Estados Unidos
Cuando Thomas Jefferson se encontró acusado de quemar todas las biblias y legalizar la prostitución, de ser electo presidente en 1800, ya estaba listo con un contragolpe que dejaría fríos a los actuales operativos de campaña más vitriólicos, aunque fuera solo por ver la magnitud de lo que alguna vez fueron las calumnias de campaña.
El rival de Jefferson, el presidente John Adams, estaba dotado de “una mostruosa naturaleza hermafrodita, que no tenía ni la fuerza de un hombre, ni la delicadeza y sensibilidad de una mujer”; además, en caso de ser reelecto, se coronaría rey y, ah, por cierto, estaba “mentalmente trastornado”.
El autor de los ataques no fue el propio Jefferson, claro, sino un maestro del libelo envenenado llamado James Callender al que, según han determinado los historiadores, Jefferson financiaba por completo.
(Por sus esfuerzos, Callender pasó nueve meses en prisión conforme a la ley de sedición, por haber dicho tales cosas de un presidente en funciones; Jefferson lo perdonó inmediatamente después de haber derrotado a Adams y haber asumido el cargo.)
No será histórica
Así que no es probable que las entradas de este año en los anales de la difamación en campañas presidenciales vayan a llegar a profundidas en las que jamás se habían hundido: el más reciente ejemplo, según algunos, sería el libro Obama Nation, en el que se sugiere que el senador Barack Obama, el candidato demócrata, es un drogadicto, musulmán e izquierdista radical.
Si quieren fuerza calumniosa, cruda y aplastante, ahí está el anunció “Daisy”, de 1964, elaborado por la campaña del presidente Lyndon B. Johnson, en el que se sugiere que la elección del candidato republicano, Barry Goldwater, significaría el fin de la vida en la Tierra. Ese jamás ha sido superado.
Y la “encuesta” telefónica de once horas entre los votantes en las primarias republicanas en Carolina del Sur, en 2000, en la que se preguntaba: “¿Sería más o menos probable que usted votara por John McCain si supiera que es padre de un niño negro ilegítimo?”, probablemente conserve su lugar en el monte Rushmore de la difamación por un buen tiempo más.
Pero aunque falten personajes hermafroditas y locos nucleares, los historiadores y otros analistas afirman que la campaña presidencial de 2008 ha alcanzado un nivel de difamación y contradifamación sin precedentes.
Fascinación
“La mercadotecnia viral que estamos observando simplemente es fascinante”, señaló Sid Bedingfeld, profesor visitante de periódico en la Universidad de Carolina del Sur y que fuera jefe de información nacional de CNN.
“La velocidad a la que la campaña de Obama puede responder a las acusaciones es bastante impresionante, por ejemplo.”
Por mucho tiempo hubo un debate en el mundo de los profesionales de la política respecto a cuándo y en qué medida responder a las pedradas del otro bando.
Pero la noción misma de mercadotecnia viral, término que se refiere a la multiplicación exponencial de mensajes de campaña enviados por correo electrónico a una red de personas, que a su vez los envían a otras redes, responde a lo que ha surgido de ese debate: no hay que esperar. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa.
“La lección de los últimos veinte años es responder de inmediato y agresivamente, y a lo largo de un frente amplio”, asegura Bedingfield.
Según testimonios de profesionales de las campañas, estas funcionan actualmente como naves espaciales en órbita -moviéndose las 24 horas del día, los 7 días de la semana- y son igualmente susceptibles a un desastre súbito.