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Confianza es el nombre del juego

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11.04.09 - Actualizado: 11.04.09 04:36pm - Por Peter Baker: diario@elheraldo.hn

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Washington,

Estados Unidos

Al cobrar la cabeza de uno de los más célebres fabricantes de autos de Estados Unidos la semana pasada, el presidente Barack Obama declaró que conservaba “la confianza de que GM se volverá a levantar”.

Después voló a Londres para reunirse con los demás dirigentes mundiales y tratar de poner de pie la economía global, comprometiéndose una vez más a restablecer “la confianza en los mercados financieros”.

Cuando llegó a Francia, Obama declaró ante una reunión municipal que “tenía confianza en que podremos superar cualquier reto, en tanto estemos juntos”.

En buena medida, él repitió esa frase dos veces más en sus observaciones iniciales. Y en caso de que la gente en casa se la hubiera perdido, Obama grabó un mensaje que se trasmitió el sábado, en el que aseguró que tenía “confianza en que superaremos este reto”.

Confianza es el nombre del juego para un presidente nuevo que está tratando de calibrar su mensaje para que esté a la altura del momento, buscando la forma de inspirar a un país temeroso de la recesión y de trasmitir la esperanza de que habrá mejores tiempos en el porvenir. Es difícil lograr ese equilibrio.

Si se ve demasiado sombrío podría deprimir aun más a un país desesperado por encontrar cualquier señal de avance.

Si suena demasiado optimista se arriesga a parecer que está tratando de encubrir algo, de parecer una especie diferente de hombre seguro.

“No conviene pasar por alto la miseria y dar la impresión de que no estamos en contacto con los problemas a los que nos enfrentamos”, afirmó Rahm Emanuel, secretario de la Casa Blanca.

“Por otro lado, hay que inspirar la sensación de que hay luz en el horizonte hacia el que estamos apuntando y que esa luz es visible”.

Obama se encuentra como líder de una nación con una confianza agotada en todo tipo de instituciones de la vida estadounidense, desde los bancos y la industria automovilística hasta el gobierno y los medios informativos.

El mismo lugar de Estados Unidos en el mundo parece estar en duda, ahora que China y Rusia presionan para que se cree una nueva divisa internacional que reemplace al dólar, mientras otros desafían el dominio económico, militar y cultural del país.

Difícilmente esta es la primera vez que un presidente se enfrenta a un reto de esta naturaleza.

Podríamos decir que Franklin D. Roosevelt modificó el estado de ánimo de un país que apreció su estilo animado, sus tranquilizadoras pláticas informales trasmitidas por la radio y la certidumbre de que lo único que había de temer era al “miedo mismo”, pese a que la gran depresión causó estragos durante años.

Ronald Reagan se hizo cargo del país después de Vietnam y de Watergate, que sufría lo que Jimmy Carter llamó una “crisis de confianza” y decidió emular a Roosevelt con una serie de alocuciones y discursos por radio en los que expresaba su inquebrantable fe en el espíritu estadounidense.

Sin importar cuánto mérito realmente tengan, Roosevelt y Reagan -o sus leyendas- ciertamente han hecho que los sucesivos presidentes se centren en su tono, sabiendo que serán juzgados por él. George W. Bush proyectó una firme seguridad a raíz de los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Pero sus evaluaciones sobre la guerra en Irak, inexorablemente optimistas, lo hacían ver desconectado de la realidad hasta que con el tiempo llegó a reconocer que la guerra iba mal y cambió de estrategia.

“La gente simplemente dejó de creer en él por algún tiempo”, afirma Alan Brinkley, rector de la Universidad Columbia e historiador de los presidentes.

“Obama es diferente a Roosevelt y Reagan, pues es muy tranquilo y calmado y, aun así, puede ser muy carismático. Creo que esa sensación de calma y razonamiento es lo que hace que se le tenga confianza.

No tiene el entusiasmo bullicioso que tenían Roosevelt y Reagan, pero sí tiene otro estilo de confianza”.

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La confianza de los estadounidenses está agotada y el presidente Obama, en reiteradas ocasiones, ha manifestado que se debe mantener.
La confianza de los estadounidenses está agotada y el presidente Obama, en reiteradas ocasiones, ha manifestado que se debe mantener.

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