emocional, lo cual es muy comprensible.

Los terroristas, como el coco, son aterrorizantes aunque no existan; y cuando aparecen a plena luz del día, los ciudadanos que se enteran que su gobierno no pudo protegerlos de la amenaza se sienten vulnerables e indignados.

A raíz del fallido intento de sabotaje de Umar Farouk Abdulmutallab, funcionarios del gobierno y de la industria de aviación están luchando por tranquilizar a la ciudadanía: investigan la falta de información compartida, proponen la instalación rápida de escáneres de resonancia magnética de cuerpo completo (medida costosa y controvertida) y están añadiendo las frazadas y las visitas a los baños a la lista de los privilegios que los pasajeros ya no pueden disfrutar en esta era de grandes ansiedades.

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