China
Cuando regresé a casa, las banderas estaban por todas partes. Yo había estado reportando en el desierto occidental poco antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos y, en las 48 horas que estuve fuera, mi callejón gris de Pekín había sido salpicado con el brillante color rojo de las banderas chinas.
El comité del barrio había decretado que, conforme al espíritu olímpico, toda casa debía colgar una bandera. Incluso instaló para el asta un pequeño pedestal de metal en la pared, al lado de cada puerta.
Había banderas grandes, banderas descoloridas y banderas que ondeaban con la más ligera brisa del viento. Pero mi entrada estaba notoriamente desnuda.
Me había venido a vivir a esta casa de patio, en uno de los callejones antiguos de la ciudad, llamados hutongs, menos de dos semanas antes. Y ahí estaba yo, un extranjero acaudalado para las normas de los chinos, que vivía en uno de los barrios más pobres de Pekín.
¿Me considerarían distante mis vecinos si yo no colgaba una bandera? ¿No había decidido vivir en un hutong precisamente para compartir la vida de la gente común?
Yo era un hombre sin bandera y la víspera de la inauguración de los Juegos decidí conseguirme una.
"Cómo, ¿usted no tiene bandera?", me preguntó el señor Zhao, un anciano sentado a la puerta de al lado, con el brazal rojo de los centinelas de barrio voluntarios reclutados para las Olimpiadas. "Es fácil. Baje por la calle hasta el mercado popular. No le costará más de 5 kuail."
Eso es más o menos 75 centavos de dólar. ¿A eso se había reducido el amor por el país en China?
Claro que no. En los tres meses que he estado trabajando en este país, he llegado a tener una mejor idea de lo complicado que resulta el patriotismo chino.
Este se ha manifestado a lo largo de todo el año: en la reacción contra los medios informativos occidentales por su cobertura del conflicto tibetano, en las reyertas entre manifestantes en favor y en contra de China al paso de la antorcha olímpica por varias ciudades del extranjero, en la marejada de voluntarios a raíz del terremoto de mayo y en las prisas por poner a Pekín presentable para el mundo antes de los juegos olímpicos.
Cuando se habla del amor por China, estos días no hay nada más representativo que los sentimientos de los chinos hacia las Olimpiadas.
Me di cuenta de esto cuando recientemente entrevisté a un grupo de padres enlutados en la zona del terremoto. Están furiosos con el gobierno local de la provincia de Sichuan por no investigar la razón de que se hayan derrumbado tantas escuelas. Pero aseguraron que no irían a protestar a Pekín hasta después de los Juegos.
"No queremos darle problemas al país", señaló Gan Tingfu, cuya hija de 16 años murió junto con cientos de sus compañeros en el derrumbe de una escuela de educación media en Juyuan.
Sin fronteras
El patriotismo no termina en las fronteras de China. Esta primavera, cuando en Occidente se criticó la ruda reacción de Pekín ante los disturbios en el Tíbet, algunos de los chinos que se apresuraron a salir en defensa del país eran estudiantes en el extranjero, que habían estado totalmente expuestos a la cultura y el pensamiento occidentales.
Pero para muchos chinos, especialmente en el extranjero, amar al país no significa necesariamente amar al partido comunista; más bien puede significar admiración y lealtad hacia la cultura china ("cinco mil años de cultura", como dicen la mayoría de los chinos) y el deseo de que Occidente respete a los chinos.
La Olimpiada les ha dado a los chinos en el extranjero un histórico punto de encuentro. A principios de los años setenta, cuando estaba en su apogeo la terrible revolución cultural, mis padres vieron muy poca esperanza política y económica en esa parte del mundo y abandonaron Hong Kong para irse a Washington.
En los años noventa, yo percibí que su actitud hacia China estaba cambiando conforme mejoraba la economía del país. Un momento clave para ellos fue el 1 de julio de 1997, cuando Inglaterra le regresó Hong Kong a China. La devolución de la isla a la madre patria les pareció lo correcto a mis padres.
Ahora viene la gran gala de este mes, con un anfitrión dispuesto a reasegurar su posición como el Imperio del Centro.
Mis papás vieron la ceremonia de inauguración por televisión. Aunque mi mamá pensó que la producción fue demasiado elaborada, quedó impresionada por lo que esta reveló de la nueva China.