Estados Unidos
Desde hace 75 años, el producto interno bruto ha sido el medio principal para medir la vitalidad de la economía estadounidense.
Es una celebridad de las estadísticas, una calculadora gigante que va pavoneándose por ahí, sumando hasta la última actividad pagada que se realiza en los 50 estados.
La suma anual, la famosa economía de los 14 billones de dólares, señala a Estados Unidos como la nación más próspera del mundo, medida en efectivo.
Sin embargo, a falta de otra estadística de pedigrí equivalente, por lo general se le pide al PIB que haga más de lo que se supone que puede hacer. Mide la riqueza bastante bien pero como indicador de reemplazo del bienestar general del país, este súper número es menos que perfecto.
O, como dijera Robert F. Kennedy hace 40 años, el PIB “mide todo, en pocas palabras, menos aquello que hace que valga la pena vivir la vida”.
¿De qué otro modo puede explicarse que, precisamente cuando tantos estadounidenses no se sienten muy bien con sus circunstancias, el producto interno bruto se esté elevando? Apenas la semana pasada, los mercados repuntaron cuando el gobierno anunció que el PIB había crecido a una tasa anualizada de 3.3% de abril a junio.
Pero con tanto revuelo en la economía, el producto casi con toda certeza se estaría encogiendo si no estuviera restringido a las transacciones en efectivo.
Deficiencias
Kennedy fue particularmente elocuente sobre las deficiencias del PIB y no ha sido el único con esa preocupación. Ya desde hace años, analistas del gobierno han estado viendo formas de mejorar la estadística.
En lugar de captar un solo dato de entrada, ¿por qué no tratar de captar otras cosas como logros educativos, crianza de niños o expectativa de vida? Media docena de grupos de investigación ya están abordando esta cuestión.
En las épocas buenas, ninguno de esos esfuerzos recibe mucha atención, pero en tiempos como estos, cuando el bienestar y el indicador económico están tan desfasados, se habla mucho de repararlo.
“En Estados Unidos quizá estemos en las primeras etapas de reconocer que el producto interno bruto es equívoco y que debe hacerse algo para tener medidas del bienestar”, afirmó Amartya Sen, premio Nobel de economía en Harvard.
Sen y Jospeh Stiglitz, también premio Nobel de la Universidad Columbia, son copresidentes de una comisión recientemente nombrada por el presidente francés, Nicolás Sarkozy, para que elabore una mejor medida para Francia.
Si bien, la meta de Sarkozy es mostrar una “calidad de vida” enfrentada a un débil PIB, este publicitado esfuerzo podría rendir dividendos, tanto ahí como en el extranjero.