Haití
Apenas había logrado conciliar el sueño, algo difícil en la convulsionada Haití. Y es que no resulta nada fácil pretender dormir cuando hemos visto decenas de muertos en las calles y los olores putrefactos nos han robado hasta las ganas de comer.
Cuando fuimos a acostarnos, la noche del martes, la intuición nos decía que debíamos dormir con la ropa y, por qué no, con las botas puestas, como dice el adagio popular.
Yo vestía pantalón cargo y camiseta café. Mi compañero Antonio Mendoza tenía un jean azul y una camisa ocre.
Decidí dormir sobre cojines en la sala de la habitación "D" del Habitación Hatt, donde nos hospedamos junto a otros miembros de la prensa internacional.
Mendoza se acomodó en un sofá cama que sintió delicioso después de días de desvelo. Sus potentes ronquidos eran el mejor testimonio de que el sueño lo había dominado.
Por ratos yo soñaba con mi hijo. Mendoza seguramente con su mujer.
Pero los sueños fueron interrumpidos pasadas las 5:00 de la mañana. Primero sonó como un motor, después se escuchó el murmullo de la gente y, en segundos, Haití comienza a gritar. La pesadilla no ha terminado.
La tierra volvió a rugir y las paredes colapsadas, entre lo poco que ha quedado en pie, se vuelven a estremecer.
Ni quiera Dios. Con la agilidad de un jovencito de 15 años me levanté, corrí hacia la puerta, que estaba con llave. Mala decisión la que tomamos anoche.
Como pude abrí, vi la enorme acera fuera del hotel, los árboles y un muro perimetral de casi dos metros que ni por un instante dudé en saltar.
Obviamente, las condiciones físicas no me ayudaron, por lo que resbalé. Hice un segundo intento, esta vez con más deseos de salvar mi vida, y logré subir.
Por qué subí al muro no lo se. Pero desde ahí pude divisar los tres pisos del inseguro hotel que bien pudieron caernos encima.
Me di cuenta de que salí descalzo; Mendoza corría desesperado intentando ponerse sus burros, quizás pensando que sería lo único que se llevaría si de regresar a Honduras se tratara.
Del equipo fotográfico y nuestras computadoras ni nos acordamos. En ese momento uno solo piensa en correr, un segundo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Ahí, subido en ese muro perimetral agrietado por el pasado terremoto me di cuenta del amor de Dios y del devastador poder de la naturaleza.
Mis colegas americanos tampoco dudaron en salir, incluyendo a una reportera de ABC que dormía con un diminuto hilo dental y sostén.