HaitÃ
Ya casi no se oyen gritos desde los escombros, lo que emana es fetidez. La cantidad de muertos por el terremoto que sacudió Haità sigue siendo desconocida en su totalidad, pero el olor a descomposición dice que puede ser descomunal.
La primera cifra que se estimo fue de 50 mil fallecidos, luego el gobierno haitiano calculó que el número podrÃa llegar a 100 mil y en las últimas horas las informaciones de los medios de comunicación hablan de hasta 200 mil.
Pasar por las calles haitianas es dramático: he visto en el recorrido por las zonas devastadas que la tragedia le parece a uno un preludio del fin del mundo. O quizá más.
Edificios completos sucumbieron, restaurantes, bancos, casas, hospitales y escuelas quedaron reducidos a escombros. La gente comenta siempre que en cada inmueble habÃa gente.
Es paradójico y me confundo. Aquà he visto también cómo un golpe de la naturaleza puede sensibilizar hasta al más frÃo, despertarle solidaridad, pero también cómo tanta muerte puede hacer que nadie se inmute al ver un solo cadáver. Han observado tantos que uno más sobre la calle no los mueve y pasan solo tapándose la nariz.
Siete dÃas después de la catástrofe, frente al aeropuerto de Puerto PrÃncipe miré el primer muerto, el segundo lo vi en la mediana de la concurrida avenida Deyho Aeropo, el tercero estaba donde funcionaba una universidad; y cada vez que preguntaba dónde habÃa uno siempre habÃa respuesta: "ahÃ, ahÃ, ahà hay muertos; aquà está lleno", dicen los haitianos en creole, el idioma de ellos, una combinación del francés y su dialecto.
Los muertos ya no se apilan para quemarlos o enterrarlos, pero entre esquina y esquina o sobre un barranco hay un cadáver putrefacto.
Hace tres años visité Haità para reportar las condiciones que le esperaban a una tropa militar que colaborarÃa con la misión de la ONU que restablece la paz en este paÃs y jamás vi tanta pobreza y desesperanza. Creà que no habÃa más que observar.
Estaba equivocado. La destrucción y muerte me enseñaron que siempre hay una catástrofe mayor que la que los ojos ya nos han mostrado.
HaitÃ, principalmente su capital, Puerto PrÃncipe, parece zona de guerra; los que quedaron sin casa viven en remedos de albergues, en champas improvisadas que formaron con plástico y ramas.
Recelosa, una haitiana reprocha cuando me acerco a ver en su choza. Me hace señas para que me retire y cedo ante los ademanes que hace.
La gente se baña en la calle, cualquier chorro de agua que sale de un edificio destruido es un manantial sagrado para los haitianos.
En otros sitios, carros cisternas son invadidos por gente que recoge algo de agua.
Me acerco a un haitiano para ver su semblante, pero parece que estoy frente a un zombi, algunos hablan solos y la mirada la tienen desorbitada.
Entre la pestilencia y las toneladas de escombros surgen gritos de esperanza. Literalmente, vida entre la muerte.
Mensaje de vida
Veo en las afueras de la región de Petion Ville, donde viven acomodados haitianos, un afanado grupo de rescatistas queriendo escuchar entre los restos de un banco si hay alguien que grita. Un moderno sensor de sonido es introducido en los escombros para saber si alguien grita por auxilio.
Un bombero de apellido Chávez, de la brigada de República Dominicana, me explica que una haitiana mando un mensaje de texto por su teléfono celular a una amiga para reportarle que ella y cinco personas más están vivas.
Siguen buscando signos de vida, el sol atenúa, la noche cae y los bomberos siguieron en la operación de búsqueda.
A pocos kilómetros de ahÃ, otros bomberos usan sus herramientas para abrirse paso entre los resto de una universidad desde donde escuchan lo que parecen gritos de auxilio.
En la pendiente que formaron los restos huelo a descomposición, busco alrededor y no veo nada. Miro a tres metros de mi y veo el cuerpo hinchado de un haitiano con los brazos abiertos, como pidiendo clemencia.
Las retroexcavadoras y sus poderosos brazos hidráulicos están en varios lados removiendo escombros ante la mirada atenta de los haitianos, como esperando ver vida entre el cemento.
Las calles de Puerto PrÃncipe están atestadas de personas, las caravanas son de todo el dÃa y el tráfico es infernal.
Mientras unos desfilan por las avenidas, otros se agolpan en las puertas de varias empresas cerca del aeropuerto.
Al taxista que nos transporta le pregunto si buscan comida, pero me aclara que lo que tratan es de que les den oportunidad de trabajar y paliar la penuria que les aumentó con el terremoto.
La vida se ha vuelto más cara en HaitÃ; los extranjeros sufren para movilizarse porque el precio más bajo que se paga por carrera es de 40 dólares.
Me rehúso a pagar esa cantidad y el taxista me replica en español no muy claro que "más bien le cobro lo más barato, no mira que no hay gasolina".
En los árboles observo que una capa blanca cubre sus hojas. Sacudo una rama y una nube de polvo se forma sobre mÃ. Este es el polvo que se elevó y luego bajó cuando las casas se pulverizaban hace ya ocho dÃas.
Pero la estela de destrucción que se posa sobre Haità es de dimensión armagedónica. Es como si el nombre de Haità tuviera un capÃtulo especial en el libro de Apocalipsis.