Afganistán
Hace una generación, cuando los soviéticos estaban en Afganistán, ellos perdieron rápidamente la batalla por el corazón y la mente por mostrar escaso interés en los derechos humanos. Los cálculos llegan hasta el millón y medio de muertos y 10,000 aldeas destruidas.
Ahora, los estadounidenses trabajan a la sombra de esa historia y eso ayuda a entender porqué están sonando las alarmas en el cuartel de la OTAN, a causa de los últimos relatos sobre los ataques aéreos que han salido mal, causando docenas de bajas civiles.
Cuando suceden tales cosas, dentro de una población afgana profundamente traumada por los años soviéticos, hay un rápido recurso a las comparaciones del ocupante anterior con el actual, aun cuando la escala de las bajas causadas por las fuerzas occidentales -incluso considerando las peores cifras recopiladas por los grupos de derechos humanos- sea de apenas una fracción de los excesos cometidos por los rusos.
Para el general David D. McKiernan, estadounidense al mando de 65,000 soldados procedentes de 39 países en Afganistán, la preocupación por las bajas civiles, especialmente a causa de las bombas y los misiles lanzados por aviones, se ha vuelto el tema del momento.
Oficiales de alta graduación consideran ahora que solo si se resuelve satisfactoriamente podrán ganarse el corazón y la mente de los 30 millones de afganos, muchos de los cuales están cada vez más escépticos por la presencia militar occidental e irritados por las bajas civiles.
El comando de la OTAN se ha concentrado en el tema desde un ataque en Afganistán occidental el 22 de agosto, cuando una nave de combate AC-130 lanzó un ataque contra lo que los servicios secretos estadounidenses habían identificado como reunión de unos 30 talibanes, con un comandante “de gran valor”.
El mortal fuego de los cañones del avión devastó varios edificios de adobe en el poblado de Azizabad, causando más muertes entre los civiles que entre los talibanes.
De acuerdo con funcionarios y habitantes afganos, algo similar se vio recientemente en el distrito de Nadali, en la provincia de Helmand, donde un ataque aéreo de la coalición alcanzó tres casas donde se albergaban familias que habían huido de un ataque talibán.
De acuerdo con el relato de los afganos, el ataque mató entre 25 y 30 civiles, mujeres y niños en su mayoría. El comando de la OTAN reconoció que se había realizado el ataque y anunció que habría una investigación, pero no pudo confirmar que hubiera habido bajas civiles.
Mal momento
El momento del ataque aéreo y de las acusaciones consecuentes difícilmente pudo haber sido peor para el comando de la OTAN. Al mismo tiempo que estaba ocurriendo el incidente de Nadali, en Kabul altos funcionarios estadounidenses y británicos estaban informando a representantes de las organizaciones asistenciales occidentales y a la prensa sobre un sistema para reducir las bajas civiles.
“Nuestras fuerzas militares están aquí para proteger a la población civil, no para dañarla”, declaró el teniente general Jonathon Riley, asistente británico de McKiernan, mientras junto con otros oficiales delineaba las órdenes estrictas de aplicar “la proporcionalidad, la moderación necesaria y la máxima discriminación” en el uso de las armas, particularmente en ataques aéreos.
La directiva establece también el registro preciso -y la admisión oportuna- de los civiles muertos.
“Queremos hacer una regla absoluta el hecho de reconocer nuestros errores cuando los cometamos”, dijo el coronel Gordon Davis, oficial estadounidense que dirige un grupo de asesoría estratégica para McKiernan. “Sin importar el número de muertes, nosotros saldremos y asumiremos la responsabilidad.”
Civil monitoreará muertes
kabul. El coronel británico Mike Newman estableció el requerimiento de que los comandantes del campo de batalla reporten por radio las bajas civiles en cuando haya terminado un encuentro y que presenten por escrito un recuento detallado cuatro horas después de regresar a la base o, a más tardar, 24 horas después.
Habrá una nueva unidad dirigida por un civil para monitorear los reportes, así como las “acusaciones creíbles” de muertes civiles presentadas por afganos ordinarios, agencias asistenciales e informes de prensa.
Cuando se consideren responsables a las fuerzas de la coalición, el comando reconocerá esa responsabilidad y a los parientes se les ofrecerá un “pago por condolencias”, aportado por el país cuyas tropas hubieran estado involucradas. En el caso de Gran Bretaña y Estados Unidos, la norma es un pago de 2,500 dólares por cada muerte, o más, a juicio de los comandantes.
Un tema que dominó la reunión informativa de Kabul fue que el comando de la OTAN -en particular McKiernan, que asumió el mando aquí en junio- ha llegado a la conclusión de que el manejo anterior del problema tenía graves fallas.
Para McKiernan, esta toma de conciencia parece haber ocurrido con el ataque de Azizabad. En un principio, él insistió en que solo habían muerto de cinco a siete civiles y descartó los reportes de los habitantes, de los grupos asistenciales occidentales y de la prensa, que hablaban de hasta 90 muertos.
Pero 16 días después del ataque, en medio de la tormenta de furia que se levantó entre los afganos, McKiernan ordenó otra investigación, dirigida por un general del Pentágono.